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El pase
Enseñanzas de Los carteles

Qué me ha enseñado la participación en los carteles del pase [*]
François Leguil
 

"Cuando usted pasa delante de un tendero sentado frente a su puerta, delante de un portero que fuma su pipa... muéstreme a ese tendero y a ese portero, su postura, toda su apariencia física... indicada por la señal de la imagen, toda su naturaleza moral, de forma que no los confunda con ningún otro tendero o con ningún otro portero. [1]

La lección dada por un artista en su madurez a un principiante se me presentó, hace ya mucho tiempo, como perfilando un ideal que recuerda al de nuestra clínica, a saber: ¿cómo asegurarse de la particularidad absoluta de un caso a partir de una extracción perfecta que funda su unicidad en una distinción respecto de todas las semejanzas de lo múltiple? Ese efecto de transmisión, entre dos grandes autores del doctor Lacan -el de Madame Bovary y el de Bel Ami-, con sus exigencias de precisión, es lo que hoy me viene a la memoria para separarme de una tradición, de manera que me permita responder a la pregunta: ¿qué me ha enseñado la participación en los carteles del pase? Esta experiencia es modesta (Lacan pudo recordar que el jurado no era lo que importaba en el procedimiento); es decepcionante a veces (dado que los pasadores no han tenido los medios para evitar las trampas de la comunicación); con frecuencia es instructiva (el lugar de la tercera persona selecciona como por un milagro espontáneo la substantifique moelle). Pero esta experiencia, para decido todo, es parasitaria (el miembro del cartel es, de cierta manera, el parásito del procedimiento, se alimenta de su gloria sin someterse, necesariamente a todas las servidumbres: se nutre del trabajo de otros, aprovechándose de los riesgos que él no ha tomado en la misma medida). Esta experiencia modesta y prácticamente inconfesable, me ha enseñado, que el esfuerzo de transmisión que Flaubert, escribiéndole a Maupassant hace descansar sobre un efecto de creación, no es aquello que es necesario buscar como un efecto de formación propio del cartel, pues nuestra clínica, la que permite nombrar a un AE, no es la de un ecce homo. Se trata incluso de lo contrario, su lógica no es la del caso sino, la de la serie. Su lógica no es la de la restitución de una singularidad obtenida por una ingeniosidad de la metáfora (Flaubert recurre a la señal de la imagen).

Nuestro esfuerzo de formación apunta a una discreta reticencia frente a los fulgores del hallazgo del analizante; el efecto de formación que ambicionamos, reposa sobre la incesante e irritante huída del objeto en la metonimia (digo irritante puesto que los buenos diccionarios traducen así la Verschiebung freudiana por: prórroga) El efecto de creación, es el que el pasante debe buscar. No el que el cartel puede retener.

Para responder a la pregunta formulada por Leonardo Gorostiza: ¿qué me ha enseñado mi participación en los carteles del pase? Debí radicalizar la pregunta formulándomela en estos términos: ¿aprendí algo concerniente a la clínica que sólo la participación en los carteles me podía enseñar? Entonces, formular así la pregunta me permite responder: aprendí dos cosas, dos pequeñas cosas, pero dos cosas realmente. En principio, que la clínica del acto analítico vista desde la perspectiva de los carteles, no es más una clínica del caso, que debemos, no tanto romper con ella, sino más bien invertir la lógica. Un caso demuestra la pertinencia del cuadro clínico, ya sea ilustrándolo, o presentándose como la excepción. Responde, en nuestro campo, a esas "situaciones novelescas" que Lacan evoca en sus Escritos [2], con el propósito de llamar la atención sobre "las coyunturas dramáticas" de la historia del sujeto. Un caso es siempre un forzamiento que es necesario comparar con el del sentido obtenido en una metáfora. Nos enseña sobre la posibilidad de los efectos de creación, como Freud nombrando al Hombre de los lobos, a Dora o al pequeño Hans, o a Lacan llevando a la "categoría de paradigma" al Hombre de los sesos frescos. En la clínica de los carteles del pase, si tiende a la construcción de un caso, nuestro trabajo, entonces, aparece como un giro de "pase-pase". ¿Y no es justamente porque el pase señala el atravesamiento de la novela, de la novela familiar, llegado el caso, marca que indica que hemos ido más allá del punto en el cual la novela ya no es factible sin falsificación? Por otro lado, por esto mismo se podría tomar como propia la exclamación imperial: "qué novela que es mi vida", publicada en Antimemorias en septiembre de 1967, mientras que Lacan redactaba su Proposición de octubre donde lamentaba que por la fuerza sugestiva del Hombre de las ratas, Freud privó a todos los escritores de la esperanza de alcanzar semejantes cumbres de veracidad, es decir, de inventar ficciones que presenten ese real [3].

Los fragmentos de reales son poca cosa frente al sentido del destino que ambicionamos aplacar y que, el pase transforma en quimera. Te soñabas navío del estrave al codaste, era para peor. Hete aquí, un corcho llevado por la corriente; ¿por qué no para mejor, si es por sorpresa? Hay que desconfiar de la construcción del caso que solamente se vuelve la ilusión yoica, con la que podemos retratarnos o retratar a los pequeños hermanos humanos, y otros compañeros de infortunio. ¿No es justamente lo que implica el título de un artículo de Jacques-Alain Miller, cuando a mediados de los 90 sus "Retratos de familia" contaban con una afectuosa ironía las inocentes dulzuras que cantan en el pase sus habilidades por haber escapado de Charybde bogando hacia Scylla? [4]

Apartarse de la clínica del caso, ya no es más buscar la singularidad de una historia con la capacidad de un sujeto para demostrar cual es su lógica, sino encontrar esta singularidad en el punto preciso en que su demostración falla. En nuestra clínica, un caso ya no es más que aquello con lo cual, no podemos hacer otra cosa más que inscribirlo en una serie. Antes, la clínica del caso era lo que nos permitía oponemos al cuadro clínico de los psiquiatras. La razón que hace que se prolongue la serie es, tal vez, aquello que podríamos promover para equilibrar la nueva semiología estadística de los psiquiatras mundializados.

La segunda pequeña enseñanza que obtuve de los carteles del pase se desprende de la primera. La marca de la cual Lacan habla en su "Carta a los italianos", aquella que los "congéneres" del pasante deben saber reconocer [5], está en relación con la demostración imposible que establecería la validez de un caso, o, para intentar ser más precisos: esta marca está en relación con la demostración de nuestra imposibilidad contemporánea de reanudar la tradición del caso. Esta segunda pequeña cosa, esta consecuencia, podría ser resumida por esta fórmula sin duda aproximativa, porque es un tanto lapidaria: la clínica del acto analítico no es la totalidad de la clínica que nos es necesario construir, o deducir, para satisfacer los requisitos de lo que Lacan denominó el discurso analítico.

Cuando en 1958 Lacan se dirige a los catalanes en una conferencia titulada "El psicoanálisis verdadero y el falso" [6], evoca las "normas mismas en donde se fijan los fines y la terminación de la cura". Ciertamente, uno puede pensar que luego él evitará ese término norma. Sin embargo, observar en los carteles del pase que hay una diferencia que podemos captar entre todos los relatos del acto analítico sobre que es una cura (muchos son convincentes), y lo que podría ser una clínica del discurso analítico, imaginar incluso, por método, que hay una relación de inferioridad entre esos relatos y esta clínica esperada, esto no es presentar al discurso analítico como ideal, sino, a la inversa, como una suerte de "bomba aspirante" que nos invita sin cesar a "profundizar en la noción de real"? Buscar en la insuficiencia misma de las construcciones clínicas del pasante, en la naturaleza de esta insuficiencia las formas de informarse sobre la capacidad futura para enfrentar las exigencias del discurso analítico, es el objeto al que apuesta el cartel que puede excusarlo de su parasitismo. Haciendo de una lista de AE una serie ejemplar de "contraejemplos", el trabajo de los carteles se vanagloria de arruinar la comparación entre la mascarada de una evaluación estandarizada de las adquisiciones de la experiencia, y nuestra voluntad de cuestionar al sujeto, más allá del punto en el cual renació luego de su destitución.

La apuesta es doble: la primera es la de verificar que no hay clínica del sujeto que no sea, en principio, una clínica de las posiciones subjetivas. La segunda es directamente práctica: cuando Lacan en Televisión bromea con los analistas de la SAMCDA, la Sociedad de seguridad mutual contra el discurso analítico, les reconoce la aptitud necesaria para que uno se analice con ellos. Pero lo hace con una distinción sorprendente: "en conjunto la prudencia no les falta; e incluso si no es la verdadera, puede ser la buena'.

La buena prudencia es, como sabemos, localizar el peligro para no aproximarse demasiado. La verdadera prudencia, es darse los medios para afrontar un poco más el peligro con el fin de oponerse mejor a él. La buena prudencia es limitada, puesto que el señalamiento previo del peligro (llamamos a esto indicación y contraindicación), implica que ese peligro sea ya conocido; la buena prudencia descansa sobre la integridad del sujeto supuesto saber, lo que constituye un peligro; la verdadera prudencia no busca tanto conocer la naturaleza del peligro, sino encontrar su causa: supone la audacia; no aquella de las cadencias de un Danton exhortando a los héroes de Valmy, sino de un poco de audacia solamente, la que permite hacer del relato de la salida del acto analítico, la celebración de una entrada en el discurso analítico. La buena prudencia no molesta a los estándares, la verdadera exige principios. La buena prudencia descansa sobre la experiencia; la verdadera exige algo que podemos, a falta de algo mejor, denominar: virtud.

Esta dimensión está presente desde el principio de la enseñanza de Lacan: hay rastros de ello en el título que J.-A. Miller le da al capítulo correspondiente a la lección del 30 de junio de 1954, "La verdad surge de la equivocación"; hemos notado frecuentemente en los carteles del pase, que las curas más problemáticas reposaban sobre un error de diagnóstico del analista, en las que lo importante para el acto, era no ya tener razón o no, sino tener determinación en la transferencia que se le dirige.

Intentemos resumir, para hacerlo simple, a riesgo de extremar el asunto exagerando su bipolaridad. En las respuestas del cartel distinguimos la posibilidad de una recomendación de entrada a la Escuela, de la respuesta que es la nominación de AE. En el primer caso se trata de un "reclutamiento sobre el inconsciente", ya sea por hacer de un dignus est intrare un juicio sobre lo que el sujeto vino a analizar; en el segundo caso, se trata de fundamentar sobre lo que no ha podido analizarse, sobre los efectos de su confrontación con el resto lógico de su cura que la dialéctica de lo verdadero y lo falso ha cincelado más que mermado. Se trata de apreciar su posición frente a aquello que le fue imposible decir, luego de deducir del examen de esta posición, una capacidad futura para volver heurística y creíble la atribución de una función causal a esta imposibilidad. Con la entrada por el pase, juzgamos la manera en la cual el sujeto supo contrarrestar la "debilidad" del inconsciente; para la nominación del AE, apostamos a la forma en la que ha afrontado la "mamarrachada" [9] de la cosa. Entre esos dos polos -la reducción de los ideales y la experiencia del objeto a-, sabemos que la clínica del cartel no es una iniciación; tampoco es un banal desengaño puesto que verifica, a través de la multiplicidad de sus respuestas, que un fracaso correcto implica que lo ha precedido un éxito suficiente.

No obstante, la clínica del pase vista desde la perspectiva de los carteles, demuestra que uno no sale de un análisis más que saliendo casi del psicoanálisis, poniéndolo en duda, considerándolo ineficaz respecto de aquello que quedaría por regular. Es necesario que sea así, si lo queremos como Lacan lo enseña graciosamente en Vincennes, poder entrar de nuevo allí para que otros salgan, saliéndose de allí, para volverse permanentemente uno de los nuestros.

Tanto como el psicoanálisis, el pase es un fracaso; un fracaso en el sentido en que Lacan lo entiende en un momento reconocible de su enseñanza: es sorprendente que luego de que Lacan pronuncia en el Congreso de la Escuela en Deauville, en enero de 1978, su frase famosa entre nosotros: "bien entendido, este pase es un fracaso completo", su tono, lejos de ser derrotista es alegre: "no hay nada que me aburra más que los congresos, pero no éste, porque cada uno ha aportado su mísera piedrita, a la idea del pase" [10]. Una clínica de mísera piedrita que podemos poner en fila, o amontonar, me parece que representa bien lo que he aprendido de la clínica que vi en los carteles. Permite esperar que se pueda tratar el fracaso, el fracaso bien entendido del pase, a través de la provocación regular de crisis, así como lo recordaba el martes último Leonardo Gorostiza, por una disposición que hace de nuestra comunidad de experiencia un caldero. Leonardo, creo que citaba una entrevista que en el 2000 J.-A. Miller concedió en Córdoba, Argentina. El nacimiento de la clínica supone su muerte; el éxito de una clínica implica que se produzca su fracaso; lo que llamamos una crisis, es el tratamiento sistemático de los saberes que tenían en principio la chance de ser verdaderos.

El procedimiento en la Escuela de la Causa freudiana está actualmente en una situación comparable a la del marido de "la mujer del panadero": en una amasadora que no amasa tanto como antes. Se trata, de una situación casi estimulante, si nos permite desear que la resolución de esta crisis pacífica habla de la injusticia presente de nuestros diagnósticos, incapaz de sustituir el valor debilitado de los ejemplos antes esclarecedores. Este próximo período, producirá al AE reiniciado, ni permanente ni provisorio, ni portátil ni transportado, ni comestible íntegramente ni imbebible. ¿Qué será? Para pulir lo que constituye nuestro rol en la historia del psicoanálisis, lo necesitaríamos más bien imperfecto. Tan imperfecto como se pueda, para inscribirse en nuestro campo clínico que se sitúa más allá del decoro y más allá del ridículo, o sea, más allá del placer compartido y más acá de la suficiencia doctrinal. En ese campo, el pase permanece como la promesa de racionalidad más verosímil.

 
 
Notas
* Publicado en Pase y Transmisión 7, Colección Orientación Lacaniana.
1- FLAUBERT, G.: citado por Armand Lanoux en Maupassant e/ bel ami, Fa¬yard, París, 1967, pág. 47.
2- LACAN, J.: Escritos 2, Siglo Veintiuno ediciones, Bs. As., 1987.
3- Tenemos la indicación de la recepción que Lacan le brindó al voluminoso libro de A. Malraux en Autres Ecrits, Seuil, París, 2001, pág. 369.
4- MILLER, J.-A.: "Retrato de familia', en: La revista de la Causa freudiana N° 42, París, 1999, págs. 57 a 61.
5- LACAN, J.: Autres Ecrits, op. cit., pág. 308.
6- Ibíd., pág. 169.
7- LACAN, J.: El Seminario, Libro 7, La ética del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1991, pág. 21.
8- LACAN, J.: Autres Ecrits, op. cit., pág. 519.
9- LACAN, J.: Le Seminaire, Livre 11, Les quatre principes fondamentaux de la Psychanalyse, Editions du Seuil, París, 1973, pág. 232.
10- LACAN, J.: Lettre de I'Ecole de la cause freudienne, N° - il 1978, pág. 181.