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El pase
Testimonios

La voz dulce
Laure Naveau
 

XXXIII Jornada de la ECF
1era Jornadas de la ELP, Bilbao el 11-12 de diciembre
Primer testimonio del pase

Convertirse en una voz, tal fue el destino de la pulsión que encontró en el momento de concluir. En ese instante, la mirada del Otro cesó de desvestirla, para indicarle el punto de encuentro de nada y del cual ella podrá hacer uso.

Ya que ella se había emancipado de la servidumbre voluntaria de su fantasma.

Los tres primeros puntos de este primer testimonio de mi pase conciernen el instante de ver y el tiempo para comprender de la experiencia analítica.

Los tres puntos siguientes conciernen lo que se tejió alrededor del momento de concluir.

"Usted es muy determinada"
Es a partir de esta aserción que fue recibida por su analista, diecisiete años antes de hacer el pase.

Simplicidad del hallazgo, una vez recibida la respuesta del cartel que la nombró: es por tanto un Witz, un "sí", que ella creaba desde siempre a partir de las condiciones de su venida al mundo. Pero ella no lo sabía, hasta recibir la respuesta positiva de la nominación.

Su analista había pues aceptado esta primera demanda silenciosa puntuando su determinación simbólica, la cual hacía equívoco entre lo que le venía del Otro y lo que ella estaba decidida a emprender : entrar en un psicoanálisis, para convertirse en analista.

Esta primera nominación de lo que era su destino detenía finalmente su curso.

El encuentro, que iba a cambiar su vida, fue salvador, y se llamó transferencia. Una transferencia potente y constante, el Eros invencible al combate, que la autorizó a esa suposición de saber de la cual su neurosis la había excluído.

Empujada por la repetición de un síntoma y por su transferencia hacia la Escuela de Jacques Lacan, y por el que le daba su orientación, había escogido a su analista, hacía diecisiete años, escuchándolo defender en una tribuna de filósofos, la edición del Seminario de Lacan, La ética del psicoanálisis. Principalmente, ella había decidido, al escucharlo enunciar, con su voz, dulce pero firme, esta propuesta lacaniana inédita y enigmática para ella: "La única cosa de la que uno puede ser culpable, es de haber cedido sobre su deseo".

Ella creyó comprender que había cedido hasta ese momento sobre su deseo de emprender un análisis, y más radicalmente sobre su deseo de saber.

Le faltó valor para enfrentar antes la falla en el lenguaje. Tropezando con las palabras, igual como lo había hecho en el momento de la adquisición de la lengua materna, momento que coincidió también con la llegada de su primera hermana, se caía y desaparecía constantemente, saliéndose bruscamente de la escena a pesar de que en ella le habían dado un lugar.

El síntoma y el fantasma
Ella había creído que su padre la había soltado (dejado caer) y que había perdido el lugar de sostén fálico que como niña se había otorgado ante él.

También creyó que su madre, muy joven, la acogió poco, por haber nacido muy pronto, antes de la unión legítima, y además del lado malo de la sexuación.

En el curso del análisis esto se invirtió : en la ilegitimidad de su nacimiento, más allá del fantasma que ella había alimentado, se dio cuenta de la marca positiva de aquello que unía a sus padres. Ella era la hija del amor.

Descubrió también, detrás de la causa materna y de la imagen reina de la Madona, a la mujer que no existe y que el hombre quiere convertir en madre a cualquier precio.

En virtud de la transferencia, la historia del malentendido de su nacimiento como traumatismo fundamental se convertirá en una historia antigua. Tendrá sin embargo que desplegar esta historia, hystorizarla, con una y, como lo escribió el Doctor Lacan, el tiempo que hace falta, el de la duración de su cura, para darse cuenta de la parte de goce nefasto que ella había cultivado en eso.

Dos elementos de su novela familiar están en lo que fundamenta su queja dirigida al psicoanalista : una palabra que dice no y una mirada que se desvia, las dos maternales, al inicio de su vida. Pero a ello, se añade la imagen de que la llevan de la mano, quienes luego la acogen y la llevan en brazos poco después de su nacimiento, -médico, padre y abuelo-, imagen que sirve de trama a su fantasma y a su construcción en el análisis.

A la vuelta de esta ficción, la mirada materna en el momento de la adolescencia, y un gesto paterno cuando ella quiere extraerse de su familia demasiado pronto, aportarán ahí la versión imaginada que regirá su vida amorosa, hasta la travesía de esta versión.

Una escena la fijó pues a la mirada del Otro, y constituyó su ventana sobre lo real.

La infancia está marcada por lo que se podría llamar un ambiente de patología verbal que aún no sabe nombrar, la de un empuje a decirlo-todo.

Necesitará algunas vueltas del dicho y la interpretación analítica para encontrar el nombre del cuarto complejo familiar contemporáneo de la época, ese complejo del decirlo-todo [1] en el que ella se había bañado y en el que se encontraba desnudada por palabras.

Porque en este contexto histórico, el psicoanálisis, nueva óptica esclarecida del malestar en la cultura, debía poner al desnudo. Se practicaba indiferentemente dentro y fuera del consultorio del analista. Todo tenía un sentido, y todo lindaba con una nueva religión del padre.

Más aún cuando ella tenía, de hecho, la suerte de tener unos padres comprometidos con, y esclarecidos por el discurso analítico. De ellos, recibió ese don.

Le tomó pues mucho tiempo antes de habitar su cuerpo de mujer, el cual estaba marcado por demasiadas palabras estigmatizantes. En particular, su "no saber donde meterse" participaba del evento del cuerpo, y la colocaba en situaciones tragicómicas de las cuales ella salía muy mal parada.

Para decirlo como François Regnault [2], unas palabras la habían golpeado, que la hicieron tomar el camino de un fantasma sadiano, al que el analista le había dado un nombre: el complejo de Justine.

Toda exposición en la arena de la vida amorosa servía para alimentar al fantasma: colocarse en las manos del Otro, o entregarse a los decires del Otro, exponiéndose a cambio a una mirada celosa, que le costaba angustia y culpabilidad. Elegía entonces extraerse de la escena, sustrayéndose del deseo del Otro, sustrayéndose de su palabra. Sustrayéndose. Para que el Otro se quedara en silencio, ella quiso callarse y convocaba al no-sentido. Fracaso exitoso.

El síntoma sacaba de allí sus reservas de libido, un mutismo heroico, incluso, un estoicismo sospechoso frente a las pruebas que habían tocado la integridad de su cuerpo y la felicidad de ser madre. Ella superaba todo en silencio. Y desde ese lugar electivo, cercano al de la santa, se exponía a recibir las flechas.

Actualizaba la pura cultura de la pulsión de muerte que se practicaba en esta repetición – un hacerse decir en el que ella se prestaba al fantasma del Otro para hacerse amar. Era otra versión de aquello que la había empujado, de manera tan precoz y tan paradójica, a desertar la cuna familiar para emanciparse, poniendo en riesgo su vida. Ella, quien como niña, temía tanto perder el amor de los suyos, terrorismo tierno del amor, se excluyó de él.

De pequeña le gustaba recibir los primeros premios que la hacían subir al escenario, para conservar ese lugar de la primera, que pensaba había perdido, y para aportar orgullo a sus padres, ante la llamada de su apellido.

Ella quiso defenderlo puesto que ese apellido, de resonancias extranjeras, había hecho de su padre y de los suyos, unos perseguidos.

El análisis le permitirá asir los rasgos de identificación al padre que ocultaba esta tarea heroica, y que fue interrumpida brutalmente por un paso al acto.

"A mi me gustan las primeras", le había dicho desde muy pronto su analista.

Si bien la interpretación analítica no dice nada, alivia, y hace pasar.

Darse cuenta de un significante-amo de su existencia, la cautiva, fue para ella un momento de travesía radical.

Ella descubrió allí el fantasma de captación del Otro que él encubría, se liberó de él, aligerándose también de este imperativo amoroso, - pero no de sus malentendidos.

Al liberarse de esta servidumbre fantasmática, consintió a hacerse causa del deseo del hombre amado sin sentir angustia ni culpabilidad. A alojar su destierro en el nuevo apellido que él le ofrecía, con su amor.

El acto y la consistencia del objeto
La afirmación pertenece al Eros
¿Cómo emanciparse del determinismo, si no se transforma su parte de real en azar?

Los acontecimientos políticos del año en Francia, le ofrecieron la ocasión de la cual ella se aprovechó posteriormente, gracias a que no la dejó pasar.

En la era de la represión del psicoanálisis por la impostura de la evaluación, que fue también un momento de angustia y de pase colectivo en la comunidad analítica, lo que estaba en juego era aportar las pruebas de la eficacia de un psicoanálisis llevado a su fin, por medio de una demostración, que se iguale a la ciencia sin forcluir la causa del deseo. Demostrar en ello el elemento de subversión, que es el Uno por Uno, y la necesidad de apostar sobre la estructura del discurso y la sustracción de sentido.

Ella sabía lo que su militancia y su idealismo comportaban de defensa contra lo real.

Pasar a cosas serias, necesitaba cesar de acariciar al fantasma de desaparición, que hace la cama de los niños.

Soñó que debía exponer un trabajo sobre el conjunto vacío. No había preparado nada, tendría que inventar. El vacío del sujeto en lo real, resonaba así con el hecho de que había hablado de lo que no existe. Tendría que pasar del saber adquirido de su análisis, al saber expuesto, que es la condición de consecuencia del psicoanálisis.

Pero para asumir la marca de su destino, y hacer uso de ella, debía tomar nota de su saber sobre la agalma, sobre el objeto precioso que causaba su deseo, aceptar convertirlo en un resto y poderlo dejar.

Varios sueños le habían proporcionado el peso, en forma de un antiguo instrumento de música que encontraba a la salida de un juego de pista organizado por su analista, o de un significante olvidado, que resonaba con el chelo, su instrumento de cuerda favorito que hacía eco con el precioso Stradivarius que un pariente músico, emigrante en Nueva York, había olvidado anteriormente transmitirlo a su padre.

"La voz es el objeto caído del órgano de la palabra" enunció Lacan en su única lección sobre Los Nombres del Padre [3].

Querer callarse no hace inconsistir el sentido haciendo callar al Otro del lenguaje. Por el contrario le da su máxima consistencia.

La música tomará toda su consistencia en este órgano de la voz. Transformará su "eso no tiene sentido", pronunciado débilmente al despertar de este episodio de renuncia fallida a los veinte años, en un azar y en un gai savoir.

El análisis, y el encuentro amoroso con el hombre de su vida, ya habían contribuído para ello en gran medida.

Una lección Clínica
Una secuencia clínica anticipó el último y decisivo sueño de mi análisis. En él se encontraba escrito el cuento de las mil y una noches de la voz dulce, y la interpretación de mi analista que me llevaría a tomar la decisión de concluir.

En efecto, desde hacía tiempo, jóvenes pacientes habían venido a plantearme su decisión de hacer un análisis, y evocaban entre las razones de su elección, mi voz, que habían escuchado cuando presentaba trabajos científicos, y que habían juzgado como siendo una voz dulce. No le había prestado atención a eso.

Pero le había contado a mi analista,y a mi controlador, una secuencia en la cual, una vez más, esta elección de la voz dulce me había sido significada.

Porque el sonido de la voz, en esta ocasión, había resonado al revés.

La joven paciente finalmente me dejo, y se dirigió a un analista hombre, que se caracterizaba por su vozarrón.

Este día mi analista escande este nuevo relato riéndose, y agrega con tono alegre:
"¡Si, ella va a encontrar allí la otra voz que buscaba, el vozarrón!"

Al salir de esta sesión, algo de indefinible basculó.

Tenia que regresar inmediatamente donde mi analista, pero no sabía ¿por qué?

¡Venga! me dijo por teléfono.
De nuevo recostada en el diván, me escuché decir, por primera vez, que no tenía nada más para darle, sólo el sonido de mi voz.
Y que eso vine a hacer ahí, desde siempre, cuatro veces por semana: con esta voz dulce, domesticar al obsceno y feroz superyó.
Iba a poder convertirme en esta voz, escogida, y a la vez, rechazada.
Me dijo sí, y me acompañó a la puerta
Surgió un sueño al comienzo de las vacaciones que vinieron a continuación.

El ultimo sueño y la inconsistencia del Otro
En la primera parte de mi último sueño, yo debía morir, como Sócrates. Estaba escrito.

Mi desaparición estaba cerca. Al principio parecía resignarme a ello. Crucé a aquel con quien compartía mi vida. De repente cambié de parecer y me escuché proferir, vibrando con toda mi voz, un NO!, acompañado de esta afirmación clara : "tengo cosas que hacer".

Un personaje femenino de la familia paterna, la mayor, como yo, y cuyo nombre consuena con el mío, regresaba de la ceremonia fallida, en la cual me habían esperado, y a la cual yo no había ido. Me habló de un cofre, que debía contener lo que yo debía coger, y que estaba vacío.

También me habló ella de mi abuela paterna quien lloraba.

Sócrates era para mí, aquel que cree en la significación de los sueños. Sócrates puede ser mortal, los oráculos no han desaparecido y el psicoanálisis tiene porvenir.

Las cosas por hacer del sueño resonaron con un episodio del inicio de mi análisis. El año de mi encuentro con aquel de quien sería la esposa, había comprado para mi analista una agenda de la Revolución francesa. Éste me la entregó de vuelta en mis manos, diciendo dulcemente: "Ud. tendrá cosas por hacer". En efecto, agenda es el nombre de las cosas por hacer. Una revolución iba a cambiar radicalmente el curso de mi vida, y el oráculo que yo había escogido, precisamente, sostenía la vida.

La abuela muerta se habia convertida, en la ficción de la analizante, a una de aquellos gracias a quien ella había nacido, encarnando también el deseo de vivir. Durante la última guerra mundial, había hecho pasar a toda su familia al otro lado de la línea de demarcación. El padre de la analizante había pues sobrevivido. En el momento en que su analista la había designado como pasadora, se habia identificada a esta mujer valiente.

En la segunda parte de este último sueño, un viejo árabe cerró la historia, y esclareció el camino con un resplandor nuevo. Fue el retrato del analista en pasador, el Averroes de su destino, el hombre de las luces más allá de la cuestión judía, más allá del adjetivo que era a la vez su orgullo y su dolor, y que ella creía defender fuera de toda creencia religiosa, para salvar al padre superviviente de lo indecible. El viejo árabe era el significante de la excepción, aquel que conduciría, en coche, a las mujeres de la familia del lado de quienes ella finalmente se colocó

En el sueno, el padre tomaría solo el tren que, por segunda vez, lo hizo pasar la línea de demarcación hacia la libertad y el encuentro de los justos, de aquellos que eligieron salvarlo realmente.

Ella comprendió en ese momento que había definitivamente abandonado al padre edípico del sueño inaugural de su entrada en análisis.

El retrato del viejo árabe como pasador hacía deconsistir el conjunto de esta ficción analisante construída sobre fondo de un real inconciliable, lo real de aquellos que se quieren enviar a los campos para destruirlos.

Y el no sonoro dirigido, en el sueño, a la muerte, venía en eco de la vocecita del despertar, susurrada antaño al oído de su madre: "esto no tiene sentido". Porque la pequeña voz del superyó no era tan dulce.

Escansión
Algunos años antes de este sueño final, descifró en análisis, en el après-coup de lo escrito, su texto a partir de Sheherezade, publicado en la obra colectiva titulada: "¿Quiénes son vuestros psicoanalistas?".

En particular, se había preguntado en sesión: ¿si ella era Sheherezade, la que quiere, tal y como lo escribió Borges, salvar a las mujeres de la crueldad de un hombre, la que expresa el deseo frente a una ley aplastante, la que se enfrenta al poder del príncipe, y que narra cuentos que deja inacabados, - a quién quería ella así engatusar, tal y como lo había hecho con su controlador?

¿A quién, con su palabra de analizante, quería ella adormecer, y cómo, entonces, despertarse del sueño que ella no cesaba de contar?

Su analista puntuó esta sesión con un: "Ud. es una narradora", que seguía a una escansión precedente, en la que él enunció "Ud. tiene la voz dulce".

Dos años más tarde, pudo tomar nota de esto.

Al despertar del último sueño entonces, decidí escribir al Secretariado del pase sin esperar, ni preguntar a ningún Otro. En ese momento estaba sola. Porque la inconsistencia del Otro se me hizo soportable, gracias a otro sueño en el que no sólo mi analista podía faltar, sino aún más, con una pierna menos, él saltaba alegremente entre las rocas, ayudándose con sus manos.

En ese entonces no había extraído todas las consecuencias pues estaba demasiado conmovida al percibir que se perfilaba la separación, tras la asunción de la falta en el Otro, que hacía eco a la mía. El tiempo de comprender no había terminado.

Aunque en esa época, a partir de la imagen del mismo sueño, de un barco encallado en la playa, que resonó con el momento de mi designación como pasadora, yo admití lo siguiente: que el barco de todo-sentido, sexual y edípico, se encontraba entonces relegado a un segundo plano.

El hueso de esta formación del inconsciente fue en ese momento, mi rechazo en el sueño de figurar en la foto en la que estarían reunidos, sobre la playa, los Analistas de la Escuela. Sin embargo ya no se trataba de la foto de la caleta que había reinado sobre lo imaginario de mi adolescencia, sino de una invitación a querer lo que yo deseaba.

Esta vez, al regreso de las vacaciones, el relato del último sueño y el anuncio a mi analista de mi decisión de comprometerme con el pase, hicieron resonar, con una particular intensidad, la frase: "Tengo cosas que hacer".

Mi analista me apretó la mano, me miró con una mirada dulce, sin sus lentes. Había decidido poder dejarme mirar sin encontrarme inmediatamente puesta al desnudo.

El baño de Diana había perdido toda consistencia.

Ese baño en el que había comenzado la historia de mi neurosis y de mi rebeldía.

La playa se convirtió en esta sesión de análisis que podía dejar, para ofrecer la oportunidad a otros.

Epílogo
Necesité algunas sesiones más para descubrir que los nombres de mis queridos hijos habían sido escogidos en estrecha relación con la poesía, puesta en música y cantada por bellas voces célebres, y la de mi madre cuando yo era niña.

¿No me había pedido mi analista, desde nuestro primer encuentro, que le cantara la canción que contenía el nombre de mi hija?

Lo había hecho con voz temblorosa sin saber que allí residía lo más íntimo de mi goce, y el misterio doloroso que yo era para mí misma.

Servirme de ello hoy día para operar con el resto que queda de ese sí-mismo elucidado, se volvió posible.

Hace un año, la propuesta de mi analista, de nombrar el correo del Directorio de la Escuela en la que soy la secretaria : el Metrónomo, había resonado con mucha alegría en mis oídos.

Será una bella salida del síntoma, concluiré hoy, llevar el compás de la enseñanza del psicoanálisis en su Escuela, y compartir, con otros, la urgencia de las cosas por hacer.

Una urgencia para que el psicoanálisis continúe existiendo sintomáticamente en la civilización, que él continue haciendo la revolución, que él transforme el mal-decir en bien-decir, prefiriendo siempre, por encima de la proliferación de sentido, un saber sobre lo real, éxtimo a cada uno, del que se pueda hacer matema.

 
Traduccion Betty Abadie, Noemie Cinader, y Adela Bande-Alcantud | [AMP-UQBAR] ORNICAR? Digital N°272 -Nouvelle Époque-
 
Notas
1- Esta expression esta explicitada en un texto de J.-A. Miller "Vous avez dit bizarre ?", en Quarto 78.
2- Regnault F., "Vos paroles m'ont frappé...", Ornicar? n°49, 1998, p.6
3- Lacan J., "Les Noms-du-Père", 20 novembre 1963, inedito