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El pase
Testimonios

El pase y el control [*]
Vicente Palomera
 

1. Servirse del control
He elegido el tema de esta intervención a partir de mi interés por el debate doctrinal que ha abierto el "Comité de Acción" de la Escuela Una acerca del valor del control en la formación del psicoanalista.

Por otro lado, el título responde a uno de los apartados del curso de Jacques­-Alain Miller sobre El banquete de los analistas,[1] recientemente editado en espa­ñol, donde Jacques-Alain Miller destaca una homología entre el pase y el control, porque yendo a controlar su análisis, el analizante no hace otra cosa que verifi­car los resultados, que son difícilmente separables del proceso que supuestamente lo entrega. Es pues de este nudo entre pase y control que desearía hablar hoy con ustedes.

Partiendo de las dificultades en situar la práctica del control, leí hace pocos días que Paulo Siqueira formulaba una posición que podríamos tomar como un principio concerniente al control y su práctica en la Escuela: la de que "pode­mos pasar a condición de aprender a servirnos de él". Por lo tanto, sin hacerlo obligatorio, darle todo su valor en la formación del psicoanalista. Esto estaría en la línea de lo que Freud mismo señaló: "En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante trata­mientos efectuados bajo control".[2]

En la perspectiva de la enseñanza de Lavan, Eric Laurent recuerda que "Lacan hizo del control una obligación, no para el sujeto, sino para la Escuela que debe responder a la demanda de control que "se impone" ("s'imposse")",[3] expresión que Lacan introdujo en la nota adjunta del "Acto de fundación".

He querido releer lo que Lacan señaló en el "Acto de fundación", sobre el control. Dice allí: "Por la razón de que toda empresa personal reinstaura a su autor en las condiciones de crítica y control bajo las que todo trabajo continuo estará sometido en la Escuela".[4] En este párrafo, advertimos que Lacan considera como un caso particular de la responsabilidad de la Escuela la entrada en control de los pacientes cuando ejercen el análisis. A pesar de todo lo que hay de regulari­zación de la práctica en ese "Acto de fundación", hay algo que suprime los re­glamentos pero que, a la vez, mantiene la exigencia de control como responsabilidad de la Escuela.

La formación es pues responsabilidad de la Escuela en su conjunto. Como lo señala E. Laurent: "Lacan hace bascular la prudencia institucional desde el deber ético. Es desde el interior mismo del discurso analítico que proviene el deseo de pedir un control, en un punto donde deber y deseo se anudan".[5]

Me parece pues que el término de "extimidad del control" está aquí plena­mente justificado, ya que es una exigencia de afuera que se debe saber retomar en el interior.

En verdad, es dentro del discurso psicoanalítico donde se puede descubrir la verdad demostrativa del control. Desde la perspectiva de la ética analítica, la posición del analista puede establecerse gracias al control. Pienso que el dispo­sitivo del pase, como dispositivo de control, permite verificar la estrecha rela­ción existente entre deseo y deber. La práctica del control para quien está en posición de analista en el tiempo dé su propia cura, y se pregunta por su posi­ción en relación al fantasma, es fundamental.

En el curso de mi pase, al hablar sobre mi propia práctica, señalé cómo en el control de mi práctica siempre seguí en posición de analizante aunque por otras vías, puesto que allí la regla no era tanto decirlo todo sino que debía centrar los comentarios sobre las dificultades que encontraba con los analizantes que se confiaban a mí para un tratamiento analítico. En la medida en que no hay trans­ferencia de la transferencia, lo que sostiene el trabajo del analista en control es pura y simplemente la transferencia.

Así, tuve la ocasión de verificar que el control apuntaba a la relación del sujeto respecto al acto, más que el acto mismo que estaba en juego. Esto nada

prescribe en lo tocante a los enunciados del sujeto controlarte, se refieran o no a su paciente, porque al igual que en el análisis se apunta al sujeto de su enunciación.

Por consiguiente, el control no comunica un saber teórico. Es una experiencia en la que, igual que el análisis, el sujeto es puesto a prueba, es decir, donde se pone a prueba lo que podemos llamar "capacidad subjetiva de sostener el acto analítico". Esta capacidad es siempre el producto del propio análisis y está so­metida a lo que Lacan nombró como "corrección del deseo del psicoanalista"... por el psicoanálisis.

2. La extimidad del control. Tres viñetas
Durante mi pase hablé de una dificultad central tratada en el análisis respec­to a la interpretación. Era un problema serio, en la medida en que se trataba de un fantasma que tomaba la forma de un temor de hacer daño con la palabra, fantasma que, por otro lado, se conciliaba bastante bien con la idea equivocada que podría hacerse uno de la función del analista. Evidentemente, encarnar el objeto, hacer semblante, encarnar al Otro, puede llevarnos a pensar que es más fácil cuando uno se calla.

En esta encrucijada, lo que no dudé en llamar un control, me permitió apren­der lo esencial de la incidencia de la neurosis sobre el psicoanálisis con niños. Un niño puede venir como portador de un síntoma pero hay un momento en el que hay que decidir quién es el sujeto del síntoma y a quién tomar en trata­miento. Este fue el caso cuando mi hijo mayor (el primogénito), de cinco años de edad, tras el nacimiento de su hermanito pequeño, empezó a despertarse por las noches con una pesadilla cuyo contenido era que "un ladrón entraba en casa y se lo llevaba". En esta situación, el no saber qué hacer se anudaría al fantasma de no hacer daño con la palabra. Por otro lado, no era aconsejable -me decía bajo la forma de la denegación- hacerse el analista de su propio hijo. En un mes, la situación se convirtió en bastante insoportable.

En este punto, el analista -con una firmeza no exenta de tacto- me indicó la oportunidad de interpretar. En efecto, entendí que se trataba de hacerle saber algo al primogénito, siempre a partir del saber textual que se desplegaba en la coyuntura en la que se había desencadenado el síntoma. Eso que le hice saber fue que "nadie podría nunca robarle el lugar del primogénito", lo que bastó para hacer desaparecer ipso facto la pesadilla. Más tarde, verificaría cómo esa pesadilla era también una interpretación del deseo del sujeto que encarnaba al padre.

El valor de este control fue decisivo ya que si, hasta entonces, no tenía una práctica de psicoanálisis con niños, esto me animó a tenerla de un modo regu­lar. El caso me enseñaría que la interpretación, lejos de ser una necesidad, es una elección que recae sobre el analista, que no es automática y en ello no se redu­ce a una formación del inconsciente.

Aprendí, también, que lo que el analista introduce por medio de la enuncia­ción es precisamente lo que no puede decir pero que puede por el contrario ser muy bien oído. Dimensión que por ser sin palabras abre el acceso al fantasma.

De otro lado, la interpretación propiciada por la intervención del analista fue una interpretación que de un salto me situaba en otro plano. El enunciado mismo de la interpretación me tocaría en un punto que ignoraba y en algo que -como se verificaría en el pase- no imaginaba ser. Fue así como el analista mismo se manifestó como pregunta, como una x. No sólo como pregunta sino también como eficacia a nivel del resultado de la interpretación. ¿No decimos acaso que el deseo del Otro es lo que constituye el camino obligado para que el sujeto encuentre su propio deseo?

En otra ocasión, expuse la sorpresa que provocó en mí la modalidad de pe­dido de análisis de un hombre que tras la primera entrevista se había despedido diciéndome que yo era demasiado joven para él, y que "no daba la talla de un padre", razón por la cual quería visitar a otro analista que era mucho mayor que yo. Para alguien que como él viajaba regularmente a India -país de Dioses no de hombres, como se sabe- le resultaba bastante difícil encontrar alguien que diera la talla. El analista controlador me señaló que "tendría que trabajar mucho para hacer que el consultorio tuviera para este sujeto la dignidad de un templo indio". Al cabo de varios días, ese hombre me llamó para pedirme otra entre­vista, en la cual pasó a relatarme que tras la visita al otro analista había elegido analizarse conmigo. Resultó que había tenido un sueño donde yo aparecía. Mi imagen había despertado en él una gran ternura, aunque en el sueño esa ima­gen del analista acababa transformándose en un pelele (como esas figuras hu­manas de paja o de trapos que mantea el pueblo en las carnestolendas). No recuerdo lo que el analista-controlador dijo exactamente en esta ocasión, pero sí a lo que apuntó, justamente a mí renuencia ante ese objeto en el que me con vertía en el sueño del paciente. Se trataría, en definitiva, de saber consentir al destino de palea al que el analista estaba destinado al final, destino de deshecho.

Este caso me permitiría entender bien la importancia de ubicar, a partir de un sueño, el lugar en el que el analista es ubicado en la transferencia. Es lo que verifiqué, en otra ocasión, en el caso de una mujer que había venido a verme angustiada y con la incertidumbre sobre su objeto de amor que ella formulaba así: "¿es él el hombre que me conviene?" En su vida, ella siempre hacía caer una negación sobre quien ocupaba el lugar del objeto en su vida, diciéndose que no era la buena pareja. Un sueño vino a dar la clave de lo que había que tener en cuenta en la dirección de la cura: "Estaban ella y su partenaire con otras parejas cenando. Ella recoge los platos para llevarlos al fregadero. Entre sus manos tiene los genitales de su marido. Los empieza a lavar con el agua del grifo y se van deshaciendo y licuificándose, viendo cómo se escurrían por el desagüe. No obs­tante, quedaba, al final, un hueso". El analista, en el control, apuntó a ese "hue­so intragable" que eran los hombres para ella. Deduje de este control, el lugar que había que sostener en la estrategia de la transferencia en esta cura.

3. La dit-mensión del control
El control da lugar, pues, a "efectos de sujeto". Es decir, que más allá de la transmisión de un saber el control confronta a cada uno -como lo recuerda E. Laurent- a hacer saber cómo lo menos pensado es el resultado de un cálculo.[7]

En el pase pude verificar que este cálculo del sujeto es del orden de un dicho, en el sentido que Lacan da a esta expresión, en 1975, en la conferencia que dio en la Columbia University: "A veces ocurre que hago eso que se llama supervisiones. No sé por qué se le ha llamado a eso supervisión. Es una superaudición. Quiero decir que es muy sorprendente que se pueda, escuchando lo que un practicien le ha con­tado -es sorprendente que a través de lo que ha dicho se pueda tener una repre­sentación de aquél que está en análisis, que es analizante. Es una nueva dimensión. Luego hablaré de este hecho, la dit-mension, la dicho-mención, que yo no escribo del todo tal y como se escribe habitualmente en francés …dit-mensio...mention, mención, es decir, en inglés se entiende, eso-mention, el lugar donde reposa un dicho",[8] que podríamos traducir en castellano por la mansión del decir.

De otro lado, y para terminar, hay que decir que Lacan nos indica, también, el buen uso del control, el de alentar al analista a seguir su propio movimiento:

"Yo, a menudo, en mis controles -o al menos al comienzo- más bien aliento a que siga su propio movimiento. No pienso que sea sin razón que -no que se ponga en esa posición, está muy poco controlado- sino que no pienso que sea sin razón que alguien venga a contarle algo en nombre simplemente (...) de que le han dicho que era un analista".[9]

 
 
Notas
* Trabajo presentado en Les journées des AE. París 30 de septiembre y 1 de octubre de 2000. Publicado en la Revista Freudiana Nº 30, diciembre 200, marzo 2001.
1- J.-A. Miller, El banquete de los analistas, Paidós, Buenos Aires, 2000.
2- S.Freud,"¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?", O.C., T. XVII, Amorrortu, Buenos Aires, 1986.
3- E. Laurent, "Su control y el nuestro", en revista Freudiana 30, Barcelona, 2000.
4- J.Lacan, "Acte de fondation", Annuaire 1982 de la ECF Paris, 1982.
5- E. Laurent, "Su control y el nuestro", op.cit.
6- J.Lacan, "Discours à l'EFP", Scilicet 213, Seuil, París, 1970, p.14.
7- E. Laurent, "Cuatro observaciones sobre el empeño científico de Lacan", Conoce usted a Lacan", Col. Campo Freudiano, Paidós, Barcelona, 1995.
8- J.Lacan, "Conférences et entretiens dans des universites nord-américaines", Scilicet 617, Seuil, París, 1976, p.42.
9- J.Lacan, "Discours á l'EFP", op.cit., p.46.