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Por Graciela Brodsky

He dividido mi presentación en dos partes.

La primera es sobre lo que sería lo propio de estas Jornadas, porque escucho comentarios de cierta desorientación o una cierta preocupación sobre el tema, bien porque es muy difícil o porque es algo nunca hecho. Hay una inquietud en el ambiente sobre cómo abordar el tema de las Jornadas, cómo abordarlo bien, cómo abordarlo de la buena manera.

La segunda parte se refiere al problema de la presentación de casos.

Tengo que decirles que la parte del problema que hace a las Jornadas es la que me parece menos difícil. De hecho es un dato que compartimos: uno no atiende igual a sus pacientes a lo largo del tiempo. La práctica cambia. Inclusive con un mismo paciente la práctica cambia. No sólo por el momento del análisis del paciente sino porque la propia ubicación del analista respecto del caso va cambiando.

A veces se puede precisar por qué cambia la práctica: cambia a partir de una supervisión, o cambia a partir de la lectura de ciertos textos, o a partir de haber escuchado una reorientación de la clínica psicoanalítica, por ejemplo, la que se produjo tras la intervención de Miller en el encuentro de Caracas o no hace mucho aquí, con su "Adiós al significante" y "La interpretación al revés". En fin, dentro de nuestra comunidad hay momentos que han marcado hitos.

A veces, lo que se verifica como el cambio con un paciente a partir de una supervisión, por ejemplo, se convierte en un cambio para otros pacientes y, en ese sentido, se puede decir que es el practicante mismo el que fue cambiando. Freud no atiende de la misma manera a la joven homosexual que a Dora. El hecho de haber confundido el objeto de deseo con el objeto de identificación lo alerta, y su práctica se transforma. Freud aprendió del desenlace inesperado que tuvo para él haber sido dejado plantado por Dora. Eso no le impide volver a equivocarse. Es, en todo caso, lo que demuestra Lacan.

Lacan no presenta su interpretación del caso Juanito de la misma manera en el Seminario 4 que en la "Conferencia sobre el síntoma" en Ginebra. Es decir que no es tan difícil ver cómo en los propios casos o en el comentario de casos de otros, no siempre se toma la cosa de la misma manera. Y siempre es interesante entender qué cambió en la enseñanza de Lacan, por qué su perspectiva del análisis de Juanito es distinta en el 75 y en el 54. Es un trabajo de reconstrucción que vale la pena hacer.

Creo entender que la propuesta para estas Jornadas es que el practicante dé cuenta de los cambios en su práctica, de lo que provocó esos cambios y que lo demuestre relatando el antes y el después en un caso.

Daré un ejemplo mínimo, breve y antiguo que extraigo de mi propia práctica. En ocasión del Encuentro del 86, "Histeria y Obsesión", llevé a control un caso que me interesaba especialmente porque mostraba la presencia de un fantasma perverso en un paciente obsesivo. Mi inquietud surgía porque no era simplemente un fantasma sino que era algo llevado a la práctica, y recurrentemente. En realidad, tenía una cierta duda diagnóstica sobre cómo ubicar esos episodios "perversos". Así que presenté el caso en la supervisión y sólo obtuve tres palabras. Se las transmito: "Usted quiere mucho a ese paciente". Nada más. No conocía de ninguna manera ese tipo de práctica de control. Me quedé completamente insatisfecha. Quería saber si se trataba de una obsesión o de una perversión, insistí y finalmente me dieron un panorama de la cuestión. No me acuerdo absolutamente nada de todo lo posterior que me permitió ubicar la obsesión y salvar la duda diagnóstica. Sólo me acuerdo de esas palabras totalmente inesperadas: "Usted quiere mucho a ese paciente".

Si yo tuviera que usar esto, mínimo, en un testimonio en el pase podría decir todas las consecuencias que tuvo muchos años después, en mi análisis, esta ubicación de mi posición respecto de ciertos pacientes y su conexión con otras coordenadas de mi vida.

Si ese mismo episodio tuviera que utilizarlo en las reuniones de las duplas lo usaría para dar cuenta de la importancia y la incidencia del control en la práctica del analista y de la incidencia de los distintos estilos de control, desde el control que opera por interpretación hasta el que opera por transmisión de un saber.
Pero si quisiera presentarlo para las Jornadas, entiendo que lo que tendría que hacer es presentar el caso del obsesivo en cuestión, demostrar de qué manera mi desconocimiento de la contratransferencia -para llamarlo por su nombre- orientaba la cura en una dirección y cómo a partir de un control que interpreta dicha contratransferencia, la dirección de la cura cambia y el caso mismo cambia. Es decir que tendría que presentar dos momentos del caso mismo, de la cura de ese paciente, antes del control y después, y demostrar que el caso es otro antes y después.

De todas maneras me parece que la dificultad de las Jornadas no está ahí. El gran problema es que se trata de presentación de casos y que en nuestra comunidad -y no me refiero solamente a la EOL- en nuestra comunidad del Campo Freudiano, el problema de la presentación de casos es un tema que no está resuelto.
El momento de tensión que se creó en la última reunión de las duplas entre la presentación de Baudini y Carmona -donde hablaron el fracaso de las noches clínicas en la Escuela- y la respuesta de Beatriz Udenio -objetando que se pudiera hablar de fracaso- da cuenta de que con las presentaciones clínicas se toca algo bien real cuya solución no hemos encontrado todavía.

En la ECF, cuyas próximas Jornadas tienen como título "Tú puedes saber cómo se analiza en la Escuela de la Causa" -y que está exclusivamente destinado a la presentación de casos- hubo entre los meses de Marzo, Abril y Mayo una serie de pequeños textos sobre la presentación de casos clínico elaborados por psicoanalistas de dicha Escuela, que aparecieron en la lista de debates electrónico que se llama ECF debats.

Para esta noche, tomé alguna cosas de tres de ellos: el trabajo de P.-G. Gueguen, el de P. Malengreau y el de P. De Georges.

Lo que extraigo como enseñanza de allí se puede organizar a partir de tres oposiciones.

La primera es la oposición entre el historial y la viñeta.

Ustedes saben de qué se trata el historial. Se puede decir que hay al menos cinco historiales sobre los cuales se apoya prácticamente todo lo que sabemos sobre la clínica psicoanalítica de las neurosis y la psicosis. Y no exagero, porque me puedo amparar en Lacan, cuando dice en el Seminario 5 que el historial del Hombre de las Ratas condensa todo lo que sabemos sobre la neurosis obsesiva. Y es cierto que son pocas las piezas que Lacan agrega al edificio que Freud construye ahí. El historial como práctica tiene su carta de ciudadanía en la medicina. La viñeta, en cambio, es un invento nuestro, del Campo Freudiano. Recuerdo el momento en que se acuñó la palabra. No forma parte de la tradición psicoanalítica, es circunstancial, con el único objetivo de obtener brevedad y concisión en las presentaciones de casos.

Una viñeta, como su nombre lo indica, es una ilustración. En los Escritos tenemos un ejemplo, creo que es el ejemplo, de lo que sería una viñeta. Es el famoso caso del obsesivo que hace un episodio de impotencia y que Lacan comenta en "La dirección de la cura...". Son diez renglones que dedica al caso en sí mismo, pero Lacan enseña ahí cómo un problema psicoanalítico puede ser planteado y resuelto en ocasión de la exposición de un caso clínico. Se trata entonces de un problema que el caso ilustra, y sus soluciones posibles. El método que Lacan utiliza allí hace girar la exposición alrededor de un solo punto: son diez renglones que permiten demostrar de una vez y para siempre qué quiere decir que el falo es el significante del deseo.

La viñeta ilustra un punto de la teoría, acompaña un desarrollo teórico. No es equivalente a la presentación de un caso. Una viñeta no es una presentación breve, no es asunto de extensión. Tampoco un historial se define por tamaño. Es mejor aceptar -tomo las palabras de Gueguen- que la extensión de la exposición no es necesariamente una garantía pero que todo resumen no produce de ninguna manera un witz.

La segunda oposición que se puede establecer es la que existe entre la construcción y lo que P. Skriabine, llaman "dar razones".

Freud describe al psicoanalista como un constructor. Dice que recoge y junta los materiales dispersos y fragmentarios, aleatorios y desordenados que el analizante entrega en la asociación libre, y con este material extraído de la cura misma construye lo que va a ser posteriormente el caso a partir de pequeños destellos que le van a servir para su obra arqueológica. Es un trabajo que se apoya en el método hipotético-deductivo. La construcción no consiste en transmitir de un modo pretendidamente literal la secuencia de las sesiones, sino de separar las líneas de fuerza, los ejes que ordenan el caso. El fin -dice P. De Georges- "es ver claro, esclarecer, argumentar y dar cuenta del trabajo de la cura. Lejos de hacer del caso una ilustración de la teoría apuesta a hacer surgir, llamar la atención, sobre el divino detalle, el elemento más singular que signa al sujeto en su diferencia".

¿Qué es lo que agrega la idea de "dar razón" a lo que conocemos como construcción Es sencillo. Se trata de tomar en cuenta que los hechos que se recogen y se ordenan en la construcción no responden a ninguna evaluación objetiva y neutra, sino que el que recoge el material, el que lo ordena, es de hecho el agente de los hechos que construye. Desde esta perspectiva, la implicación del analista en el caso es imposible de eliminar.

La última oposición es la que se establece entre la clínica objetiva y la clínica demostrativa. Malengreau, se refiere aquí a un pequeño párrafo de Miller que extrae de la Conversación de Arcachon. Allí, se está hablando de la psicosis y se evocan ciertos fenómenos de irrupción libidinal. J.-A. Miller insiste entonces sobre la necesidad de ubicar esos procesos, esas irrupciones de goce, en su proceso simbólico. A falta de ello, dice Miller, "uno se encuentra con una clínica a la que, al decir de E. Laurent, uno querría retorcerle el pescuezo. Es una clínica que se contenta en decir 'Y bien, ¡está invadido por el goce'!. ¿Por qué aparecen las placas en el cuerpo del paciente? 'Es un fenómeno de goce'". La indicación de Miller es que en todos los casos hay que intentar restituir lo que se puede de la fase de alineación para poder dar su justo lugar a los fenómenos que dependen de la separación. La seriación de los significantes es imprescindible para poder demostrar el significante que falta, el que no cesa de no escribirse en cada caso y que no deja más salida que la invención. De allí, agrega Malengreau, el aburrimiento de las presentaciones clínicas que establecen exhaustivamente la secuencia significante (clínica objetiva), pero donde no se encuentra la sorpresa. Son secuencias donde nunca aparece lo no programado.

Termino con una cita de Gueguen: "Así, el trabajo del caso consistiría en transformar un punto de dificultad del analista ligado a su relación con el psicoanálisis, en una ganancia de saber para él, en una ganancia de operatividad para su práctica y en una ganancia de transmisión para la comunidad de los analistas".

Ni más, ni menos.