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Crónica | Viernes 21 de Diciembre de 2007
La Felicidad o la Causa del Goce. Eric Laurent (París)
 

Por jalvarez

Conferencia de clausura de las VI Jornadas de la ELP "La experiencia del objeto en la clínica psicoanalítica. Cuerpo y causa", celebradas en Madrid el 10 y 11 de noviembre de 2007.

El siglo XVIII hizo de la felicidad un objeto político. Así, en Inglaterra, Mandeville, con su fábula de la abejas demostró que los vicios privados de la Aristocracia contribuían a la felicidad publica. La felicidad privada tenía una función económica: vicio privado, beneficio público. Al contrario, en Francia, Saint-Just planteaba que la felicidad era algo nuevo en Europa, y sostenía que sólo la virtud privada podría contribuir a la felicidad pública. Hasta que la báscula de la revolución en el Terror marcó el impasse del hombre del deseo tal como lo concibió la Ilustración. Fue Freud el que permitió retomar las aporías de la Razón sosteniendo que la razón es una razón libidinal, criticando todo universal del Bien y mostrando la aporía de la búsqueda del placer que abre las puertas al más allá del placer. No hay un hedonismo apacible para el psicoanálisis.

Es el avance de la biología en el siglo XX y XXI el que va a tener consecuencias decisivas para la biopolítica moderna. Se franquea entonces un paso decisivo con el anuncio del descubrimiento de una nueva ciencia: la ciencia de la felicidad. Parece esta una contribución decisiva a la política de las emociones tan vibrante en el nuevo espacio público. Es Lord Layard, reformador social -director del Centre for Economic Performance at the London School of Economics, quien junto con Lord Davies y Anthony Giddens, convierten la London School en un laboratorio del new labour de Tony Blair- el que hace este anuncio en un libro publicado en 2005. Layard se hace conocer primero, proponiendo nuevas políticas de empleo donde se apunta a estímulos tanto positivos como negativos para reintegrar a los desamparados al trabajo y así sacarlos de la lista de beneficiarios del sistema. Su propuesta se concreta en flexibilizar los salarios y trabajar más tiempo. Esto conduce a la deconstrucción del estado del bienestar en nombre de una nueva definición de la felicidad.

Esta ciencia de la felicidad se basa en la economía como búsqueda de una medida adecuada de la actividad humana. Pero la medida nunca es la buena, por lo que se requiere mantener la conversación en forma permanente. Después de la Gran Depresión se comenzó a usar el PIB para medir la riqueza de los países. Pasado el momento de recuperación de la producción, se constato que este no es una medida ideal ya que no incluye, por ejemplo, lo que una economía contamina y no sólo lo que produce, caso de China en este momento. Se buscan otras medidas, pero como la economía se maneja en un campo de una racionalidad limitada, parcial y no total, muestra un agujero en su centro llamado A –tachada– por nosotros. El índice sería una suplencia que intentaría tapar este agujero.

Pero, ¿cómo se introduce la medida de la felicidad? Es por el cruce de dos corrientes: por un lado, la psicosociología, que busca medir la felicidad desde el final de la segunda guerra mundial en Estados Unidos. La guerra fue el momento de aceptación de las técnicas de psicología social en los EE.UU., en principio en el ejército. Desde 1945, el censo en los EE.UU., incluye una pregunta sobre el sentimiento de felicidad con encuestas de tres casillas donde las respuestas son: muy, moderado o poco feliz. Esto se extiende a Europa en 1974 estableciéndose un índice de la felicidad en el cual se incluye a toda la población. Se constata que este índice no se modifica cuando mejora al doble o al triple el PIB, como en Japón, estableciéndose alrededor de los 1.200 euros la unidad de medida a partir de la cual permanece estable. La deducción que hace Layard es que la riqueza no hace la felicidad y que tampoco el welfare modifica el índice. De otro lado, la psicosociología se cruza con un cierto uso de los resultados de las neurociencias. Layard se apoya en los resultados de un laboratorio de la Universidad de Madison-Wisconsin que empezó por estudiar desde hace 25 años el efecto de los antidepresivos sobre las imágenes del cortex. Extienden su investigación a las imágenes que puedan tener un efecto positivo o un efecto depresivo. Actualmente se muestra al sujeto una imagen de un bebé feliz y se ve que es el córtex prefrontal derecho el que se activa y que lo hace el izquierdo cuando la imagen mostrada es la de un bebé monstruoso. Esto les permite deducir que hay una separación entre el pensamiento positivo y el negativo, rechazando la idea de continuidad, -como piensa el psicoanálisis-, entre el placer y el más allá del placer. ¡No! –dicen–, son cosas distintas.

También se comprueba, gracias a un investigador Richard Davidson -de la Universidad de Madison, Wisconsin- que la meditación budista tiene efectos en el córtex pues aumenta la actividad del derecho y baja la del izquierdo, controlando mejor sus emociones a través de la amígdala. Sería una técnica del futuro ya que permitiría controlar las emociones. Este experimento mostraría que es posible una separación –a nivel del cerebro– entre la felicidad y el malestar. Hay que notar que el método de medición está sostenido en imágenes, es decir, en lo imaginario, y es parecido al cognitivismo emocional de Antonio Damasio quien hace una cartografía cerebral de la alegría.

Con estos métodos lo que se pretende es borrar cualquier variación individual de lo que pueda significar ser feliz o estar alegre o desdichado. Al suprimir las variaciones, Layard puede sostener que descubrió una nueva ciencia porque tiene un objeto constituido, objetivable. Ya sabe que, a partir de un cuestionario, se va a afectar el córtex del sujeto, es decir, que hay coincidencia entre la declaración y el estado cerebral y, por lo tanto, con un cuestionario sencillo puede objetivar la felicidad de los sujetos con la certeza de una ciencia.

El problema es que este índice de felicidad no reacciona con las variaciones de la riqueza, ni con todos los cambios que se han producido en la cultura en los últimos 50 años. ¿Por qué hacer de un índice –que se comporta con una indiferencia tan grande a lo que varía–, una guía para las políticas públicas? Es extraño. Si la palabra alegría es objetivable, ¿cómo explicar las variaciones de lo qué es la alegría a través de las civilizaciones?

Esta indiferencia produce efectos perversos en la cultura, como lo que sucede en Bután primer estado donde se adoptó el índice de la felicidad como guía de la política, justificando así el desplazamiento de la población de origen Nepalí para mejorar la felicidad de los Butanis de origen.

Más cercano, Robert Putnam de Harvard, profesor de public policy quien se hizo famoso con su libro “Bowling alone”. Él constata en su más reciente estudio, y a pesar de su progresismo, que lo que mantiene la calidad del lazo social es la homogeneidad de una comunidad. La consecuencia de esto es que para mantener la calidad del lazo social habría que homogeneizar; reforzando de este modo el fracaso del melting pot norteamericano.

Por lo tanto: ¿hay que favorecer este índice de la felicidad y sus políticas? Hay una causa más profunda que está operando y es que se ha reemplazado la heterogeneidad de las causas del deseo por un índice único de la medida de la felicidad y que produce como tal un efecto perverso ya que deja en manos del experto que -con sus cifras- pueda imponer la felicidad a un sujeto: dice saber más que el sujeto, y entonces se permite forzarlo a una posición de goce en nombre de su felicidad.

¿Por qué estos aspectos al mismo tiempo indiferencia por un lado y reacción tan viva por el otro en el contexto comunitario? La felicidad tiene un aspecto imaginario ya que uno es feliz si tiene lo que tienen los demás. Es la variable que aísla Layard: la gente trabaja para tener lo mismo que el vecino. Esto implica un empuje al goce, el infierno hedonístico tal como lo llama la economía para la felicidad. ¿Cómo desanimar a los sujetos de esta adicción que no va darles ninguna felicidad más? Aquí interviene Layard diciendo que habría que subir los impuestos así no trabajan más y repartir las ganancias. El new labour no lo acepta. Pero, por otra parte, la felicidad frente a este aspecto hedonístico tiene una posición conservadora: cuando se usan otras variables, los más felices son los que están tranquilos, casados, siempre en el mismo oficio, que no cambian ni se mueven, en una homeostasis: la felicidad así definida es la homeostasis del placer, lo cual está de acuerdo con la teoría analítica.

Habría que entrar en diálogo con los partidarios de la política de la felicidad ya que al aplastar las dimensiones subjetivas bajo el concepto de felicidad, ignoran las paradojas de la razón libidinal freudiana. El placer, su más allá, el empuje superyoico al goce y el deseo como deseo de otra cosa, son cada vez dimensiones distintas que entran en conflicto y que cuando quedan bajo el significante-amo “felicidad” se pierde el rumbo, se pierde la complejidad de esta intrincación.

Al desconocer Layard esta intrincación y tomar en cuenta exclusivamente la contradicción entre el empuje hedonístico y el aspecto conservador de la felicidad, y preguntarse cómo hacer para mejorar el índice de la felicidad, es donde se le ocurre una sola solución: operar sobre la depresión que ataca al 16 por ciento de la población ya que tendríamos herramientas para resolverla. Así en su informe “The depression report: a new deal for depression and anxiety disorders” de junio de 2006, propone un gran abordaje de la depresión –más allá de los fármacos–, mediante terapias conductuales basadas en medidas parciales de laboratorio. Propone que con series de 16 sesiones a lo largo de cuatro meses, no sólo se conmovería la inercia fundamental del índice de felicidad, sino que se podría autofinanciár y desarrollar una burocracia enorme. Como los deprimidos así tratados podrían regresar a trabajar, lo que se gastaría en este Servicio Nacional de Felicidad, se ahorraría el más de trabajo de los sujetos tratados y el menos de beneficios del emparo. Para atender a toda la población haría falta doblar el número de psicólogos clínicos y de psiquiatras. ¡Gran alegría de estos en Inglaterra! Claro que el problema es pasar de las medidas de laboratorio tipo Davidson o Damasio a toda la población. Se han construido dos centros en Inglaterra para investigar esta propuesta con tratamientos protocolizados y con medidas computarizadas. Por el momento lo publicado en revistas especializadas como Mental Health en diciembre de 2006 no justifican esta utopía.

Podríamos constatar con ironía que estos centros de TCC son algo parecidos a los CPCT. Ellos son nuestros laboratorios donde se puede pensar que se aumenta el grado de felicidad del sujeto, tal y como vimos en los casos presentados por Rosa Godínez y Amanda Goya. No estamos en contra de afirmar la utilidad pública del psicoanálisis, pero sin perder la brújula de lo que es la causa del goce en cuanto se opone a una concepción ideal del Bien y sosteniendo la dimensión de la contradicción entre el placer y el goce, para desembrollar los efectos de las identificaciones y regular las invasiones del goce. No despreciamos la lucha de nuestro reformador social pues también nosotros ponemos nuestros aparatos para luchar contra el malestar, pero no queremos esta posición activo-sádica.

El problema es que en Europa la lucha por el empleo, las políticas del full employment, han producido efectos extraños como la multiplicación de categorías donde se distingue a los desamparados de corta o larga duración, los que trabajan pero se mantienen pobres, los que quieren trabajar en otras cosas y no pueden. Así que el trabajo no se encuentra más como objeto de una identificación sino de rechazo.

Si se quieren medir los resultados en la lucha contra la depresión en la estricta reintegración en este extraño mercado de trabajo, podemos pensar que tendremos categorías tipo de empleos adaptados a los distintos tipos de depresiones: larga o corta duración, depresiones resistentes, burn out por exceso de trabajo. El debate ya no sería sobre la flex security sino sobre la flex mood security: ¿cómo garantizarse contra la flexibilidad del humor?

¿Por qué Inglaterra aceptó las seducciones de la nueva ciencia de la felicidad? Depende de la particular relación que tiene la cultura inglesa con lo real: el empirismo ingles, a los ingleses les gusta no contarse historias. No les gusta el pathos de la política continental: acotar lo que se cuentan franceses, españoles, italianos, etcétera. Tampoco han conocido la derrota desde hace dos siglos y tienen una relación con el futuro muy particular. Esto incidió en la seducción de las terapias conductuales, con su ignorancia del pasado y su decisión de mirar hacia el futuro, sin considerar los efectos que tiene el retorno de lo reprimido y el retorno de las identificaciones que se revelaron como mentiras. Todo esto puede ser ignorado. Acotar el nivel de historia, de representación colectiva con el silencio de los expertos, para ellos puede entrar en esa perspectiva benthamista de una solidaridad común. Pero el silencio de los expertos es muy particular. Hay muchos tipos de silencio, no sólo el de los expertos: está por ejemplo el hacer callar a la voz superyoica.

Hacer la vida más digna y humana en el espacio retorico francés, español o italiano es más difícil que sólo hacer callar el debate público: se necesita una ley como en España sobre las consecuencias de la guerra civil o en Francia sobre la colonización. No leyes sobre la historia, no por decreto definir, sino leyes que tocan a identificaciones como las leyes sobre injurias antisemitas. Esto es parte del relato común que nuestro espacio de identificación permite. Las fallas del melting pot americano o en Europa el problema de los Balcanes, no se pueden arreglar con un índice de felicidad que aplastaría la consideración de lo que es la heterogeneidad de las causas del deseo que están en juego en estos espacios.

Nuestra política del psicoanálisis es convencer a nuestro partenaire, que es la civilización en la que estamos, que uno por uno podemos proponer una regulación o proponer en nuestros trabajos testimoniar de cómo en condiciones subjetivas precarias, de sujetos que no tienen la misma vinculación con el relato edípico o con la posición paterna, que incluye familias que no están en la felicidad, que tienen esta precariedad simbólica; podemos testimoniar cómo en los casos que fueron presentados, cómo sujetos muy frágiles, con identificaciones muy lábiles, pueden encontrar en un tratamiento de orientación psicoanalítica una forma de regulación del empuje al goce, de la paradoja hedonística que hace conectar el placer y el más allá de los efectos adictivos de los goces propuestos en nuestro espacio permisivo. Esto no se hace con incentivos autoritarios, ni sin tomar en cuenta los efectos mortíferos de dejar a un sujeto abandonado a su goce. Podemos dar cuenta caso por caso, pero podemos dar un paso más y ver cómo podemos transmitir esto pero de manera mas vectorializada, siempre uno por uno, no con instrumentos de evaluación que acortan toda historia posible –tipo cognitivo conductual–, pero sí a nuestra manera, proporcionar instrumentos más vectorializadores que nos permitan ser amables, no seductores, a la mirada de nuestro partenaire del siglo XXI, el estado actual de nuestra civilización.