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Noticias Nº 1632 | 5 de Abril de 2008
Crímenes por internet
 

Por Silvia Ons [*]

Hace ya algunos años un gran psicoanalista llamado Javier Aramburu se refirió a una noticia que conmocionó a la opinión pública.[1] Nada hacía suponer que una discreta madre de familia solicitase por Internet, un partenaire, que quisiese torturarla sexualmente hasta morir. Su pedido tuvo rápida respuesta ya que un analista de sistemas lo satisfizo inmediatamente. Además la mujer contó con otros seiscientos candidatos que se ofrecieron para cumplimentar su demanda.

Recientemente, los diarios difundieron una información aún más espeluznante, Un hombre de 42 años, llamado Armin Meiwes, técnico en computación y apodado "El caníbal de Rotenburgo" publicó un aviso por Internet pidiendo gente que se prestara a ser comida. Se presentaron cinco personas que por una u otra razón fueron rechazadas y finalmente" el elegido" fue un ingeniero de Berlín, Bernd Brandes, quién se ofrendó para ser devorado en vida. El técnico en informática no sólo confesó haber asesinado y comido a su víctima sino que no se privó en relatar detalles escabrosos como el de haber compartido con el castrado el pene como plato de mesa. Luego de asesinarlo Armin Mieiwes guardó parte de los restos del ingeniero en el freezer, e hizo también espectáculo de ese horror ya que filmó las 10 horas en las que duró el hecho.

"El caníbal de Rotenburgo" albergaba deseos "caníbales" desde su infancia, pero fue por la vía de Internet que pudo ponerlos en práctica, ya que por su intermedio localizó sin demora a los aspirantes. El mercado da para todo y los fantasmas se ofrecen cual mercancías como si fuesen un producto y lo que era clásicamente íntimo se brinda a consumir sin pudor. A medida que se debilita el espacio público, lo privado se hace obscenamente público. Internet favorece que los fantasmas privados adquieran inusitada consistencia, elevado espesor y se realicen... fácilmente sin mediación, sin pruritos, sin vergüenza, hasta llegar- como en estos casos, a la muerte. Y aún sin alcanzar este extremo, multitud de escenificaciones sexuales encuentran por ese camino la manera más facilitada para concretarse.

Considero que tal realización automática de los fantasmas tiene relación con la ausencia real del rostro ya que el rostro está omitido en ese tipo de contactos por Internet, pese a las fotos, pese a las cámaras en las que se ven las imágenes de las personas en juego, pese a que luego, en un encuentro se "vean la cara". Claro que para profundizar en este punto, es necesario detenerse en la significación de la presencia real del rostro ya que -es mi hipótesis- esa presencia tiene función de límite en las consumaciones fantasmáticas. Baste pensar, en una primera aproximación, en la forma en la que el impulso fantaseado se antepone a cualquier historicidad de la persona, a cualquier rasgo singular, a cualquier impronta ya que ese impulso va primero, se torna idéntico al sujeto que está en juego, se le adelanta. Basta alguien que quiera "ser comido" y… ya está todo. Se ofrecerán todos aquellos que formen parte de esta clase, suprimiéndose así la especificad de cada uno.

Sin ir necesariamente al caso del siniestro caníbal retrotraigámonos a las situaciones corrientes. Alguien enuncia sus preferencias sexuales por Internet y de este modo esas preferencias toman un valor que antes no tenían ya que transformadas en mercancías adquieren un valor agregado. Tal valor tiene su analogía con el valor de cambio descrito por Marx, en la medida en que ingresa al mercado lo que antes era sólo valor de uso. Aquí hay que entender el mercado no solo desde el punto meramente financiero sino como una vitrina en la que algo se da a ver para ser elegido según "el gusto". Y de la misma manera en la que cualquier experto en economía sabe que la oferta genera demanda, habría que preguntarse si el gran abanico de perversiones en la actualidad no está favorecida por las mismas ofertas.

Lo privado sufre una transformación haciéndose público y apto para el consumo. En tal transmutación los "apetitos" adquieren una consistencia insospechada, como si la posibilidad de confesión y de concreción les insuflase un peso suplementario. El tema excede lo específicamente clásicamente considerado como sexual, para el caso baste evocar los suicidios colectivos de los jóvenes japoneses, suicidios que fueron pactados por Internet y que por ese medio también encontraron la manera más viable para ejecutarse ¿No fue acaso ese medio el que coadyuvó en ese pasaje al acto? Parece que encontrar a otros que tienen impulsos análogos hace que los propios tomen más fuerzas. Vemos entonces surgir un nuevo fenómeno de masas en el que los sujetos se identifican ya no por tener un ideal común sino ciertas inclinaciones que-insisto toman mayor fuerza al ser confesadas y colectivizadas. Hay páginas en Internet que alientan desenlaces letales, como morir, como no comer, tales páginas son fácilmente exploradas por esos muchachos que no se desprenden de la computadora, llamados kikikomori en Japón. El signo de alarma fue mayor para la opinión pública cuando la concreción de la muerte programada por Internet, trascendió el país de Oriente, llegando al Reino Unido.

O, reflexiónese, para ilustrar, en las frecuentes cavilaciones de algunos adolescentes acerca de la identidad sexual, esas dudas son prontamente sofocadas cuando lo que antes era una fantasía es considerado como indicador de una certera preferencia sexual. Más allá de Internet, en nuestra contemporaneidad todo lo que le ocurre a un sujeto es prontamente subsumido a una supuesta identidad del ser: para dar alguno de los múltiples ejemplos: si una chica piensa en demasía en una amiga es por ser lesbiana, si come mucho dulce bulímica, si experimenta cambios anímicos, bipolar. Eclipsando los matices de las cosas tales nominaciones borran su misterio y hacen que muchas veces, lo que antes podía ser para un sujeto un pensamiento, una conducta esporádica o una fantasía se torne prontamente una clave que responde a lo que sería la real identidad. Y cuando un sujeto está desorientado -algo muy habitual en estos momentos- se aferrará tanto más a aquello que le daría un supuesto ser.

Freud se refirió a ciertas fantasías que circulan sin demasiada intensidad hasta recibirlas de determinadas fuentes.[2] Internet funciona como una fuente adicional que les ofrece la oportunidad de brindarse como ávidas prendas en un escaparate en el que encontrarán respuesta sin demora. Recuerdo la feliz expresión de Lacan, acerca del fantasma como prêt à porter, listo para ser llevado, listo para ser llevado por la vía facilitada de la vitrina informática.

Los fantasmas se muestran sin mediaciones y los sujetos se tornan idénticos a sus supuestas inclinaciones pulsionales hasta llegar a tener el nombre de esas inclinaciones ( "los caníbales", "los sádicos", "los masoquistas"," los fetichistas", " los bisexuales", "las bulímicas", "las anoréxicas", "los drogadictos", "los homosexuales" etcétera), perdiendo singularidad para formar parte de una clase. Notablemente los sujetos ya no están representados por significantes rectores que los nominan en el espacio público, y que clásicamente señalan su lugar en lo social sino por maneras de gozar que inusitadamente se confiesan.

Hace poco, en esta revista se trató el tema de la importancia del trasero en nuestros días, considero que el asunto trasciende a la concreta atracción por esa parte del cuerpo. En efecto el gran goce de la época consiste en develar todo aquello que está "por detrás", ese gusto va desde la fascinación por los backstage, la complacencia voyerista por Gran hermano, la impulsión por dar a ver fotos con procacidades sexuales, los chismes artísticos (proliferan los programas "especializados" en ese rubro) y todo aquello que muestre lo que hay detrás de bambalinas. En otro orden, lo mismo se revela en el deleite por sondear qué hay detrás de la vida de un gran hombre, que secreto lleva en las espaldas, cuales son sus debilidades, qué de sus aventuras libidinales, etc. Con el pretendido lema de hacer aparecer los aspectos más humanos de las figuras relevantes subyace el placer mórbido de rebajar la imagen, metafóricamente "mostrar su trasero" igualarlo al de todos. No es casual que dicha parte del cuerpo es también aquella en la que los sexos no se diferencian, el "imperio del culo" es así el imperio de la igualdad donde las diferencias que si importan se reducen a… tener un buen culo o no. O a los distintos formatos a los que se alude: estilo "pera", estilo "campestre" o estilo "melones". Y todo ello va en desmedro de la importancia del rostro en su máximo valor expresivo, en su extremo más sensible ¿Acaso no se lo tapa cuando se quiere que no se identifique a una determinada persona? O al menos, no se deben ver los ojos, indicando con esto el poder para el reconocimiento, que alberga la mirada.

Miller[2] habla de la desaparición de la vergüenza como uno de los síntomas de la época, síntoma que articula con la muerte de la mirada de Dios, la desvergüenza entonces es la puesta en escena de las consecuencias de la muerte de Dios. El capitalismo tardío inaugura el imperativo de que se puede decir todo, y mostrar todo propiciando así la pérdida de la vergüenza. ¿Y no se ancla acaso el sentimiento de vergüenza en ese rostro que se sonroja cuando se intentan levantar los velos? Es que la vergüenza opera como guardiana de una reserva, preserva lo más íntimo, hace tope. Al desvergonzado se lo llama "caradura" y de este modo se alude a un rostro que ha perdido sensibilidad y que ya no experimenta ningún pudor. Se dice que "no tiene cara" a quién ha perdido la vergüenza, mostrando así la asociación necesaria entre los dos términos. Se nombra como "descarado" al impúdico y, otra vez, es siempre la supresión del rostro la que se indica.

No por nada las reflexiones que gravitan en torna a la vergüenza vuelven una y otra vez a la importancia de la mirada. En la célebre reflexión sartreana la vergüenza es la experiencia de perder la propia imagen ante la realidad corporal inerte y vulgar. Freud y Lacan, en cambio no dejan de situarla en su relación con la sexualidad y el goce, no es tanto el cuerpo sartreano que en su "para sí" está avergonzado de su "en si" decadente. En todo caso tal decadencia lleva el estigma de la sexualidad develada ante la mirada, al modo del mito bíblico en el que Adán y Eva cubren sus geniales al aparecer la idea de pecado. En otra línea, Levinás[4] también se opone a Sartre cuando plantea que la vergüenza no deriva de la conciencia de una imperfección o carencia sino de la imposibilidad de nuestro ser para desolidarizarse de sí mismo. Así, en la desnudez, experimentamos vergüenza por no poder esconder aquello que quisiéramos sustraer a la mirada. Cobra aquí relevancia el análisis que Silvio Maresca[5] consagra al término griego adiós. Aidós, es para los griegos sentimiento de vergüenza, pudor, honor, dignidad, consideración, respeto, reverencia, perdón, dignidad. Cuando Héctor descubre el seno de su madre ella le implora ¡"Héctor, hijo mío, ten aidós ante esto"!

Antes dijimos que los fantasmas se muestran sin mediaciones, diría sin adiós, sin vergüenza. Entendemos las mediaciones como los intervalos sin las cuales tampoco hay cercanía. En la conferencia sobre "La cosa" dice Heidegger[6] que la apresurada supresión de las distancias no trae ninguna cercanía.; porque la cercanía no consiste en la pequeñez de la distancia. Y se interroga acerca qué es la cercanía cuando pese a la reducción de los trechos, sigue estando ausente. A la cercanía no se la puede encontrar de un modo inmediato, en la cercanía están las cosas en su cosidad. Heidegger interroga al mundo tecnológico preguntando qué pasa cuando, suprimiendo las grandes distancias, todo está igualmente cerca e igualmente lejos. Reino de la uniformidad en el que se suprime la cosa como cosa en su dimensión de unicidad. No por nada fue también Heidegger quien definió al aidós como la palabra fundamental de la helenidad auténtica. Por ejemplo, en Homero, aidós designa el sentimiento de respeto frente a un Dios o un superior pero también el sentimiento de respeto que impide al hombre la bajeza. También para el griego la palabra es homologada al honor y -como afirma Silvio Maresca- si bien el término no alude para el heleno a lo sexual, sí alude en sus diversas acepciones, a un ocultamiento necesario. Algo debe quedar retenido, no mostrarse a la luz del día, para que impere lo bello. Aprendamos de los griegos: la desvergüenza posmoderna va paralela a la pérdida del sentido del honor. Algunos pretenden honrar así a la naturaleza olvidando al célebre fragmento de Heráclito que dice que a ella le gusta ocultarse: ¿no se la viola entonces cuando se pretende su desocultamiento? Remitiéndose a la célebre interrogación de Nietzsche "¿Es tal vez la verdad una mujer que tiene razones para no dejar ver sus razones?", Maresca asevera que el pudor es la esencia de la verdad, de la verdad-mujer, es decir de la auténtica verdad. Y que ese pudor es la forma de ser de la verdad, su proceder. La verdad está imbuida de aidós y exige -ya que es pudorosa- que también la relación con ella lo sea. La verdad pues demanda ser tratada como una mujer noble.

Muy tempranamente Freud se refirió a la relación con el semejante en torno al juicio gestado en el proceso perceptivo. [7] Sobre el prójimo -afirmó- el ser humano aprende a discernir. Los complejos perceptivos que emanan de este prójimo se separan en dos componentes: aquellas percepciones que hacen de él algo nuevo e incomparable y aquellas que lo hacen semejante a mi persona. Lo inigualable del otro es vinculado con sus rasgos en el ámbito visual mientras que otras percepciones visuales, como la de sus movimientos puede asociarse con los recuerdos de los propios entrando así en el terreno de la similitud. Freud dice que la porción dispar se impone como una ensambladura constante reunida como una cosa del mundo (Ding) mientras que la otra es comprendida por un trabajo mnémico, es decir reconducido a un trabajo de asociación respecto al cuerpo propio. Así, el complejo perceptivo, se descompone en dos : aquello que se resiste a la comprensión, matriz de aquello que hace insondable al otro y al propio sujeto, y aquello que permite la equiparación entre uno y otro. El semejante, encierra en su núcleo algo irreducible, todo proceso de reducción, todo intento de comprensión, deja un resto inasimilable. Es interesante que Freud denomine Ding a ese punto de opacidad que constituye a la otredad como tal: la Cosa.

En el célebre ejemplo de la jarra -tomado por Lacan[8] de Heidegger para ilustrar el das Ding- despliega de qué modo la cosidad del recipiente no descansa en la materia de la que está hecho sino en el vacío que acoge. La ciencia olvidará tanto al alfarero que moldeó ese vacío como al vacío mismo y al vino que lo llena, poniendo en su lugar una concavidad en la que se expande un líquido. De la misma manera opera la elisión de la presencia real del rostro en Internet como supresión de su cosidad.

Levinás[9] considera que el mal es aquello que puede cercenar la subjetividad a un componente inerte, aquello que cual imán atrae hacia una existencia anónima. En contraposición plantea una filosofía de la alteridad apta para revelar lo patético de la experiencia humana. En la vivencia metafísica del Otro se descubre la epifanía del rostro en la que el absoluto se muestra en su dimensión irreductible. En esa percepción del rostro que trasciende lo visible se lee el mandamiento "no matarás" ya que ese rostro me interpela, llamando a la violencia también le pone freno y la detiene. Creo que el rostro hace de límite a los fantasmas letales, opera como barrera ya que no hay rostro sin vergüenza. El mandamiento se ancla así en lo sensible del rostro, lejos de ser una prohibición vacía y exterior a la experiencia. Considero incluso que se puede pensar a la imposibilidad de devorar al Otro que surge con el encuentro con su irreductibilidad, como algo primero al del mandamiento de no matarlo. En todo caso ese mandamiento abreva en la imposibilidad de concretarlo. Y aún en los casos en los que el asesinato se consuma, la consabida frase que dice que no hay crimen perfecto muestra a las claras que la sombra del Otro sigue existiendo en su irreductibilidad.

 
 
Notas
* Silvia Ons, Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
1- Aramburu, J., El deseo del psicoanalista. "Síntoma y modernidad", Buenos Aires,Tres Haches, 2000, p.288.
2- Freud, S., "Lo inconsciente". El comercio entre los dos sistemas, en: Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu editores, tomo XIV, 1986, p.188.
3- Miller, J.-A., Curso XIX, clase 5 de junio 2002, inédito.
4- Levinás, E., De la evasión, trad. Isidoro Herrera Madrid, Arena libros, 1999.
5- Maresca, S., Aidós. Actualidad de la desvergüenza, UNL Santa Fe, Argentina, 2005, pp.42-65; y en elSigma.com, sección filosofía.
6- Heidegger, Conferencias y artículos, "La cosa", trad. de Eustaquio Barjau, Barcelona, Odós, 1994, p.43.
7- Freud, S., "Proyecto de Psicología", op.cit., tomo I, Buenos Aires, 1986, pp.376-7.
8- Lacan, J., El Seminario, libro 7. La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1988, pp.149-151.
9- Levinás, E., Totalidad e infinito, Salamanca Sígueme, 1997, p.202.