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La Nación | Martes 2 de marzo de 2010
Temor y temblor
 

Por Mario Goldenberg [1]

Los recientes sismos de Haití y Chile, catástrofes naturales, han producido efectos devastadores en la población de ambos países y efectos colaterales en los demás. Parafraseando a Sören Kierkegaard en su libro Temor y temblor , que escribe sobre otros temores y temblores relacionados con la creencia, los movimientos de las placas tectónicas, también llamados terremotos, producen un sentimiento de temor que puede llegar al pánico.

El terremoto del Océano Indico del año 2004, conocido como terremoto de Sumatra-Andamán, provocó una serie de tsunamis en los países que bordean el océano Indico y produjo alrededor de 230.000 muertes, uno de los desastres naturales más graves en la historia moderna.

Sin embargo, sucedió en un lugar muy alejado para nosotros, en otro mundo. Es conocido que casi no hubo víctimas en el reino animal, el sabio instinto los llamó a retirarse antes que llegue la gran ola. En cambio, el leve instinto de los humanos hizo desoír el alerta natural.

Así como estos sismos pueden devastar una gran superficie en segundos y mostrar la fragilidad de las instalaciones humanas, también muestran la precariedad del contrato social: los saqueos, la delincuencia, el caos, la falta de asistencia.

En Chile, según los primeros datos, han quedado dos millones de habitantes sin vivienda. Las imágenes en los medios muestran, al estilo del cine catástrofe, autopistas derrumbadas, autos destrozados, puentes caídos, construcciones destruidas. Recordaba la frase de Jacques Lacan, psicoanalista francés: "Nada oculta más, que lo que revela". Por eso es inevitable preguntarse qué oculta el espectáculo mediático.

El acento puesto en los saqueos pone en primer plano la seguridad, que seguramente es un problema, para ocultar la inseguridad de los dos millones que han quedado desamparados, sin techo, sin agua ni alimentos.

Los efectos del temblor telúrico tienen consecuencias en la subjetividad, desde la ansiedad de que un terremoto sacuda nuestra ciudad o nuestro país hasta el pánico a que la naturaleza se haya desatado y traiga destrucción y catástrofes como había anunciado Nostradamus.

Más aun, además de la caída de edificios, puentes y autopistas, puede acontecer el caos, con saqueos de hordas de salvajes. La Madre Tierra se está vengando por las malas políticas del medio ambiente, como ha dicho Evo Morales.

Es posible que el calentamiento global y la contaminación produzcan efectos en el medio ambiente, pero no es seguro que estos movimientos sísmicos sean provocados por las políticas o falta de políticas ambientales. Terremotos ha habido siempre. La prensa siempre se ocupa de recordarnos la serie de catástrofes con cifras. El temor que provocan estos hechos produce una avidez de sentido ante la angustia que provocan.

Sabemos que el trasfondo del ser humano es su angustia ante el desamparo, ante la muerte, ante las pérdidas, como señalaba Freud.

Esta inquietud produce una necesidad de sentido ante aquello que no lo tiene. La irrupción de lo real de la naturaleza muestra al armado simbólico de la civilización, sus construcciones, como endebles semblantes de cartón, así como también la fragilidad de las reglas que nos rigen.

 
 
Notas
* Fuente: La Nación
1- El autor es psicoanalista, profesor de la UBA, miembro de la EOL y la Asociación Mundial de Psicoanálisis.