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Blog AMP | Domingo 30 de enero de 2011
Entrevista para CIEC, Centro de Investigación y Estudios Clínicos de Córdoba (Argentina)
La ley de hierro del superyó - Entrevista a Eric Laurent
 

Nos preguntábamos sobre el concepto de superyó y encontrábamos en su presentación del próximo Congreso de la AMP que usted conjugaba la ley de hierro que dice Lacan refiriéndose al mercado con lo que usted formula como la ley de hierro del superyó. Queríamos preguntarle acerca de qué consecuencias extraer de esto, cómo pensarlo.
Hice esta formulación para acentuar la herramienta fundamental que nos brindó Lacan con su formulación de que el imperativo del superyó es un imperativo de goce, al mismo tiempo vinculado al Otro, utilizando el equívoco posible en francés entre gozar y escuchar, entre jouis y j’ouïs. Todo lo que se dice al sujeto, todo lo que escucha del discurso común, lo convierte en instrumento de goce. Esta formulación incluye el equívoco, y es para Lacan el resumen lógico de lo que fue una querella de 20 años dentro del movimiento analítico, cuando a partir de Melanie Klein se abrió un debate sobre el superyó. El superyó freudiano, el que desaparece cuando se quiebra el complejo de Edipo, era concebido estrictamente como un sistema de interdicciones, de interdicciones locas, paradójicas, pero sistema de interdicción. Y Melanie Klein descubría en la clínica de los niños, antes de esta experiencia, una ley de hierro del goce en ellos, manifestación de una pulsión de muerte. Y ella daba a esto una formulación de precursor del superyó. Y en uno de estos debates exquisitos, como saben hacer los psicoanalistas, se entró en consideraciones bizantinas sobre si era un precursor, no un precursor, un pre precursor… para salvaguardar el edificio con procedimientos de remiendo de la teoría. Lacan dijo que más bien lo que se manifestó en esto es que son las dos caras de todo sistema de interdicción, que toda ley tiene un núcleo loco. Hay un núcleo incomprensible de la ley, que incluye de manera éxtima el punto de goce del que enuncia la ley. Y eso es irreductible, sea al nivel del sujeto, sea al nivel de la cultura. Las leyes, buenas y malas, contienen algo de loco en su versión final. Y es esto lo que se manifiesta desde el inicio en esta ley de hierro del goce.

La consecuencia es que si la época es de la subida al cénit del objeto a, es una época de la subida al cenit de los imperativos del superyó, que se manifiestan en el imperativo de goce, el imperativo de ser el emperador de sí mismo, para obtener la máxima calidad de vida, el goce máximo, la satisfacción máxima. Si uno está feliz, cómo ser más feliz aún. Entonces la pregunta por el más, la pregunta por el encore, no cesa. Y es de esto que he tratado de escribir en su incidencia particular en la época, de la promoción del imperativo de satisfacción como regla en la civilización.

Usted dice que esto afecta a la autoridad, con consecuencias en la clínica, ¿y en las instituciones?
Afecta a la creencia en los semblantes del Nombre del Padre. Y la manera con la cual está afectada esta creencia se manifiesta de distintas maneras. Se manifiesta con el fin de las ideologías, de los grandes relatos –como decía Lyotard–, se manifiesta en una cierta increencia, un cinismo del ciudadano contemporáneo que ha pasado por experiencias nefastas al final del siglo XX y que no tiene la misma creencia en las religiones laicas que se daban por fuente de verdad y de autoridad; el empuje a la muerte, al sacrificio, no tiene el mismo valor, morir por estas ideas no tiene el mismo prestigio que tenía, y entonces esta basculación de identidad, esta basculación del imperativo, provoca reacciones también. El fundamentalismo es una de las respuestas, la restauración de un superyó aún más loco que el superyó general. El terrorismo islamista es reconstruir una figura, pero no de un Nombre del Padre que permite vivir, sino que permite un empuje a la muerte más fuerte que este empuje a la muerte de la adicción común o de las adicciones comunes.

Este régimen de increencia y de reacciones contra la increencia, define las paradojas de lo que se llama la autoridad. Esta descreencia en la autoridad también tiene sus lados buenos y malos. Los buenos, efectivamente, es que creer un poco menos en tonterías es siempre una ventaja. Lo que es desventaja, es que la increencia deja al sujeto abierto a sus imperativos de goces propios, particulares; no admite que haya una función reguladora, no la admite fácilmente. Entonces, no hay que inventar nuevas formas de autoridad cuando hay debate sobre cuál es la forma adaptada de la autoridad a la época. Se dice que hay que tener una forma más cooperativa de autoridad, menos solitaria, más bajo la forma “comité”, obtener el consenso. Y al mismo tiempo vemos que hay una llamada insistente al gran hombre, al que podría encarnar realmente una fuente de autoridad. Precisamente, estamos en Argentina, poco tiempo después de la muerte de Néstor Kirchner, y no voy a explicarles la necesidad que hubo en un momento dado en una crisis… que para salir de esta crisis no se salió por un comité; se salió por un hombre que encarnó en un momento dado, con un carisma particular, una fuente de autoridad posible. Pero yo diría que no se trata de esta llamada al hombre fuerte, esto produjo catástrofes en los años 30 y puede producir cada día nuevas catástrofes, la creencia nueva debajo del fondo de la increencia.

Lo que se busca es un nuevo amor. La respuesta a la increencia es el nuevo amor. Y no un nuevo amor al gran hombre, no un nuevo amor al comité, no un nuevo amor a un poder impersonal, sino más bien un nuevo amor que es protección. Si es autentico es protección contra la invasión de goce, contra la ley de hierro del superyó. Es, como se dice en el capítulo IV del Seminario Extimidad –que les animo a trabajar en su Seminario–, la envoltura formal, cómo el amor protege de esta invasión de goce con un velo. Es esto lo que se revela, la solidaridad entre amor y goce que permite que un nuevo amor, es lo que nos queda para mantener a distancia el imperativo de goce sea cual sea la forma con la cual se presenta.

 
 
Transcripción: Gracia Viscosillas