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Curso del miércoles 17 de diciembre de 2008

Jacques-Alain Miller: Cosas de finura en psicoanálisis VI

Yo busco el buen uso –porque aún no he encontrado cómo formularlo, cómo bien decirlo– del sínthoma en la práctica del psicoanálisis, en tanto que designa, que es, según la definición de Lacan, lo-que-hay-de-singular en cada individuo, del sínthoma entonces en tanto que es lo singular de cada uno.

La singularidad es una categoría lógica, pero es también una categoría en los límites de la lógica.

¿Podemos hablar de lo singular más allá de designarlo? ¿Podemos hablar de ello? Pues como tal lo singular no se parece a nada; ex–siste, ex–siste al parecido, es decir, está fuera, fuera de lo que es común. Y el lenguaje solo dice lo que es común –con excepción del nombre propio–, sin que lo propio del nombre sea una seguridad absoluta de la singularidad. El nombre propio es equívoco también. Me doy cuenta, en estos tiempos, cada vez que hago una reserva en los restaurantes (risas) Digo: Para el Señor Miller. Y me piden el nombre (risas). Porque singularmente en estos tiempos hay muchos Miller que hacen reservas en los restaurantes. Y entonces pongo en línea Jacques y Alain, y aparentemente eso basta para singularizarme. ¡Por el momento! No se cuanto tiempo va a durar, pronto si los Miller continúan multiplicándose en París será necesario que dé mi fecha de nacimiento. Difícil ser singular. Difícil hacerse conocer de este modo.

Digo que como tal lo singular no se parece a nada y subrayo como tal, puesto que, como no tal, se parece.

Me refiero al silogismo clásico. Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, Sócrates es mortal. Tres proposiciones. Ciertamente, no es ilegítimo decir que Sócrates es mortal en tanto que Sócrates es un hombre. Pertenece a una y otra clase de los hombres y de los mortales, forma parte de la clase de los mortales en tanto que forma parte de la clase de los hombres – esto debe entenderse como, los seres humanos. Hago la precisión puesto que, en los tiempos que corren, como se dice, ya no se escucha la palabra hombre sino por oposición a la palabra mujer. Como resultado, quieren hacernos decir Declaración de los derechos humanos en lugar de Declaración de los derechos del hombre – ¡vayan a decirles esto en 1789! La lengua, el sentido de la lengua, el sentido de las palabras de la lengua, evoluciona, es un hecho. A titulo de mortal y de hombre, Sócrates, el nombre Sócrates, no es singular, puesto que forma parte, pertenece. Si no tomamos el singular como tal, lo tomamos en tanto que pertenece.

La pertenencia de un singular es una cuestión que habita, que atormenta a la clínica a título de diagnóstico. Es lo que pone fácilmente en aprietos –si dejamos hacer–al clínico en el control. Es a menudo la cuestión principal que se lleva: ¿se trata de una psicosis o de una neurosis? ¿El sujeto es más bien obsesivo o histérico? ¿esta histeria es en realidad una psicosis ? La inteligencia del practicante es llamada a tener la precaución de repartir y de asignar el paciente a una clase o a otra. Esto se constata. Esa inquietud es por otra parte muy difícil de desplazar en el practicante. Difícil de darle la paz que puede hacer reinar el punto de vista de lo singular, en tanto que aporta un dejar ser: dejar ser a aquel que se confía a ustedes, dejarlo ser en su singularidad.

Según el punto de vista diagnóstico, Sócrates pertenece a una clase y a otra, pero según el punto de vista de lo singular, Sócrates es Sócrates, semejante a ningún otro. La tautología Sócrates es Sócrates no dice nada. Es el grado cero del saber, si lo queremos es la excelencia de la estupidez, es el desfallecimiento. Puede ser tomado así. Pero, desde otro punto de vista, es la expresión del respeto a lo que cada uno tiene de singular, de incomparable. Y es el permiso que se da para que ese otro sea, si me atrevo a decirlo, él mismo, tal cual, independientemente de los sistemas donde ustedes sueñan inscribirlos; en tanto que se trata de que ustedes, llamados terapeutas, por el contrario, ustedes se inscriben en su camino, que ustedes dejan desplegar, una ex–sistencia, fuera de los caminos ya explorados.

Me ocurre en efecto tener que hacer controles, que alguien que se arriesga a practicar el psicoanálisis viene a hablarme de su ejercicio, de los problemas que este ejercicio provoca en él. Lo que trato de introducir, insinuar en su manera, respetándola en su singularidad, el practicante también tiene derecho a la singularidad, lo que trato de insinuar, es el punto de vista de lo singular. Por supuesto, puede ocurrir, yo acepto el problema planteado en términos de clases diagnósticas, pero siempre intentando neutralizarlo en lo que tiene de apremiante, para hacer prevalecer lo que creo más propiamente psicoanalítico: el punto de vista anti-diagnóstico.

El diagnóstico vendrá por añadidura.

Haciendo esto, me parece que estoy en la línea de Freud tal como Lacan la resume en la página 556 de los Otros escritos: Todo en un análisis está por obtenerse –es de este modo como Lacan resume la posición de Freud–, está por obtenerse como si nada por otra parte se hubiera establecido. Veo allí presente lo que para mí es la orientación hacia lo singular.

Bien, es en esta misma línea que él empuja hasta el límite cuando profesa en su seminario que el analista, en cada sesión, debe haber olvidado todo: no sólo –como lo preconiza Freud– olvidar, poner en suspenso los otros casos, sino incluso olvidar la sesión precedente, de tal modo que cada encuentro, cada sesión, valga por sí misma. Es una ruptura, una discontinuidad que está llevada al extremo y que quiere sin duda acentuar el aspecto de acontecimiento, en el sentido de happening, de cada encuentro con el analista. Esto me parece excesivo, pero sin embargo, va en el buen sentido, que es restituirle su singularidad al momento.

El analista no es una memoria, no hace benchmarking, no compara: recibe la emergencia de lo singular. En todo caso, es lo que implica la orientación hacia lo singular.

No solo hay eso en la práctica del psicoanálisis. En otra vertiente en efecto el analista es una memoria. Guarda la memoria de los significantes que aparecieron, hace correlaciones, los articula, señala las repeticiones. Este trabajo de memorial, de secretario del paciente, le permite localizar la zona donde podrá llevar su interpretación, llegado el caso conserva mucho tiempo ese saber, hasta que se manifiesta para él el momento oportuno de decir y de sorprender al analizante con sus propias producciones –quiero decir las del analizante– re-presentándoselas inopinadamente.

Pero todo este trabajo de memoria, de localización de las repeticiones y de interpretación es otro registro diferente del que designo como la orientación hacia lo singular.

En lógica la singularidad pertenece a la teoría del juicio y precisamente en el momento de la cantidad. La cantidad de los juicios se distribuye en tres registros: lo singular, lo particular y lo universal.

Si nos referimos, por ejemplo, al curso de lógica de Kant –que no tuvo nada de destacable en la historia de la lógica, que es más bien la expresión de un sentido común de la edad clásica–, un juicio es la representación de una unidad, lo cito, la representación de la unidad de la conciencia de diversas representaciones, o incluso: la representación de las relaciones de esas diversas representaciones en tanto que constituyen un concepto. Un concepto, es lo que permite captar una extensión. La representamos aquí con un círculo (JAM dibuja un gran círculo en el pizarrón)- Kant dice una esfera, en referencia a las tres dimensiones, pero cuando él mismo se dedica a una pequeña representación gráfica dibuja círculos y cuadrados en dos dimensiones. Entonces, lo que distingue el concepto singular, el concepto que tiene la cantidad de lo singular, es que allí el concepto no tiene esfera, está encajado sobre el individuo: el concepto singular es un concepto que no tiene extensión. Su extensión, si queremos, es un punto, podemos trazar alrededor del punto un círculo salvo que el círculo debe concebirse como contiguo al punto mismo. (JAM dibuja un punto al lado del gran círculo luego un pequeño círculo contiguo a este punto).

Hay verdaderamente una extensión cuando hay como mínimo dos puntos (JAM dibuja dos puntos en el interior del gran círculo)

Lo que Lacan llama sinthoma, es por excelencia el concepto singular, aquel que no tiene otra extensión más que el individuo. Captándolo como tal, ustedes no pueden compararlo con nada. Bajo otros puntos de vista, por supuesto, pertenece a diferentes clases, particulares, incluso universales. Como Sócrates. Pero lo que Lacan llama sinthoma es la tautología de lo singular.

Kant señala que, desde el punto de vista de la forma lógica, el juicio singular es equivalente a un juicio universal en lo siguiente, que es sin excepción. Sócrates es mortal, desde el punto de vista de la forma lógica, es equivalente a Todos los hombres son mortales: todos los hombres son mortales sin excepción y no hay más que un Sócrates y solo uno.

Allí pasamos por el nombre propio, es de Sócrates, elegido entre todos para entrar en el silogismo balbuceado a través de los siglos, lo que es el colmo –Lacan lo señala en alguna parte–. Se eligió justamente a Sócrates para el silogismo y se articula su muerte por su naturaleza humana, mientras que precisamente ¡Sócrates fue asesinado! ¡No se murió de viejo! Fue asesinado, aparentemente según su anhelo, hizo todo para ello, y es ese escándalo de la muerte de Sócrates lo que se ha sellado, apagado, colocándolo en el silogismo donde se lo supone morir solamente por ser mortal, morir lógicamente mientras que murió según el deseo.

Se pasa por el nombre propio, de la misma manera que Lacan pone de manifiesto el nombre propio de James Joyce, pero él señalando que esto responde al deseo de Joyce de la promoción de su nombre propio, y es a ese nivel que Lacan actúa, otorgándole un sinónimo : Joyce el Síntoma. ¿Es este un seudónimo ? Le otorga su nombre propio completado `por aquello que a partir de allí no tendrá función de predicado, no es : Joyce es un hombre entonces Joyce es un síntoma, es Joyce el Sintoma.

En lógica matemática llaman a un nombre propio, un término singular. Quine –escribo en el pizarrón su nombre propio que no es tan famoso entre ustedes– en su obra Methods of Logic, que fue traducida al francés pero tengo aquí una edición americana, página 218, define un término singular como un término que apunta a nombrar uno y un solo objeto y que podemos por lo tanto utilizar, cuando matematizamos el lenguaje corriente, como una variable, x es mortal.

No es completamente coherente con su definición hacer preceder esta proposición de la cuantificación existencial, existe un x, tal que x es mortal:

Ejemplo Sócrates. Ejemplo, porque existe x (JAM rodea con un círculo el existe x) quiere decir –es así como se traduce su uso– existe al menos uno, es decir que puede haber allí varios: el cuantificador existencial está aparejado al particular y es por eso que cuando exhibimos uno bajo el régimen del cuantificador existencia, exhibimos un ejemplo.

El cuantificador que responde precisamente al singular, allí donde no hay un menos uno sino uno-y-uno-solo, ese cuantificador existe, fue creado por lógicos, está poco usado en el uso común, es verdaderamente el cuantificador de los singular, se escribe así:


Cuantificador existencial seguido de un punto de exclamación, ¡Ah! Aquel

Lo singular es como tal lo incomparable, no es el ejemplo, puede ser el paradigma –palabra que Lacan usa una vez y que hemos llevado al rango de lugar común–. Puede ser el paradigma cuando lo desplazamos en una clase particular, en la clase de los casos que se ordenan con este faro, el caso referencia. Para que haya paradigma es necesario que exista la singularidad de un caso tomado como incomparable y es después que adosamos vagones a esta locomotora que se va sola como el gato de Kipling.

Tratándose de lo singular, desfallece allí el espíritu de geometría, como dice Pascal, allí desfallece el matema, en el sentido de Lacan. Para captarlo, imposible partir de definiciones y de principios o bien de estructuras para demostrar el caso por un orden, por este orden de razones de las que hablaba Descartes y en lo que se inspiró su más eminente comentador, Martial Guéroult. Tratándose de lo singular, allí hay que sentir y juzgar con precisión, no se procede por la sucesión de razones, sino que es necesario –cito a Pascal– ver súbitamente la cosa. Lo singular, si adoptamos ese rasgo que señala Pascal en el pasaje que les he dado al comienzo de este trimestre, lo singular requiere el instante de ver. Hace prevalecer el instante de ver. Modela el entender sobre el instante de ver. Invita, en la práctica del psicoanálisis, a mantenerse en el instante de ver.

Es decir que a esto invita Bion preconizando el olvido permanente. Y si queremos dar sentido a o aparejar lo que fue la última práctica de Lacan de la sesión corta, ultracorta, de la sesión de encuentro, diremos que se trata de mantener el psicoanálisis al nivel del instante de ver, eso podría llegar hasta contentarse con el fenómeno. Tenemos el sentido –incluso si nos quedamos sin aliento siguiendo a Lacan en su vía–, tenemos el sentido en la práctica con ciertas psicosis, que requieren encontrar regularmente su dirección, su terapeuta, pero donde el intercambio puede, en el límite, bastar con el apretón de manos y con un ¿Todo bien?Todo bien. Sin embargo en este encuentro se cumple una función esencial por tocar, escuchar, percibir, sentir al otro, la garantía del mundo que ustedes son para aquel y que no tiene necesidad del bla-bla-bla: simplemente necesita un corazón que late, necesita la encarnación de la presencia.

Desde el punto de vista de lo singular, la sesión analítica tiende en efecto a reducirse al instante. Ah, no es algo conforme al principio del time is money, puede ser tachada de impostura por aquellos que rechazan lo que hay de verdad. La verdad es que, para el parlêtre, el efecto de encuentro es instantáneo. Todo se sostiene en el acontecimiento, en un acontecimiento que debe ser encarnado, que es un acontecimiento de cuerpo; definición que Lacan da del sinthoma. El resto, digámoslo, son preparativos; preparativos que son necesarios en la mayoría de los casos.

Pero el núcleo, el Kern en el sentido de Freud, el Kern del ser, es este instante, este instante de la encarnación.

El discurso analítico, la institución del psicoanálisis confronta al analista con lo singular, y como es insostenible, y bien, se refugia en lo particular.

Se conforta con diagnósticos y comunidades. ¡La comunidad analítica! ¡Desde que existe el psicoanálisis hay comunidad psicoanalítica! Es lo que acompaña como su sombra la singularidad psicoanalítica e incluso lo que rechaza en su sombra la singularidad psicoanalítica; esta comunidad despliega sus querellas, sus divisiones, sus polémicas y patatín y patatán, que ocupan la escena cuando la verdad es: el abismo de lo singular. El psicoanalista reclama, para protegerse de lo singular, una asistencia que encuentra en la clase diagnóstica y en el grupo analítico; es lo que Lacan designó como SAMCDA, Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico.

¡Y bien! Existen también CAMCDA–Conceptos de Asistencia Mutua (risas)

Eso se ve, se toca en todo lo que se practica como relato de casos. Un caso, como lo recordaba hace mucho tiempo, es lo que cae, un acaso es lo que cae y en particular lo que cae fuera de los sistemas y fuera del matema. Y cuando se lo escribe, habitualmente no se piensa más que en hacer un ejemplo. Es decir –hoy quizás haya pasado un poco la moda–, consistía en dar una proposición de orden general, extraída de los buenos autores, y luego decir: ¡Justamente! Este caso verifica lo que fue enunciado. Y en ese movimiento de verificación la singularidad del caso se borraba de entrada: ¡Sobre todo que esto no desmienta la teoría! Sobre todo que esto se parezca a algo! La virtud del caso tal como lo entiendo es precisamente no parecerse a nada. Y es de todos modos el sesgo que Freud eligió, al menos una vez, poner de relieve, al menos el aspecto de un caso que desmiente la teoría psicoanalítica.

Este registro polémico es fácil. Hay un nivel de defensa, que es más retorcido, más paradojal, pero en mi espíritu de geometría, de consecución, no puedo no entrar allí. Desde el punto de vista de lo singular, desde el punto de vista del sinthoma en tanto que es lo que hay más singular en cada uno, no veo cómo evitar decir –¡yo lo quisiera!–, no veo cómo evitar al menos pasar por esta proposición para calibrarla: El inconsciente, él mismo, es una defensa –sí–. El inconsciente es una defensa contra el goce en su estatuto más profundo que es su estatuto fuera de sentido.

La metáfora paterna, que es la retranscripción en términos lingüísticos del complejo de Edipo y de su declinación, que otra cosa es sino una máquina significante que da cuenta de esto, cómo el espíritu adviene al goce, si puedo decirlo, cómo el sentido adviene al goce.

Recuerden ustedes como Lacan ponía esto en juego. Un significante, el deseo de la madre – ella no está todo el tiempo delante de su pequeño, lo abandona y vuelve, están las ida y venidas, las apariciones y desapariciones, lo que justifica inscribirlo como un significante –DM. Más tarde Lacan reservará la D mayúscula para la demanda e inscribirá con una d minúscula el deseo, pero en su escrito sobre la psicosis se trata del deseo de la madre como el significante de su presencia y de su ausencia, el significante de sus ir y venir. Lo que es significado de entrada al sujeto a partir de esa dinámica significante aparece como una X, no se sabe, el niño no sabe lo que quiere decir:

Va a aprenderlo cuando, al deseo de la madre, se le sustituya otro significante, el del Nombre del Padre. Esta sustitución está inscripta de este modo, con la tachadura del término primero, y la metáfora que se sigue de ello hace emerger un sentido:

Es lo que hay que guardar en la memoria para captar lo más agudo de lo que Lacan enuncia en su escrito sobre Joyce el Síntoma que he citado la última vez: El análisis recurre al sentido para resolver el goce. Dice resolverlo, comprendemos por el contexto que es resolver el goce, pero solo se comprende esta expresión de resolver el goce si guardamos la memoria de esta X inscripta aquí (JAM marca el círculo de la X con dos líneas): es esta X, este goce desconocido, lo que en efecto logra resolverse tomando sentido, vertiéndose en la significación fálica (JAM subraya falo con dos líneas).

En relación con lo cual, el orden simbólico del inconsciente, podemos decir, toma su punto de partida para tramar su lógica y sus enredos.

La metáfora paterna resuelve el goce por el sentido común: cada vez que algo nos conmueve, que nos emocionamos, que eso nos dice algo, el falo está en el asunto, es el emblema del sentido común.

En relación con este sentido gozado, Lacan distingue el goce propio del síntoma; allí, estamos aún en lo propio, el mismo adjetivo que en nombre propio. El goce propio del sinthoma, que indica en el horizonte de la orientación hacía lo singular, es por el contrario, dice, un goce que excluye el sentido. Es el goce que no se deja resolver en la significación fálica (JAM muestra la flecha hacia el falo) y que, a este respecto, conserva una opacidad fundamental.

La orientación hacia lo singular apunta, en cada uno, al goce propio del sinthoma en tanto que excluido del sentido.

Sin duda Lacan había intentado aproximarlo, domesticarlo bajo las especies del objeto a minúscula. Sin duda se dio cuenta desde mucho tiempo atrás que todo lo que compete al goce no se dejaba resolver por la solución fálica, que existía lo que Freud llamaba los objeto pregenitales, y tuvo que completar, para dar cuenta de ello, el falo con el símbolo a minúscula: (a)

Pero no se detuvo en su enseñanza, hasta hacer entrar este a minúscula en la metáfora, indicar que estaba articulado al falo –siendo distinto–, que en particular venía a inscribirse, por ejemplo, como complemento, para colmar, como tapón de la castración. No se detuvo hasta incluirlo en la mecánica del inconsciente.

Pero su muy última enseñanza distingue, como dos órdenes no homogéneos el inconsciente y el sinthoma.

Sin duda busca allí la articulación bajo la forma del nudo, es lo que exploró en su Seminario XXIII y es lo que dio como programa justo antes; ustedes lo ven en ese Seminario en la página 168 cuando dice: El inconsciente se anuda al sinthoma.

La cuestión es saber cómo estos dos órdenes están presentes en la práctica del análisis.

De modo preliminar, podemos distinguir dos momentos.

Está el momento de la exploración del inconsciente y de sus formaciones, cuyo principio es que el síntoma tiene un sentido, que todo lo que hace síntoma –lapsus, acto fallido y lo que sigue– tiene un sentido y puede ser descifrado. ¿Cómo no pasaría por ese momento aquellos que no están desabonados del inconsciente? Por supuesto que se prescinde con Joyce, que además nunca se acostó en el diván, la pregunta no se planteó, la pregunta no podía plantearse.

La orientación hacia lo singular no quiere decir que no se descifre el inconsciente. Quiere decir que esta exploración encuentra necesariamente un tope, que el desciframiento se detiene en el fuera de sentido del goce, y que, al lado del inconsciente, donde eso habla –y donde eso habla a cada uno, porque el inconsciente es siempre sentido común–, al lado del inconsciente, está lo singular del sinthoma, donde eso no le habla a nadie.

Es por ello que Lacan lo califica de acontecimiento de cuerpo. No es un acontecimiento de pensamiento, no es un acontecimiento de lenguaje, es un acontecimiento de cuerpo: aún falta saber de qué cuerpo. No es un acontecimiento de cuerpo especular, no es un acontecimiento que tiene lugar allí donde se despliega la forma engañosa del cuerpo que los aspira en el estadio del espejo. Es un acontecimiento de cuerpo sustancial, aquel que tiene consistencia de goce. Allí, estamos a un nivel que no es el del inconsciente a pesar de que el descubrimiento de Freud, tal como lo formula Lacan es que el inconsciente puede reducirse enteramente a un saber. La reducción del inconsciente a un saber es decir a una articulación de significantes –que nos vemos llevados a suponer a partir de la interpretación, del carácter interpretable de lo que hace síntoma–, esta cualidad de ser un saber que excluye al acontecimiento.

Entonces, sin duda lo que Lacan pudo formular a propósito del sinthoma puede en ciertos lugares recordar lo que dijo del objeto a minúscula. Pero lo que el llamaba el objeto a minúscula era siempre un elemento de goce pensado a partir del inconsciente, pensado a partir del saber, mientras que el punto de vista del sinthoma consiste en pensar el inconsciente a partir del goce.

Y bien, esto tiene consecuencias sobre la práctica, en particular sobre la práctica de la interpretación: la interpretación, no es solo el desciframiento de un saber, es hacer ver, es esclarecer la naturaleza de defensa del inconsciente.

Sin duda, allí donde eso habla eso goza, pero la orientación hacia el sinthoma pone el acento sobre: eso goza allí donde eso no habla, eso goza allí donde eso no produce sentido.

Como Lacan había podido invitar al analista a ocupar el lugar del objeto a minúscula, en su Seminario del Sinthoma formula: El analista es un sínthoma. Esta soportado por el sin sentido, entonces se lo exime de sus motivaciones, no se explicará. Más bien jugará al acontecimiento de cuerpo, al semblante del traumatismo. Y le será necesario sacrificar mucho para merecer ser, o ser tomado por, un trozo de real.

La próxima cita es el 14 de enero del año próximo (aplausos).


(Recapitulación de lo que JAM escribió en el primer pizarrón)


(Recapitulación de lo que JAM escribió en el segundo pizarrón)

 
Traducción: Silvia Baudini