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Curso del miércoles 6 de mayo de 2009

Jacques-Alain Miller: Cosas de finura en psicoanálisis XVI

Este año he dado a mis palabras el título Cosas de finura -que he tomado de Pascal- para señalar mi fatiga del concepto. La finura, en efecto, es lo que ponemos en juego cuando el concepto desfallece, y en el psicoanálisis, vale más en la práctica que el concepto desfallezca, que se lo deje en la puerta.

Antes, sin duda vale más que el analista sea amigo del concepto, que se cultive, que tenga una idea de aquello de lo que él mismo y su práctica son el producto. Pero en la práctica, sin duda es preferible que esté convencido de la vanidad de las construcciones. Es por eclipses; antes sin duda mucho saber; pero como analista, llega desprovisto, considera que eso ocurre, que ocurre uno por uno, una por una, sin sentirse obligado a clasificar, a ubicar, e incluso a diagnosticar -bueno, por supuesto que lo hace pero en tanto que no es el analista de ese, es decir de un singular-.

De esto se trata en la formación del analista. Es una formación que comprende una cláusula final que es olvidar. Olvidar lo que aprendió. Y en efecto, abrirse al otro -aquel que llamamos el paciente- como nunca visto, como inédito. Y puede él proferir -el analista- frases, palabras, términos, de los que nunca tuvo idea. Es con esta condición de novedad absoluta que un análisis digno de este nombre tiene lugar.

Concluí la última vez evocando una nueva alianza con el goce imposible de negativizar.

Me vino esta expresión de nueva alianza por lo que había escuchado y luego leído de Lacan cuando evocaba, en su Seminario 11, una nueva alianza con el descubrimiento de Freud: indicaba con ello algo como un Nuevo Testamento, cuyo pivote era la función de la palabra y la estructura de lenguaje.

Es lo que realizó en efecto. Simplificó a Freud. Lo recentró en lo que nos da como material la práctica que él inauguró: lo que se dice, cuando lo-que-se-dice no está condicionado por ningún otro valor que -no podemos incluso decir la verdad- cuando lo-que-se-dice vale en tanto que tal; entonces, por supuesto que esto vale para seducir, vale para hacerse amar, vale para engañarse a sí mismo, vale para mentir, pero está tomado en tanto que tal -neutralizado-. No tenemos que hacer más que con esto y con las transformaciones de esto, de lo-que-se-dice. Ya es bastante constatar que lo-que-se-dice se transforma con el correr del tiempo.

Pero he agregado que esta nueva alianza, marcada por la palabra y el lenguaje, se refería al goce en tanto que imposible de negativizar.

Recordé el símbolo que Lacan le había asignado, una vez, en la página 823 de los Escritos, una Fi mayúscula en griego:

F

Esta escritura, grosso modo, un circulo hendido por un trazo, que él calificaba exactamente como falo simbólico imposible de negativizar –coma- significante del goce, lo he distinguido porque he visto allí el anuncio de lo que debía ser el tormento de su última enseñanza: que hay para el sujeto, y más exactamente para el parlêtre, lo imposible de negativizar, un positivo absoluto, que designamos como el goce. No la libido freudiana -que se le parece- la libido freudiana se desplaza, el goce está allí, permanece.

Evidentemente, decir que es un significante, que el goce tiene un significante es paradójico, en tanto que un significante puede siempre ser negativizado en la medida en que no se plantea más que oponiéndose. Es la definición del significante. Es una realidad oposicional; no tiene ser más que por oponerse; S1 diferente de S2, el S2 es todo lo que él no es.

Entonces, ¿qué quiere decir que el goce tenga un significante que no se negativiza, y precisamente cuando se inventa escribir ese significante con la Fitomada de la palabra falo? Y bien, eso designa un goce más allá de la castración, o también, más acá.

Algunos analistas lo han reconocido desde hace tiempo. Se vieron entorpecidos por ello. Vieron allí el campo mismo de su acción. Pensaron que tenían que hacer con formas arcaicas, con salidas erróneas de la libido que se dirigían a objetos pregenitales. Pensaron que era el goce que no hacía falta y que el que hacía falta era aquel que se dirigía al cuerpo del otro sexo. Por lo tanto escribieron una historia de la libido que culmina en la realización plena y entera de la heterosexualidad -para decir su nombre-. Y lo tomaron como la finalidad de su acción: hacer de manera que el sujeto renuncie a salidas arcaicas para acceder a una forma princeps del goce suponiendo que pasa por el estadio genital, es decir por lo que podríamos llamar el estadio de la castración.

Pero la expresión de un goce imposible de negativizar dice otra cosa. Apunta hacia lo que Lacan llamaba una suposición de la experiencia analítica.

En su boca la palabra suposición tiene todo su peso. Sin duda, está tomada de la escolástica, que ya había aislado este término, la suppositio: que ni decir tiene y que se ubica debajo de lo-que-se-dice. Lacan le dio todo su brillo con la expresión de sujeto supuesto saber, que se comprende por sí misma y que tuvo mucho éxito por esta razón. Por sujeto supuesto saber designaba lo que Freud había llamado el inconciente. ¡Y bien! Agregó una segunda suposición, indisociable de la suposición de saber, es la de la sustancia gozante, del cuerpo supuesto gozar.

Si no hubiera un cuerpo supuesto gozar, no habría psicoanálisis. No alcanza con el sujeto supuesto saber.

Su nueva alianza se firmó bajo las especies de la función de la palabra en tanto que remite a la estructura de lenguaje, y el Lacan de las familias, las clases, se atiene a eso, mientras que la función de la palabra no apela sólo a la referencia a la estructura del lenguaje, sino a la sustancia del goce. Sino hubiera la sustancia del goce, seríamos todos lógicos, una palabra valdría como otra, no habría nada más que palabras que demuestren. Ahora, las palabras hacen algo muy distinto que demostrar, las palabras perforan, las palabras emocionan, las palabras conmocionan, las palabras se inscriben y son inolvidables: es porque la función de la palabra no está sólo ligada a la estructura del lenguaje, sino a la sustancia del goce.

Sustancia extraña. Lacan la construyó a partir de lo que Descartes llamaba la sustancia extensa, que distinguía de la sustancia pensante. En razón de la experiencia analítica Lacan agregó una tercera sustancia.

La sustancia extensa, según Descartes, se presenta -dice en latín- partes extra partes, partes fuera de partes. Designa con ello una sustancia toda en exterioridad, donde no hay complicación -en el sentido propio, implicación, involución, superposición-. Un espacio que es de pura exterioridad, el puro espacio, como dice Lacan el espacio moderno, purificado de todo objeto -es por esto que dice, pensando en el psicoanálisis, que no podemos decir que sea prometedor, vean el Seminario Aun en las páginas 25 y 26-. Le ocurrió al filósofo, amigo de Lacan, Merleau-Ponty, hablar de este espacio cartesiano y decía muy bien que es un espacio sin escondite, transparente de parte a parte.

La parte en tanto que exterior, la parte espacial, excluye precisamente la entidad del cuerpo, la unidad del organismo: es lo que restituye la noción de sustancia gozante. Si podemos ponerla a punto, esta sustancia gozante, si podemos poner a punto su concepto, es a partir de lo que resplandece en la experiencia analítica en tanto el gozar de un cuerpo.Allí, la palabra cuerpo no es una parte de lo extenso. Su definición radical, si la tomamos en Lacan, es la siguiente: un cuerpo es lo que se goza.

El cuerpo, la entidad cuerpo, es lo que hay que suponer para que el goce tenga un soporte.

Es lo que hace objeción al concepto del sujeto del significante. Es lo que conducirá a Lacan a conceptualizar el paciente, en la experiencia analítica como un parlêtre -es lo que lo obliga a volver a poner el ser en el asunto-. El analista no escapa a ello; no es bajo el pretexto que hace interpretaciones que va a tomarse por un sujeto del significante. Resta algo que se llama su presencia; eso no puede ser simplemente una nota a pie de página; además, está presente; es que él también aporta su cuerpo. Cuando nos imaginamos que todo eso son sujetos del significante, es simple, hacemos análisis por teléfono (risas). ¡Esto los hace reir! Ustedes son buenos parisinos, buenos francesitos. El análisis por teléfono se practica. En nombre de Lacan. Sujetos del significante a sujeto del significante. He recuperado algunos de aquellos que pasaron por ese molinete, ¡y bien!, puedo decirles: no tiene ninguna importancia, ¡no existe!, es una broma. Mala. ¡Es una pena! Imaginen el campo que se nos abriría por internet (risas).

Es necesario que esté el cuerpo en el asunto, el cuerpo en tanto que es lo-que-se-goza. ¡Ah!, lo-que-se-goza no quiere decir que se desternille de risa, también puede querer decir que se aburre, que hace des-caridad (décharite) como dice Lacan -que hace el deshecho de la caridad-. Pero es necesario que haya cuerpo en el asunto, presencia, como se dice. Cuerpo.

¿Cuál es la relación entre el cuerpo que se goza y la palabra?

Lacan dice que el cuerpo no se goza sino a condición de corporizarlo de manera significante -lo dice así precisamente en su Seminario Aún, tomo esto como referencia-, pero allí está en el camino que lo conduce a su última enseñanza, no está totalmente en ella. Entonces, ¿qué es esta referencia, la corporización significante? Si trato de representarla, encuentro en la pista en la que Freud nos pone en “Pegan a un niño” lo siguiente: la flagelación.

Allí, en la escena de la flagelación, tenemos la relación más directa, más inmediata entre el significante y el cuerpo, tenemos como la matriz de la incidencia del Otro sobre el cuerpo: lo marca, lo marca como carne para gozar. Es lo que Lacan llama la gloria de la marca, y si la ubica en la raíz del fantasma, es porque se refiere por supuesto al texto princeps de Freud. El cuerpo golpeado es al mismo tiempo el cuerpo glorioso, el cuerpo que mereció del Otro que se esfuerce en él para dejar allí su huella. Esto se encuentra en los celos extraños de las niñas cuando el padre golpea a los varones: las niñas no tiene derecho a ello entonces lo deploran sin saberlo. La marca, allí es también un significante paradojal: no entra en un sistema que sería la estructura de lenguaje; vale como una insignia, solitaria, absoluta, que identifica un cuerpo como objeto de goce.

Es el resultado de la cólera -pero la cólera es un goce-.

Cuando está en el camino de lo imposible de negativizar y no llega aún, Lacan conceptualiza esta marca como una falta, como si ella introdujera un menos, que debería ser luego remunerado con un plus de gozar. Dicho de otro modo, ve en esta matriz, no la transgresión sino la entropía, no un franqueamiento sino una pérdida, que sería remunerada por diversos tapones, según una fórmula que escribiré en el pizarrón: S1, para la marca, produce una falta, colmada por un tapón que es el objeto a minúscula.

Es plantear que el significante y lo que se desarrolla, la articulación del saber, es un medio de goce, y podemos argumentar que la experiencia analítica verifica esta definición del saber como medio de goce. Pero aún no es más que semblante. Es verdad, la escenografía del fantasma verifica esta fórmula -lleguemos hasta ese punto- y precisamente no es más que una escenografía, es decir que es cuestión de semblante. Ese a minúscula, cuya captura le pareció durante mucho tiempo a Lacan tan esencial, ese a minúscula, en relación con el goce imposible de negativizar, no es más que un semblante de ser. No es más que el garante del significante. Es lo que se pone en función imaginaria de una unidad de goce, la misma que el marqués de Sade inscribía en sus libretas: un esfuerzo más, un esfuerzo más de goce, es decir que hacía de él una unidad contable. Es una dimensión de la experiencia, y especialmente una dimensión de la experiencia del lado macho -es la perspectiva que dominó en el psicoanálisis-. Lacan pudo machacar durante años que su objeto a minúscula era algo diferente de un significante, no impide que diera a ese objeto la unidad discriminatoria del significante. El resultado fue ese vagido: ¿cuál es mi objeto a minúscula?

Y bien la sustancia gozante va mucho más allá de la unidad de goce marcada a minúscula. Y lo que Lacan llamó, al final de los finales, el sinthoma, es un concepto que trata de acercarse a la sustancia gozante, a la dimensión óntica del goce.

El objeto a minúscula no es un ser, el objeto a minúscula es un vacío. Lo que llamamos objeto a minúscula, es la inadecuación de la demanda, es la inadecuación de lo que en el significante se formula como una demanda. Y el deseo, del que decimos que este objeto a minúscula es la causa, y bien el deseo es un fantasma, es un fantasma significante, en la medida en que ningún ser lo soporta.

Evidentemente, esto obliga a poner un bemol a ese momento de la experiencia que Lacan llamaba el pase, pues es un momento donde lo esencial tenía lugar a nivel del fantasma y que dejaba intocado el goce en tanto que imposible de negativizar. Es en esta medida que Lacan pudo decir, una vez que el pase era un fracaso. El pase estaba hecho para poner en evidencia esta revelación de la unidad de goce tal como figura en el fantasma, es decir imaginariamente, y el pase validaba este efecto de ser, que no es más que seudo pues lo que se alcanza allí no es más que el objeto a minúscula como semblante de ser.

Para resumir, la idea del pase es que el sujeto del significante sería capaz de destituirse (JAM escribe y subraya $) para reconocer (JAM dibuja una flecha) su ser en el objeto a minúscula (JAM escribe ysubraya a minúscula entre paréntesis). Destitución subjetiva (JAM dibuja una flecha bajo el ·$) y allí reforzamiento de ser (JAM dibuja una flecha bajo a minúscula):

Pero, si Lacan no se detuvo allí es porque el pase se le apareció siendo un espejismo, es decir un efecto imaginario, un espejismo de la verdad, una verdad sin duda, una verdad que se cuenta, auténtica, pero que no por ello es menos mentirosa respecto del goce imposible de negativizar. Y cómo no validar el carácter ilusorio de esas transformaciones súbitas respecto de lo que la experiencia nos propone: aproximaciones, caminos dificultosos, extracciones dolorosas, perpetuadas, que dejan el franqueamiento del pase en su estatuto de recuerdo de una felicidad. No lo digo más que escuchando pasantes, los pasados, los AE, luego del pase -porque hay un análisis después del pase, es un hecho, y progresa en el elemento de la cantidad-, que han dejado detrás de la ilusión del franqueamiento definitivo.

Hay un goce opaco, que excluye el sentido -guardemos esto que se le apareció a Lacan al final-. Hay un goce reacio, rebelde, incompatible respecto de la estructura del lenguaje, que no se deja significar.

El analista precisamente porque hace hablar no puede, cuando tiene que vérselas con este goce, más que recurrir al sentido, mas que dar sentido al goce, y el sentido que da, en definitiva, siempre es edípico, o al menos es siempre paterno. Incluso en lo que excede al Edipo la sexuación femenina, tiene que recurrir a lo paterno.

Hay también un padre más allá del Edipo.

Recurre al sentido para resolver el enigma del goce y la pregunta está allí: ¿el goce imposible de negativizar, es un problema a resolver? Podría ser que una vez realizado el pase, sea una solución, y que se trate de reconocerla. Y por lo tanto que la cuestión sea de reconciliación, de alianza con este goce, al que no preside el no -n. o.- sino el sí, el sí a la contingencia que me hizo lo que soy.

Lo que soy no es más que la manera en que eso se goza. Es eso el cogito lacaniano: soy donde eso goza.

Esto supone sin duda que el yo (moi) haya sido descabezado del aparato. Y podría ocurrir, a partir de allí, que un análisis reconduzca al sujeto a esta acefalía, con el fin de obtener el único cogito que valga, el de un goce sin no, imposible de negativizar.

Hasta la semana proxima (aplausos).


(Cuadro final de JAM)

 
Traducción: Silvia Baudini