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El médico, las tecnociencias
y el psicoanálisis

Por Ricardo Nepomiachi
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Ricardo Nepomiachi es médico, psicoanalista, AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana y Miembro de Consejo de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

 

Sueños
[Cynthia Grinfeld]
0,50x0,70 óleo (1998)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí hay que señalar una nueva paradoja: los poderes reales de los avances científicos y tecnológicos subvirtieron profundamente la posición del médico, a quien le restaron prestigio y autoridad. El poder de la ciencia exterior a su campo le hace perder su privilegio y lo lleva a tener que enfrentar problemas nuevos.

¿Cuáles son las consecuencias que el discurso de la ciencia, despojado de subjetividad, tiene en el lazo social? Una reseña histórica señala la paradoja que se instala a partir del avance de la tecnociencia. La subversión de la función y de la imagen del médico dan lugar al surgimiento del psicoanálisis que, con Freud, inaugura un lazo social capaz de acoger la demanda del paciente que el médico de la época no puede atender.

Tanto Karl Jaspers (1) como Lacan (2) cuatro décadas atras llamaron la atención sobre una evidencia que tiene hoy toda su actualidad: se estaba produciendo una profunda subversión, un cambio vertiginoso en la función del médico y en su personaje -que es también un elemento importante de dicha función. Tanto la función como el personaje, mantuvieron una gran constancia hasta una época reciente.

Si se considera la historia de la medicina, el gran médico, el prototipo, solía ser un hombre cuyo prestigio y autoridad no eran en absoluto comparables con la validez de sus posibilidades terapéuticas. El médico de tipo sacerdotal de los orígenes, el médico hipocrático, que con mirada imparcial trata al hombre en su totalidad, junto con su situación, y el médico medieval, que sostiene autoritarios conceptos especulativos, fueron relevados en la era de las tecnociencias. Es que su poder se circunscribía a cuidar y consolar al enfermo y al moribundo, y estaba limitado tanto por lo que no sabía como por la ineficacia de las terapéuticas.

Según la razón occidental la medicina no tiene más de dos siglos de existencia, si se parte de la posibilidad de comprender la patología, ya que en términos de eficacia terapéutica tiene poco más de cincuenta años. Durante estos dos siglos se enfrentan la medicina como arte y la medicina científica.

A partir de 1800 se desarrolla la medicina como arte que construye una clínica anatomopatológica con el gran recurso de la práctica sistemática de las autopsias; el hallazgo de lesiones y su correlación con una semiología clínica posibilitaron el surgimiento de la medicina moderna.

A mediados del siglo XIX se produjo la apertura de un nuevo espíritu en la medicina. Claude Bernard introdujo la fisiopatología, que trata como objeto de la ciencia, la dinámica del organismo y su enfermedad en forma comparable a los métodos de investigación de la física y la química. Las mismas leyes de la naturaleza gobiernan la vida y la materia, y se establece un determinismo absoluto según el cual cada fenómeno se halla necesariamente encadenado a condiciones físico-químicas.

Esta perspectiva se impone en el campo de la medicina y la introduce en un nuevo tiempo, que se destaca por haber llegado a comprender lo esencial de la enfermedad. La físico-química se erige entonces como la base de la vida que, según la visión racionalista del mundo físico, obedece a reglas inmutables. Luego, no debe sorprender que el enorme avance que suponen las investigaciones y descubrimientos de Louis Pasteur provenga de un químico y no de un médico.

Un verdadero paradigma de esta perspectiva es la bacteriología, para la cual la enfermedad posee una causa, la cual desencadena una fisiopatología, abriendo la posibilidad de explicar lesiones y síntomas. La entrada decisiva de la medicina en la época de la ciencia, la conduce hacia un dominio hasta entonces desconocido. Fuera de todo programa natural surge una nueva voluntad: la medicina se ocupa de mantener vivo al enfermo a cualquier precio, intenta prolongar su vida, de ser posible, indefinidamente. Conforme a esta nueva intención, se construye el hospital, especialmente en torno a la sala de cuidados intensivos, donde toda la utilería de la ingeniería médica está al servicio de la prolongación de la vida. Todo tratamiento médico mide su efectividad a escala epidemiológica, por un incremento en la expectativa de vida.

Aquí hay que señalar una nueva paradoja: los poderes reales de los avances científicos y tecnológicos subvirtieron profundamente la posición del médico, a quien le restaron prestigio y autoridad. El poder de la ciencia "exterior a su campo" le hace perder su privilegio y lo lleva a tener que enfrentar problemas nuevos. En la actualidad, el médico es sólo un hombre que, como funcionario, debe servir a las condiciones del mundo de la ciencia, sin ningún privilegio en la jerarquía del equipo de científicos.

La colaboración médica es considerada bienvenida en tanto científico-fisiologista. El médico debe mantener el funcionamiento de los aparatos del organismo humano y además sufre el llamado de lo que se vuelca en sus manos. Se trata de nuevos agentes terapéuticos que la organización industrial coloca a disposición del público y le pide al médico, cual si fuera un distribuidor, que los ponga a prueba.

Los avances tecnológicos desplazaron la medicina del enfermo a la enfermedad y este movimiento, que deja de lado la relación y el contacto con el paciente, sustituye el acto médico por el acto técnico.

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[1] K. Jaspers, La práctica médica en la era tecnológica, Buenos Aires, Gedisa, 1988.
 
[2] J. Lacan, "Psicoanálisis y medicina" (1966), en Intervenciones y textos I, Buenos Aires, Manantial, 1985.
 
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