Tanto Karl Jaspers (1)
como Lacan (2)
cuatro décadas atras llamaron la atención sobre
una evidencia que tiene hoy toda su actualidad: se estaba
produciendo una profunda subversión, un cambio vertiginoso
en la función del médico y en su personaje -que
es también un elemento importante de dicha función.
Tanto la función como el personaje, mantuvieron una
gran constancia hasta una época reciente.
Si se considera la historia de la medicina, el gran médico,
el prototipo, solía ser un hombre cuyo prestigio y
autoridad no eran en absoluto comparables con la validez de
sus posibilidades terapéuticas. El médico de
tipo sacerdotal de los orígenes, el médico hipocrático,
que con mirada imparcial trata al hombre en su totalidad,
junto con su situación, y el médico medieval,
que sostiene autoritarios conceptos especulativos, fueron
relevados en la era de las tecnociencias. Es que su poder
se circunscribía a cuidar y consolar al enfermo y al
moribundo, y estaba limitado tanto por lo que no sabía
como por la ineficacia de las terapéuticas.
Según la razón occidental la medicina no tiene
más de dos siglos de existencia, si se parte de la
posibilidad de comprender la patología, ya que en términos
de eficacia terapéutica tiene poco más de cincuenta
años. Durante estos dos siglos se enfrentan la medicina
como arte y la medicina científica.
A partir de 1800 se desarrolla la medicina como arte que
construye una clínica anatomopatológica con
el gran recurso de la práctica sistemática de
las autopsias; el hallazgo de lesiones y su correlación
con una semiología clínica posibilitaron el
surgimiento de la medicina moderna.
A mediados del siglo XIX se produjo la apertura de un nuevo
espíritu en la medicina. Claude Bernard introdujo la
fisiopatología, que trata como objeto de la ciencia,
la dinámica del organismo y su enfermedad en forma
comparable a los métodos de investigación de
la física y la química. Las mismas leyes de
la naturaleza gobiernan la vida y la materia, y se establece
un determinismo absoluto según el cual cada fenómeno
se halla necesariamente encadenado a condiciones físico-químicas.
Esta perspectiva se impone en el campo de la medicina y la
introduce en un nuevo tiempo, que se destaca por haber llegado
a comprender lo esencial de la enfermedad. La físico-química
se erige entonces como la base de la vida que, según
la visión racionalista del mundo físico, obedece
a reglas inmutables. Luego, no debe sorprender que el enorme
avance que suponen las investigaciones y descubrimientos de
Louis Pasteur provenga de un químico y no de un médico.
Un verdadero paradigma de esta perspectiva es la bacteriología,
para la cual la enfermedad posee una causa, la cual desencadena
una fisiopatología, abriendo la posibilidad de explicar
lesiones y síntomas. La entrada decisiva de la medicina
en la época de la ciencia, la conduce hacia un dominio
hasta entonces desconocido. Fuera de todo programa natural
surge una nueva voluntad: la medicina se ocupa de mantener
vivo al enfermo a cualquier precio, intenta prolongar su vida,
de ser posible, indefinidamente. Conforme a esta nueva intención,
se construye el hospital, especialmente en torno a la sala
de cuidados intensivos, donde toda la utilería de la
ingeniería médica está al servicio de
la prolongación de la vida. Todo tratamiento médico
mide su efectividad a escala epidemiológica, por un
incremento en la expectativa de vida.
Aquí hay que señalar una nueva paradoja: los
poderes reales de los avances científicos y tecnológicos
subvirtieron profundamente la posición del médico,
a quien le restaron prestigio y autoridad. El poder de la
ciencia "exterior a su campo" le hace perder su
privilegio y lo lleva a tener que enfrentar problemas nuevos.
En la actualidad, el médico es sólo un hombre
que, como funcionario, debe servir a las condiciones del mundo
de la ciencia, sin ningún privilegio en la jerarquía
del equipo de científicos.
La colaboración médica es considerada bienvenida
en tanto científico-fisiologista. El médico
debe mantener el funcionamiento de los aparatos del organismo
humano y además sufre el llamado de lo que se vuelca
en sus manos. Se trata de nuevos agentes terapéuticos
que la organización industrial coloca a disposición
del público y le pide al médico, cual si fuera
un distribuidor, que los ponga a prueba.
Los avances tecnológicos desplazaron la medicina del
enfermo a la enfermedad y este movimiento, que deja de lado
la relación y el contacto con el paciente, sustituye
el acto médico por el acto técnico.