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El médico, las tecnociencias
y el psicoanálisis

Por Ricardo Nepomiachi
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Se trata entonces de los efectos de la ciencia en el lazo social inaugurado por la existencia de este tipo de conocimiento. El discurso pasa a formar parte de la actualidad compartida bajo una forma de infiltración difusa que va subvirtiendo el conjunto del tejido social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A partir de este cuerpo libidinal afectado por el lenguaje, Freud inaugura un nuevo lazo social en el que es posible un modo de respuesta particular a la demanda del paciente, que el médico de la época de la ciencia no podía atender.

He aquí los efectos del discurso de la ciencia, que hay que distinguir de la ciencia misma. Conviene, pues, precisar que llamamos discurso de la ciencia al discurso que organiza el lazo social una vez que la ciencia adquiere tal desarrollo que modifica la legitimidad de toda figura de autoridad, y que no hay que confundir la ciencia como proceso con los conocimientos que se elaboran según su método.

Se trata entonces de los efectos de la ciencia en el lazo social inaugurado por la existencia de este tipo de conocimiento. El discurso pasa a formar parte de la actualidad compartida bajo una forma de infiltración difusa que va subvirtiendo el conjunto del tejido social.

¿Qué ambicionaba el pensamiento griego que dio origen a la ciencia? Pretendía dar cuenta racionalmente de los hechos y liberarse de toda referencia a lo irracional. Este anhelo apuntaba a una epistéme en cuyo discurso hubiera desaparecido toda huella de interlocución. Como consecuencia, el lenguaje no cumple más que una función utilitaria que sirve para la comunicación tomada en su carácter informativo y deja de lado, excluye lo que hablar quiere decir.

Evacuando la interlocutividad, el discurso no está contaminado por lo subjetivo, y entonces, es posible recurrir al discurso de la ciencia del cual su objetividad se presenta despojada de toda dimensión de interlocución.

Se entiende así que el psicoanálisis surja con Freud, quien inaugura una nueva racionalidad con aquellas pacientes que con sus parálisis no entraban en las categorías del pensamiento científico, para el cual el cuerpo no es más que la sede de la vida biológica.

A partir de este cuerpo libidinal afectado por el lenguaje, Freud inaugura un nuevo lazo social en el que es posible un modo de respuesta particular a la demanda del paciente, que el médico de la época de la ciencia no podía atender.

Acoger una demanda definió el eje de la práctica médica, claramente desplazado cuando se promovió el derecho a la salud, el cual no aloja la demanda del enfermo. (Han hecho más por la salud las cloacas y los desagües que toda la práctica médica.)

La función del médico debería tener como límite esa referencia a la demanda, que es la posibilidad de supervivencia del acto médico. El médico en su práctica puede volver a encontrar su lugar teniendo en cuenta esa dimensión clínica evidente que reconoció el campo freudiano: el lenguaje y la palabra. Ésta le permitirá saber que lo que el enfermo pide no se confunde con lo que desea ya que el paciente, sobre todo, entabla un desafío para ser sacado de su condición de enfermo, posición que puede querer conservar más allá de la demanda de cura que realiza. Es lo que permite reconocer que una enfermedad es siempre enfermedad de un sujeto.

Esta cuestión despertará del sueño según el cual la comunicación-información clara y adecuada es posible en un diálogo donde cada uno de los interlocutores es capaz de entender perfectamente lo que se dice. Habrá que tener en cuenta que el diálogo humano está sometido a la estructura del malentendido y que no se reduce a la racionalidad, lo que no implica remitirlo a lo irracional.

¿Cómo plantearnos el problema del diálogo en la relación médico-paciente? En la época precientífica, el médico siempre aceptó acoger la demanda y esto hizo de su función un lugar sagrado, efecto placebo, que Balint intentó recuperar en el saber y la autoridad que el paciente atribuye a la figura del médico. Es lo que Freud reconoció como fenómeno transferencial y Lacan conceptualizó como lugar del sujeto supuesto saber.

Pero hoy además, como resultado de la ciencia, el médico realmente sabe, tiene un conocimiento cada vez más efectivo a su disposición y ya no es sólo suposición de saber.

El problema fue olvidar esta doble dimensión como coordenada que estructura el diálogo médico-paciente, haciendo desaparecer, poniendo entre paréntesis, la singularidad del sujeto enfermo. Esta medicina desconoce la transferencia.

El médico podrá reelaborar la posición en su práctica a partir del reconocimiento de esas dos lógicas -la del sujeto y la de las tecnociencias-, de esas dos racionalidades diferentes, a partir del descubrimiento de Freud.

Para concluir, citemos a François Jacob, premio Nobel, quien cuenta su experiencia de vida en un texto autobiográfico La estatua interior que nos permite leer el malestar de un médico: "Esta noche me he despertado obsesionado por el recuerdo de un amigo desaparecido, Jean S., viejo camarada de guerra. Todas las campañas de Francia libre, hasta aquel bosque de Normandía donde una ráfaga de ametralladora en el muslo lo derribó. Amputado. Dolores terribles en la pierna ausente. Meses y meses de hospital. Todos los tratamientos posibles, todos los medicamentos, todas las drogas. Bajo narcosis, le hicieron revivir el día de la herida. Se puso a contar: la entrada en el bosque, la progresión paso a paso, de árbol en árbol, la dureza del contraataque alemán. Y de repente, la violencia del golpe en el muslo. Bajo el choque del recuerdo, cuando gritó, lo despertaron. Le aseguraron que el dolor había desaparecido. Por supuesto, el dolor persistía, igual de imperioso, de apremiante. Y desde entonces se lo veía rengueando con su pierna artificial, con una leve expresión de desengaño en la sonrisa, una expresión afectuosa, endurecida a menudo por una mueca de sufrimiento sin remisión. Lo más conmovedor en él era su vitalidad, su capacidad de fabricarse esperanza. Sin embargo, cuando vino a verme al instituto Pasteur la última vez, enseguida noté que había cambiado: el habla más voluble, el gesto más febril, la mirada más inquieta. Quería las señas de un médico especialista: riesgo de parálisis de la pelvis, de la vejiga y del recto que amenazaba con sumarse a lo demás. Pero a medida que iba hablando, empecé a percibir un contenido distinto, iba adivinando la angustia de una pregunta oculta. Tras el chorro de palabras, afloraba otro ruego. Le oía pedir socorro. Lo que venía a buscar en mí era una garantía contra mayores catástrofes. Era la promesa de aliviarlo, de detener la masacre, de ayudarlo a desaparecer cuando fuera necesario. Pero hice oídos sordos a esta súplica secreta. Con cobardía, ignoré su pregunta".

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