He
aquí los efectos del discurso de la ciencia, que hay
que distinguir de la ciencia misma. Conviene, pues, precisar
que llamamos discurso de la ciencia al discurso que organiza
el lazo social una vez que la ciencia adquiere tal desarrollo
que modifica la legitimidad de toda figura de autoridad, y que
no hay que confundir la ciencia como proceso con los conocimientos
que se elaboran según su método.
Se trata entonces de los efectos de la ciencia en el lazo
social inaugurado por la existencia de este tipo de conocimiento.
El discurso pasa a formar parte de la actualidad compartida
bajo una forma de infiltración difusa que va subvirtiendo
el conjunto del tejido social.
¿Qué ambicionaba el pensamiento griego que
dio origen a la ciencia? Pretendía dar cuenta racionalmente
de los hechos y liberarse de toda referencia a lo irracional.
Este anhelo apuntaba a una epistéme en cuyo
discurso hubiera desaparecido toda huella de interlocución.
Como consecuencia, el lenguaje no cumple más que una
función utilitaria que sirve para la comunicación
tomada en su carácter informativo y deja de lado, excluye
lo que hablar quiere decir.
Evacuando la interlocutividad, el discurso no está
contaminado por lo subjetivo, y entonces, es posible recurrir
al discurso de la ciencia del cual su objetividad se presenta
despojada de toda dimensión de interlocución.
Se entiende así que el psicoanálisis surja
con Freud, quien inaugura una nueva racionalidad con aquellas
pacientes que con sus parálisis no entraban en las
categorías del pensamiento científico, para
el cual el cuerpo no es más que la sede de la vida
biológica.
A partir de este cuerpo libidinal afectado por el lenguaje,
Freud inaugura un nuevo lazo social en el que es posible un
modo de respuesta particular a la demanda del paciente, que
el médico de la época de la ciencia no podía
atender.
Acoger una demanda definió el eje de la práctica
médica, claramente desplazado cuando se promovió
el derecho a la salud, el cual no aloja la demanda del enfermo.
(Han hecho más por la salud las cloacas y los desagües
que toda la práctica médica.)
La función del médico debería tener
como límite esa referencia a la demanda, que es la
posibilidad de supervivencia del acto médico. El médico
en su práctica puede volver a encontrar su lugar teniendo
en cuenta esa dimensión clínica evidente que
reconoció el campo freudiano: el lenguaje y la palabra.
Ésta le permitirá saber que lo que el enfermo
pide no se confunde con lo que desea ya que el paciente, sobre
todo, entabla un desafío para ser sacado de su condición
de enfermo, posición que puede querer conservar más
allá de la demanda de cura que realiza. Es lo que permite
reconocer que una enfermedad es siempre enfermedad de un sujeto.
Esta cuestión despertará del sueño según
el cual la comunicación-información clara y
adecuada es posible en un diálogo donde cada uno de
los interlocutores es capaz de entender perfectamente lo que
se dice. Habrá que tener en cuenta que el diálogo
humano está sometido a la estructura del malentendido
y que no se reduce a la racionalidad, lo que no implica remitirlo
a lo irracional.
¿Cómo plantearnos el problema del diálogo
en la relación médico-paciente? En la época
precientífica, el médico siempre aceptó
acoger la demanda y esto hizo de su función un lugar
sagrado, efecto placebo, que Balint intentó recuperar
en el saber y la autoridad que el paciente atribuye a la figura
del médico. Es lo que Freud reconoció como fenómeno
transferencial y Lacan conceptualizó como lugar del
sujeto supuesto saber.
Pero hoy además, como resultado de la ciencia, el
médico realmente sabe, tiene un conocimiento cada vez
más efectivo a su disposición y ya no es sólo
suposición de saber.
El problema fue olvidar esta doble dimensión como
coordenada que estructura el diálogo médico-paciente,
haciendo desaparecer, poniendo entre paréntesis, la
singularidad del sujeto enfermo. Esta medicina desconoce la
transferencia.
El médico podrá reelaborar la posición
en su práctica a partir del reconocimiento de esas
dos lógicas -la del sujeto y la de las tecnociencias-,
de esas dos racionalidades diferentes, a partir del descubrimiento
de Freud.
Para concluir, citemos a François Jacob, premio Nobel,
quien cuenta su experiencia de vida en un texto autobiográfico
La estatua interior que nos permite leer el malestar de un
médico: "Esta noche me he despertado obsesionado
por el recuerdo de un amigo desaparecido, Jean S., viejo camarada
de guerra. Todas las campañas de Francia libre, hasta
aquel bosque de Normandía donde una ráfaga de
ametralladora en el muslo lo derribó. Amputado. Dolores
terribles en la pierna ausente. Meses y meses de hospital.
Todos los tratamientos posibles, todos los medicamentos, todas
las drogas. Bajo narcosis, le hicieron revivir el día
de la herida. Se puso a contar: la entrada en el bosque, la
progresión paso a paso, de árbol en árbol,
la dureza del contraataque alemán. Y de repente, la
violencia del golpe en el muslo. Bajo el choque del recuerdo,
cuando gritó, lo despertaron. Le aseguraron que el
dolor había desaparecido. Por supuesto, el dolor persistía,
igual de imperioso, de apremiante. Y desde entonces se lo
veía rengueando con su pierna artificial, con una leve
expresión de desengaño en la sonrisa, una expresión
afectuosa, endurecida a menudo por una mueca de sufrimiento
sin remisión. Lo más conmovedor en él
era su vitalidad, su capacidad de fabricarse esperanza. Sin
embargo, cuando vino a verme al instituto Pasteur la última
vez, enseguida noté que había cambiado: el habla
más voluble, el gesto más febril, la mirada
más inquieta. Quería las señas de un
médico especialista: riesgo de parálisis de
la pelvis, de la vejiga y del recto que amenazaba con sumarse
a lo demás. Pero a medida que iba hablando, empecé
a percibir un contenido distinto, iba adivinando la angustia
de una pregunta oculta. Tras el chorro de palabras, afloraba
otro ruego. Le oía pedir socorro. Lo que venía
a buscar en mí era una garantía contra mayores
catástrofes. Era la promesa de aliviarlo, de detener
la masacre, de ayudarlo a desaparecer cuando fuera necesario.
Pero hice oídos sordos a esta súplica secreta.
Con cobardía, ignoré su pregunta".