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Las pruebas de la interpretación
Por Graciela Brodsky
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Graciela Brodsky es psicoanalista, AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana y Miembro del Consejo de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

 

La espera
[Cynthia Grinfeld]
0,70x0,90 oleo (1996)

 

 

 

La idea de Strachey de no pensar la interpretación en una lógica continuista, sino en una temporalidad del instante, de lo inmediato, resuena en lo más actual de nuestros debates y permite reconocer en él a un psicoanalista que tropieza con los problemas con los que tropezamos diariamente en nuestra práctica.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El analista interpreta y el analizante interpreta la interpretación del analista.

 

 

 

 

 

 

La interpretación es un poco como el chiste, no importa cuan bueno sea. Quien decide su eficacia no es quien lo cuenta sino quien lo escucha.

A partir del concepto de interpretación mutativa acuñado por Strachey, Graciela Brodsky analiza la pertinencia de la interpretación como una temporalidad del instante, de lo inmediato, en el intento de modificar el círculo vicioso del neurótico, que va siempre por más de lo mismo. Finalmente, apela a la psicosis como una de las pruebas más firmes que tenemos los analistas de la eficacia del efecto de la palabra sobre un sujeto, de la potencialidad mutativa de la interpretación.

El círculo vicioso
El punto de partida de Strachey cuando acuña el término de interpretación mutativa mantiene su pertinencia 67 años más tarde. Podemos no seguirlo en todas sus respuestas, pero su pregunta conserva su acuciante actualidad: cómo romper el círculo vicioso del neurótico, cómo lograr que la interpretación impida que la asociación libre gire en redondo, que el neurótico termine siempre mordiéndose la cola.

Strachey es sagaz, porque no considera que la acción terapéutica del psicoanálisis dependa del conjunto de la cura, no supone que la mutación pueda provenir de la insistencia, de la repetición, de cierto machacar sobre el mismo punto. No se trata para él de cualquier interpretación, por ejemplo, la que relanza la asociación libre, sino de una interpretación que marque un antes y un después. Mas allá de las críticas que podamos hacer -y que Lacan no se privó de hacer en su Seminario 1 cuando demuestra que el intento de terminar con el círculo vicioso del neurótico recurriendo al círculo vicioso del superyó deja la cuestión en un callejón sin salida- la idea de Strachey de no pensar la interpretación en una lógica continuista, sino en una temporalidad del instante, de lo inmediato, resuena en lo más actual de nuestros debates y permite reconocer en él a un psicoanalista que tropieza con los problemas con los que tropezamos diariamente en nuestra práctica.

La interpretación se mide por sus efectos
Dicho esto, el paso siguiente parece caer de maduro. Si la interpretación es mutativa o no, eso sólo se mide por sus efectos, es decir, ni por su forma ni por su contenido, que como lo indica Horacio Etchegoyen en su artículo del 83: Fifty years after the mutative interpretation, son sólo eufemismos para expresar si una interpretación fue adecuada o no. En efecto, hace rato que no ponemos en primer plano si la interpretación es completa, inexacta, profunda, si incluye la defensa y la pulsión, ni siquiera si va acompañada o no del asentimiento de nuestro paciente: sólo nos guiamos por sus efectos, o, como dice Lacan, por las olas que produce.

Evidentemente, no esperamos de cada interpretación esta capacidad de producir un antes y un después, pero todos sabemos por nuestra experiencia como analizantes, por nuestra experiencia como analistas, que hay interpretaciones imborrables, verdaderos acontecimientos en el curso de un análisis, que dividieron las aguas. Normalmente no son muchas, a veces pueden contarse con los dedos de una mano, y es como si todo el dispositivo hubiera estado montado para dar cabida a ese instante.

Lacan siempre tuvo la ambición de que un análisis subvierta a un sujeto. En el '67, por ejemplo, habla de la interpretación con la que se opera la mutación analítica. Cada uno de sus esquemas, con flechas y vectores, escribe un circuito que impide que se vuelva al punto de partida. Y esa misma ambición es posible trasladarla a cada sesión, y dentro de cada sesión a esa intervención privilegiada que es la interpretación del analista.

Quién interpreta
Digo la interpretación del analista... No es seguro que sea así de simple. El analista interpreta y el analizante interpreta la interpretación del analista. Y no vale de mucho ponerse a discutir si fuimos entendidos según nuestra intención o nuestro cálculo. Si el emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida, no veo que excepción, que privilegio tendrían las palabras cuando salen de boca de un analista. Por eso, es mejor aprovechar esta ley de la comunicación en nuestro favor y ser lo suficientemente escuetos, ambiguos, oraculares, enigmáticos para obligar al analizante a interpretar nuestra interpretación con los recursos de su inconsciente y no con los de su entendimiento.

Quién evalúa
Si aceptamos que el efecto mutativo de la interpretación se mide por sus consecuencias, hay que dar entonces el tercer paso, y preguntarse quién evalúa los efectos. Normalmente cuando un paciente va a ver al médico, este la indica una medicación, evalúa los resultados, y concluye usted está sano. Sabemos que no siempre es así, y que a veces los pacientes insisten en que se sienten mal cuando todas las pruebas confirman su buena salud. En una época, llegado ese momento el médico hacía una interconsulta y derivaba al servicio de psicopatología (pienso en mis años de hospital). Ahora receta Rivotril.
Para nosotros la cosa es más complicada. Probar la eficacia de la interpretación nos coloca en un terreno delicado. Ahí la interpretación es un poco como el chiste, no importa cuan bueno sea. Quien decide su eficacia no es quien lo cuenta sino quien lo escucha.
Todo analista conoce esta peculiaridad de la interpretación, que consiste en que ella pierde su fuerza de convicción cada vez que sale del contexto, de la coyuntura de la sesión. Es lo que se verifica cuando los analistas cuentan sus interpretaciones en los Congresos de psicoanálisis, o en el control mismo.

El analista
Reconozcamos que éste es un flanco débil para el psicoanálisis en su debate tanto con la ciencia (Popper se entretuvo bastante con esto) como con el Estado, demostrando que una ciencia que no puede ser refutada no es una ciencia, y cuando se ocupó del psicoanálisis tomó precisamente la cuestión de la interpretación: si -según Freud- vale lo mismo que el paciente la acepte o la rechace, entonces el psicoanálisis no es una ciencia. ¡Por supuesto! Que aspiremos a la ciencia no quiere decir que nos igualemos a ella, pero sobre todo es un tema candente para los propios psicoanalistas, que no nos conformamos con escuchar los rotundos éxitos de nuestros colegas sino que aspiramos a obtener alguna prueba un poco más confiable que la autosatisfacción.

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