El círculo vicioso
El punto de partida de Strachey cuando acuña el término
de interpretación mutativa mantiene su pertinencia
67 años más tarde. Podemos no seguirlo en todas
sus respuestas, pero su pregunta conserva su acuciante actualidad:
cómo romper el círculo vicioso del neurótico,
cómo lograr que la interpretación impida que
la asociación libre gire en redondo, que el neurótico
termine siempre mordiéndose la cola.
Strachey es sagaz, porque no considera que la acción
terapéutica del psicoanálisis dependa del conjunto
de la cura, no supone que la mutación pueda provenir
de la insistencia, de la repetición, de cierto machacar
sobre el mismo punto. No se trata para él de cualquier
interpretación, por ejemplo, la que relanza la asociación
libre, sino de una interpretación que marque un antes
y un después. Mas allá de las críticas
que podamos hacer -y que Lacan no se privó de hacer
en su Seminario 1 cuando demuestra que el intento de terminar
con el círculo vicioso del neurótico recurriendo
al círculo vicioso del superyó deja la cuestión
en un callejón sin salida- la idea de Strachey de no
pensar la interpretación en una lógica continuista,
sino en una temporalidad del instante, de lo inmediato, resuena
en lo más actual de nuestros debates y permite reconocer
en él a un psicoanalista que tropieza con los problemas
con los que tropezamos diariamente en nuestra práctica.
La interpretación se mide
por sus efectos
Dicho esto, el paso siguiente parece caer de maduro.
Si la interpretación es mutativa o no, eso sólo
se mide por sus efectos, es decir, ni por su forma ni por
su contenido, que como lo indica Horacio Etchegoyen en su
artículo del 83: Fifty years after the mutative interpretation,
son sólo eufemismos para expresar si una interpretación
fue adecuada o no. En efecto, hace rato que no ponemos en
primer plano si la interpretación es completa, inexacta,
profunda, si incluye la defensa y la pulsión, ni siquiera
si va acompañada o no del asentimiento de nuestro paciente:
sólo nos guiamos por sus efectos, o, como dice Lacan,
por las olas que produce.
Evidentemente, no esperamos de cada interpretación
esta capacidad de producir un antes y un después, pero
todos sabemos por nuestra experiencia como analizantes, por
nuestra experiencia como analistas, que hay interpretaciones
imborrables, verdaderos acontecimientos en el curso de un
análisis, que dividieron las aguas. Normalmente no
son muchas, a veces pueden contarse con los dedos de una mano,
y es como si todo el dispositivo hubiera estado montado para
dar cabida a ese instante.
Lacan siempre tuvo la ambición de que un análisis
subvierta a un sujeto. En el '67, por ejemplo, habla de la
interpretación con la que se opera la mutación
analítica. Cada uno de sus esquemas, con flechas y
vectores, escribe un circuito que impide que se vuelva al
punto de partida. Y esa misma ambición es posible trasladarla
a cada sesión, y dentro de cada sesión a esa
intervención privilegiada que es la interpretación
del analista.
Quién interpreta
Digo la interpretación del analista... No
es seguro que sea así de simple. El analista interpreta
y el analizante interpreta la interpretación del analista.
Y no vale de mucho ponerse a discutir si fuimos entendidos
según nuestra intención o nuestro cálculo.
Si el emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma
invertida, no veo que excepción, que privilegio tendrían
las palabras cuando salen de boca de un analista. Por eso,
es mejor aprovechar esta ley de la comunicación en
nuestro favor y ser lo suficientemente escuetos, ambiguos,
oraculares, enigmáticos para obligar al analizante
a interpretar nuestra interpretación con los recursos
de su inconsciente y no con los de su entendimiento.
Quién evalúa
Si aceptamos que el efecto mutativo de la interpretación
se mide por sus consecuencias, hay que dar entonces el tercer
paso, y preguntarse quién evalúa los efectos.
Normalmente cuando un paciente va a ver al médico,
este la indica una medicación, evalúa los resultados,
y concluye usted está sano. Sabemos que no siempre
es así, y que a veces los pacientes insisten en que
se sienten mal cuando todas las pruebas confirman su buena
salud. En una época, llegado ese momento el médico
hacía una interconsulta y derivaba al servicio de psicopatología
(pienso en mis años de hospital). Ahora receta Rivotril.
Para nosotros la cosa es más complicada. Probar la
eficacia de la interpretación nos coloca en un terreno
delicado. Ahí la interpretación es un poco como
el chiste, no importa cuan bueno sea. Quien decide su eficacia
no es quien lo cuenta sino quien lo escucha.
Todo analista conoce esta peculiaridad de la interpretación,
que consiste en que ella pierde su fuerza de convicción
cada vez que sale del contexto, de la coyuntura de la sesión.
Es lo que se verifica cuando los analistas cuentan sus interpretaciones
en los Congresos de psicoanálisis, o en el control
mismo.
El analista
Reconozcamos que éste es un flanco débil para
el psicoanálisis en su debate tanto con la ciencia
(Popper se entretuvo bastante con esto) como con el Estado,
demostrando que una ciencia que no puede ser refutada no es
una ciencia, y cuando se ocupó del psicoanálisis
tomó precisamente la cuestión de la interpretación:
si -según Freud- vale lo mismo que el paciente la acepte
o la rechace, entonces el psicoanálisis no es una ciencia.
¡Por supuesto! Que aspiremos a la ciencia no quiere
decir que nos igualemos a ella, pero sobre todo es un tema
candente para los propios psicoanalistas, que no nos conformamos
con escuchar los rotundos éxitos de nuestros colegas
sino que aspiramos a obtener alguna prueba un poco más
confiable que la autosatisfacción.