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Las pruebas de la interpretación
Por Graciela Brodsky
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Es un hecho: a medida que el analista consagrado se va olvidando de su propio análisis, su propia convicción en los efectos mutativos de la interpretación en las curas que dirige, se va apagando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Podemos considerar a la neurosis misma como una interpretación: la interpretación en términos edípicos del significado opaco, enigmático del deseo del Otro.

El analizante
Si Freud indicó el análisis de los analistas no fue en primera instancia para que sean más sanos que sus pacientes, cosa que desmintió con todas las letras. Fue para que creyeran en el inconsciente, es decir para que hicieran la prueba. Aun si ejercían como analistas, la prueba de la eficacia mutativa de la interpretación había que buscarla en el propio análisis.

Finalmente, no es otra cosa lo que Lacan buscó con el pase: pruebas, pruebas de la eficacia del psicoanálisis, pruebas de la eficacia de la interpretación, que provengan de boca del analizado y no del analista.

Es un hecho: a medida que el analista consagrado se va olvidando de su propio análisis, su propia convicción en los efectos mutativos de la interpretación en las curas que dirige, se va apagando.

Voy a tomar ahora las cosas desde otra perspectiva, ya no quién evalúa, sino cómo se prueba.

La eficacia mutativa de la interpretación no se mide solamente por los éxitos terapéuticos. Al contrario, los éxitos terapéuticos dejan siempre más indeterminado el poder mutativo de la interpretación.

La eficacia mutativa de la interpretación, el asombroso poder de la palabra, se pone más de manifiesto cuando desencadena un efecto no buscado por el analista.

Si un paciente interrumpe la cura, o si se produce en el transcurso del análisis un acting-out, o un pasaje al acto, la pregunta del analista es inmediatamente, qué hice mal, qué debería haber dicho y no dije, qué podría haber interpretado y no interpreté. Por exceso o por defecto, normalmente se sospecha que fue la interpretación la que desencadenó la repuesta inesperada que sorprende al analista. No forma parte de nuestra clínica que el analista crea que no tiene nada que ver con eso.

En esta misma dirección diré que nada prueba más nítidamente el poder de la interpretación para transformar al sujeto que la psicosis.

Siempre me llamó la atención el interés de Lacan por la psicosis, puesto que Freud la consideraba una estructura inanalizable, y Lacan mismo, si bien recomendó no retroceder frente a la psicosis -puesto que hay psicóticos que se dirigen al analista- fue muy cauto con los resultados esperables, especialmente con su estabilidad. Creo que podría demostrarse que así como Freud buscó la estructura de la neurosis en el sueño, para Lacan la psicosis ilumina la estructura de la neurosis porque revela el estatuto del inconsciente, de lo que llamamos el gran Otro y también la del objeto a, y pone de manifiesto no sólo la verdadera naturaleza del síntoma, sino también la del sujeto analizado. Es apasionante, y llevar adelante esa investigación desde la perspectiva que nos brinda Lacan podría incluso demostrar el punto de real que Melanie Klein intuye cuando se refiere al núcleo psicótico.

Nuestra investigación clínica de hoy me permite agregar una razón más: la psicosis es una de las pruebas más firmes que tenemos de la eficacia del efecto de la palabra sobre un sujeto, de la potencialidad mutativa de la interpretación.

Psicosis e interpretación
Que existe una estrecha relación entre la psicosis y la interpretación no es nada nuevo, porque existe un cuadro clínico exhaustivamente descripto que es el delirio de interpretación. Delirio de la calle, del palier, de la oficina, como dijo en su momento Lacan. Que ese vínculo es lógico, quizás requiera un pequeño comentario.

En realidad no sólo la psicosis está enlazada con la interpretación. La neurosis también. Más aún, podemos considerar a la neurosis misma como una interpretación: la interpretación en términos edípicos del significado opaco, enigmático del deseo del Otro. La escritura de la famosa metáfora paterna no hace más que indicar que si el significante Nombre del Padre está a disposición del sujeto, ese significado opaco será interpretado en términos edípicos. Respecto de esta primera interpretación, constitutiva de la neurosis, todas las interpretaciones de un análisis se ubican en un segundo tiempo, y a decir verdad, van contra esta interpretación edípica del neurótico.

Del mismo modo, consideramos que la psicosis es la consecuencia de no interpretar el significado opaco del deseo del Otro en términos edípicos porque el operador de esta interpretación, el Nombre del Padre, no está a disposición del sujeto. Lo que se produce entonces es: o bien tenemos la perplejidad ante un enigma sin solución, o bien lo que se conoce como significación personal, es decir, delirante, sin común medida con la significación edípica. Es lo que llamamos psicosis.

Eso permite ver en qué una psicosis no es una neurosis... irremediablemente, y que la interpretación -que por ser enigmática favorece en la neurosis la puesta en forma del síntoma y la construcción del fantasma- en la psicosis es ocasión frecuente de desencadenamiento.

Susana
Puedo dar un ejemplo, a partir de un caso que hemos visto en una presentación de enfermos hace ya algunos años: Susana, a quien encontramos en el servicio del hospital donde acudía como enferma ambulatoria tras una larga internación.

No es la primera. Sabemos que antes de su primera internación ya había cosas que le molestaban, sobre todo sus compañeras de oficina, siempre leyendo esas revistas que hablan de actores y de cosas de la televisión. Nos dice que eso no era para ella, amante de la buena literatura. No le gustaba participar de esas conversaciones tontas, de esos cuchicheos y esas risas. Vivía con su madre, con quien se llevaba muy mal; no le gustaba la comida que la preparaba, a veces prefería no comer, porque tenía gusto raro. Nada de eso le impidió seguir una vida soportable.

Es en el subte que le parece escuchar por la radio unas voces poco claras que interpreta inequívocamente y la deciden a presentar una denuncia de inmediato. En plena agitación se baja, va a la comisaría más cercana y denuncia lo que escuchó: desde unos aviones se están arrojando personas al río.

Así llega a su primera internación. Sale un tiempo después, medicada y decidida a dedicarse a las cosas que son para ella, es decir, a la literatura. Ya no vuelve a trabajar, pero visita regularmente a su psiquiatra. Su vida se ha limitado a un circuito entre su madre y el hospital. Un circuito mínimo, pero se la ve bastante tranquila, siempre con un libro bajo el brazo. Eso dura algunos años y entonces la psiquiatra considera que debería ampliar un poco su lazo con el otro, alentándola a salir: un cine, un café. ¿Qué hace siempre con ese libro de un lado para el otro? Hay otras cosas para leer, no siempre lo mismo. La invita a dejar el libro en el consultorio, que traiga otro en su próxima visita.

Debe haber leído a Lacan la psiquiatra... debía recordar algo de ceder el objeto al campo del Otro... No sabemos, lo cierto es que interviene en esta dirección, y la paciente deja el libro: "era un libro de Pío Baroja, que se llamaba igual que yo: Susana".

La encontramos después del desencadenamiento que siguió a este momento donde no sólo dejo el libro, sino que se separó de esa pequeña suplencia que llevaba bajo el brazo, gracias a la cual, a falta de Nombre del padre, había conseguido unir su nombre a un autor.

Tengo que confesar que cada vez que debatimos la eficacia mutativa de la interpretación, no puedo dejar de pensar en Susana. En la eficacia que tuvo para ella ese objeto que se inventó para interpretar el enigma de la filiación sin el recurso del Nombre del Padre, y en la eficacia que tuvo la intervención bienintencionada de la psiquiatra para desencadenar el segundo brote.

La prueba por el absurdo
Normalmente tendemos a imaginar que la eficacia de la interpretación reside en sus efectos terapéuticos y eso esta muy bien, pero es mejor estar atentos también a la eficacia de la interpretación para desencadenar una psicosis, si es que queremos ser prudentes en nuestra clínica y rigurosos en nuestra demostración. Se trata, por cierto, de una prueba que los lógicos llamarían por el absurdo, pero eso no le quita dignidad, aunque incomode nuestro confort intelectual.

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