El
analizante
Si Freud indicó el análisis de los analistas no
fue en primera instancia para que sean más sanos que
sus pacientes, cosa que desmintió con todas las letras.
Fue para que creyeran en el inconsciente, es decir para que
hicieran la prueba. Aun si ejercían como analistas, la
prueba de la eficacia mutativa de la interpretación había
que buscarla en el propio análisis.
Finalmente, no es otra cosa lo que Lacan buscó con
el pase: pruebas, pruebas de la eficacia del psicoanálisis,
pruebas de la eficacia de la interpretación, que provengan
de boca del analizado y no del analista.
Es un hecho: a medida que el analista consagrado se va olvidando
de su propio análisis, su propia convicción
en los efectos mutativos de la interpretación en las
curas que dirige, se va apagando.
Voy a tomar ahora las cosas desde otra perspectiva, ya no
quién evalúa, sino cómo se prueba.
La eficacia mutativa de la interpretación no se mide
solamente por los éxitos terapéuticos. Al contrario,
los éxitos terapéuticos dejan siempre más
indeterminado el poder mutativo de la interpretación.
La eficacia mutativa de la interpretación, el asombroso
poder de la palabra, se pone más de manifiesto cuando
desencadena un efecto no buscado por el analista.
Si un paciente interrumpe la cura, o si se produce en el
transcurso del análisis un acting-out, o un pasaje
al acto, la pregunta del analista es inmediatamente, qué
hice mal, qué debería haber dicho y no dije,
qué podría haber interpretado y no interpreté.
Por exceso o por defecto, normalmente se sospecha que fue
la interpretación la que desencadenó la repuesta
inesperada que sorprende al analista. No forma parte de nuestra
clínica que el analista crea que no tiene nada que
ver con eso.
En esta misma dirección diré que nada prueba
más nítidamente el poder de la interpretación
para transformar al sujeto que la psicosis.
Siempre me llamó la atención el interés
de Lacan por la psicosis, puesto que Freud la consideraba
una estructura inanalizable, y Lacan mismo, si bien recomendó
no retroceder frente a la psicosis -puesto que hay psicóticos
que se dirigen al analista- fue muy cauto con los resultados
esperables, especialmente con su estabilidad. Creo que podría
demostrarse que así como Freud buscó la estructura
de la neurosis en el sueño, para Lacan la psicosis
ilumina la estructura de la neurosis porque revela el estatuto
del inconsciente, de lo que llamamos el gran Otro y también
la del objeto a, y pone de manifiesto no sólo la verdadera
naturaleza del síntoma, sino también la del
sujeto analizado. Es apasionante, y llevar adelante esa investigación
desde la perspectiva que nos brinda Lacan podría incluso
demostrar el punto de real que Melanie Klein intuye cuando
se refiere al núcleo psicótico.
Nuestra investigación clínica de hoy me permite
agregar una razón más: la psicosis es una de
las pruebas más firmes que tenemos de la eficacia del
efecto de la palabra sobre un sujeto, de la potencialidad
mutativa de la interpretación.
Psicosis e interpretación
Que existe una estrecha relación entre la psicosis
y la interpretación no es nada nuevo, porque existe
un cuadro clínico exhaustivamente descripto que es
el delirio de interpretación. Delirio de la calle,
del palier, de la oficina, como dijo en su momento Lacan.
Que ese vínculo es lógico, quizás requiera
un pequeño comentario.
En realidad no sólo la psicosis está enlazada
con la interpretación. La neurosis también.
Más aún, podemos considerar a la neurosis misma
como una interpretación: la interpretación en
términos edípicos del significado opaco, enigmático
del deseo del Otro. La escritura de la famosa metáfora
paterna no hace más que indicar que si el significante
Nombre del Padre está a disposición del sujeto,
ese significado opaco será interpretado en términos
edípicos. Respecto de esta primera interpretación,
constitutiva de la neurosis, todas las interpretaciones de
un análisis se ubican en un segundo tiempo, y a decir
verdad, van contra esta interpretación edípica
del neurótico.
Del mismo modo, consideramos que la psicosis es la consecuencia
de no interpretar el significado opaco del deseo del Otro
en términos edípicos porque el operador de esta
interpretación, el Nombre del Padre, no está
a disposición del sujeto. Lo que se produce entonces
es: o bien tenemos la perplejidad ante un enigma sin solución,
o bien lo que se conoce como significación personal,
es decir, delirante, sin común medida con la significación
edípica. Es lo que llamamos psicosis.
Eso permite ver en qué una psicosis no es una neurosis...
irremediablemente, y que la interpretación -que por
ser enigmática favorece en la neurosis la puesta en
forma del síntoma y la construcción del fantasma-
en la psicosis es ocasión frecuente de desencadenamiento.
Susana
Puedo dar un ejemplo, a partir de un caso que hemos visto
en una presentación de enfermos hace ya algunos años:
Susana, a quien encontramos en el servicio del hospital donde
acudía como enferma ambulatoria tras una larga internación.
No es la primera. Sabemos que antes de su primera internación
ya había cosas que le molestaban, sobre todo sus compañeras
de oficina, siempre leyendo esas revistas que hablan de actores
y de cosas de la televisión. Nos dice que eso no era
para ella, amante de la buena literatura. No le gustaba participar
de esas conversaciones tontas, de esos cuchicheos y esas risas.
Vivía con su madre, con quien se llevaba muy mal; no
le gustaba la comida que la preparaba, a veces prefería
no comer, porque tenía gusto raro. Nada de eso le impidió
seguir una vida soportable.
Es en el subte que le parece escuchar por la radio unas voces
poco claras que interpreta inequívocamente y la deciden
a presentar una denuncia de inmediato. En plena agitación
se baja, va a la comisaría más cercana y denuncia
lo que escuchó: desde unos aviones se están
arrojando personas al río.
Así llega a su primera internación. Sale un
tiempo después, medicada y decidida a dedicarse a las
cosas que son para ella, es decir, a la literatura. Ya no
vuelve a trabajar, pero visita regularmente a su psiquiatra.
Su vida se ha limitado a un circuito entre su madre y el hospital.
Un circuito mínimo, pero se la ve bastante tranquila,
siempre con un libro bajo el brazo. Eso dura algunos años
y entonces la psiquiatra considera que debería ampliar
un poco su lazo con el otro, alentándola a salir: un
cine, un café. ¿Qué hace siempre con
ese libro de un lado para el otro? Hay otras cosas para leer,
no siempre lo mismo. La invita a dejar el libro en el consultorio,
que traiga otro en su próxima visita.
Debe haber leído a Lacan la psiquiatra... debía
recordar algo de ceder el objeto al campo del Otro... No sabemos,
lo cierto es que interviene en esta dirección, y la
paciente deja el libro: "era un libro de Pío Baroja,
que se llamaba igual que yo: Susana".
La encontramos después del desencadenamiento que siguió
a este momento donde no sólo dejo el libro, sino que
se separó de esa pequeña suplencia que llevaba
bajo el brazo, gracias a la cual, a falta de Nombre del padre,
había conseguido unir su nombre a un autor.
Tengo que confesar que cada vez que debatimos la eficacia
mutativa de la interpretación, no puedo dejar de pensar
en Susana. En la eficacia que tuvo para ella ese objeto que
se inventó para interpretar el enigma de la filiación
sin el recurso del Nombre del Padre, y en la eficacia que
tuvo la intervención bienintencionada de la psiquiatra
para desencadenar el segundo brote.
La prueba por el absurdo
Normalmente tendemos a imaginar que la eficacia de la interpretación
reside en sus efectos terapéuticos y eso esta muy bien,
pero es mejor estar atentos también a la eficacia de
la interpretación para desencadenar una psicosis, si
es que queremos ser prudentes en nuestra clínica y
rigurosos en nuestra demostración. Se trata, por cierto,
de una prueba que los lógicos llamarían por
el absurdo, pero eso no le quita dignidad, aunque incomode
nuestro confort intelectual.