2.
Tres puntuaciones de Lacan sobre el amor
Voy a referirme a tres momentos de la enseñanza de Lacan
sobre el amor para proponerles que ellos en su articulación
dan cuenta de su estado en el sujeto durante la cura y en su
conclusión. Ellos son: El amor como pasión del
ser; el amor en su vertiente de engaño; el amor, una
significación vacía.
El amor como pasión, lo plantea Lacan en "La
dirección de la cura". Allí señala
la relación estricta entre lo más íntimo
de la experiencia analítica y el campo del despliegue
de la pasión neurótica. El ser del sujeto lo
es aquí del lenguaje, por lo tanto al mismo tiempo
en que su fundamento es la carencia de ser, se dirige al Otro,
dice Lacan, queriendo justificar esa existencia para encontrar
allí su estatuto. La pasión amorosa encuentra
allí una doble dirección: por un lado, notemos
su fundamento de afectación, de pérdida producida
por el lenguaje sobre el cuerpo; y por el otro, su ubicación
de respuesta a esto mismo. Es allí que se articula
a la ignorancia, como ignorancia del deseo que la anima y
también al odio en tanto que rechazo del ser.
Al comienzo de la experiencia analítica la pasión
amorosa inscribe un lleno en el sujeto, pero que esta vez
va a vincularse con un partenaire nuevo, el psicoanalista,
quien, por ubicarse en el lugar del semblante, hará
posible la producción de la dimensión más
esencial del amor: la dimensión del encuentro. Un encuentro
con quien "hará reinar allí al objeto a"
a partir del cual "podrá interrogar como saber
lo tocante a la verdad" (13).
Se anuda allí el amor al saber, abriéndose al
mismo tiempo, la vertiente engañosa del amor, su costado
imaginario. El sujeto se presenta como amable de modo que
resplandezca para él, el punto de perspectiva desde
el que quiere ser visto, y de este modo se hace el analista
objeto de la demanda de amor por contener esa piedra preciosa,
absolutamente evanescente: el agalma, es decir, la idealización
del objeto.
Así, el sujeto se apalabra en la experiencia, apuntando
su amor al ser al mismo tiempo que ignorando su condición,
esto es, su naturaleza de semblante, sus vestiduras. Y cuanto
más y más se trenza, más el amor segrega
lo que comporta: el goce. De este modo el análisis
traza en una sola dirección, su dirección hacia
lo real, la huella de sus dos líneas de fuerza: la
del saber -que la suposición ha hecho pivotear- a partir
de la repetición por la demanda hasta reducirla a su
marca memorable, el trazo unario; y la otra, la invariante
del modo singular de goce que es éxtimo al sujeto y
que lo lleva, más allá del padre, a habitar
la pulsión. Para esto sin embargo es preciso que el
psicoanalista, habiendo permitido reducir la idealización
del padre separando siempre las emboscadas del Ideal de las
del resto que envuelve y encarna, empuje el análisis
más allá, lo cual hará posible su finitud.
Es posible que una contingencia, un encuentro, se escriba
a partir del cual un trozo de real se pone en juego, ya que
como lo dice Lacan en su seminario del 74: "el amor no
es otra cosa que un decir en tanto que acontecimiento"
(14).
La destitución subjetiva que se opera al fin de la
cura en el vector del saber, se anuda y se soporta en este
encuentro, cuya consecuencia es el descubrimiento de la imposibilidad,
de ese real que Lacan enuncia "no hay relación
sexual". Es decir, el modo en que se conserva la marca
de la imposibilidad que el lenguaje y no el padre dejó
como agujero.
Aquí entonces ubico la tercer puntuación sobre
el amor que he tomado del Seminario del 15/03/77, "L'insu
que sait...", donde dice: "El amor es una significación
(y esto es) un término vacío. El deseo tiene
un sentido (...) pero el amor es vacío" (15).
Estamos en la otra costa del lleno del principio. La desuposición
de saber y la inconsistencia del Otro deducida de la contingencia,
hacen del vínculo amoroso con el partenaire la real-ización
del amor como vacío. Vacío no es liquidado,
sino descubierto en su más radical vertiente, lo real
que lo funda. Así entiendo lo que J.-A. Miller nos
dice en El hueso de un análisis, refiriéndose
al segundo momento posible de reducción de goce propiamente
dicho. Cito: "...allí se inscribe el acto analítico
y se juega su destino. Exactamente, en el margen, entre la
reducción significante y la reducción cuantitativa.
Allí se inscribe el pase a título de posibilidad"
(16).
3. Conclusiones: al fin... la Escuela
y un estilo
Si la transferencia ha sido definida por Lacan como la verdad
del amor y éste ha sido la investidura de la suposición
de saber que resta vacía -como lo señalé
más arriba- les propongo pensar que es este mismo vacío
del que toma su fuerza la posibilidad de transferir a la Escuela,
ese saber que la travesía analítica ordenó.
La Escuela hace su oferta de vacío a través
del dispositivo del pase, para que cada quien, que así
lo quiera, tenga la oportunidad de verificar por la demostración,
lo que presidió aquel acontecimiento. Es así
que pienso que el pase es un destino posible del amor de transferencia
en tanto que vacío, sin Otro, que al mismo tiempo enlaza
al sujeto al nuevo partenaire: la Escuela. Es decir que el
Otro que la Escuela constituye entra en el circuito del sujeto,
permitiendo contarlo al nivel -no ya del espejismo narcisista-
sino de la causa del deseo, lo que entiendo que J.-A. Miller
nos enseña cuando nos habla de una ética de
las consecuencias (17).
Del lado del sujeto pienso que lo irreductible, lo ineliminable
de la pasión amorosa, es lo que llamamos estilo, eso
que Lacan define como el objeto a, por lo tanto resto de un
análisis y trazo, huella de una diferencia, marca singular
e indeleble que se inscribe a partir de la escritura de cada
sujeto por la experiencia analítica, en las vías
de una transmisión que se llama transferencia.