Plata quemada, mediante un epílogo sin firma, aclara:
"Esta novela cuenta una historia real. Se trata de un
caso menor y ya olvidado de la crónica policial que
adquirió sin embargo para mí, a medida que investigaba,
la luz y el pathos de una leyenda" (p. 245). El narrador
de este epílogo de Renzi, el joven periodista que intenta
encontrar la dimensión trágica de los acontecimientos:
"He tratado de tener presente en todo el libro el registro
estilístico y 'el gesto metafórico' (como lo
llamaba Brecht), de los relatos sociales cuyo tema es la violencia
ilegal".
Los hechos ocurrieron en Buenos Aires y Montevideo entre
el 27 de septiembre y el 6 de noviembre de 1965. Han pasado,
hasta el momento en que se firma este epílogo, más
de treinta años. El epílogo nombra los diarios
consultados, diarios de la época publicados en Buenos
Aires y en Montevideo. Se habla también de la consulta
de legajos judiciales y de la consulta de otras fuentes. Pero
se aclara: "El conjunto del material documental ha sido
usado según las exigencias de la trama..." (p.
246). Es decir, existen inferencias exigidas por la trama.
Por eso el epílogo advierte: "He respetado la
continuidad de la acción y (en lo posible) el lenguaje
de los protagonistas y los testigos de la historia. No siempre
los diálogos o las opiniones transcriptas se corresponden
con exactitud al lugar donde se enuncian..." (p. 245).
Se trata de lo posible, como en Aristóteles, no de
la exactitud: "... he reconstruido con materiales verdaderos
los dichos y las acciones de los personajes" (p. 245).
Como lo demostró Jacques Lacan, la verdad no es la
exactitud, la verdad es una dimensión que supone un
sujeto que no siempre puedo inferir de la exactitud de los
hechos. Por eso se trata de "reconstruir" con materiales
"verdaderos", de realizar un bricolage (para usar
el término de Lévi-Strauss) que muestre la lógica
sensible, el pathos de una leyenda, referido a la "violencia
ilegal".
¿Cómo explicar la pretensión de punir
a Plata quemada por el uso de nombres propios, cuando esos
nombres se hicieron públicos por los hechos que protagonizaron?
El señor Poubelle, prefecto de policía de París,
impuso el uso de recipientes higiénicos en la ciudad.
Esos recipientes se llaman ahora poubelle, lo que demuestra
la gratitud de los habitantes de París. Pero poubelle
es también la basura que contienen los recipientes.
Es decir, que el señor Poubelle se ha convertido en
el nombre común de la basura, por haber realizado la
acción meritoria de regular la higiene de la ciudad.
¿El nombre propio, cuando realiza una acción
que lo convierte en nombre común, no se demuestra como
siendo impropio? Leemos en Plata quemada: "En
Devoto había conocido a un cana que se llamaba Verdugo,
eso es peor. Llamarse Verdugo, llamarse Esclavo, había
uno que llamaba Battilana, con esos apellidos mejor llamarse
Malito" (pp. 14?5).
"Se trata de un caso menor", dice el epílogo.
No se trata del Mal, tan sólo de Malito, decimos. ¿No
intenta el narrador Renzi elevar una "sórdida
leyenda policial", no intenta darle la dimensión
de la tragedia?
"Hybris", buscó en el diccionario el chico
que hacía policiales en El Mundo: "la arrogancia
de quien desafía a los dioses y busca su propia ruina".
Decidió preguntar si podía ponerle este título
a la crónica y empezó a escribir"(p. 91).
El chico de El Mundo es Emilio Renzi, que aparece en otros
libros de Ricardo Piglia. Su versión de los hechos,
como veremos, choca con las versiones de múltiples
narradores: "De todos modos el destino había empezado
a armar su trama, a tejer su intriga, a anudar en un punto
(y esto lo escribió el chico que hacía policiales
en El Mundo) los hilos sueltos de aquello que los antiguos
griegos han llamado el muthos" (p. 106).
Cuando el comisario Silva dice "Son enfermos mentales",
Renzi le replica: "-Matar enfermos mentales no está
bien visto por el periodismo. -Ironizó el cronista.
-Hay que llevarlos al manicomio, no ejecutarlos... Silva miró
a Renzi con expresión cansada; otra vez ese pendejo
irrespetuoso, de anteojitos y pelo enrulado, con cara de ganso,
ajeno al ambiente real y al peligro de la situación,
que parecía un paracaidista, el abogado de oficio o
el hermano más chico de un convicto que se queja por
el trato que los criminales sufren en las comisarías"
(p. 197).
Renzi entiende que el lenguaje de Silva, como el de los delincuentes,
tiene una potencia real que sobrepasa sus elucubraciones:
"Hablaban así, eran más sucios y más
despiadados para hablar que esos canas curtidos en inventar
insultos que rebajaban a los presos hasta convertirlos en
muñecos sin forma. Tipos pesados, de la pesada pesada,
que se quebraban en la parrilla, que se entregaban al final,
después de oír a Silva insultarlos y darles
máquina durante horas para hacerlos hablar. Los restos
muertos de las palabras que las mujeres y los hombres usan
en el dormitorio y en los negocios y en los baños,
porque la policía y los malandras (pensaba Renzi) son
los únicos que saben hacer de las palabras objetos
vivos, agujas que se entierran en la carne y te destruyen
el alma como un huevo que se parte en el filo de la sartén"
(p. 186).
Los nombres propios de los personajes, vueltos impropios
en el espacio social de la delincuencia, están sujetos
a un cruce de lenguajes que les dará un nuevo sentido:
¿Esos nombres designan el cúmulo de negatividades
que propone el comisario Silva o los sujetos trágicos
que supone Renzi? Depende del valor del acontecimiento que,
como dice Alain Badiou, siempre está situado y es suplementario
de una situación. El acontecimiento es una dimensión
de la verdad de un discurso -no de la exactitud de unos hechos-
que se opone al mal del simulacro, la traición y el
desastre. ¿Malito es sólo un malito, para eso
fue nombrado, a eso lo reduce su apellido?
Renzi no acepta esta transformación del nombre propio
en nombre común: "La esencia táctica de
la banda de Malito, su brillo trágico (escribiría
más tarde Renzi en su crónica de los hechos
para la página policial del diario El Mundo)
se alimenta con la certidumbre de que cada victoria lograda
en estas condiciones imposibles aumenta la capacidad de resistencia,
los vuelve más veloces y más fuertes. Por eso
siguió lo que siguió, la ceremonia trágica
que cualquiera que haya estado ahí esa noche no olvidará
jamás" (p. 189).
El
tema del nombre impropio, del nombre que el otro social sanciona,
cambiará de sentido por esta ceremonia. Quemar la plata
es refutar, por ese acontecimiento mismo, la significación
del asalto al banco. Por este acto la versión de Renzi
cobra un nuevo relieve contra las exclamaciones desconcertadas
de quienes nunca habían dudado de que se trata de conseguir
el máximo con el mínimo esfuerzo. Aparece, entonces,
un filósofo uruguayo que recuerda la noción
de potlatch: "...un gesto de puro gasto y de puro derroche
que en otras sociedades ha sido considerado un sacrificio
que se ofrece a los dioses porque sólo lo más
valioso merece ser sacrificado y no hay nada más valioso
entre nosotros que el dinero, dijo el profesor Andrada y de
inmediato fue citado por el juez" (p. 193).