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Plata quemada o los nombres impropios
Por Germán García
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La disparidad subjetiva de los integrantes de la banda es coordinada por el dinero que, al poder cambiar cualquier cosa por cualquier cosa, adquiere un valor diferente para cada uno: drogas, mujeres, negocios futuros en ciudades mitificadas por el cine y por diversos relatos.

Al comienzo, ya en la página 31, el tesorero compara el depósito del banco con "una tumba bajo tierra, una cárcel llena de dinero". Y un narrador, en la página siguiente, comenta que "varias veces había pensado que era posible robar el dinero que le entregaban todos los meses". Ya en manos de la banda, la plata "...pesaba como si estuviera hecha de piedra (…) Bloques de cemento laminado, hojas finas, todos los billetes..." (p.44). "Lo más divertido era que la plata estaba amontonada en una especie de bargueño con un espejo que la duplicaba, una parva de guita sobre un hule blanco repetida, como una ilusión, en el agua pura de un espejo" (p. 6 l).

El dinero disuelve unos lazos sociales, pero también establece otros. La banda cruza la frontera, escapa de un territorio donde son agentes del crimen, el parricidio, el incesto, etc. Un territorio donde quienes los persiguen, otros agentes sociales, están inmersos en la misma disolución de esos lazos sociales. Una comunidad cínica -el cinismo conoce el precio de todas las cosas, pero no conoce el valor de ninguna- donde la violencia se mueve en una ambigua ausencia de categorías.

La pregunta de Brecht ("¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?") obtiene como respuesta la novela, la trama del relato sobre el equívoco de los acontecimientos. En el epílogo vuelve el nombre de Brecht, para hablar del 'gesto metafórico' de los relatos sociales cuyo tema es la violencia ilegal. También se habla en ese epílogo de un lenguaje que suena hostil, "corno suele sonar el lenguaje cuando se lo usa para contar una derrota" (p. 250).

El narrador del epílogo, como dijimos, adopta la interpretación de Renzi y comenta -en relación al relato de una mujer que ha participado en los acontecimientos- "…yo la escuché como si me encontrara frente a una versión argentina de una tragedia griega. Los héroes deciden enfrentar lo imposible y resistir y eligen la muerte como destino" (p. 250).

Frente a la versión policial de Silva, la interpretación ideal de Renzi es matizada por el "coro" de otras voces y por el periodismo. También por un narrador que habla el lenguaje violento de la banda y de los policías y por la aparición del delincuente uruguayo que abandona a un herido: "Eran unos reventados, dijo Yamandú, eran unos tipos que vivían en una delirata total, querían llegar a Nueva York en auto por la Panamericana, asaltando bancos en el camino y robando farmacias para proveerse de drogas. Se daban manija con eso, estudiaban los mapas, los caminos secundarios, y calculaban cuánto tiempo iban a tardar en llegar a Norteamérica. Estaban piantados, deliraban por trabajar para la mafia portorriqueña de Nueva York, meterse en el barrio, en el ghetto latino y empezar de nuevo ahí, donde nadie los conoce" (p. 126).

Marcos Dorda, el gaucho rubio como se le llama, es narrado por sus voces (de las que es receptor), por algunos vagos recuerdos que al final adquieren la precisión de una invocación a sus padres, por el Dr. Bunge -en estilo indirecto-, por el periodista que cuenta sus acciones, por Brignone, etc. Dorda forma un nudo con Brignone (en nada parecido a la clásica pareja de duplicaciones complementarias de la literatura), una díada donde no son uno y tampoco dos: "Porque el gaucho y el Nene, eran, para el Gaucho, uno solo. Hermanos mellizos, gemelos, los hermanos corsos, es decir (trataba de explicar Dorda) se entendían a ciegas, actuaban de memoria. Le parecía así, a él, que sentía lo mismo que el Nene Brignone. Dorda dejaba entonces que la rutina diaria la armara el Nene. La plata y las decisiones significaban poco para él. Su interés exclusivo eran las drogas, 'su oscura mente patológica' (decía el informe psiquiátrico del Dr. Bunge) pensaba rara vez en otra cosa que no fueran las drogas y las voces que escuchaba en secreto" (p.69).

Dorda, que es sacado de la ratonera agonizando, sigue sus voces hasta el final, mientras los personajes que lo acompañaban -Mereles, Brignone- se mueven en una lógica elástica donde los acontecimientos no encuentran sus categorías sociales. En el capítulo tres se comienza con el asalto al Policlínico Bancario, se habla de José Luis Nell y Joe Baxter, del nacionalismo peronista. El comisario Silva dice que todos los crímenes tienen un signo político, pero después habla de que sólo se trata de criminales y por último los califica de enfermos mentales.

Hernando Heguilein es un ex-integrante de la Alianza Libertadora Nacionalista y Malito es el hombre invisible, el cerebro mágico, "el jefe y había hecho los planes y había armado los contactos con los políticos y los canas que le habían pasado los datos, los planes, los detalles..." (p. 14). Mereles era un hacendado de la provincia de Buenos Aires.

Aquí la precisión de las fechas adquiere valor: entre el 27 de septiembre y el 6 de noviembre de 1965. Es un momento en que la violencia política aparece enmascarada, camuflada de diversas maneras. Es el momento donde no existen categorías capaces de diferenciar las zonas de exclusión de las ideologías. Las luchas por establecer estas categorías es la lucha por un lenguaje en el cual se define la identidad de los actores.

La dimensión trágica de Dorda es que está excluido por la imposición de las voces de esta lucha por un lenguaje y una identidad: "Cosidas, las palabras, a su cuerpo, con hilo engrasado, un tatuaje llevaba adentro, con las palabras de su finada madre grabadas como en un árbol..." (p.230).

Basta dejar hablar al personaje, para descubrir que la aparición sorpresiva de Dorda en nuestra literatura no ha sido aún registrada. Dorda, el gaucho rubio, obedece una voz y mata a una mujer extranjera a la que llama la cautiva.

Brignone, el otro elemento de la díada, cuenta su experiencia de la cárcel (p. 63 en adelante) en términos que recuerdan a los del hijo de Martín Fierro. Y no se trata de parodia, tampoco de cita, sino de un traslado radical; de una aufhebung de esa tradición literaria que Piglia conoce muy bien.

La disparidad social atraviesa la procedencia de cada uno. Malito es hijo de un médico (de quien hereda la costumbre de lavarse las manos con alcohol puro), ha hecho cuarto año de Ingeniería y tiene un Dios aparte: "Un halo de perfección que hacía que todos quisieran trabajar con él" (P. 20). Hernando Heguilein "...era de otro palo, parecía un cana con el bigotito recortado y los ojos muertos, pero no era un cana, había sido una especie de cana, informante de la Alianza, digamos un político, fichó el Nene, un gil como todos los giles que se hacían matar por el Viejo, los más envenenados al final se empezaron a juntar con los comunes (según decían) para reventar armerías y asaltar bancos con el pretexto de juntar plata para la vuelta de Perón" (p. 6l).

El Dr. Bunge le aconseja a Dorda que se case y tenga hijos: "Porque desde siempre, al Gaucho, que era un matrero, un retobao, un asesino, hombre de agallas y de temer en la provincia de Santa Fé, en los almacenes de la frontera, al Gaucho siempre le habían gustado los hombres, los peones, los arrieros viejos que cruzaban a la madrugada por el arroyo, al otro lado del María Juana. Lo llevaban bajo los puentes y lo sodomizaban (esa era la palabra que usaba el Dr. Bunge), lo sodomizaban y lo disolvían en una niebla de humillación y de placer, de la que salía a la vez avergonzado y libre".

"Siempre suelto, siempre furioso y sin poder decir lo que sentía, con esas voces que sonaban adentro, las mujeres que le daban consejos y le murmuraban porquerías, le daban órdenes contradictorias, lo maldecían, sólo de mujeres las voces del cerebro de Dorda" (p. 224).

Dorda muestra las propiedades lógicas de sus estados mentales, la certeza de los mensajes que recibe, lo que lo diferencia de los otros que reciben mensajes sin saber de dónde vienen: "pero también las voces llegaban de otro lado que no puede detectar. Desde el pasado, pensó el radiotelegrafista" (P. 207). Roque Pérez, el radiotelegrafista, escucha para la policía las voces relativas y confusas de sus semejantes, mientras que Dorda escucha las voces absolutas que surgen de ese agujero en su memoria que es su pasado.

La disparidad subjetiva de los integrantes de la banda es coordinada por el dinero que, al poder cambiar cualquier cosa por cualquier cosa, adquiere un valor diferente para cada uno: drogas, mujeres, negocios futuros en ciudades mitificadas por el cine y por diversos relatos.

Las mujeres forman una constelación difusa que va de la chica de familia que se deja llevar, porque de alguna manera obedece a su madre, a Margarita, la uruguaya capaz de mantener un secreto en un mundo donde la piedad y el temor tienen que excluirse, pero donde la lealtad es un valor. Margarita, encontrada en la Plaza Zavala de Montevideo, despierta en Brignone la nostalgia de algo tan perdido que ni siquiera pertenece al recuerdo, algo que aparece como un vago anhelo: "siempre había querido tener una hermana, una mujer joven y hermosa, en la que pudiera confiar y a la que estuviera obligado a mantener lejos de su cuerpo" (p. 103).

Los personajes masculinos de Plata quemada se constituyen como hombres por lo que enfrentan, sin relación alguna con la alteridad de las mujeres, alteridad reducida a una equivalencia de placer comparable a la droga por las transmutaciones que logra el dinero.

El nombre es del otro. Nunca es propio. Es un nombre impropio, en tanto cada uno se llama como lo llamaron. Cambiar de vida, como se dice, es cambiar el valor del nombre. Algunas veces ocurre, entonces el sujeto ya no depende del valor que su padre dio a ese apellido, más bien será quién termina por nominar a los suyos. Como el prefecto Poubelle, pero también como James Joyce (cuyo padre interesa por eso, porque es su padre). La tragedia, según la versión Renzi, es que los nombres no salgan más de la crónica policial, que la "selva de voces" pierda la singularidad de cada uno, que las voces que constituyen la absoluta soledad de Dorda jamás sean escuchadas por ningún otro, que no se pueda atravesar el oráculo materno: "Mi madre siempre supo que yo estaba destinado a no ser entendido y nadie me entendió nunca pero a veces he logrado que algunos me quisieran. Oh, padre dijo como un eco lejano, el caballo tobiano me va a sacar de aquí" (p. 243).

Plata quemada hizo posible que los nombres de la crónica policial, borrados por el silencio de la vergüenza y el desprecio, se conviertan en un signo de interrogación sobre acontecimientos que, a partir de una línea de bifurcación imperceptible, trazan vórtices que consumen vidas disueltas en "la banalidad del mal".

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