En primer lugar, quiero agradecer a Encuentros Freudianos
la amabilidad de acomodar las fechas y los horarios para que
yo pudiera estar hoy aquí. Si me hubieran dicho que la última
actividad del milenio –más allá de la discusión acerca de
cuándo finaliza estrictamente– la iba a realizar en este
recinto histórico del psicoanálisis mundial, esa anticipación
me hubiera resultado extremadamente sorprendente. Agradezco
esta hospitalidad, este hecho para mí singular.
Propuse el término "antifilosofía" teniendo en cuenta
que es un término bastante conjetural, un término bastante
débil. Lacan lo utilizó en su día, en 1974, como una conjetura;
era la época en que había un Departamento de Psicoanálisis
en París VIII, y entre las disciplinas posibles en la formación
del analista –haciendo la salvedad de que no se trataba de
especializar al psicoanalista en nada–, habló en aquel entonces
de lingüística, topología, antifilosofía.
El término no tuvo posteriormente en Lacan una especial presencia.
Volvió a surgir, episódicamente, en unas referencias a Althusser,
en cierta correspondencia, luego una y otra vez en alguna
alusión de su Seminario, pero no es una expresión que se haya
configurado en su enseñanza de manera evidente. Es, por
lo tanto, un término del que vamos a decir que hay que despertar
a él, hay que tratar de ver cómo se lo puede diseñar, y si,
verdaderamente, vale la pena hacerlo. En cierta forma esta
expresión, "antifilosofía", exige también poner
a prueba hasta dónde conviene sostenerla o no.
A su vez, como llevo 24 años viviendo en un país donde la
presencia del psicoanálisis no estuvo nunca asegurada, donde
no era en absoluto evidente que una audiencia aceptara los
postulados psicoanalíticos, encontré en las posibilidades
de la antifilosofía un modo de dialogar, de entrar
en conversación con otros contextos que podrían ser afines
al psicoanálisis, particularmente ciertos segmentos de la
filosofía. A su vez, por supuesto, la idea de que haya un
exterior que interpele a la cosa psicoanalítica siempre
me pareció una operación pertinente para interrogar los posibles
efectos de jerga que inevitablemente se pueden dar en una
comunidad; ese exterior ayuda a lo que es la propia elaboración
y discusión acerca de cómo debe ser transmitido el psicoanálisis.
Pensar en la transmisión del psicoanálisis cuando el exterior
se ha desvanecido es verdaderamente imposible. Por lo tanto,
en mi caso, la antifilosofía ha sido una ocasión de
establecer una suerte de interlocución con otros saberes,
de mantener con respecto a lo que es el psicoanálisis y su
comunidad, un punto, como decía antes, de exterioridad.
Quiero también recordar que la antifilosofía no es una
especialidad, como no debe haber una especialidad en topología
o lingüística, sino que es una de las diversas maneras de
hablar de aquello en lo que consiste la experiencia analítica,
y es también una discusión acerca de su modo de transmitirla.
Como el procedimiento que se podría calificar de antifilosofía
no es evidente, voy a presentarles lo que fue mi recorrido
con respecto a este término, presentando brevemente una suerte
de cartografía de ese itinerario para ver, como dije al comienzo,
si hay algunos rasgos propios de la antifilosofía que por
ser invariantes, permitan sostener la operación. Por supuesto
que voy a intentar demostrar que sí, que efectivamente conviene
utilizar la expresión, y voy a tratar de presentar las razones
por las cuales es pertinente mantenerla, reconociendo, desde
luego, el carácter conjetural de esta operación.
A su vez, como lo escribimos en el prólogo del último libro
que salió en España con el título Lacan: Heidegger. El
psicoanálisis en la tarea del pensar, la antifilosofía
ha implicado un anhelo, la idea de que mientras las tradiciones
filosóficas se han distribuido en lo que se llama la filosofía
continental –la hermenéutica alemana, la deconstrucción francesa,
el positivismo anglosajón y ahora el pragmatismo americano–,
siempre pensé que la antifilosofía podría constituir un albergue
posible, un lugar de acogida en nuestra lengua, e inclusive,
algo que podría llevar la impronta de cierta aventura intelectual
argentina. Es un anhelo, y por eso se afirmaba en aquel prólogo
que, tal vez, la antifilosofía encontrase en la diseminación
argentina –utilicé la palabra diseminación para no referirme
exclusivamente a los argentinos que residen en Argentina–
su ámbito apropiado. Hay algo entre el psicoanálisis y ese
exterior que creo puede darse en la Argentina, como el lugar
en que ese cruce podría encontrar su momento más fecundo.
Pero, por supuesto, no se me escapa que constituye un anhelo,
un anhelo en el que estoy empeñado.
Entonces, para mostrar el itinerario de lo que puede dar
al procedimiento de la antifilosofía su inteligibilidad, lo
que puede permitirnos pensar que su operación tuvo lugar y
existe, quiero recordar que lo que ha caracterizado, desde
esta perspectiva, al descubrimiento freudiano que se conoce
bajo el nombre de psicoanálisis, es que Freud descubre
una experiencia subjetiva que va en una dirección distinta,
que es antinómica con los ideales de la modernidad. Freud
es un hombre ilustrado, un positivista, un hombre de ciencia,
alguien que no tiene, en principio, una actitud intelectual
o un punto de partida diferente al programa moderno, pero
al que la experiencia de la cura analítica le impone ciertas
evidencias. Freud se transformó, sin habérselo propuesto expresamente,
sino tal vez llevado por el peso, la gravitación de su propia
experiencia, en el crítico más agudo de la ilustración. Hasta
tal punto que, después de Auschwitz y la segunda guerra mundial,
quienes proclamaron que pensar tenía que ser algo distinto
después del holocausto y los campos de concentración, tuvieron
inevitablemente que volver a encontrarse con los textos freudianos
y su experiencia. Me refiero a los pensadores de Frankfurt
como Adorno, Horkheimer, Benjamin. Es decir, que Freud,
sin tener explícitamente la idea de que debía asumir un proyecto
intelectual crítico de la modernidad, se vio envuelto en una
experiencia tal que, por lo que enseñaba con respecto al trauma,
la compulsión a la repetición, el más allá del principio del
placer, desmontaba esa "metafísica de la emancipación" que,
como ustedes saben, estuvo presente en todo el paisaje moderno.
Es decir, la idea de un progreso hacia una liberación, la
idea del advenimiento de un hombre nuevo tan insistente en
el anhelo moderno y tan afín a las llamadas "tomas de conciencia".
El mismo Habermas, que trata aún de demostrar que la modernidad
debe ser mantenida como algo que tiene que concluir y que
queda todavía por defender, sigue diciendo que la famosa proposición
freudiana "donde Ello era, el Yo debe advenir", hay
que entenderla como un esclarecimiento de la razón en el campo
del Ello, como un ensanchamiento progresivo del campo de la
conciencia que conduce a una especie de autoconciencia y a
una operación de manejo racional de los instintos, lo que
supone una lectura decididamente ilustrada.
Por el contrario, Freud fue más bien –empleando el término
de un procedimiento que después tendremos que diferenciar
de la antifilosofía–, el deconstructor de una enorme
cantidad de categorías modernas. Una de ellas, por ejemplo,
la metafísica de la emancipación, el relato de la emancipación,
la idea de que a través de una praxis política y de
una toma de conciencia el sujeto va a liberarse de sus determinaciones
sociales, políticas y religiosas, es una idea que, en Freud,
encuentra constantemente sus momentos de réplica. No digamos
ya el "hombre nuevo", al que Freud opone la permanencia del
resto, la indestructibilidad de la huella, el retorno del
trabajo de la pulsión... Su propio testamento, "Análisis terminable
e interminable", demuestra que el pensamiento de Freud es
el pensamiento de la huella y el retorno, y no el de progreso
alguno hacia un objetivo superior. Por ejemplo la figura del
"Hombre Nuevo", como cualquier figura o mito que apunta a
un comienzo absoluto, realiza con una potencia inusual la
pulsión de muerte.
Este sería el primer tiempo, la primera matriz de la antifilosofía,
es decir, algo que no ocurrió intelectualmente. La
antifilosofía surge, a mi modo de ver, con Freud, pero no
porque Freud haya "cogitado", procesado o decidido
que iba a ser un crítico de la modernidad. Simplemente le
fue ocurriendo que, a medida que iba dilucidando la experiencia
analítica, una serie de preceptos propios de lo moderno demostraban
su inconsistencia y su carácter aporético. Freud quería ser
un ilustrado, Freud quería ser un moderno. Sin embargo...
Cuando uno lee "El porvenir de una ilusión" encuentra
que es un texto netamente kantiano. Freud inventa allí un
interlocutor –como hacía Kant–, y cuando éste lo interpela
insistentemente y le dice que la religión cumple una función
simbólica en las barreras humanas, que las sociedades necesitan
de la religión para poder conferirle al pacto simbólico que
las constituye una sustancia adecuada, Freud responde que
no, que él prefiere correr el riesgo de salir de la minoría
de edad y pensar que algún día existirá una comunidad humana
que se cure de la enfermedad infantil de la religión, y admita,
finalmente, que los factores humanos no le deben nada a la
teología, no le deben nada a los intereses religiosos, ya
que una comunidad debe fundar su legitimidad en su propia
manera de darse a sí misma las leyes y los pactos. Vale decir,
una actitud francamente ilustrada que expresa, de manera discreta,
un gran elogio a Kant, porque en Freud las referencias a
la filosofía son discretísimas; una vez encontramos por allí
nombrado a Kant, otra vez es el imperativo categórico sin
nombrar a Kant, otra vez el término alemán Aufhebung
... Pero él tenía entre manos algo demasiado serio, algo que
no quería que fuera tributario de ningún discurso anterior,
y, por ello, era discretísimo con todo aquello que se podría
llamar la tradición filosófica, tan discreto como el que también
sabe que es imposible borrarla.
Y no obstante, a pesar de esa posición ilustrada que se refleja
en textos como "El porvenir de una ilusión", a pesar de esa
vocación iluminista de querer salir de la minoría de edad,
como el propio Kant dice, "sin ninguna otra tutela que la
razón", Freud es a la vez y en contrapartida, alguien que
contradice las categorías modernas en razón de su propia experiencia,
en razón de que la cura analítica lo confronta con una serie
de problemas, dificultades, encrucijadas subjetivas. De hecho,
una red de oposiciones características de la secuencia moderna
como libertad - restricción, pulsión - renuncia,
yo - superyó, autonomía - independencia, individuo
- sociedad, se desestabilizan radicalmente en el texto
freudiano a medida que va conceptualizando la cura.