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Introducción a la antifilosofía*
Por Jorge Alemán Lavigne
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Jorge Alemán Lavigne es psicoanalista, miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL), de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (España) (ELP), de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), y docente de la Sección Clínica de Madrid (Instituto del Campo Freudiano).

 

 

 

 

 

Mariposas
[Ana Casanova]
1998 - 0,60 x 059

 

 

 

 

...la idea de que haya un exterior que interpele a la cosa psicoanalítica siempre me pareció una operación pertinente para interrogar los posibles efectos de jerga que inevitablemente se pueden dar en una comunidad (...) en mi caso, la antifilosofía ha sido una ocasión de establecer una suerte de interlocución con otros saberes, de mantener con respecto a lo que es el psicoanálisis y su comunidad, un punto, como decía antes, de exterioridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siempre pensé que la antifilosofía podría constituir un albergue posible, un lugar de acogida en nuestra lengua, e inclusive, algo que podría llevar la impronta de cierta aventura intelectual argentina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"Análisis terminable e interminable", demuestra que el pensamiento de Freud es el pensamiento de la huella y el retorno, y no el de progreso alguno hacia un objetivo superior. Por ejemplo la figura del "Hombre Nuevo", como cualquier figura o mito que apunta a un comienzo absoluto, realiza con una potencia inusual la pulsión de muerte.

Antifilosofía, un término conjetural, “...uno de los modos de decir acerca de la experiencia analítica”.
El autor, privilegiando un exterior, argumenta su acuerdo con Freud y también con lo ya expresado en algunos de sus libros, como La experiencia del fin, al considerar la fundación de un acto de pensamiento, a partir de la huella y el retorno, como espacio fronterizo pasible de ser nombrado de muchas maneras; pero, siempre como inauguración de un “cruce fecundo”, dando paso a lo vivo de la transmisión del psicoanálisis. Cuestión que, a la vez, nos arroja luz sobre la modalidad de Lacan de captar esa “razón de borde”, que posibilita una interlocución en el campo de las diferencias.
La filosofía y su exterior

Ce qui est réel dans le symptôme c'est ça qui sert à la jouissance; que ça parle, que ce soit un message, que ça se déchiffre, ce n'est pas du même niveau que ce à quoi ça sert. Et bien, je dis que c'est ce tourment situé à cet endroit là, qui definit aujourd'hui ce que c'est qu'être lacanien.

Jacques-Alain Miller
Curso "Le partenaire-symptôme" 26/11/1997

En primer lugar, quiero agradecer a Encuentros Freudianos la amabilidad de acomodar las fechas y los horarios para que yo pudiera estar hoy aquí. Si me hubieran dicho que la última actividad del milenio –más allá de la discusión acerca de cuándo finaliza estricta­mente– la iba a realizar en este recinto histórico del psicoanáli­sis mundial, esa anticipación me hubiera resultado extremadamente sorprendente. Agradezco esta hospitalidad, este hecho para mí singular.

Propuse el término "antifilosofía" teniendo en cuenta que es un término bastante conjetural, un término bastante débil. Lacan lo utilizó en su día, en 1974, como una conjetura; era la época en que había un Departamento de Psicoanálisis en París VIII, y entre las disciplinas posibles en la formación del analista –haciendo la salvedad de que no se trataba de especializar al psicoanalista en nada–, habló en aquel entonces de lingüística, topología, antifilosofía.

El término no tuvo posteriormente en Lacan una especial presencia. Volvió a surgir, episódicamente, en unas referencias a Althusser, en cierta correspondencia, luego una y otra vez en alguna alusión de su Seminario, pero no es una expresión que se haya configurado en su enseñanza de manera evidente. Es, por lo tanto, un término del que vamos a decir que hay que despertar a él, hay que tratar de ver cómo se lo puede diseñar, y si, verdaderamente, vale la pena hacerlo. En cierta forma esta expresión, "antifilosofía", exige también poner a prueba hasta dónde conviene sostenerla o no.

A su vez, como llevo 24 años viviendo en un país donde la presencia del psicoanálisis no estuvo nunca asegurada, donde no era en absoluto evidente que una audiencia aceptara los postulados psicoanalíticos, encontré en las posibilidades de la antifilosofía un modo de dialogar, de entrar en conversación con otros contextos que podrían ser afines al psicoanálisis, particularmente ciertos segmentos de la filosofía. A su vez, por supuesto, la idea de que haya un exterior que interpele a la cosa psicoanalítica siempre me pareció una operación pertinente para interrogar los posibles efectos de jerga que inevitablemente se pueden dar en una comunidad; ese exterior ayuda a lo que es la propia elaboración y discusión acerca de cómo debe ser transmitido el psicoanálisis. Pensar en la transmisión del psicoanálisis cuando el exterior se ha desvanecido es verdaderamente imposible. Por lo tanto, en mi caso, la antifilosofía ha sido una ocasión de establecer una suerte de interlocución con otros saberes, de mantener con respecto a lo que es el psicoanálisis y su comunidad, un punto, como decía antes, de exterioridad.

Quiero también recordar que la antifilosofía no es una especialidad, como no debe haber una especialidad en topología o lingüística, sino que es una de las diversas maneras de hablar de aquello en lo que consiste la experiencia analítica, y es también una discusión acerca de su modo de transmitirla.

Como el procedimiento que se podría calificar de antifilosofía no es evidente, voy a presentarles lo que fue mi recorrido con respecto a este término, presentando brevemente una suerte de cartografía de ese itinerario para ver, como dije al comienzo, si hay algunos rasgos propios de la antifilosofía que por ser invariantes, permitan sostener la operación. Por supuesto que voy a intentar demostrar que sí, que efectivamente conviene utilizar la expresión, y voy a tratar de presentar las razones por las cuales es pertinente mantenerla, reconociendo, desde luego, el carácter conjetural de esta operación.

A su vez, como lo escribimos en el prólogo del último libro que salió en España con el título Lacan: Heidegger. El psicoanálisis en la tarea del pensar, la antifilosofía ha implicado un anhelo, la idea de que mientras las tradiciones filosóficas se han distribuido en lo que se llama la filosofía continental –la hermenéutica alemana, la deconstrucción francesa, el positivismo anglosajón y ahora el pragmatismo americano–, siempre pensé que la antifilosofía podría constituir un albergue posible, un lugar de acogida en nuestra lengua, e inclusive, algo que podría llevar la impronta de cierta aventura intelectual argentina. Es un anhelo, y por eso se afirmaba en aquel prólogo que, tal vez, la antifilosofía encontrase en la diseminación argentina –utilicé la palabra diseminación para no referirme exclusivamente a los argentinos que residen en Argentina– su ámbito apropiado. Hay algo entre el psicoanálisis y ese exterior que creo puede darse en la Argentina, como el lugar en que ese cruce podría encontrar su momento más fecundo. Pero, por supuesto, no se me escapa que constituye un anhelo, un anhelo en el que estoy empeñado.

Entonces, para mostrar el itinerario de lo que puede dar al procedimiento de la antifilosofía su inteligibilidad, lo que puede permitirnos pensar que su operación tuvo lugar y existe, quiero recordar que lo que ha caracterizado, desde esta perspectiva, al descubrimiento freudiano que se conoce bajo el nombre de psicoanálisis, es que Freud descubre una experiencia subjetiva que va en una dirección distinta, que es antinómica con los ideales de la modernidad. Freud es un hombre ilustrado, un positivista, un hombre de ciencia, alguien que no tiene, en principio, una actitud intelectual o un punto de partida diferente al programa moderno, pero al que la experiencia de la cura analítica le impone ciertas evidencias. Freud se transformó, sin habérselo propuesto expresamente, sino tal vez llevado por el peso, la gravitación de su propia experiencia, en el crítico más agudo de la ilustración. Hasta tal punto que, después de Auschwitz y la segunda guerra mundial, quienes proclamaron que pensar tenía que ser algo distinto después del holocausto y los campos de concentración, tuvieron inevitablemente que volver a encontrarse con los textos freudianos y su experiencia. Me refiero a los pensadores de Frankfurt como Adorno, Horkheimer, Benjamin. Es decir, que Freud, sin tener explícitamente la idea de que debía asumir un proyecto intelectual crítico de la modernidad, se vio envuelto en una experiencia tal que, por lo que enseñaba con respecto al trauma, la compulsión a la repetición, el más allá del principio del placer, desmontaba esa "metafísica de la emancipación" que, como ustedes saben, estuvo presente en todo el paisaje moderno. Es decir, la idea de un progreso hacia una liberación, la idea del advenimiento de un hombre nuevo tan insistente en el anhelo moderno y tan afín a las llamadas "tomas de conciencia". El mismo Habermas, que trata aún de demostrar que la modernidad debe ser mantenida como algo que tiene que concluir y que queda todavía por defender, sigue diciendo que la famosa proposición freudiana "donde Ello era, el Yo debe advenir", hay que entenderla como un esclarecimiento de la razón en el campo del Ello, como un ensanchamiento progresivo del campo de la conciencia que conduce a una especie de autoconciencia y a una operación de manejo racional de los instintos, lo que supone una lectura decididamente ilustrada.

Por el contrario, Freud fue más bien –empleando el término de un procedimiento que después tendremos que diferenciar de la antifilosofía–, el deconstructor de una enorme cantidad de categorías modernas. Una de ellas, por ejemplo, la metafísica de la emancipación, el relato de la emancipación, la idea de que a través de una praxis política y de una toma de conciencia el sujeto va a liberarse de sus determinaciones sociales, políticas y religiosas, es una idea que, en Freud, encuentra constantemente sus momentos de réplica. No digamos ya el "hombre nuevo", al que Freud opone la permanencia del resto, la indestructibilidad de la huella, el retorno del trabajo de la pulsión... Su propio testamento, "Análisis terminable e interminable", demuestra que el pensamiento de Freud es el pensamiento de la huella y el retorno, y no el de progreso alguno hacia un objetivo superior. Por ejemplo la figura del "Hombre Nuevo", como cualquier figura o mito que apunta a un comienzo absoluto, realiza con una potencia inusual la pulsión de muerte.

Este sería el primer tiempo, la primera matriz de la antifilosofía, es decir, algo que no ocurrió intelectualmente. La antifilosofía surge, a mi modo de ver, con Freud, pero no porque Freud haya "cogitado", procesado o decidido que iba a ser un crítico de la modernidad. Simplemente le fue ocurriendo que, a medida que iba dilucidando la experiencia analítica, una serie de preceptos propios de lo moderno demostraban su inconsistencia y su carácter aporético. Freud quería ser un ilustrado, Freud quería ser un moderno. Sin embargo...

Cuando uno lee "El porvenir de una ilusión" encuentra que es un texto netamente kantiano. Freud inventa allí un interlocutor –como hacía Kant–, y cuando éste lo interpela insistentemente y le dice que la religión cumple una función simbólica en las barreras humanas, que las sociedades necesitan de la religión para poder conferirle al pacto simbólico que las constituye una sustancia adecuada, Freud responde que no, que él prefiere correr el riesgo de salir de la minoría de edad y pensar que algún día existirá una comunidad humana que se cure de la enfermedad infantil de la religión, y admita, finalmente, que los factores humanos no le deben nada a la teología, no le deben nada a los intereses religiosos, ya que una comunidad debe fundar su legitimidad en su propia manera de darse a sí misma las leyes y los pactos. Vale decir, una actitud francamente ilustrada que expresa, de manera discreta, un gran elogio a Kant,  porque en Freud las referencias a la filosofía son discretísimas; una vez encontramos por allí nombrado a Kant, otra vez es el imperativo categórico sin nombrar a Kant, otra vez el término alemán Aufhebung ... Pero él tenía entre manos algo demasiado serio, algo que no quería que fuera tributario de ningún discurso anterior, y, por ello, era discretísimo con todo aquello que se podría llamar la tradición filosófica, tan discreto como el que también sabe que es imposible borrarla.

Y no obstante, a pesar de esa posición ilustrada que se refleja en textos como "El porvenir de una ilusión", a pesar de esa vocación iluminista de querer salir de la minoría de edad, como el propio Kant dice, "sin ninguna otra tutela que la razón", Freud es a la vez y en contrapartida, alguien que contradice las categorías modernas en razón de su propia experiencia, en razón de que la cura analítica lo confronta con una serie de problemas, dificultades, encrucijadas subjetivas. De hecho, una red de oposiciones características de la secuencia moderna como libertad - restricciónpulsión - renunciayo - superyó, autonomía - independencia, individuo - sociedad, se desestabilizan radicalmente en el texto freudiano a medida que va conceptualizando la cura.

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* Conferencia dictada en la Asociación Psicoanalítica Argentina en diciembre de 1999.
 
* Texto extraído de Jorge Alemán: Jacques Lacan y el debate posmoderno, ed. filigrama, 2000, Buenos Aires.
 
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