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Usos del diagnóstico y el lugar del síntoma en la diferencia psicoanálisis aplicado-psicoanálisis puro
Por Samuel Basz
[ 1 ]

Samuel Basz es psicoanalista, AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).

 

Sin título
[Ana Casanova]
1998 - Papel sobre tela

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero es muy notable lo que ocurre cuando el psicoanálisis despliega su propia lógica sobre el clásico agrupamiento de síntomas típicos con fines de diagnóstico, pronóstico y tratamiento o con fines solamente propedéuticos (...). Se pasa de una clínica de lo descriptivo a una clínica de lo demostrativo: los casos freudianos inauguran desde el comienzo ­aún antes de los historiales­ esta radical transformación en el carácter de la diagnosis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El diagnóstico diferencial es freudiano, lo retoma Lacan, y si se puede concebir su atravesamiento, su más allá, hay que precisar en principio que la condición es admitirlo como fundante: sin Bejahung del diagnóstico diferencial no hay más allá del diagnóstico diferencial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo que podemos llamar modalizaciones sintomales obedecen a esta lógica. Es un intento de captar para las neurosis el estatuto de la suplencia tanto bajo la nominación de lo imaginario en la inhibición, como de lo real en la angustia y de lo simbólico en el síntoma, siendo cada una de estas nominaciones una modalización sintomal estrictamente equivalente a las otras en su función de suplencia en las neurosis; pudiendo ser permutativas, sustitutivas o conclusivas.

A partir de las conceptualizaciones freudianas, S. Basz ubica el carácter específicamente psicoanalítico del diagnóstico en relación a los síntomas, y sus posibles transformaciones en el curso de un análisis, para de ese modo interrogar tanto continuidades como puntos de ruptura entre psicoanálisis aplicado y psicoanálisis puro. Sostiene que los casos freudianos inauguran, a partir del pasaje de una clínica de lo descriptivo a una clínica de lo demostrativo, una radical transformación en el carácter de la diagnosis. Además, establece el diagnóstico diferencial como un modo de ordenar las repeticiones que se justifican por las formas de exploración, por parte del sujeto, del Otro goce. En la misma línea argumental, presenta al analista como aquel que consiente al síntoma cualquiera como resultado de su análisis, entendiendo a la identificación al síntoma como una posición subjetiva, en ese caso propia del fin de análisis, a diferencia de la del analizante, que es la de la creencia en el síntoma como significación necesaria a venir.

En la parte final del curso del 7 de marzo de 2001, J.-A. Miller se ocupa de distinguir lo singular de lo particular y lo universal.

Esta distinción, de vastas consecuencias en el psicoanálisis, es ilustrada por Miller en relación a la clínica de la sexuación, pero su lógica arroja luz sobre otras cuestiones donde ese trípode es pertinente. Una de ellas es la del estatuto del síntoma, desde su relación original con el diagnóstico diferencial, a su lugar central en la teoría del fin de análisis.

Trataremos de subrayar como, a partir de Freud, se define el carácter específicamente psicoanalítico del diagnóstico en relación a los síntomas, y como se pueden considerar sus posibles transformaciones en el curso de un análisis.

Es, a mi juicio, una vía interesante para interrogar tanto las continuidades como los puntos de ruptura entre el psicoanálisis aplicado a la terapéutica y el psicoanálisis puro.

Freud: la clínica como teorema

En un texto de 1926, conocido entre nosotros por dos títulos distintos según el traductor –"Análisis profano", para López Ballesteros; "¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?", para Etcheverry– Freud plantea el valor del diagnóstico diferencial desde el punto de vista de la lógica de la semiología clínica médica. Se parte de un diagnóstico presuntivo, luego se elaboran las relaciones sindrómicas posibles en el diagnóstico diferencial y por fin se arriba al diagnóstico propiamente dicho, con todas sus consecuencias de pronóstico y de indicaciones terapéuticas.

Dice Freud (1): "En primer lugar, está el problema del diagnóstico. Cuando se toma bajo tratamiento analítico a un enfermo que padece de las llamadas 'perturbaciones neuróticas', se querrá tener antes la certeza –en la medida que es alcanzable– de que es apto para esa terapia y se lo puede ayudar por ese camino. Ahora bien, sólo es así cuando tiene efectivamente una neurosis".

El interlocutor de Freud en este diálogo imaginario, le dice que él supondría que se lo "discierne con precisión por los fenómenos, los síntomas de que se queja".

A lo que Freud contesta: "Es justamente el lugar en que surge una nueva complicación. No siempre se lo discierne con certeza plena. El enfermo puede exhibir el cuadro externo de una neurosis, y sin embargo tratarse de otra cosa: el comienzo de una enfermedad mental incurable, los pródromos de un proceso destructivo del encéfalo. El distingo –diagnóstico diferencial– no siempre es fácil ni puede hacerse de primera intención en cada fase". "El caso… puede llevar por largo tiempo su sello inofensivo, hasta que por fin saque a relucir su naturaleza maligna".

Como vemos, se trata no sólo de orientarse convenientemente en la cura, sino de asegurar su pertinencia al dispositivo analítico en tanto método terapéutico de elección para las neurosis (se deduce que no lo es para una "enfermedad mental incurable", ni obviamente, para una que implicara un "proceso destructivo" del cerebro).

Pero es muy notable lo que ocurre cuando el psicoanálisis despliega su propia lógica sobre el clásico agrupamiento de síntomas típicos con fines de diagnóstico, pronóstico y tratamiento o con fines solamente propedéuticos (esto es como enseñanza preparatoria para el estudio y ejercicio del psicoanálisis como disciplina). Se pasa de una clínica de lo descriptivo a una clínica de lo demostrativo: los casos freudianos inauguran desde el comienzo –aún antes de los historiales– esta radical transformación en el carácter de la diagnosis. Es decir, la diagnosis es ante todo demostrativa de la radicalidad del inconsciente freudiano.

A punto tal que uno tiene la evidencia de que es desde la cura que se aporta al saber constituido de la diagnosis, que la clínica es instituyente del tipo que define el diagnóstico. Y que al revés, lo que aporta el diagnóstico a la cura, una vez que ésta despliega su eficacia en el caso por caso, está limitado a lo preliminar: el paciente, en tanto analizante, se inscribe siempre en el discurso de la histérica. Es muy diferente al modus operandi de la medicina, que deduce a partir del diagnóstico el tratamiento que corresponde, haciéndolo además en sus pormenores cada vez más estandarizados –ese es el ideal– por el progreso del saber científico.

Una comunidad epistémica referida a la clínica

El valor del diagnóstico diferencial, sin embargo, persiste en el psicoanálisis. Entre nosotros, por ejemplo, se han hecho encuentros internacionales sobre histeria y obsesión, y sobre las psicosis, que han permitido esclarecer el estatuto del síntoma, del deseo, de la constelación fantasmática, de las atribuciones al Otro, y de las exploraciones y maniobras que la acompañan en las estructuras clínicas clásicas; eso pone a prueba al conjunto de la teoría, exige su fundamentación; define, en el sentido de que precisa, un eje teórico; da las bases mínimas para una comunidad epistémica en refererencia a la clínica; forma parte de los instrumentos necesarios para avanzar hacia una teoría unificada del campo freudiano.

El diagnóstico diferencial es freudiano, lo retoma Lacan, y si se puede concebir su atravesamieto, su más allá, hay que precisar en principio que la condición es admitirlo como fundante: sin Bejahung del diagnóstico diferencial no hay más allá del diagnóstico diferencial. Si se debe ir más allá del diagnóstico diferencial es a condición de saber servirse de él.

La noción de diagnóstico diferencial presupone la de estructuras clínicas, es decir que se admite de principio que cada estructura tiene límites inherentes a su estatuto en tanto tal; límites propios, límites internos. Los límites entre distintas estructuras, los límites diferenciales serían en todo caso secundarios a esta determinación primaria.

Estas consideraciones ya implican un desplazamiento de la topografía del límite hacia una topología del límite: el límite, como el espacio interior de un toro, adquiere su valor por lo que esta adentro y afuera a la vez (no es el caso topográfico de la frontera que delimita dos áreas en un mismo plano). El límite del cuerpo es más el borde libidinal del espacio enterológico que la superficie dermatológica.

El estatuto de la suplencia y las modalizaciones sintomales

Pero hay otro límite que no es espacial, es el límite temporal, que adquiere un valor completamente diferente con la subversión temporal que es una de las consecuencias mayores del nudo borromeo: la disyunción espacio-tiempo no se sostiene en esta perspectiva, por lo menos no al modo que lo permite una consideración topográfica del espacio.

En este sentido el diagnóstico diferencial es lo más viejo, pero es lo viejo que debe ser resituado, al menos, interrogado.

En el análisis, muchas veces, lo más nuevo que se descubre es lo más viejo. Es la repetición, lo más viejo infectando todo lo que pueda advenir como verdadera diferencia.

El psicoanálisis opera por la interpretación-desciframiento que instala mojones que subvierten el tiempo; y si ese efecto de escansión temporal se produce, la interpretación se diluye, su sentido se fuga, y en su lugar algo se escribe. Y lo que se escribe no tironea desde el pasado neurótico, lo que se escribe borra el punto de capitón de la repetida interpretación espontánea del inconsciente, lo que se escribe equivale a la presencia de la causa que tironea desde el presente hacia el futuro. Otro modo de entender cómo la causa psicoanalítica siempre es jóven.

Admitiendo una epistemología basada en la clínica psicoanalítica podemos decir que el diagnóstico diferencial es –para nosotros– el modo de ordenar las repeticiones que se justifican por las formas de exploración, por parte del sujeto, del Otro goce.

Lo que podemos llamar modalizaciones sintomales obedecen a esta lógica. Es un intento de captar para las neurosis el estatuto de la suplencia tanto bajo la nominación de lo imaginario en la inhibición, como de lo real en la angustia y de lo simbólico en el síntoma, siendo cada una de estas nominaciones una modalización sintomal estrictamente equivalente a las otras en su función de suplencia en las neurosis; pudiendo ser permutativas, sustitutivas o conclusivas.

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[1] Freud, Sigmund, Obras Completas, Tomo 20, ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1979, pág. 225.
 
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