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El déspota ideal...
Por Luis Erneta
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Luis Erneta es psicoanalista, AME y miembro del Consejo Estatutario de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL), miembro de de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), e integrante del Comité de Acción de la Escuela Una.

 

 

 

 

Un silbido de clarinete
[Ana Casanova]
1998 - Papel sobre tela
2,00 x 1,70

 

El resultado de un análisis, o lo que puede esperarse, es que el sujeto pueda encontrar su sostén, e incluso cierto fervor en una causa un poco más confiable que la ofrecida por un ideal o una esperanza, cuyo partenaire más fiel es siempre la decepción.

 

 

 

 

 

 

 

 

Es Aristóteles quien define al padre de familia como déspota, y en tanto su poder se ejerce no sobre la mujer o sobre sus hijos, sino sobre los esclavos.

 

 

 

 

Esta conjunción originaria entre despotismo y padre, nos da la ocasión de verificar en Freud esa misma conjunción conceptual y cierto alcance clínico y político a que puede dar lugar.

A partir de la antigua utilización del calificativo despótico como correcto atributo del padre en Aristóteles, el autor recorre la conjunción originaria entre despotismo y padre, para verificar ya en la enseñanza freudiana esa misma conjunción conceptual, cuyo alcance es tanto político como clínico, concluyendo que ese despotismo aplicado al fenómeno de grupo, puede calificarse de político, pero que es impropia su atribución a una política que aspire a una orientación única.

1. Una paradoja singular

La práctica psicoanalítica se soporta, entre otras cosas, en esta paradoja: al mismo tiempo que se admite que la institución del ideal es necesaria para que el sujeto se constituya, se afirma que el fin de un análisis conlleva como premisa necesaria la destitución del ideal. Si bien puede admitirse esta aparente aporía lógica como verdadera, esto no nos impide saber que la acción analítica no se agota en la monotonía de un empeño destinado solamente a una sistemática trituración del ideal. El mundo contemporáneo, por otra parte, es mucho más eficaz en ese ejercicio, que se acompaña de un vertiginoso movimiento que intenta suplir de modo profuso los ideales que su propia dinámica derriba. Es así que nuestra artesanía estaría irremediablemente perdida si creyéramos que de ese modo estaríamos a la altura de la subjetividad de la época. Antes que artesanía, sería arte-insanía. En verdad, no es infrecuente que parte de nuestro esfuerzo se destine a reconstituir ciertos ideales más o menos machucados con que algunos sujetos se presentan, a fin de mitigar en algo cierta dimensión de la angustia incompatible con la instalación de la transferencia. No vemos en eso nada reprobable, pero se trata de estar advertidos del alcance más bien corto de esa operación. Convengamos que hay acá cierta ironía: ayudar a que ciertos ideales se recompongan un poco, lograr que el sujeto se instale, y luego...a hacerlos caer, uno por uno; o si la ocasión se presenta favorable, de a dos, como se dice, dos pájaros de un tiro. Sísifo no hubiera imaginado semejante homenaje.

El sesgo de humor no nos hace olvidar que el resultado de un análisis, o lo que puede esperarse, es que el sujeto pueda encontrar su sostén, e incluso cierto fervor en una causa un poco más confiable que la ofrecida por un ideal o una esperanza, cuyo partenaire más fiel es siempre la decepción.

2. Un despotismo freudiano

Un libro de Alain Grosrichard publicado en 1979, La estructura del harén, permite informarnos del curioso desplazamiento semántico que se ha operado en el término despótico, como concepto o como atributo, desde su origen en Aristóteles hasta su difusión a finales del siglo XVII y XVIII, para caracterizar ciertas formas de gobierno. Grosrichard nos dice que este alcance político toma su peso alrededor del poder de Luis XIV; pero, que en verdad lo que se interroga es la esencia de la monarquía, y junto con ella los resortes del poder, las razones que hacen que un pueblo acepte doblegarse ante la autoridad absoluta de un hombre [1].

El llamado despotismo asiático sirve de modelo en el que se visualiza el instrumento de una uniformización fatal, que para algunos es una nivelación y para otros servidumbre. La obra que consagra el término a nivel teórico es El espíritu de las leyes, de Montesquieu. Una doctrina aceptada por los teóricos de la monarquía absoluta es que el origen y la legitimidad del poder real son la autoridad natural, instaurada por Dios, que ejerce el padre sobre los hijos y que se acompaña de deberes mutuos. De ahí que llamar al rey Padre es definirlo en su esencia misma. Lo que sucede es que si ese abuso de poder político se puede calificar de despótico, es justamente porque el poder real se arraiga en lo doméstico, puesto que es Aristóteles quien define al padre de familia como déspota, y en tanto su poder se ejerce no sobre la mujer o sobre sus hijos, sino sobre los esclavos.

Aristóteles decía que era impropio hablar de despotismo en el campo de lo político; sin embargo, esta especie de quiasma semántico hace que aún hoy se emplee para calificar, por ejemplo, a un padre como despótico, asimilándolo al abuso de poder político, cuando en verdad ese es el sentido exacto del término en su origen, no sólo filosófico, sino lingüístico, que encuentra su etimología en el término oikos, que designaba todo lo referido a la casa y al jefe de familia, lo que se llama dueño de casa. Corominas recoge este sentido, pero el diccionario de la Real Academia y el de María Moliner sólo le confieren el sentido político, como si la lengua académica también hubiese incurrido en el olvido que Voltaire le reprocha a Montesquieu.

Esta conjunción originaria entre despotismo y padre, nos da la ocasión de verificar en Freud esa misma conjunción conceptual y cierto alcance clínico y político a que puede dar lugar.

En "Duelo y melancolía" [2] se define al duelo como "la reacción (la respuesta) frente a la pérdida de una persona amada". Sabemos que en Freud la ambivalencia amor-odio se plantea desde el comienzo, y que en la constitución del sujeto el rechazo o repudio a lo displacentero se constituye como ajeno, extraño, potencialmente dañino. J. Lacan lo ciñe con el neologismo hainamoration. De modo que el duelo puede ser respuesta a la pérdida de una persona odiada, aunque ese odio sea ignorado por el sujeto; el duelo puede desnudar la dimensión del odio "olvidado". Pero agrega que puede ser la reacción a la pérdida de "una abstracción que haga sus veces (de la persona), como la patria, la libertad, un ideal, etc.". Observación fundamental, creemos, puesto que ese etcétera indica una metáfora inicial, y vuelve hasta cierto punto indiferente esas abstracciones sustitutas, que toman así el carácter de una serie abierta.

Puede reconocerse ahí el lugar estructural del objeto perdido, con ese rasgo indiferente del objeto que satisface a la pulsión marcada por el vacío en que consiste el objeto a y que abre la vía a la sustitución; y, por otro lado la sustitución que afecta al padre, puesto que queda reducido a una abstracción, esto es, a un rasgo más o menos indiferente.

Una diferencia esencial del duelo con la melancolía es que en el duelo, afecto normal, no hay nada inconsciente en lo que atañe a la pérdida; mientras que en la melancolía se trata de una pérdida sustraída de la conciencia. "El enfermo sabe a quién perdió pero no lo que perdió con él" [3]. El otro rasgo fundamental que Freud destaca es la gran perturbación del sentimiento de sí. Esta perturbación del "sentimiento de sí" no se agota en el circuito imaginario de la relación especular, sino que parece ser una conmoción a nivel de esa identificación primera con el padre, que J. Lacan escribió como rasgo unario o I(A), en el que culmina el circuito del grafo.

En la clase del 11/3/87 [4] J.-A. Miller escribe la cara significante de la insignia de tres modos: S1, I, y 1 (rasgo unario). Se trata no sólo de la insignia, sino "de lo que hace insignia", es decir, en el vocabulario de Freud, "lo que hace las veces de". Una lógica muy precisa ordena esa lectura: si la escritura del sujeto como  $ indica el vacío de representación significante, una necesidad lógica hace que a ese lugar vacío sea llamado, para colmarlo, por ejemplo, un S1.

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* Trabajo presentado por su autor en las VII Jornadas Nacionales de la EOL.
 
[1] Grosrichard, Alain: La estructura del harén, Petrel, pág. 8/9.
 
[2] Freud, S.: “Duelo y melancolía” en Obras completas, Vol. XIV, Amorrortu, Buenos Aires, pág. 241.
 
[3] Freud, S.: Ibíd., pág. 243.
 
[4] Miller, J.-A.: La cause freudienne, Nº 39, pág. 7 y sig.
 
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