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J.
Lacan afirma una identificación primera que forma el ideal
del yo; en Freud, la identificación primera con el padre,
que en el mecanismo melancólico no es cualquiera sino el padre
muerto [5].
El capítulo VII de “Psicología de las masas” confirmará esta
orientación, pero con dos precisiones importantes: la primera,
que la identificación es ambivalente desde el principio y
puede darse vuelta hacia la expresión de ternura o hacia el
deseo de eliminación; de modo que es imposible predecir cuál
de esas dos caras prevalecerá en la identificación. La segunda
es que "más tarde es fácil perder de vista el destino
de esta identificación" [6].
Queda claro también que Freud sitúa esta identificación en
el orden del ser: "el padre es lo que uno querría ser",
a diferencia del padre como elección de objeto posterior:
"el padre es lo que uno querría tener" [7].
Adelantemos que en este movimiento se indica ya la conjunción
de S1, o I(A), o 1, con el objeto a, que dará lugar
a ese destino al que el ser parlante parece tan proclive,
como es el fenómeno del grupo, congruente con ese llamado
al S1 con que el sujeto responde al vacío de representación.
El otro destino posible es el retorno mortífero del goce en
la melancolía, como respuesta a una inscripción identificatoria
que la forclusión del significante Nombre del Padre torna
imposible.
En
la clase mencionada antes, la misma lógica ordena el llamado
al goce en el caso del sujeto, llamado ahora sujeto del goce,
como lo hace J. Lacan en el prólogo a la traducción francesa
de las memorias de Schreber [8].
Esta orientación de J. Lacan en lo que toca a la psicosis
melancólica postula el rechazo del inconsciente y el retorno
de lo que es rechazado del lenguaje. Su paradigma es el acto
suicida. Este ordenamiento que deja del mismo lado a la paranoia
y a la melancolía revelan el fracaso de la identificación
con el padre, consecuencia a su vez de la fallida operación
de la metáfora paternal; en ambas se desnuda un goce no ordenado
por la instauración del ideal del yo.
La
prueba clínica, en el caso Schreber, es que el sujeto se estabiliza
con la construcción de un ideal que viene a suplir el vacío
dejado por el significante paterno ausente en la estructura.
La melancolía freudiana parece diferir de la fulgurancia del
pasaje al acto que J. Lacan privilegia; se puede decir que
hay en ella cierto exceso de conversación, que le permite
a Freud aislar sutilmente, en el fenómeno del autorreproche,
la identificación del sujeto con el objeto perdido que "cae
sobre el yo". Pero ofrece una interesante ilustración
de una modalidad de la conjunción de S1 y a, erigido
como superyó, reunidos en lo que se llama jouis-sens.
No es la modalidad del sinthome tal como la escribe
J.-A. Miller, pero tal vez deja ver su condición estructural
común. La descripción de Freud parece congruente con ello:
"Ese automartirio de la melancolía, inequívocamente gozoso,
importa en un todo, como el fenómeno de la neurosis obsesiva,
la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio
que recaen sobre un objeto y por la vía indicada han experimentado
una vuelta hacia la propia persona". En este movimiento
Freud encuentra también el resorte del acto suicida, pero
curiosamente lo extiende al neurótico, al menos como acto
en potencia: "Desde hace mucho tiempo sabíamos que ningún
neurótico registra propósitos de suicidio que no vuelva sobre
sí mismo a partir del impulso de matar a otro" [9].
3.
Lo despótico en clínica y política
Jacques
Lacan decía que como el sujeto tiende hacia la irrealidad,
las vías que lo orientan hacia ella debían ser tiránicas.
Si la cara significante del ideal puede alcanzar la dimensión
despótica que vimos, habrá que admitir que sin ella el sujeto
queda librado a un despotismo más feroz. El efecto mortificante
del S1 no es ajeno a la pacificación que obtiene; a la vez
ese efecto mortificante conlleva su cara vivificante, con
la producción del plus-de-goce [10].
De modo que clínicamente, no nos parece impropia la idea de
un despotismo letrado, que tiene sus beneficios.
El
alcance de esa acción despótica del ideal en el fenómeno de
grupo puede calificarse de político y no es ajena a efectos
no tan benéficos, o aun nocivos, para una política de escuela.
Podemos convenir con Aristóteles en que no sólo es impropio
conceptualmente el empleo de esa palabra en política, sino
que es impropia la atribución de despótica a una política
que aspire a una orientación única. Cuando Aristóteles afirmaba
que ciertos hombres poseían atributos que los diferenciaban
de los otros ciudadanos, y virtudes que los hacían más aptos
para gobernar, afirmaba que esos ciudadanos excepcionales
debían gobernar sin esperar a que les llegase el turno. Postulaba
la aristocracia como la forma que convenía al gobierno de
la república.
Sin
pretender aplicar estos principios a la actualidad, lo que
sería abrir la vía a todos los excesos y una exposición al
ridículo, se puede destacar que una escuela se enfrenta también
al manejo de la res publica, forma posible de nombrar
a ese real que nos concierne. Un tratamiento posible de ese
real, privado, es lo que se puede esperar de un psicoanálisis.
Sus resultados se inscriben en el orden de lo múltiple y ninguno
de ellos podría subsumir la orientación única para los otros;
ningún resultado privado puede ser la ratio a la que
los otros deberían ajustarse. La orientación única puede concebirse,
tal vez, como un S1 de nuevo cuño, tal como J. Lacan confiaba
que pudiera ser producido por el discurso psicoanalítico.
El fantasma del amo despótico no debería atormentar, si recordamos
con J.-A. Miller el elogio que hizo de Lacan, al situarlo
como amo, ya que "no es tanto su goce lo que lo ocupa,
como su deseo que no descuida" [11].
Aristóteles
decía que ley es la razón liberada del deseo. Como psicoanalistas
esa vía nos queda impedida, puesto que se trata de una razón
que responda a la ley del deseo. Ser siervo del objeto que
lo causa nos da la chance de ser amos de nuestros destinos...,
sin olvidar la necesaria contingencia.
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| [5] |
Freud,
S.: “Sinopsis de las neurosis de transferencia”,
Ed. Ariel, pág. 83. |
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| [6] |
Freud,
S.: “Psicología de las masa y análisis del yo”,
op. cit., Vol. XVIII, pág. 99. |
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| [7] |
Freud,
S.: Ibíd., pág. 100. |
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| [8] |
Lacan,
J.: “Prólogo a la traducción francesa de las Memorias
de Schreber”, en Ornicar?, Nº 38, Navarin,
pág. 7. |
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| [9] |
Freud,
S.: “Duelo y melancolía”, en op. cit., pág.
249. |
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| [10] |
Miller,
J.-A.: El hueso de un análisis, Tres Haches,
Buenos Aires, 1998, pág. 68/69. |
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| [11] |
Lacan,
J.: Ecrits, Seuil, París, pág. 757. |
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