Artículos de este número Más artículos
 
 
 
El déspota ideal... [ 2 ]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si la cara significante del ideal puede alcanzar la dimensión despótica que vimos, habrá que admitir que sin ella el sujeto queda librado a un despotismo más feroz.

 

El alcance de esa acción despótica del ideal en el fenómeno de grupo puede calificarse de político y no es ajena a efectos no tan benéficos, o aun nocivos, para una política de escuela. Podemos convenir con Aristóteles en que no sólo es impropio conceptualmente el empleo de esa palabra en política, sino que es impropia la atribución de despótica a una política que aspire a una orientación única.

J. Lacan afirma una identificación primera que forma el ideal del yo; en Freud, la identificación primera con el padre, que en el mecanismo melancólico no es cualquiera sino el padre muerto [5]. El capítulo VII de “Psicología de las masas” confirmará esta orientación, pero con dos precisiones importantes: la primera, que la identificación es ambivalente desde el principio y puede darse vuelta hacia la expresión de ternura o hacia el deseo de eliminación; de modo que es imposible predecir cuál de esas dos caras prevalecerá en la identificación. La segunda es que "más tarde es fácil perder de vista el destino de esta identificación" [6]. Queda claro también que Freud sitúa esta identificación en el orden del ser: "el padre es lo que uno querría ser", a diferencia del padre como elección de objeto posterior: "el padre es lo que uno querría tener" [7]. Adelantemos que en este movimiento se indica ya la conjunción de S1, o I(A), o 1, con el objeto a, que dará lugar a ese destino al que el ser parlante parece tan proclive, como es el fenómeno del grupo, congruente con ese llamado al S1 con que el sujeto responde al vacío de representación. El otro destino posible es el retorno mortífero del goce en la melancolía, como respuesta a una inscripción identificatoria que la forclusión del significante Nombre del Padre torna imposible.

En la clase mencionada antes, la misma lógica ordena el llamado al goce en el caso del sujeto, llamado ahora sujeto del goce, como lo hace J. Lacan en el prólogo a la traducción francesa de las memorias de Schreber [8]. Esta orientación de J. Lacan en lo que toca a la psicosis melancólica postula el rechazo del inconsciente y el retorno de lo que es rechazado del lenguaje. Su paradigma es el acto suicida. Este ordenamiento que deja del mismo lado a la paranoia y a la melancolía revelan el fracaso de la identificación con el padre, consecuencia a su vez de la fallida operación de la metáfora paternal; en ambas se desnuda un goce no ordenado por la instauración del ideal del yo.

La prueba clínica, en el caso Schreber, es que el sujeto se estabiliza con la construcción de un ideal que viene a suplir el vacío dejado por el significante paterno ausente en la estructura. La melancolía freudiana parece diferir de la fulgurancia del pasaje al acto que J. Lacan privilegia; se puede decir que hay en ella cierto exceso de conversación, que le permite a Freud aislar sutilmente, en el fenómeno del autorreproche, la identificación del sujeto con el objeto perdido que "cae sobre el yo". Pero ofrece una interesante ilustración de una modalidad de la conjunción de S1 y a, erigido como superyó, reunidos en lo que se llama jouis-sens. No es la modalidad del sinthome tal como la escribe J.-A. Miller, pero tal vez deja ver su condición estructural común. La descripción de Freud parece congruente con ello: "Ese automartirio de la melancolía, inequívocamente gozoso, importa en un todo, como el fenómeno de la neurosis obsesiva, la satisfacción de tendencias sádicas y de tendencias al odio que recaen sobre un objeto y por la vía indicada han experimentado una vuelta hacia la propia persona". En este movimiento Freud encuentra también el resorte del acto suicida, pero curiosamente lo extiende al neurótico, al menos como acto en potencia: "Desde hace mucho tiempo sabíamos que ningún neurótico registra propósitos de suicidio que no vuelva sobre sí mismo a partir del impulso de matar a otro" [9].

3. Lo despótico en clínica y política

Jacques Lacan decía que como el sujeto tiende hacia la irrealidad, las vías que lo orientan hacia ella debían ser tiránicas. Si la cara significante del ideal puede alcanzar la dimensión despótica que vimos, habrá que admitir que sin ella el sujeto queda librado a un despotismo más feroz. El efecto mortificante del S1 no es ajeno a la pacificación que obtiene; a la vez ese efecto mortificante conlleva su cara vivificante, con la producción del plus-de-goce [10]. De modo que clínicamente, no nos parece impropia la idea de un despotismo letrado, que tiene sus beneficios.

El alcance de esa acción despótica del ideal en el fenómeno de grupo puede calificarse de político y no es ajena a efectos no tan benéficos, o aun nocivos, para una política de escuela. Podemos convenir con Aristóteles en que no sólo es impropio conceptualmente el empleo de esa palabra en política, sino que es impropia la atribución de despótica a una política que aspire a una orientación única. Cuando Aristóteles afirmaba que ciertos hombres poseían atributos que los diferenciaban de los otros ciudadanos, y virtudes que los hacían más aptos para gobernar, afirmaba que esos ciudadanos excepcionales debían gobernar sin esperar a que les llegase el turno. Postulaba la aristocracia como la forma que convenía al gobierno de la república.

Sin pretender aplicar estos principios a la actualidad, lo que sería abrir la vía a todos los excesos y una exposición al ridículo, se puede destacar que una escuela se enfrenta también al manejo de la res publica, forma posible de nombrar a ese real que nos concierne. Un tratamiento posible de ese real, privado, es lo que se puede esperar de un psicoanálisis. Sus resultados se inscriben en el orden de lo múltiple y ninguno de ellos podría subsumir la orientación única para los otros; ningún resultado privado puede ser la ratio a la que los otros deberían ajustarse. La orientación única puede concebirse, tal vez, como un S1 de nuevo cuño, tal como J. Lacan confiaba que pudiera ser producido por el discurso psicoanalítico. El fantasma del amo despótico no debería atormentar, si recordamos con J.-A. Miller el elogio que hizo de Lacan, al situarlo como amo, ya que "no es tanto su goce lo que lo ocupa, como su deseo que no descuida" [11].

Aristóteles decía que ley es la razón liberada del deseo. Como psicoanalistas esa vía nos queda impedida, puesto que se trata de una razón que responda a la ley del deseo. Ser siervo del objeto que lo causa nos da la chance de ser amos de nuestros destinos..., sin olvidar la necesaria contingencia.

anterior  
[5] Freud, S.: “Sinopsis de las neurosis de transferencia”, Ed. Ariel, pág. 83.
 
[6] Freud, S.: “Psicología de las masa y análisis del yo”, op. cit., Vol. XVIII, pág. 99.
 
[7] Freud, S.: Ibíd., pág. 100.
 
[8] Lacan, J.: “Prólogo a la traducción francesa de las Memorias de Schreber”, en Ornicar?, Nº 38, Navarin, pág. 7.
 
[9] Freud, S.: “Duelo y melancolía”, en op. cit., pág. 249.
 
[10] Miller, J.-A.: El hueso de un análisis, Tres Haches, Buenos Aires, 1998, pág. 68/69.
 
[11] Lacan, J.: Ecrits, Seuil, París, pág. 757.
 
arriba