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"Niño
adoptado". "Conflictos del niño adoptado".
"Los niños adoptados tienen problemas de aprendizaje".
"Cuando el niño provoca algún problema su calidad de
adoptado aparecerá en escena muy fácilmente".
Son
temas que surgen frente a aquellos que han elegido la adopción
como un modo de filiación particular, suscitando la curiosidad
y con ella los fantasmas y las pasiones. Adoptar un niño es
exponerse a esta curiosidad, a estos interrogantes, en tanto
es mostrar un modo diferente de gozar de la paternidad.
Es
sólo a partir del niño como podemos ver qué saber hacer tiene
él mismo con el significante "adopción" –abandono,
robo, y los que de estos derivan–; nos orientaremos a partir
de allí, porque desde el psicoanálisis es imposible seleccionar
padres y madres; pero desde el psicoanálisis se nos abre la
posibilidad de formular nuestras preguntas.
Sobre
este tema se ha dicho mucho. Para algunos, el niño adoptado
es un nombre, una marca. Esto es lo que el sentido común y
la descripción fenomenológica nos brindan. ¿Qué nos enseña
el psicoanálisis?
Este
modo distinto de filiación hace resaltar los interrogantes
que atañen a todo sujeto-niño. El hecho de ser adoptado puede
hacer que se deslice hacia lo angustiante o lo trágico la
forma que tiene el niño de hostigar a sus padres con todos
sus "¿por qué?", o con su silencio difícil de soportar,
que muchas veces, llama a los padres a sus propias preguntas,
y no a las del niño, que aún no han aparecido.
Debemos
recordar aquí que Freud ha subrayado las preguntas que convocan
a todo sujeto sobre su existencia, su origen, su sexualidad.
También nos ha enseñado que la idea del hijo adoptivo es una
novela familiar que, para todo sujeto neurótico, reafirma
el sueño de tener padres más dignos, a la altura de sus sueños
ideales.
Desde
todos lados hay respuestas a lo que debe hacerse, a lo que
está bien o mal en relación con el niño adoptado. Para el
psicoanálisis, no se plantea la cuestión del bien: está en
cada uno encontrar su fórmula. Se trata, por el contrario,
de poner a prueba desde la clínica, el saber hacer de los
niños con este significante y, desde allí, lanzar nuevas cuestiones.
De
todas formas, todo destino del sujeto –cualquiera sea–, se
ordenará según la relación psicosis-neurosis-perversión, haya
o no operado la función del padre.
La
elección se determina, por una parte, por los significantes
familiares y, por otra, por la insondable decisión de ese
sujeto.
¿Qué
nos enseña el psiconálisis?
El
más allá del Edipo lleva a J. Lacan a desarrollar el
interrogante freudiano que quedó en suspenso: "¿qué quiere
una mujer?", conduciéndolo a la conceptualización de
la sexualidad femenina. La Metáfora paterna deja afuera la
sexualidad femenina. ¿Qué es de la mujer? ¿Qué es del hombre?
¿Cómo inscribir esa relación entre un hombre y esa mujer?;
y ¿qué es un hijo en relación con estos cuatro términos (madre,
padre, hijo, mujer)? Los significantes padre-madre no dan
respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer?
Del
lado de los padres, todo nacimiento moviliza a la madre, ya
que todo niño queda remitido a la madre como mujer. Por el
lado del padre, el interrogante sería: ¿qué es ser un padre?
y ¿en qué lugar del deseo, el padre ubica a la madre como
mujer?
La
adopción puede ser un significante que, al mismo tiempo que
la obtura, resalta esta división entre la sexualidad y la
paternidad, dejando afuera la pregunta acerca de qué es esa
mujer que no es toda madre, taponando el interrogante que
enfrenta a todo sujeto con el misterio de sus orígenes, con
el no saber sobre el sexo.
Cuando
en la pareja aparece la esterilidad en alguno de los cónyuges,
ésta puede ser un significante que completa y obtura todo
encuentro entre ellos; no cualquiera se presta a los tratamientos
de fertilidad como si sólo se tratara de desafiar lo real
biológico: ser o no ser madre, ser o no ser padre, impide
la aparición de toda pregunta. Del lado del niño, finalmente,
se tratará de cómo va a responder a aquello que no tiene respuesta
sobre la muerte, sobre la sexualidad, sobre la paternidad.
No serán las explicaciones biológicas, ni los elementos de
su historia los que puedan responder. No se trata de lanzarse
a una búsqueda real para descubrir el rostro de sus progenitores,
ni monstruos ni dioses. Lo que se cuestiona es el deseo que
lo hizo nacer, el deseo de sus padres adoptivos que hicieron
de él su hijo. Lo que le dará un lugar será la particularidad
de cómo se contestará fabricando sus propias respuestas, será
la particularidad de su novela familiar. Aquí nos enfrentamos
con ciertas cuestiones que nos orientan en nuestro desarrollo.
¿Cuál
será la trama de su destino?
Tenemos,
por un lado, el azar de la vida, que en el caso de un niño
adoptado, es una caja de sorpresas o una caja negra; y por
el otro, los dichos familiares de antes del nacimiento: dos
términos exigibles para toda estructura subjetiva.
En
principio, se plantea un tema oscuro: el del deseo de los
padres, ya que el sujeto nunca tendrá acceso a lo que ellos
han querido. Ni siquiera en un análisis, un sujeto tendrá
más que una percepción fugitiva de ese deseo de los padres.
Pero hay otro punto, que es el sujeto mismo, y que como Lacan
lo descubre, no se reduce a sus términos precedentes: él no
es su Ideal del Yo que, al contrario, tapa su lugar de sujeto.
El no es lo que ellos han querido, no es juguete del azar;
es, como dice Lacan, la respuesta de lo real. No es responsable
de todo (aceptamos el determinismo, lo hemos dicho), sino
sólo de su posición de sujeto
¿Qué
es una familia para el psicoanálisis? En 1938, en "Los
Complejos Familiares", Lacan nos señala que cuanto
más se reduce la institución familiar a nivel de su extensión,
más compleja es su estructura, y adopta el término de Durkheim
"familia conyugal" como el más apropiado para designar
nuestra forma moderna de familia, que se ve como todopoderosa
a nivel de su rol formador, dado que guarda la exclusividad
de ser y de poder instalar al niño en sus primeras identificaciones.
Elegir
la adopción es un salto en la familia, en el punto álgido
de la paternidad; depende de cual sea el saber hacer que tengan
los padres con ese significante "adopción", el que
éste sea o no una carga para el niño que va a heredarlo y
que sea o no un punto de fijación obligado.
La
incógnita de lo que el niño trae como parte hereditaria disposicional
puede transformar esa x en una caja negra que enfrenta a los
padres adoptivos con un crudo develamiento de su fantasma:
es desde allí desde donde leerán, verán, entenderán. Es decir,
esa incógnita es un lugar propicio para imaginarizar certezas
y dejar congelados a los niños en su propia fantasmática.
Por el lado de la madre, se plantea la posibilidad de entrampar
al niño en su fantasmática. Por el lado del padre, al confundir
fecundidad con virilidad, existe la posibilidad de fallar
en su función de enunciación de la ley, garantía de lo que
separará al niño del avasallamiento materno.
Es
allí donde, con sus síntomas, el niño adoptado puede llegar
a decir lo que para sus padres es imposible decir.
Lo
que podremos afirmar es que el niño adoptado resalta que se
trata del deseo. Del deseo que lo hizo nacer, del deseo de
sus padres adoptivos que hicieron de él su hijo; somos todos
hijos adoptados de un deseo que nos hizo vivir, y es así como
nos reconocemos hijos del hombre.
Ahora
bien, Lacan avanza en su enseñanza: si el niño interroga al
Deseo de la Madre, surgirá una pregunta inquietante: ¿cuál
es el lugar que él ocupa para ella?, ¿cuál es la insondable
relación que une al niño con el pensamiento que rodeó su concepción?,
¿cuál es su lugar de objeto en el deseo del Otro?
Ya
no alcanzará con la metáfora paterna, la de la madre en su
DM, el padre en su relación con el NP y el niño en su respuesta
fálica.
Se
trata de alcanzar ese real inalcanzable en su valor de objeto.
Alcanzar ese real que se juega entre esa madre como mujer
y ese padre como hombre.
Si
bien se puede imaginarizar la castración de la madre por la
falta de pene, la verdadera castración es que ella no es toda
madre, sino mujer.
Todo
niño queda así remitido a la madre como mujer, inscripto,
por un lado en la función fálica, y por el otro, situando
un goce suplementario que escapa al goce fálico, proponiendo
al niño un estatuto de objeto de la madre que escapa o excede
el valor fálico del niño. Es así como el niño se transforma
en un objeto condensador de goce, lo encarna.
Recordemos
lo que Freud nos dice cuando trabaja la sexualidad femenina
y nos habla del apego a la madre como objeto de goce.
La
niña, jugando a la mamá con sus hijitos, es la mamá y recibe
esos hijos del padre. Pero hay otro juego en el que juega
al niño-muñeco, donde ella se identifica con el niño que fue:
el juego de la mamá le sirve a la niña para la identificación
con la madre. Juega a la mamá y la muñeca es ella misma. Hipótesis
freudiana que da cuenta de que la niña está en una relación
de goce pasivo con respecto a su madre. Esta tendencia pasiva
escapará a la catástrofe, dice Freud, en la medida en que
su satisfacción esté prohibida, lo que permite un deslizamiento
hacia el padre. Hemos descripto a aquellas mujeres fijadas
a una relación con la madre como goce pasivo, lo que hace
difícil el paso que va desde el deseo de un hijo del padre,
al deseo de un hijo que viene del hombre. En este caso, el
hijo puede ser un reencuentro con ese goce pasivo materno.
¿Cómo
se inscribe el niño en esa relación de la mujer con su falta?
El niño es síntoma de la relación de la madre con su partenaire,
que es ante todo, no su niño ni su hombre, sino su falta.
Por lo tanto, la relación de la mujer con su falta es fundamental.
El niño aparece allí con la amenaza de no poder completar
de ningún modo a su madre. Es aquí donde Lacan dice que lo
que el padre debe aportar es la relación con esta privación
. Un padre se sostiene según la manera como se encarna, es
decir, según sepa o no ser responsable de su goce con respecto
a sus hijos y transmitir su versión de goce, su pere-versión.
Es conveniente que su goce tome el aspecto de una mujer, la
versión de una mujer, de la que hace la causa de su deseo.
El padre, la función paterna, está ahora referida a su causa.
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