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Cuando
avanzamos más allá de los significantes: Madre, Padre, Hijo,
vemos que en esta constelación es fundamental la relación
de cada uno de ellos con lo que es su objeto, con lo real
en juego; así surge una nueva constelación familiar con su
objeto como causa.
Este
es el lugar que el niño puede venir a ocupar.
Si
bien cuando un niño realiza el fantasma materno, se presenta
el riesgo psicótico, es importante determinar qué distancia
toma el niño en relación con el fantasma materno. La adopción
es un lugar privilegiado para identificar al niño en su fantasmática
y que el niño pueda separarse de ésta depende de la mediación
del padre. Como nos dice Freud, la posibilidad de que no se
produzca una catástrofe depende de que sea posible efectuar
un viraje hacia el padre.
Por
ello, es importante saber cómo ese tipo de madre y ese tipo
de padre se las arreglarán con ese encuentro imposible en
relación con los sexos. Esta es la verdad de la pareja familiar,
ficción de relación entre dos partenaires.
Lo
que se plantea es que aquella mujer que no puede ser madre
biológica, puede poner allí su falta, su incompletud, y hacer
de eso su castración imaginaria; al dudar de la posibilidad
de ser una verdadera madre simbólica, pide al niño signos
que demandan incondicionalidad, obstruyendo a veces el camino
abierto al deseo encarnado por la posibilidad de la mediación
paterna. El hijo es requerido no para cumplir el Ideal del
hijo soñado, sino para dar pruebas de la no falla de la madre.
Tres
secuencias de Elena nos permitirán ver cómo necesita dejar
de cargar con la fantasmática de la madre quien, al nacer,
pierde a sus padres en un accidente y es dada a cargo a una
familia. Nunca se sintió adoptada en el deseo del Otro. La
madre le demanda a la hija que le dé muestras de que la acepta
como madre, y Elena sólo comenzará la construcción de su novela
cuando haya dejado de cargar con el peso de tener que aliviar
a su mamá, que no se había sentido verdaderamente amada, cuando
no tenga que demostrarle a su mamá que es ella la que la adopta.
Elena
extraña a su abuela paterna, llora porque quiere ir a verla.
Su madre se angustia, la niña trae a sesión un sueño de esa
noche: "Yo llevaba en upa a una mamá; era mi mamá, no,
era un bebé". En ese momento me cuenta que le gustan
los bebés y que a todos los bebés les encanta estar con ella.
"Yo quiero que haya un bebé en casa".
En
otra sesión cuenta estos sueños:
-
"¿Sabés lo que soñé? Que estaba con mi mamá en una disquería
y, sin darme cuenta, me robaba un cassette de Chiquititas".
Esto la lleva a hablar del tema de los robos. "Chiquititas
es mi programa preferido. Me desperté y volví a soñar que
el personaje de Chiquititas me invitaba a trabajar
en el programa. Ese es mi sueño de verdad: trabajar en Chiquititas".
Le digo irónicamente: "¡Sí! Tu sueño es actuar en un
programa de Chiquititas sin papás...".
Ahí
comienza a preguntarme que no entiende mucho a un papá que
deja a sus hijos. "Decíme Adela, ¿cómo un papá
puede irse?".
-
Tercer sueño, que marca un hito: "Sabés, ayer no me hice
pis. ¿Pero sabés cómo fue? Yo soñaba que estaba remando. Tenía
que llevar dos remos, uno encima de otro, se me caen los remos
y me sentía livianita, y así llegué al baño. Mi papá me encontró
sentadita, yo creía que estaba en un bote".
Se
trata de eso, de sacarse de encima lo que le pesa. Comienza
allí un despliegue riquísimo de ficciones fantasmáticas que
no son tomadas, sino separadas del Otro. Es a partir de allí
que comienzan sus construcciones, su novela amorosa que tratará
de príncipes y princesas; comienza a armar un encuentro amoroso,
debajo del agua, entre su papá y ella en el que luego hará
entrar a la mamá. De entrada, ella se nombra como "Sirenita",
y cuenta muchas historias de amor donde un padre nadador se
encuentra con esa Sirenita.
Hay
un momento de viraje entre la niña que debe mostrar incondicionalidad,
tranquilizar a la madre con lo que le sucede en relación con
su novela, entonces se lanzará plenamente a su propia novela:
mitos tomados, significantes resaltados del Otro, armándolos
a su manera y desprendiéndose del peso fantasmático materno.
El alivio comienza para ambas. Y el padre comienza a entrar
con diferentes semblantes en sus múltiples construcciones.
El
padre puede ponerse también en la limitación de no ser el
padre biológico; puede, entonces, confundir el significante
con la función y, por ello, debilitar su acción.
Lo
que quiero subrayar es cómo en la adopción pueden eliminarse
los términos mujer-hombre en relación con el hijo.
Lacan
instalará un axioma: no hay relación sexual.
El
síntoma, entonces, va a responder de ese real en tanto contiene
el sentido dado por el sujeto a este real, a esta ficción
de la pareja familiar.
El
niño es, entonces, una respuesta como síntoma de esta verdad
de la pareja familiar, el portador de un real, de un goce
tomado en el deseo sexual de aquellos que lo han puesto en
el mundo. Es decir que él tiene que construir la manera en
la que se va a separar de ese goce, de ese objeto primordial.
A este respecto, Freud hablará de la novela familiar como
barrera contra el incesto, como modo de defensa; por consiguiente,
es un estado raramente rememorado pero reconstruido en análisis.
En
segundo lugar, la novela familiar articula una versión del
padre que responde a la tentativa de un acuerdo del padre
con el amo e ideal: esto por el intento de una operación de
sustitución. Y finalmente, la novela familiar aporta una versión
de la madre, y más particularmente de la madre sexuada. Entonces,
diferencia dos momentos: el primer tiempo, asexuado, que consiste
en la sustitución operada en el imaginario del sujeto, que
se produce luego de una ruptura: el padre ya no es el que
era para el sujeto infantil. El segundo tiempo, al introducir
la madre infiel, podría calificarse como sexuado.
Sobre
el axioma "no hay relación sexual", se va a articular
lo que Freud llamará la novela familiar, pero también la curiosidad
sexual, es decir, toda teoría sexual infantil en la cuestión
del saber. Esta novela familiar, este mito es un proceso de
constitución, "verdadero poema épico", dirá Freud.
Lacan, por su parte, hablará del mito particular del sujeto
como tentativa de dar forma épica a la estructura.
El
niño adoptado puede quedar atrapado o identificado con la
fantasmática materna, en tanto la esterilidad y la adopción
permiten, como dijimos antes, obturar y mostrar una manera
particular de gozar de esa filiación.
Hemos
visto cómo se puede cargar sobre el significante madre y hacer
de él un todo, "Toda Madre", "Todo Padre",
"Todo Hijo", impidiendo que el niño ficcionalice
este imposible de donde proviene.
Los
padres, cargando todo sobre la paternidad, no asumen esta
manera de arreglárselas con el malentendido del encuentro
entre un Hombre y una Mujer.
Por
ello es en un trabajo con el niño en análisis donde éste comenzará
a fabricar sus respuestas, y es sólo en un análisis donde
tendrá principio la posibilidad de recrear su novela familiar
como efectuación del sujeto del inconsciente.
Es
a partir de los elementos resaltados del Otro como el niño
va a construir su novela familiar, hecho que habla de que
se ha encontrado con la falta del Otro (con la falta de la
madre, no con la falta que estaba colmada con el problema
inquietante del niño adoptado), y es la novela lo que permitirá
suplir lo que falta en el Otro.
Para
que un niño pueda fabricarse una respuesta, un camino, es
necesario que se encuentre con algo que no sabe sobre el deseo
del Otro, donde él se aloja; es necesario que descubra que
en el Otro falta una respuesta para sus enigmas y que no se
asegure en el fantasma materno. Esto significa que el Otro
no tiene respuestas; ante las preguntas, el Otro no está,
no responde. Pulgarcito reencuentra su camino porque pudo
producir esas piedritas significantes: los significantes paternos
no funcionaron para él como diciendo un sentido único, sino
semi-diciendo el sentido.
Recibir
las marcas del Otro como significante implica el acceso al
semi-decir, a esa posición donde el ser que habla está subjetivado,
no tanto por lo que dice sino por el lugar desde donde dice
y desde donde oye.
Es
así como vemos que para los padres adoptivos, muchas veces
las marcas toman un sentido fijo: el saber intenta colmar
el vacío y ellos intentan juntar saber y verdad. El niño puede
alienarse a los significantes que le vienen del Otro. Es necesario
no ceder al encuentro del vacío porque es de su presencia
preservada y de poder no ceder a la tentación (como los hermanos
de Pulgarcito que optan por tapar ese lugar vacío) como aparecerá
la ficción propia del sujeto niño. No se trata de que el niño
adoptado necesite la verdad toda. No se trata de que los padres
sepan la verdad toda de su origen. Se trata de que la verdad
para el ser que habla sólo se puede semi-decir. El análisis
con estos niños nos corroboró una vez más que es necesario
no ceder al horror del vacío, al encuentro con lo que falta
en el Otro, con lo que no puede ser respondido por el Otro,
porque no hay significantes en Otro que puedan responder al
misterio de la sexualidad, al origen y la muerte, donde los
niños adoptados no son una excepción.
La
construcción del niño es lo que responderá a ese agujero;
franquear el vacío es lo que, sin apoyarse en el fantasma
materno, le permitirá asegurarse del Otro, encontrando una
identidad de ser en el mundo y en su deseo.
Que
el niño construya su novela familiar, el mito individual de
sus orígenes, indica que no es el coito de sus genitores el
que contesta a su llegada al ser, no es lo que da sentido
a su inefable y estúpida existencia.
Si
bien hay que considerar que la adopción se enfrenta con significantes
particulares, con fantasmas, con el abandono, con la pobreza,
con las fantasías de robo, será responsabilidad de los padres
y de cada niño hacer también de esto una función, en tanto
lo es. Padres y niño deberán enfrentarse a estas temáticas,
pero su despliegue, el tener que vérselas con ellas, y su
fijeza, no van a depender de adoptar o de ser un adoptado.
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