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El
comienzo fue conmovedor. Judith Miller, hija de Jacques Lacan,
dio inicio al Coloquio con unas emotivas palabras sobre su
padre. Los comentarios a propósito de su obra, alternaban
con recuerdos como los que ubica a ambos en su coche, rumbo
al seminario: "…antes de llegar estaba completamente
absorbido, concentrado en su reflexión, mudo, casi inaccesible".
Contrariamente, lo que no dejó de sorprender a aquellos que
insisten (para bien o para mal) en el hermetismo del analista
lacaniano, "a la salida hablaba con varios, preguntando
si se entendían bien sus lecciones, si se fue captando lo
que transmitía. Preguntaba mucho, porque nunca estaba satisfecho.
Usualmente decía que no había logrado decir una larga parte
de lo que había preparado". J. Miller describió el rasgo
que define a la singularidad de este coloquio en Buenos Aires:
"Aquí y sólo aquí analistas de la APA y de APdeBA exponen
con analistas de la orientación lacaniana en el mismo lugar,
y en el mismo momento, con la civilidad que implica el
hecho de hablar juntos, sobre el punto por el cual la
enseñanza de Lacan impacta en cada uno".
En
la mesa Homenajes: Uno por uno, a Jacques Lacan, participaron
Asbet Aryan (APdeBA), Alicia Azubel, Samuel Basz
(EOL), Graciela Brodsky (EOL), Jorge Chamorro
(EOL), Abel Fainstein (APA), Elida Fernández, Germán
García (EOL), Carlos Moguillansky (APdeBA), Andrés
Rascovsky (APA) y Mónica Torres (EOL). La coordinación
estuvo a cargo de María Novotny de López y Luis Erneta.
Este último, como para dar la clave de afinación, recordó
su único encuentro con Lacan en Caracas: "En mi recuerdo,
un silencio expectante, tenso, casi audible, tramaba el clima
necesario para escuchar hablar por vez primera a quien hasta
allí sólo era presencia textual. Esta vez no sería en ausencia
o en efigie. Lo que escuché con algunos otros, fue una especie
de soplido rudo, ruidoso, que todavía me resuena y que me
llevó por un instante al borde de la perplejidad. Luego, suavemente,
vinieron sus primeras palabras: 'no soy demasiado inquieto'."
Las
exposiciones fueron una galería de retratos diversos; surgió
un Lacan médico, otro psiquiatra, otro psicoanalista, otro
político, otro conocedor de disciplinas múltiples. Y tampoco
faltó el autorretrato surgido del cruce permanente de ese
encuentro de un psicoanálisis proveniente de Europa, con el
marco sociopolítico de nuestro país, en décadas signadas por
la noche de los bastones largos y el Cordobazo, hasta las
rondas de las madres de Plaza de Mayo y el retorno a la democracia.
E.
Fernández describió, a propósito de la entrada de Lacan
en la Argentina: "en la Facultad de Psicología leíamos,
estudiábamos y discutíamos Melanie Klein, Bion y Meltzer,
con el mismo fanatismo e idea de universalidad que siguió
caracterizando a algunos claustros y a algunos profesionales
porteños, como un estigma de religiosidad fundamentalista
que intenta ocultar quizás el desamparo y la distancia con
respecto a los países en los que nacían las teorías y pensamientos
que devorábamos ansiosamente (…) Los psiquiatras nos escuchaban
hablar con tanta certeza de los pechos malos y los pechos
buenos, los penes contenidos en el vientre de la madre y el
spliting del yo, que nos buscaban rápidamente una clasificación
psiquiátrica que nos contuviera (…) los pacientes padecían
nuestro acmé juvenil, así como han padecido los siguientes
arrebatos lacanianos". Es en ese marco, que sitúa la
entrada de Lacan como aquello que comienza a hacer ruido en
esa formación, de la mano de Sciarreta: "Leer a Lacan,
entre otras cosas, me indignaba. Lo que creíamos saber se
daba vuelta, lo que usábamos como herramienta fundamental
había que guardarlo como una herramienta en desuso… había
mil temas que para Lacan eran fundamentales, que nos encontraban
en una ignorancia vergonzante".
J.
Chamorro esbozó el recorrido de su lectura de la obra
de Jacques Lacan y sus propias conclusiones, a partir de la
reducción a siete puntos. Así fue de la localización de los
impasses freudianos a la construcción de una ficción
consistente; el pasaje por el análisis de los efectos terapéuticos
hasta el encuentro de cada sujeto con algo de su ser; la intersección
psiquiatría/psicoanálisis; la transmisión "que hace
del matema un instrumento de precisión"; ya en la clínica,
la posición del analista que se sostiene en la interpretación,
por un lado, y de la reducción, por el otro, en el discurso
escrito y la sesión corta; el síntoma, como alteración del
mundo pero al mismo tiempo camino de la singularidad; y finalmente
la orientación lacaniana, que pretende con la compacidad interna,
producir "un rigor que apunte al entusiasmo de sostener
nuestra posición en sus diferencias".
A.
Faintein, como presidente de la Asociación Psicoanalítica
Argentina (APA), y en una sola frase, sentó su posición en
relación, tanto al Coloquio como a la enseñanza de J. Lacan:
"No se nos escapa la significación que adquiere nuestra
presencia en este ámbito, siendo, junto con APdeBA, sociedades
componentes de la IPA. El hecho de que las condiciones de
producción teórica de Lacan, no sean ajenas a sus relaciones
con la IPA nos ubica, de hecho, como interlocutores de la
misma. Ser sus interlocutores, sin embargo, no nos vuelve
iguales. Muchos de nosotros mantenemos diferencias con algunas
de sus teorizaciones, y especialmente, con el modo de conducción
de sus análisis. Nuestra lectura de Lacan y el impacto de
la misma en la clínica, forma parte de una concepción pluralista
del psicoanálisis ajena a cualquier dogmatismo".
S.
Basz se refirió a su encuentro con Jacques Lacan
en 1979, en el que éste último le hizo sólo una pregunta:
la de cuál era la situación del psicoanálisis y de los psicoanalistas
en nuestro país, y no acerca de los lacanianos en particular,
o de la manera en que entre nosotros circulaba su enseñanza.
G.
Brodsky, al igual que lo hiciera anteriormente L. Erneta,
situó su encuentro con Lacan en Caracas 1980: "Fue un
encuentro con su mirada a la salida de un ascensor, un almuerzo
–de los más difíciles que conocí–, y un seminario que creó
entre sus alumnos y sus lectores de entonces un lazo que se
mantiene, reforzado, veinte años después (…) A pesar de no
haberlas tenido todas con nosotros, somos una generación…
¿Cómo llamarla? Afortunada. Tuvimos la ocasión y la tomamos.
Tuvimos una cita, y no faltamos".
Apelando
al algoritmo darwiniano, "Diversidad, selección, herencia",
G. García etiquetó de ese modo a la entrada del lacanismo
en Argentina, y pasó a hablar de su recorrido personal, como
uno de los efectos de ese momento fundacional, puntuando su
origen literario, su encuentro con Oscar Masotta y su inscripción
en la institucionalización del movimiento. Así, y en relación
al inicio de su propia práctica, dijo: "Ya no
era saber qué pasa con uno, ni convertirse en erudito del
psicoanálisis, sino saber cómo funciona eso y si de verdad
funciona. El encanto semántico, los cabos sueltos de la sintaxis,
conducían a un momento pragmático, de la misma manera que
la lectura en grupo condujo a la creación de la Escuela en
1974. Aquella Escuela [Freudiana], como se sabe, no soportó
la dictadura militar. Masotta murió en el exilio, y varios
de los que firmamos su fundación pertenecemos a la EOL, embarcados
en otra diversidad, otra selección, en otra herencia, la de
un psicoanálisis transformado de manera irreversible por Jacques
Lacan".
Marcas
de un encuentro, llamada en los pasillos "la mesa
de los jóvenes", contó con las intervenciones de Gabriela
Basz, Guillermo Belaga, Florencia Dassen, Leonardo Gorostiza,
Fabián Naparstek, Marina Recalde, Pablo Russo, Mauricio Tarrab,
Adriana Testa, Luis Tudanca y Manuel Zlotnik, todos
colegas de la EOL, coordinados por Osvaldo Delgado
y María Leonor Solimano, quienes nuevamente dieron
cuenta del efecto sobre ellos del encuentro con la enseñanza
de Lacan.
G.
Basz trató de fijar el instante en que había pasado de
la adhesión adolescente a una bandera que justificaba diferencias,
a una inclusión responsable: "Lacaniana ya no es una
bandera sino el lugar del saber que orienta mi lectura, mi
práctica. Las marcas de una identificación se deshacen para
abrir el camino a una elección singular".
L.
Gorostiza dividió su recorrido en siete escenas, algunas
de las cuales fueron la del médico recién egresado, ante el
paisaje desolador de la disolución de los grupos de estudio
debido a la llegada del Proceso; la del primer buen encuentro
con el control, L. Erneta; la de la lectura "traumática,
perplejizante" de los Escritos; y la de septiembre
de 1989, en que escucha a J.-A. Miller en Buenos Aires, en
la gestación de una nueva comunidad analítica. M. Tarrab
destacó que no hay una lectura neutral de Lacan, puesto que
ella deja inevitablemente marcas y mueve a cambiar el rumbo:
"Luego de algunos años de extravío y escepticismo (…)
[en una época signada] por la pendiente de una renuncia
al campo del lenguaje para convivir con comodidad sospechosa
con técnicas no verbales (…) emergió para mí la enseñanza
de J. Lacan como una interpretación, señalando el horizonte
que conviene al psicoanálisis para hacerlo una práctica digna
de esta época, y para mí mismo si quería hacer algo serio
al respecto".
A.
Testa se focalizó en el "Lacan lector": "En
rigor, tendríamos que decir que Lacan nos deja como problema
la práctica misma de la lectura: ¿cómo leemos?, ¿para qué?,
¿qué hacemos con lo que leemos? ¿En qué contexto de recepción
leemos lo que elegimos leer?", ubicando el retorno
a Freud lacaniano, como una decisión política y un modo
inédito de lectura de los textos del psicoanálisis. También
hablando a propósito de esa lectura, M. Zlotnik ejemplificó
los subrayados de Lacan a propósito del recorrido que Freud
hiciera acerca del historial del presidente Schreber y el
concepto de proyección aplicado a la psicosis.

En
Diálogo acerca de Jacques Lacan, Horacio Etchegoyen
(ex-Presidente de APdeBA y de IPA) y Jacques-Alain Miller
(Delegado General de la AMP) protagonizaron un nuevo capítulo
de la conversación que se viene sosteniendo desde hace unos
años, con la presencia en la mesa de Luz Casenave y
Oscar Sawicke.
H.
Etchegoyen se refirió a su propia relación con
la enseñanza de Lacan: "Yo no soy lacaniano ni
lo quiero ser. Pero desde mis años en Mendoza, donde
Leonardo Avenburg me habló de Lacan, lo fui leyendo
(...); y en una entrevista de la Revista Vertex en
la época de la campaña por la presidencia de
la IPA, dije que una de las cosas que iba a hacer era
darle un lugar a Lacan en la enseñanza de la IPA".
J.-A. Miller, a su turno, dijo: "Tengo nostalgia de la
vieja IPA. De la IPA dura, de la IPA terrorista, de la IPA
de la ego psychology, porque con esa IPA se
podía chocar. ¡Que suerte ha tenido Lacan de tener esos colegas
enfrente de él! (…)". Y retomando la fórmula expresada
por Etchegoyen, para culminar con lo que podría pensarse como
una definición de la orientación lacaniana, dijo: "No
soy lacaniano; en nombre propio no puedo decir no soy
lacaniano, nadie me creería (…) Lacan tenía algunas reservas
sobre este ser lacaniano, porque su lección fue no
repetir (…) Pero hay que decirlo: en eso fracasó. Fracasó
porque hay lacanianos que pasan su tiempo repitiendo a Lacan.
No se si hay más una orientación lacaniana, que un ser
lacaniano. Una orientación lacaniana es ir en una
cierta dirección que parece tener algo que ver con lo que
hacía Lacan".
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