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En
las últimas décadas del siglo XX se hizo cada vez más patente
que vivimos en un mundo poblado de letosas, objetos producidos
ilimitadamente por la ciencia que vienen –como lo afirma Lacan
en al Seminario 17– a causar nuestro deseo de una manera casi
siniestra bajo la promesa más o menos velada de que consumirlos
redundará en un estado de felicidad y satisfacción al que
debemos aspirar.
Estos
objetos son productos que la tecnología desparrama por el
mercado global en el que el capitalismo, como modo de producción,
se despliega. La acumulación de capital, motor cuyo combustible
es la plusvalía, no tiene reparos a la hora de decidir con
qué mercancía se negocia, siempre y cuando cumpla con la condición
de la avaricia. Recientemente, por ejemplo, hemos tomado conocimiento
de un negocio más rentable que el tráfico de drogas: el tráfico
de personas que buscan nuevos horizontes, sobre todo laborales,
por haber quedado fuera del circuito de intercambio en sus
países de origen. De este resto humano que el capitalismo
produce, la mayoría de los países se protegen en aras de defender
su mercado laboral y/o cultural con una legislación que no
favorece la inmigración; ellos son el desperdicio humano,
lo segregado de la economía del más de goce. Así, el ingreso
de ilegales es un hecho cotidiano, tanto como lo es que este
resto humano se constituya a su vez en objeto de lucro para
algunos, cuando se trata de desplazarlos en condiciones infrahumanas
–para tener mayores ganancias– y de entregarles documentación
falsa. Se negocia con el resto para que el resto siga quedando
como resto dado que en la mayoría de los casos son engañados
luego de pagar cifras importantes o mueren en el intento.
La mención del ejemplo basta para recordar la lógica capitalista
que se asienta sobre la eliminación del resto de lo que la
segregación resulta su consecuencia inmediata. Todo es objeto
de consumo, ese es el cinismo del goce.
Es
en Televisión donde Lacan refiere la miseria al discurso
capitalista y plantea, quizás para sorpresa de muchos, al
discurso analítico como la salida del discurso capitalista.
Sobre
este punto, la orientación que nos da J.-A. Miller en sus
comentarios sobre Televisión, es precisa.
Lacan opone al capitalismo astuto con todos sus excesos
de goce el analista como santo, tal como B. Gracián
–cuya lectura nos recomienda desde el Seminario 1– nos lo
presenta en su Arte de Prudencia. El santo es
el que deja con hambre, el que usa la ausencia, el que muestra
no saber, el que no se guía por las impresiones, el que recurre
al artificio, el que no dice todas las verdades, el que no
apura y sabe esperar, el que hace parecer, el que nunca habla
de sí, el que sabe decir qué no y qué sí, el que distingue
lo que debe desearse y lo que debe rechazarse.
Así,
si el analista en función, como el santo, distinguen
lo que debe rechazarse sosteniendo un decir que no, su operación
se realiza en un desierto de goce, desde un vacío que a su
vez deja con hambre, es decir, es él mismo causa de vacío
para el ser hablante. Esto es lo contrario a la operatoria
capitalista en la que la verdad del amo encarnado en el mercado
no conoce ningún no, siempre es –como diría Freud–, un más
y más en el que la voracidad y la gula son lo opuesto al vacío
del hambre.
Si
la función deseo del analista opera, es porque hubo allí un
parlêtre que consintió a una renuncia, a la renuncia
de un más de goce que anidaba en su ser y que hacía del mundo
el lugar del encuentro con lo pesadillesco de su escena fantasmática;
la renuncia a su libra de carne que conmoverá su economía
de goce, es el fruto que se espera de su propio análisis para
que el pasaje de analizante a analista tenga lugar. En fin,
un analista, es el resultado de su propia experiencia analítica
cuando queda demostrado lo que queríamos demostrar, a saber:
el decir que organiza los dichos, la cifra de goce en el
corazón de la pareja-síntoma que deja un plus a disposición,
un objeto que a su vez puede constituirse en causa vaciada
de goce para aquel que se disponga a hacer la experiencia
del inconsciente en la que el análisis transcurre. Si el analista
es un objeto en el mercado, por la lógica de su discurso,
no es un gadget de la ciencia que, dice Lacan, ...es
una ideología de la supresión del sujeto [1]
... que lo condena al aislamiento y la segregación, es decir,
a un fuera del lazo social. Por el contrario, es un objeto,
un semblante que se dirige al sujeto en su división por lo
real para producir la cifra de su padecer, de lo que resulta
que lo segregado es el goce y no el sujeto, ...el santo
es el desperdicio del goce [2];
entendemos que es en este sentido que el discurso analítico
es la salida del discurso capitalista, porque apunta a producir
un resto fecundo.
El
analista –afirma Lacan en Televisión–, va al
lugar del desperdicio, ese es su destino. Al final de la experiencia,
una vez que las vueltas han producidos los S1 que eran causa
de goce en su síntoma, la necesidad de los semblantes del
Sujeto supuesto Saber también cae. Si hay santos, hay risa;
allí donde la tragedia del goce pierde su peso, la comedia
del falo entra en escena.
En
el último apartado de "La dirección de la cura…",
leemos:
Puesto
que se trata de captar el deseo, y puesto que sólo puede captárselo
en la letra, puesto que son las redes de la letra las que
determinan su lugar de pájaro celeste, ¿cómo no exigir al
pajarero que sea en primer lugar un letrado?
Si
de lo que se trata en el análisis es de una reducción a la
letra en tanto que cifra y de sus consecuencias pulsionales,
entonces, lo que se espera del analista es la formación del
analista en su saber hacer de santo letrado.
Bibliografía
Freud,
S.: "El malestar en la cultura". Obras completas,
Ed. Biblioteca Nueva.
Lacan, J.: Radiofonía y Televisión. Ed. Anagrama.
—, "La dirección de la cura...", Escritos 1.
Ed. Siglo XXI.
—, El seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis.
Ed. Paidós.
Miller, J.-A.: El lenguaje, aparato de goce. Ed. Colección
Diva.
—, El hueso de un análisis. Ed. Tres Haches.
—, "Las contraindicaciones al tratamiento psicoanalítico".
Lazos 2. Ed. Fundación Ross.
Laurent, E.: Debate con E. Laurent en ¿Cómo verificar el
final de análisis? Ed. Eolia.
Gracián, B.: Arte de prudencia. Editor José J. de Olañeta.
Diario Clarín.
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