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Entremos
de inmediato en este tema de las declinaciones del amor. Sin
duda es una excelente idea haberlo elegido para una serie
de conferencias que quieren dirigirse a todos aquellos que
están interesados por las consecuencias del psicoanálisis,
dado que es una apuesta del psicoanálisis saber si tiene algo
para decir sobre el estatuto moderno del amor, el estatuto
contemporáneo.
Estamos
en un momento fecundo en cuanto a la revisión de los dichos
sobre el amor, con una cierta dificultad que se hace sentir
en la literatura, en las formas narrativas más vastas, el
cine o en las formas modernas de narración que dependen, que
entran más o menos en el marco de la literatura. La impresión
es que esa dificultad está marcada por diferentes síntomas,
tales como la multiplicación o la refracción de clichés sobre
el amor ya establecidos en la literatura. En ocasiones la
literatura de nuestra época recicla clichés de manera mecánica
y al mismo tiempo irónica; es la perspectiva que se califica
como post-moderna: no se cree más ni en la modernidad ni en
una solución nueva inventada; tampoco se cree más en las viejas
soluciones. El resultado: la ironía o la cita.
Al
mismo tiempo entonces, cita obligada: dificultad para inventar
nuevas figuras; e ironía: no se cree más en las historias
de amor. De allí la dificultad para salir de la actitud irónica,
del “a mí no me van a vender historias de amor ni de ninguna
otra cosa”. Fin de las ideologías, fin también de las historias
de amor. Y, al mismo tiempo, se constata el carácter ineluctable.
En
la Muestra de Venecia, por ejemplo, se percibió el impacto
que tuvo un film como “Una relación pornográfica”, en el cual
el autor contrasta el título con el hecho de que no se ven
en el film en ningún momento, o apenas, jugueteos que pudieran
dar cuenta del calificativo evocado. Por el contrario, se
quiere partir de una historia que estaría centrada únicamente
en el sexo, y por supuesto, se llega al amor, para sorpresa
en especial del varón, quien mientras pensaba comprometerse
en esta historia sólo por la satisfacción, cae en las paradojas
del amor. Es uno de los fenómenos clásicos de la clínica del
sujeto obsesivo que piensa que puede estar todo el tiempo
muy atento a la cuestión del amor y no obstante no para de
mezclarse después en múltiples dificultades.
Y
desde este punto de vista, la clínica psicoanalítica captó
esas diferentes paradojas de manera distinta a las dificultades
de la narración amorosa moderna. Por eso creo que es una excelente
pregunta plantearle al psicoanálisis: ¿Qué tiene para decir
sobre el desorden amoroso contemporáneo? ¿Permite el psicoanálisis
orientarse en estas cuestiones?
Es
especialmente una buena idea hacerlo en Tours, porque la Touraine
es una tierra de elección para plantearse este tipo de preguntas;
lo ha sido durante todo un siglo, en el que la literatura
francesa instaló un nuevo tipo de discurso sobre el amor que
relevaba al de Italia, que lo declinaba de otra manera. En
el siglo XVI, pues, Ronsard no vivía muy lejos; Les Saisons
de Ronsard son un buen ejemplo para ver cómo en la literatura
se declina la dificultad de narrar las historias de amor.
Escribió poemas de amor toda su vida. Simplemente la época
empezaba bien, se sabe: en el siglo XVI, se creía que iba
a haber buen tiempo, que la época iba a liberarse de los nubarrones
de la opresión escolástica y luego llegó Lutero y después
el fin del siglo y los diversos desgarramientos. Se ve aparecer
en las historias de amor de Ronsard a la fortuna, al hombre
encomendado a la fortuna, el gusto por la astrología, el imposible
cálculo de la buena combinación de los hombres y las mujeres,
temas que lo ocuparon hasta el final de su vida.
La
Touraine es entonces una buena idea para meditar acerca de
la manera en la que se han inscripto las historias de amor
y el gran malestar, en los mismos lugares de sus huellas en
la literatura.
Literatura
Pero
elegí para comenzar, o como exergo para preparar mi conferencia
de hoy, no a Ronsard sino un extracto de La Rochefoucauld.
¿Porqué La Rochefoucauld? Es el siglo siguiente. A pesar de
todo es la excelencia del moralista francés y el autor de
una observación que le gustó mucho a Stendhal, según la cual
hay mucha gente que no sabría qué es el amor si no hubiera
leído primero historias de amor. Respecto de este tema, el
amor como semblante, el amor que no es natural, el amor como
artefacto, como convención, hay un sentimiento agudo del moralismo
del siglo XVII y al mismo tiempo hay un punto de vista muy
masculino. Para el decir masculino, eso no es evidente. En
el fondo no es sino desde el psicoanálisis que se puede decir
esto y desde el interior del discurso psicoanalítico. No sé
si hay entre ustedes personas que tienen por profesión enseñar
literatura en los colegios y en las universidades, si las
hay, deben saber que pueden leer todos los comentarios que
quieran sobre esta frase –y sabrá Dios si hay una pequeña
biblioteca al respecto– y nadie señala que no se trata de
un punto de vista universal, sino que ahí se trata del punto
de vista del siglo en el que hay algo profundamente masculino.
Y así sea en obras importantes, como el libro de Paul Bénichou
sobre Las Morales del gran siglo [1],
el libro de Robert Mauzi sobre la felicidad en el siglo XVII
[2], no se ve
tematizada la oposición de los sexos en lo que concierne al
amor.
Por
el contrario, en particular, es un tema que los autores feministas
franceses (que con frecuencia son excelentes profesores de
letras) o americanos, de manera más brutal, han desarrollado.
Habría, hay en las letras, una disimetría desde la perspectiva
del amor que podría fácilmente reducirse a la idea de que
sólo las mujeres hablan de amor: toda una temática de la literatura
femenina, o de la literatura de mujeres, escrita por las mujeres,
la escritura femenina, estaría centrada precisamente sobre
la exploración sistemática del amor, de sus impasses, de sus
sufrimientos y desde ahí se interrogaría más profundamente
la invención de una forma de amor moderna.
Esto
es corroborado por el hecho de que Marguerite Duras, por ejemplo,
se haya instalado duraderamente en el paisaje de la literatura
francesa como una suerte de oráculo sobre las formas del amor
–es lo que puede retornar– a través de formas literarias extremadamente
variadas. Comenzó su carrera con una escritura que derivaba
en cierto modo del canon gidiano, que tanto marcó las letras
francesas, para después pasar por un período experimental
y terminar en una literatura al borde del cliché que le valió
tiradas fenomenales, con la reescritura de El amante
por ejemplo, al borde de una conversión como las que conoció
Philippe Sollers, que pasó de la escritura formal en una y
otra dirección, a un clasicismo un tanto desvergonzado en
las novelas más recientes que escribió.
Esta
disimetría da cuenta de que las mujeres hablan del amor de
otra manera que los hombres. Pero al mismo tiempo no es fácil
tematizarla cuando se abordan por ejemplo las concepciones
de la felicidad o del amor que una época dada se hace: el
Renacimiento, la edad clásica, distinguiendo el siglo XVII
y el siglo XVIII, el amor en el siglo XIX, etc., y ahora.
Freud,
la disparidad de los sexos
El
psicoanálisis debería poder ayudar a orientarse sobre esta
disparidad, que es hoy nuestro tema. Ya que es un punto sobre
el cual desde el principio, con Freud, el psicoanálisis avanzó
con firmeza y logró mantener como un bastión, como una adquisición.
El punto sobre el que Freud avanzó es que hay una profunda
disimetría entre la posición masculina y la femenina; la centró
sobre las enseñanzas que empero resultaban dudosas a las psicoanalistas
mujeres, en el momento en que numerosas mujeres hicieron su
entrada al psicoanálisis.
De
entrada, Freud subrayó que lo que es muy profundamente disimétrico,
es la anatomía, es el órgano. El órgano masculino es evidente,
el órgano femenino permanecería oculto. La teoría de la castración
fue en principio formulada en Freud a partir de un tipo de
evidencia imaginaria que es del orden de la representación:
no se ve lo que tienen las niñas. Entonces el razonamiento
que sostiene el varón es: si hay seres humanos que no necesariamente
tienen el pequeño apéndice que yo tengo, y bien, entonces
puedo perderlo. Es el famoso régimen del terror del varoncito:
la amenaza de castración.
Freud
no lo vio enseguida. En 1909 todavía, es decir alrededor de
diez años después de haber comenzado la práctica del psicoanálisis,
con el pequeño Hans, considera que si ese niñito de cinco
años que él analiza tiene una fobia, es sin duda porque sufre
un complejo de castración. Es un caso particular, no está
todavía generalizado. Recién después del análisis del pequeño
Hans Freud va a generalizar el complejo de castración para
el varón y a considerar que todos viven bajo el régimen del
terror y que no hay manera de evitarlo. Se puede ser gentil,
o gracioso se puede hablar de todo esto, ni siquiera es obligatorio
decirle: "si no te portas bien te la cortaremos",
etc.; aunque quitemos toda esta retórica de la amenaza, ésta
está siempre allí, el niño se las arregla continuamente para
vivir con eso.
A
medida que Freud generaliza esto, se plantea la pregunta:
¿y para las niñas qué? Recién diez años después, en los años
veinte, generaliza una posición para la sexualidad femenina.
Observa que en las niñas, la gran diferencia es que no viven
bajo la amenaza de la castración, por el contrario tienen
una actitud activa al respecto: en el lugar de la amenaza
que pesa sobre el varón, las niñas tiene una certeza: no lo
tienen, entonces van a buscarlo. De este modo Freud da cuenta
de la mayor vivacidad intelectual de las niñas; observa también
en la adolescencia –esto siempre sorprende– el carácter completamente
atontado de los varones y el carácter mucho más despierto
de las niñas; del lado varón, el carácter especialmente perdido,
siempre en la adolescencia; del lado niña el carácter mucho
más decidido, aunque éste también puede extraviarse.
Esta
oposición construye una asimetría de la vida amorosa, marcada,
una de ellas, por la amenaza y la angustia de castración y
la otra por la certeza de saber lo que se quiere, sólo que
con una amenaza muy particular: para la niña, es necesario
el amor del otro, aquel del que va a tomar lo que le falta.
De allí la amenaza particular que marca la vida femenina:
la amenaza de la pérdida de amor; y esto instala en efecto
el amor lado niña en una posición particular, disimétrica
de la posición masculina, clavada a un objeto y a la presencia
de la angustia.
Esta
oposición, que instala el amor en este lugar distinguido permite,
en efecto, dar cuenta a través de los años en la literatura,
cuando las mujeres han podido expresarse sobre esto, de la
importancia que toma el amor cuando tenemos huellas de esto.
Pero por el contrario deja una pregunta, la que Freud formuló
en los años treinta: “¿Qué quieren las mujeres?”
Todo
el problema es: porqué Freud construyó esta pregunta si aparentemente
había encontrado una respuesta: “¿qué quieren las mujeres?".
– Respuesta: quieren ser amadas.
¿Dónde
está exactamente la necesidad de mantener una pregunta abierta?
La
pregunta abierta es: ¿qué quieren las mujeres en la realización
de la vida amorosa ?
Es
esta la pregunta que plantearon las analistas mujeres que
comenzaron a ocupar lugares en las filas del movimiento analítico
a partir de los años '20, cuando la educación se abrió a sujetos
femeninos, y los miembros de la primera generación judía enviaron
a sus hijas a la escuela. Esto dio como resultado esas mujeres
médicas que tanto aportaron al psicoanálisis, a un público
nuevo, atento, curioso que se servía del psicoanálisis para
esclarecerse en las dificultades. El ejemplo eminente es Hélène
Deutsch, pero hay alrededor de ella un cierto número de condiscípulas
que son completamente de ese nivel, que renovaron en Viena
el movimiento analítico. Hélène Deutsch, con algunos de sus
condiscípulos alemanes comenzaron a plantear la pregunta:
sin embargo, ¿porqué esa primacía del órgano masculino? Después
de todo, las niñas también tienen uno: para los varones el
pene, para las niñas la vagina; y todo el mundo con sus sensaciones,
todo el mundo hace sus descubrimientos, todo el mundo echa
mano allí, y en el fondo ¿dónde estaría la primacía en todo
esto? Esta pregunta aparece en los años '20 en el movimiento
psicoanalítico y abrió un campo de discusión que se cerró
de manera muy artificial con la proximidad de la Segunda Guerra
Mundial, el debate se clausuró ya que no se había arribado
a ninguna orientación y entonces, se proclamó: todo el mundo
a observar a los niños.
Se
vuelve a partir entonces y el debate sobre la sexualidad femenina
se cierra con una tapa. Es cuando se plantea: debemos interesarnos
en las relaciones de la madre y los hijos; tal fue el debate
Anna Freud-Melanie Klein, que apasionó a los psicoanalistas,
con las resonancias psicológicas que estos estudios podían
tener.
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