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Unweaving
the Rainbow III
Para
ejemplificar lo que es un mem, Dawkins es casi Pierre Menard
ya que, al modo de Theodor Reik en Variaciones psicoanalíticas
sobre un tema de Mahler, nos cuenta sorprendido que él
y su esposa sufren ocasionalmente de insomnio; en tales ocasiones
sus mentes son atrapadas por una tonada que se repite incansablemente
“y sin piedad” en sus cabezas, por ejemplo la canción “Masochism
Tango” cuyos méritos musicales pone en duda aunque sus palabras
rimen brillantemente. Ambos han hecho un pacto: no cantarán
o silbarán estas terribles melodías durante el día
por temor “of infecting the other”. Una tonada que
esta en un cerebro y puede “infectar” otro es precisamente
un mem.
El
otro ejemplo está extraído de Dennett en Darwin’s Dangerous
Idea; Dennett se sorprende a sí mismo tarareando
una melodía, ni Haydn ni Brahams ni Charlie Parker, ni siquiera
Bob Dylan sino “It takes two to Tango!” un “horrible
virus musical”, un robusto mem que, explica Dawkins, es “una
frase sin significado obvio, sólo un fragmento de lenguaje”
para cuya elección Dawkins no encuentra explicación: ¿tiene
el ritmo de tango algo insidioso? No es evidente pero algunos
memes son más infecciosos que otros por sus propiedades inherentes
para ser copiados de cerebro en cerebro y, así, el mundo será
invadido por ellos que son los que sobrevivirán en una cultura.
Por lo tanto, los tangos sobreviven en los cerebros e infectan
otros por razones de pura efectividad parasitaria; la ecuación
gen-hardware/mem, software ya puede funcionar aunque no sepamos
–todavía– el modo en que se aloja el meme en el cerebro. Susan
Blackmore (a Senior Lecturer en Psicología de la Universidad
de West of England, Bristol) y Daniel Dennett van todo
lo lejos que se puede ir con la teoría de los memes. Un molesto
virus tuvo en cama durante meses a la Dra. Blackmore: así
nació su libro The meme machine que alude a
lo que, como humanos, es nuestro ser. Tanto el self, como
el libre albedrío, la conciencia, la creatividad, la capacidad
de anticición o rebelión (bastión que Dawkins no abandona)
son ilusiones creadas por los complejos de memes que luchan
entre ellos y se seleccionan sin que nadie vigile.
De este estado de cosas se deduce una “terapia”, ya que sólo
se trata de abandonar la idea de un self y las decisiones
se tomarán solas como producto de la historia genética y memética
en un medio dado, las esperanzas y los deseos desaparecerán
si no hay nadie a quien se refieran; así, las acciones serán
más espontáneas cuanto apropiadas, la moralidad –sin un self
culpable, vergonzoso, temeroso que inflige sus deseos al mundo–
gana un buen vecino que sabe qué es cuerpo, cerebro
y memes en su interjuego con el medio. La desaparición de
la culpa hace al sujeto más moral y la desaparición del self
arrastra consigo todo el problema del significado. En el mismo
sentido va Dennett cuando sostiene que la mente independiente
que lucha para protegerse de memes peligrosos y extraños es
un mito ya que la mente misma es un lecho de memes e incluso
una creación de los memes, concepto que permite evitar la
explicación de la conciencia como un hombrecito detrás de
la cabeza.
Estas
unidades autoreplicantes de cultura que tienen vida propia
son, podría arriesgarse, la cosa americana misma que comienza
cada vez una reflexión para la que no reconoce antecedentes
fuera de sus fronteras y que es eficaz para imponer sus significantes
amos; una cultura cuya capacidad darwiniana de sobrevivencia
a la par que su rechazo del inconsciente son proverbiales
y donde reconocemos la juntura del protestantismo con el discurso
capitalista suficientemente desarrollado. Digamos al pasar
que este rasgo, unido por lógica a su preminencia en la era
digital, produce sus propios síntomas en los corto-circuitos
de la palabra.
Es
una topología impensada para esta dialéctica del afuera y
del adentro del cerebro la que afirma en Lacan que el inconsciente
es Baltimore a tal hora. Esta hora es también la hora del
“fenómeno latino” en el país de los memes, como lo anuncia
el número del Time siguiente al ya citado. Es indudablemente
un fenómeno de lenguaje en el que la lengua castellana se
entrevera con el inglés y un fenómeno de escritura musical
que también es imposición de un ritmo (Dawkins evocaba el
mantra en la melodía que se repite). Así, ese cuerpo extraño,
peligroso, obsesionante, horrible, insidioso, rechazado, retorna
invertido, por el cálculo de un edén recuperado para el mercado,
en una plus-valía que segregará para algunos un plus
de goce con el que hacer partenaire bajo la fórmula
final que escribe Unweaving the Rainbow: “A
Keats and a Newton, listening to each other, might hear the
galaxies sing”.
Estas
promesas de “las mañanas que cantan” apaciguan lo real del
Otro sexo pero no dejamos de notar que la que dice dejarse
llevar por la máquina dejando todo en el camino es una mujer
pues ella ha constatado que la moderna sexualidad está
casi enteramente determinada por complejos de memes y no de
genes. En esa estábamos cuando la significación le retorna
a Blackmore como un plus de segregación: la selección memética
lleva a un progreso en la espiritualidad porque son los memes
que mejor se reproducen y un hombre pobre y horrible puede
ser elegido (por la histérica, agregamos) por ser un “great
meme spreader –but just how much ugliness could one get away
with?”. Sólo por el Otro se sitúa el goce.
Por
otra parte, en esa ficción, el que se reserva algo para sí
(la rebelión ante el determinismo gen/mem) es un hombre que
ha pactado con su síntoma que el cielo está habitado. Su ética
de la good poetry lo protege positiva y lógicamente
de convertir semejanzas sin significado en lo que Keats llama
huge cloudy symbols of a high romance.
Unweaving
the Rainbow IV
Si
estamos en el debate de las Luces es porque el retorno de
la concepción del hombre como máquina con resto o sin resto
está en el centro de la escena. Aunque en las bibliografías
de Dawkins o de Blackmore no aparezca el nombre de Quine o,
incluso, el de Chomsky, las ideas de co-evolución de los genes
y los memes es herencia cartesiana que se plasma en la teoría
mind-body de Dennett. El perfeccionamiento darwiniano
de estos complejos mem-gen implica un modo directo de “conocer”
operativamente la naturaleza, con lo cual podríamos extraer
la interesante conclusión de que este progreso nos retornaría
a algún tipo de saber instintual perdido por el lenguaje.
La
idea del self como engaño producido por los complejos meméticos
que es un tópico de la filosofía occidental a partir de determinado
momento (recordamos al pasar la radicalidad y la gracia de
un Schopenhauer descorriendo el velo de Maya) es un nuevo
descubrimiento de la América cognitiva para deshabitar un
cuerpo reducido al organismo. Quíne, con su inescrutabilidad
de la referencia del yo ha contribuido a ello.
El
darwinismo que aquí opera no es ciertamente el de Rorty (como
se verá): un supuesto acuerdo palabra-vida que desoye
los efectos insidiosos de la palabra en un ser para quien
esos efectos son evocados al ritmo de un “Masochism Tango”.
Reik –él era sensible a eso, le había señalado Freud [5]–
escribe sus variaciones en New York en 1953 y muestra como
esa “Haunting melody” ponía en juego toda su vida.
Claro que su certeza era freudiana: en esa repetición “tenía
que haber una significación secreta” que se convertiría en
un obstáculo de más de veinticinco años para escribir un estudio
sobre su admirado y rechazado Mahler; esa significación no
podía reducirse del todo al duelo por la muerte de su amigo
y analista Karl Abraham, duelo que sirvió de ocasión para
el surgimiento de los obsesionantes primeros compases del
coro del último movimiento de la Segunda Sinfonía de Mahler.
La significación, en su máxima simplicidad, es “una clara
llamada hacia mí", una llamada de su padre devenido superyó,
una llamada que puede desoír cuando lo despierta de ese goce
masoquista, al cabo de los años, el grito del rey de Prusia
a sus cobardes granaderos: “¡Perros!, ¿queréis vivir eternamente?”.
La ciencia psicoanalítica le hizo saber de su finitud.
Es
con el rasgo de la ingenuidad que Reik capta el rechazo del
inconsciente norteamericano: “Tenía yo entonces la ingenuidad
–excelente cualidad que compartía con algunos de los más
sofisticados e inteligentes psicoanalistas de New York– de
creer que era cosa fácil vencer una inhibición y superar un
temor obsesivo una vez entendidos sus orígenes y motivaciones”.
La “ingenuidad” de Rorty la vemos reformularse en el artículo
mencionado, en términos de memes y de genes: si una cultura
triunfa sobre otra es porque, de la lucha de genes y memes,
ha triunfado tal conjunto de memes lo cual no indica ninguna
virtud ni ninguna teleología inmanente. El argumento le viene
de perillas para sostener su concepción de la cultura como
semblant, pero su posición no es la de Blackmore ya
que advierte que al filósofo, aunque no es el metalenguaje
de las prácticas sociales, le cabe una toma de posición para
“agudizar los temas conflictivos un poco”. Esa posición respecto
de la ciencia matematizada sigue a Dewey quien no ignoraba
que un nuevo medio de tratamiento de lo real como la ciencia,
crea nuevos problemas, nuevas y más insidiosas maneras de
crueldad e intolerancia y, por lo tanto, no hay que apoyarse
en la ciencia para la construcción de una sociedad democrática
sino que hay que mirar al modelo tradicional del arte griego
el cual no es sirviente de la religión, su humanismo está
sostenido en la función de la palabra; es el poeta, legislador
desconocido del mundo quien, como personaje del romanticismo,
hace retornar al sujeto forcluido por la ciencia. Como es
de esperar, no le va en esto a Rorty (al igual que a Lacan)
ninguna nostalgia. Su preferencia por “compromisos pequeños
y concretos antes que por grandes síntesis teóricas” muestra
otra afinidad que alienta también nuestra conversación, aunque
él se haya mostrado renuente con Lacan. Pero aquí se trata
de la “ingenuidad” de Rorty a la que hacía mención Reik: lo
real psicoanalítico se reduce en una narración consensuada
(las resistencias a la cura, ha dicho, las deja para una reflexión
futura) y en eso, Rorty participa del corte que la ciencia
ha realizado entre los semblantes y lo real sin aceptar que
lo real es algo producido por un discurso al que ex-iste.
Es verdad que, como lo ha señalado Jacques-Alain Miller, lo
real producido por el discurso psicoanalítico “no está asentado”
del mismo modo que lo real de la ciencia.
“El
arco iris es eso”
Para
Lacan, el asunto del arco iris no está totalmente resuelto
por la ciencia y, en tanto fenómeno ejemplar de la inconsistencia
del Otro en su dimensión significante, “vamos a dedicarnos
a él hasta el cansancio” pues lo que lo hace subsistir es
el hecho mismo de la nominación, de haber sido nombrado pero,
además, tiene el privilegio junto a otros meteoros de decir
sin ambages su condición de semblant. Claro que, a
la serie que continúa Voltaire con Rorty y Dawkins, no deja
de planteársele la elección forzada según Lacan que, en palabras
de Miller en la “Pequeña digresión...”, es: “O todo no es
más que teatro de sombras, ópera buffa, escenografía de semblantes,
o hay real”. Y así como Voltaire ha sabido que es imposible
no contar con eso, también lo saben Rorty y Dawkins, a su
pesar.
“Dedicarse
al arco iris hasta el cansancio”. Puede ser la fórmula de
la repetición o del goce del bla-bla-bla. Ineliminables
en el pacto matrimonial del sujeto y su Otro y –quizás– chance
del psicoanálisis en la era digital conjugada con el pragmatismo;
en ella, el deseo del analista se pone a prueba en el uso
que se sepa hacer de él sin por ello estar en deuda con Rorty
ya que es la escritura del discurso analítico la que obliga
a hacer uso del semblante en cada ocasión en que el objeto
exige responder adecuadamente... para dedicarse a eso ya no
hasta el cansancio sino hasta su conclusión lógica en un análisis.
O, para poner las cosas en la chance de su comienzo, hasta
que ese cansancio pueda ser objeto del psicoanálisis.
Bibliografía
Blackmore,
Susan: The Meme machine, Oxford University Press,
Oxford, 1999.
Buruma,
Ian: Voltaire’s Coconuts or Anglomanía in Europe, Weidenffeld
& Nicholson, 1999.
Dawkins,
Richard: Unweaving the Rainbow, Houghton Mifflin
Company Boston-New York, 1998.
Lacan,
Jacques: El Seminario, Libro 3, Las psicosis, Cap.
XXV, Paidós, Buenos Aires, 1984.
Lacan,
Jacques: Seminario XVIII, "De un discurso que no sería
du semblant". Inédito. Clases del 20/1/71 y 10/2/71.
Laurent,
Eric: Las paradojas de la identificación, Paidós,
Buenos Aires, 1999.
Miller,
Jacques-Alain y Laurent, Eric: El Otro que no existe
y sus comités de ética. Curso inédito 1996-1997.
Miller,
Jacques-Alain: "Al fin y al cabo". Conferencia
en el Centro Descartes. Buenos Aires, 4/11/99.
—,
"Pequeña digresión sobre la ‘Pequeña digresión’ de Voltaire"
en Masuno Nº 2, EOL, Buenos Aires, 1997.
Reik,
Theodor: Variaciones psicoanalíticas sobre un tema de Mahler,
Taurus. Buenos Aires, 1975.
Rorty,
Richard: Pragmatismo y política, Paidós, Barcelona,
1998.
Saintout,
Florencia: Los estudios de recepción en América latina,
Ediciones de Periodismo y Comunicación UNLP. La Plata 1998.
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