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Hoy
vamos a trabajar un tema que es muy complicado, muy difícil,
que es “la identificación al síntoma”; es difícil porque hay
muy pocas referencias en la obra de Lacan. Miller ha retomado
este concepto en los últimos años y podemos decir que es un
concepto que está en los bordes de lo que nosotros mismos
estamos pensando, trabajando y elaborando, por ejemplo en
los Carteles del Pase, dado que es un concepto que está emparentado
con el fin de análisis. Es decir que es un tema con dificultades.
Como
lo planteamos en nuestra propuesta —que salió publicada en
los cuadernillos del ICBA del 2000 y tal como Pablo
Russo lo retomó en su comentario en el último número de El
mensaje— la propuesta de este seminario sostiene que el
sujeto comienza el análisis en la vacilación de su identificación
al ideal; porque si no vacilara su identificación al
ideal, no se analizaría, y concluye el análisis identificado
al síntoma. Esto nos lleva necesariamente al punto
al que arribamos hoy, que es plantear un nuevo concepto de
identificación que surge al final de la enseñanza de Lacan,
donde Lacan nos plantea la última teoría del síntoma.
Nosotros
trabajamos en el seminario del año pasado —que está publicado
en el libro De los síntomas al síntoma— las dos teorías
del síntoma en Lacan y podríamos decir que la última teoría
del síntoma la podemos resumir como “el síntoma goce”.
En
el primer Lacan, el síntoma —ya estaba así en Freud— designaba
una falla en el funcionamiento, algo no funcionaba, y este
fracaso del funcionamiento develaba algo de una verdad, una
verdad que había que descifrar. El primer Lacan nos va a decir
por ejemplo en “Función y campo de la palabra y del lenguaje
en psicoanálisis”, que el síntoma es verdad; que en psicoanálisis
la verdad se presenta siempre bajo la forma del síntoma, es
decir, bajo la forma de un elemento perturbador en lo real.
Pero
en la última parte de la enseñanza de Lacan, el síntoma no
es solamente una falla en el funcionamiento, sino que lo que
empieza a acentuarse es lo que podría parecer lo contrario,
es decir, el síntoma como un modo de funcionar, un funcionamiento.
Entonces, más que un desarreglo, es un arreglo.
Este
punto de vista, en realidad lo podríamos encontrar en Freud,
en su texto “Inhibición, síntoma y angustia” cuando habla
de la incorporación del síntoma al yo. Piensen que este concepto
de “identificación del síntoma al yo” está emparentado, podría
ser un antecedente, de la “identificación al síntoma”.
Incorporación del síntoma al yo e “identificación al
síntoma”. Esta incorporación del síntoma al yo hace desaparecer
el carácter extraño del síntoma y permite al sujeto reconocer
el síntoma como parte de su personalidad. Este aspecto del
síntoma es más evidente en la neurosis obsesiva que en la
histeria, porque en la histeria hay siempre más extrañamiento
en relación al síntoma, una mayor molestia en relación al
síntoma.
El
síntoma entonces, ya para Freud, aparece como la continuación
del goce pulsional, de lo que Freud llamaba la satisfacción
pulsional por otros medios. Si acentuamos esta dimensión,
entonces ya no se va a tratar del síntoma verdad, sino del
síntoma goce. Esto podemos verlo en la diferencia que había
entre el síntoma como una formación del inconsciente —que
Freud lo agrupaba junto con el sueño, los chistes, los lapsus—
y el síntoma que Freud relacionaba con la inhibición y la
angustia. Ahí ya teníamos el síntoma verdad en las formaciones
del inconsciente y el síntoma goce en “Inhibición, síntoma
y angustia”.
Entonces,
si miramos las cosas desde la perspectiva del síntoma goce,
podemos decir que el ser hablante goza siempre de un modo
sintomático. Esto fundamenta la queja habitual; porque cada
uno se queja que su goce no es exactamente el que debería
ser o el que querría que fuera; o que no se termina por adecuar
a lo que el sujeto quiere.
El
síntoma goce entonces, no es una formación del inconsciente,
sino que es un medio de satisfacción de la pulsión, y esta
es la parte del síntoma en que este se presenta como completamente
diferente de las demás formaciones del inconsciente, tal como
Miller lo ha trabajado en varios de sus artículos. Es decir,
que en el síntoma no es tan evidente como en el sueño o el
lapsus que se trate de querer decir la verdad. Tanto el primer
Freud, como el primer Lacan, unen el sueño, el chiste y el
lapsus con el síntoma en tanto formaciones del inconsciente.
Pero Freud separa el síntoma de las demás formaciones del
inconsciente en “Inhibición, síntoma y angustia” y el último
Lacan subraya que el síntoma no es fugaz –como las demás formaciones
del inconsciente–, sino que al revés, es duradero, y es duradero
justamente porque trabaja para el goce.
El
último Lacan va a meditar sobre el último Freud y va a proponer
que el inconsciente funciona para el goce. No es, por supuesto,
la primera manera en que Lacan nos presenta el inconsciente.
El inconsciente, el aparato psíquico del primer Lacan, funcionaba
claramente como un querer decir. El inconsciente quiere decir;
esto es muy claro por ejemplo en el grafo del deseo donde
el che vuoi? puede traducirse por "¿qué quiere
decir?" cuya respuesta es "quiere decir el deseo". La pulsión
misma funciona a nivel de este grafo como un "querer decir";
de algún modo, está explicada la pulsión en la lógica del
significante.
En
el Seminario 11 y en el escrito correspondiente a este Seminario
11, “Posición del inconsciente”, algo empieza a cambiar. Recordarán
que en este seminario –que se corresponde con lo que Miller
ha llamado el paradigma 4 en “Los paradigmas del goce”–
es donde aparecen las dos operaciones de alienación y separación.
Para Lacan en este momento, lo que es el inconsciente propiamente
dicho es la alienación. La alienación es la estructura de
las formaciones del inconsciente que se traduce en la división
del sujeto. Es decir, que el inconsciente propiamente dicho
es una operación puramente significante. Al obtener el objeto
pequeño a en la segunda operación, la de separación,
va a ser necesario salir del significante. Esto implica de
algún modo salir del inconsciente e introducir el cuerpo,
el organismo y la pulsión. Es decir que Lacan articula en
el Seminario 11 y en el escrito “Posición del inconsciente”,
inconsciente y pulsión, que aparecen como dos de los cuatro
conceptos fundamentales del psicoanálisis; los podríamos homologar:
el inconsciente a la alienación y la separación a la pulsión.
Entonces, el objeto a aparece aquí como el primer suplemento
del inconsciente, como el primer suplemento del significante
–estamos al nivel del Seminario 11 y del paradigma 4 del "goce
normal o fragmentado"– y comienza a introducirse algo que
ya no es para el querer decir, sino para el goce. Ese "para
el goce", después va a tomar muchas formas en la enseñanza
de Lacan, pero primero va a aparecer como objeto a.
A esta altura, tenemos el significante del lado de la verdad,
del lado del mensaje y luego tenemos el "para el goce" del
lado del objeto a.
Habíamos
dicho que el siguiente paso que da Lacan –que es lo que Miller
va a trabajar en el paradigma 5–, va a ser proponer un matema
que unifique el inconsciente con la pulsión, que es el matema
de los discursos; porque los discursos ponen a trabajar en
un mismo matema los tres términos significantes: $
, S1 y S2 y el a. Es decir que
empiezan a moverse en el mismo matema el significante y la
pulsión, el significante y el objeto a. Aquí hay un
intento de unificar inconsciente y pulsión –que estaban separados
en el Seminario 11 o sea, en el paradigma 4–; el inconsciente
como discurso incluye al objeto a y ahora la cadena
significante inconsciente trabaja para producir un plus de
goce, un más de goce. Porque el inconsciente pensado solamente
en términos significantes se devela como incapaz de unir
el inconsciente con la pulsión, no puede unir el inconsciente
y la pulsión, lo cual va a ser un problema a lo largo de toda
la enseñanza. Este intento de unir el inconsciente y la pulsión
va a introducir al objeto a en la lógica de los discursos.
Más
adelante, el "síntoma" será el nombre para intentar pensar
esta conexión entre inconsciente y pulsión. Porque ¿qué es
un síntoma en tanto síntoma goce? Es algo que reúne a la vez
una parte significante, descifrable y una finalidad de goce.
Es un aparato significante hecho para producir goce. Hay una
parte del síntoma que es real y que sirve al goce y hay otra
parte, la parte alienación del síntoma, que es mensaje, que
habla, que se descifra.
Podemos
decir entonces que la antinomia entre sentido y real está
en el corazón mismo del síntoma, es decir, esta cuestión que
lo real es el Otro o es el Otro del sentido. Y aquí se nos
hace patente la oposición entre deseo y goce, porque el deseo,
como lo dice Lacan claramente, es la interpretación; el deseo
es un querer decir entrelíneas y es idéntico al desciframiento
que se hace de él, mientras que el goce no es un concepto
que esta hecho a medida para la interpretación. El goce no
se lleva bien con la interpretación. Casi podríamos decir
que esto ya está en Freud, porque si bien Freud no inventó
el concepto de real, inventó la pulsión y la pulsión justamente
tiene que ver con lo real.
Lo
que Lacan va a encontrar al final de su enseñanza como lo
más real, va a ser el síntoma. Y justamente, en tanto es lo
más real, va a apartarse de la idea del síntoma como ligado
fuertemente al significante, o sea, del estatuto simbólico
del síntoma. Por eso el concepto de síntoma en el último Lacan
va a estar más vinculado a la escritura que a la palabra.
Lacan va a hablar, entonces, de cifrado. Y el cifrado va a
aparecer en la enseñanza de Lacan porque lo problemático no
es el efecto de significado, no es el efecto de significado
del significante, sino el efecto goce; y el efecto goce está
vinculado no al significante sino a la letra. El goce, entonces,
está en el cifrado.
La
letra es el significante considerado, justamente, por fuera
de su función de producir significaciones, entonces no es
descifrable; en este sentido lo que Lacan llama el síntoma
goce es una letra no descifrable, no tiene un sentido a descifrar,
sino que es un trazo, una marca, una cifra que indica el goce.
Esto no es lo que Lacan plantea a la altura del grafo del
deseo, porque a esa altura Lacan da un paso más para entender
el síntoma. Pero a la altura del grafo, para dar cuenta del
síntoma, a Lacan no le alcanza solamente con el efecto de
significado; en el grafo hay algo más que el efecto de significado.
En el grafo está también el efecto del fantasma.

Si
se diera cuenta del síntoma solamente a nivel del efecto de
significado, lo ubicaríamos en el s (A), pero para llegar
al s (A) hay que pasar por el $ ◊ a, hay
que dar esta vuelta.
O
sea, que primero hubo que pasar por el fantasma. Ya tenemos,
entonces, un efecto de significado, pero no sin pasar en el
grafo por el efecto del fantasma. Esto podría ser un antecedente
del sinthome, como esta cuestión del síntoma más el
fantasma —tal como está planteado por ejemplo por Miller en
Los signos del goce—. Podemos ver, entonces, al grafo
como un antecedente del sinthome.
Ahora
bien, ¿de qué trata el grafo? El grafo es fundamentalmente
un matema de la inscripción del sujeto en el Otro, porque
el deseo es siempre el deseo del Otro. Por eso el grafo del
deseo es también un grafo sobre el Otro; y lo que encontramos
es que la manera del sujeto de inscribirse en el Otro es que
al salir del grafo, en el final del grafo, el sujeto sale
identificado, esta identificación se escribe I (A).
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