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Boletín AMP-2010 N° 13
 

Entrevista a Ricardo Nepomiachi
Adriana Testa

1. Pareciera que va de suyo la conjunción mujeres y semblantes, ¿y del lado de los varones, qué podés decirnos?  
El ser hablante, como efecto de un discurso, es ser de semblante, ésta es su “naturaleza” y es esa naturaleza la que determina su realidad  psíquica, no lo Real.

El “hombre” no es sin semblantes.

Freud se refiere al mito de Edipo para señalar que se reduce a la cuestión del tener fálico. Es así que el varoncito se define como el ser que tiene algo que perder (amenaza de castración), por lo que el uso de los semblantes está al servicio de preservar “lo que tiene”, a diferencia del semblante femenino pues ella, con respecto a la referencia fálica no tiene nada que perder y el semblante funciona velando la falta, velando el agujero.

El varón protege sus bienes de la amenaza de ser despojado y el seguro que le garantiza es tanto la práctica masturbatoria como la impotencia. Cobardía en el encuentro con el Otro sexo.

2. En relación a la posición femenina, Lacan ha planteado la inherencia de esta posición con respecto a la posición del analista, ¿qué decir sobre esa relación tanto en el caso de un analista hombre como de un analista mujer? 
La posición del analista se homologa con la posición femenina, no con la varonil, en tanto que al analista le toca tener que hacer algo con “nada”.

Con su “no tener” o “tener nada,” producir una “causa de deseo”, lo que se nombra como semblante de saber, una significación de saber producida por “tener una nada”.

Lacan ubica la posición femenina “Más allá del Edipo” para señalar que no se mide con la horma de la castración.

En 1975,  formulará, de modo equivalente, que “el analista es un síntoma” y “la mujer es un síntoma”. El punto de conjunción de estas formulaciones es considerar al síntoma como un objeto para gozar, determinado por el inconsciente.

El analista, como efecto de un discurso, ocupa el lugar de un objeto que hace posible presentificar la causa de la declinación gozadora del inconciente.

No gozar de “ser” el objeto de la transferencia, que induciría en el analista las vertientes erotomaníaca o bien de deshecho masoquista, sino lograr acoger y preservar el “lugar” del objeto, no identificarse al objeto que le es asignado por el fantasma.

Así como “ella” se presta al fantasma del hombre y prestarse, hacer buen uso del semblante, no es identificarse, el analista se presta al otro como objeto para hacer de ello un imperativo a decir. 

Se trata de una ascesis que tanto el analista hombre como mujer deben alcanzar como “efecto de formación”.-