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La lógica de la cura
 
Sobre la Noción de Saldo Cínico (Implicancias éticas en la conclusión de la cura)

Por Guillermo Raíces

En su reseña del Seminario del acto psicoanalítico, Lacan alude al saldo cínico como resolución benéfica, aunque secundaria, de la pasión neurótica. No parece mencionar tan sólo las consecuencias lógicas de una cura iniciada por el acto analítico, sino también los resultados éticos de una conclusión. Por tanto, una lógica de la cura que debe dar cuenta del acaecimiento de un determinado posicionamiento ético. Y esto así, porque "en la ética que se inaugura con el acto psicoanalítico, de menos etiqueta, con perdón, por haber partido del acto, que todas las que se han concebido antes, la lógica gobierna, y de seguro ya que encontramos en ella sus paradojas", recalca Lacan[1].

Si en la ética del psicoanálisis la lógica gobierna, ¿qué decir del saldo cínico al término de una operación? ¿llega a adquirir dimensión de encuentro de una paradoja en la ética del psicoanálisis?

Decimos "saldo". Para el psicoanalista evoca una concepción económica: economía de la libido, economía del goce; el campo de lo económico propio del psicoanálisis. Trataríamos de definirlo como lo no transmutable del valor de un bien al cierre de una operación económico-financiera o, en su otra acepción, como el pago o finiquito de una deuda. Desde la perspectiva del psicoanálisis, podríamos pensar en el remanente de substancia de goce no reducido a la causa del deseo en un proceso analítico o en un ajuste de cuentas por el cual la deuda con el padre quedaría saldada.

Decimos "cínico" y enseguida debemos cuidarnos de especularizar a ese significante en términos de abyección. Tal es la solidez imaginaria que el semantema ha adquirido en nuestra cultura. No nos detenemos en calificar a un sujeto según las presuntas virtudes de su madre, pero vacilamos en categorizarlo como cínico. De ahí entonces ¿qué significa "ser un cínico"? Y más allá de su uso nominativo, a qué se llama "cinismo"?

Para despejar pronto algunas dudas: cínico no parece ser equivalente a canalla. Lacan distinguió para el cínico una postura que denominó foolery, esto es bufonería, payasada, tontería. Por el contrario, ubicó al canalla en la knavery, la maldad astuta, la jugada tramposa. El canalla es un coquin fieffé (un villano consumado), mientras que el cínico 'es un inocente, un retardado, pero de su boca salen verdades, que no sólo son toleradas, sino que además funcionan, debido al hecho de que ese fool está revestido a veces con las insignias del bufón'[2]. Más aun, Lacan adjudica al cínico una posición heroica y destaca su función paradojal de intentar que alumbre la verdad con una claridad particular a plena luz del día.

Sabemos algo acerca de la inexistencia de una lectura inocente de aquello que en una sociedad concierne al discurso del amo. Decir la verdad al rey requiere haber previsto un caballo veloz. ¿Ha sido el cínico clásico un heroico semblante de la verdad del ser o un síntoma elocuente del malestar en la cultura?

En una de sus acepciones, el Diccionario de la Real Academia observa que el cinismo es 'desvergüenza en defender o practicar acciones o doctrinas vituperables; grosería; imprudencia; obscenidad descaradas'[3]. El "Grand Robert" enfatiza coincidentemente esa descripción concorde con el juicio moral del amor aristotélico2 (pág. 374). Todos estos calificativos se originaron en considerar los platónicos a los cínicos tan mordaces y sin pudor como los perros. Pues el vocablo "cínico" proviene por vía latina del término griego kinikós, esto es, "de perro, lo perteneciente al perro (kyon)"[4]

El cinismo antiguo "fue más una actitud vital ejemplificada inolvidablemente en tres o cuatro figuras señeras que un sistema o una escuela filosófica original"[5]. Esas tres figuras consagradas fueron Antístenes de Atenas, Diógenes de Sinope y Crates de Tebas. Habiéndose identificado con el emblema perruno, se dedicaron a discurrir, mientras tomaban sol en cualquier parte, vestidos con un atuendo mínimo y mendigando para vivir. Su discurso, perdido en su mayor parte con sus escritos, se inserta en la filosofía con grosería y causticidad en forma de dichos y anécdotas. En ese sentido "el cinismo no pasó de ser una burlona pantomina confrontada a una estupenda tragedia"5. Según las circunstancias del caso, su crítica despiadada y sin contemplaciones se convertía en ocasional y oportuno mordisco de perro. Ha sido específicamente "una forma de pensar crítica, subversiva y revulsiva, frente al idealismo platónico y la retórica convencional".5

A través de Antístenes (446-366 a.C.), a quien se considera el precursor del cinismo, su posicionamiento ético provenía de las enseñanzas de Sócrates. Plasmando la figura y el accionar de un bufón hallamos a Diógenes (413-327 a.C.), inseparable de asociárselo viviendo en un tonel (en realidad, una gran tinaja) y buscando a un verdadero hombre con un farol encendido a pleno día. A contrapelo con las mínimas normas de convivencia, "el bullicio urbano es para el cínico un curioso obstáculo, un tanto grosero y sin sentido. En él se acomoda como espectador marginado y bufón ocasional ( ... ) desprovisto de patria, sin familia ( ... ) con una concepción del mundo que no ve trágico, sino absurdo"5. Para este "Sócrates enloquecido", según lo denomina Platón, cuestiones como el incesto y el parricidio significaban tan sólo errores de apreciación. En una ocasión, mientras se masturbaba en la plaza pública, se lamentaba de no poder frotarse también la barriga para quitarse el hambre. Por lo cual, la verdadera felicidad radicaba para el cínico en la autosuficiencia, viviendo conforme con la naturaleza y no con las complicadas normas sociales. Ser libre de ataduras, con ese criterio, es haber alcanzado la impasibilidad individual.

¿Por qué brota el cinismo en el mundo helenístico? Porque "es un síntoma histórico ( ... ). En una época de crisis ideológica y moral ( ... ) la aparición de estos tipos y sus prédicas es un síntoma manifiesto del malestar en la civilización y el rechazo de una cultura que denuncian como represora y retórica. ( ... ) [Ante ello] no cabía una salvación política, tan sólo un salvavidas personal para el naufragio; para escapar del azar y la violencia, y reírse de la Tyché"5, señala el estudioso García Gual.

Pues entonces, ¿el cinismo de un saldo de análisis equivale a la localización de un sujeto en la posición de Diógenes? En parte si y en parte no. Porque, me parece, Lacan distingue dos matices de cinismo: uno, el referido a "saldo cínico" y otro, el mencionado bajo la figura del fool en el Seminario de la Etica. Este último, relacionado con la frescura ética del cinismo clásico, mientras que el cinismo adjetivable al saldo de un análisis se revelaría en los hechos como "un barniz de cinismo, porque el cinismo es una alta ética, es una posición subjetiva que tiene toda su dignidad como ejercicio espiritual", aclara Miller[6]. Diríamos: es un sujeto en posesión de un saber del cual dispone al antojo de su goce. En este caso es válido acordar que "cuando los poderosos comienzan por su lado a pensar cínicamente -cuando saben la verdad sobre sí mismos y, sin embargo, "siguen adelante"-, entonces realizan por completo la moderna definición del cinismo", acota el filósofo P. Sloterdijk5.

En esa vía es de notar a la filosofía alemana diferenciando al cinismo clásico con el término Kynismus y al moderno con el de Zynismus, desde mediados del siglo pasado. Es ese cinismo contemporáneo propio del "desengañado" (non dupe), que engaña y se engaña (s'erre) en el mercado de los bienes al predicar que 'ser tonto y tener trabajo, eso es la felicidad'5.

¿Por qué el fruto de un análisis resulta ser cínico? su singularidad clínica es destacable porque "el cínico se encuentra en el punto donde es posible advertir que se terminan los análisis", asevera Miller[7]. En este punto terminal, "saldo" sería producto remanente de la salida del trance pasional neurótico, por cuanto ahora el sujeto detenta un saber sobre el gran Otro, el cual no sabe ni goza porque no existe. "Si el sujeto llega a darse cuenta de esto, eso resuelve no la castración, sino el hecho de representarla como una pasión, resuelve lo que llamaré la querella del Otro", señala C. Soler[8].

Fuera de la pasión, desengañado del otro, si el sujeto asume este saldo en tanto cínico, denotaría su apartamiento del otro portador del malestar en la cultura y soporte de la castración. Este distanciamiento entraña -y Lacan parece señalarlo así-, el ejercicio de un goce perverso en abierto enfrentamiento a los ideales de la sublimación. Esta solución secundaria importa a la causa del psicoanálisis mismo, "porque a cualquiera se le ocurre entonces que el goce considerado perverso está de veras permitido porque el psicoanalista se convierte en su llave"1. Es en la medida que el Otro pierde existencia para el sujeto, cuando ya no legisla sobre las modalidades del goce, que parece decidirse esta desmentida de la castración para el cínico.[9]

Si un fin de análisis resulta para cualquiera en la posibilidad de acceder bajo llave al lugar del analista (a), este notable saldo cínico deviene, entonces, Cosa seria. Su legitimidad conceptual descansa, en última instancia, en estar ceñida a la responsabilidad que le cabe a cualquiera -y aún más a un analista-, en la disposición que haga de las modalidades de goce. Esto es, del modo particular de hacerse una conducta en relación a la comunidad psicoanalítica.

 
 
Notas
1- Lacan, J. Reseñas de enseñanza. Editorial Hacia el tercer Encuentro del Campo Freudiano, Bs.As., 1984.
2- Lacan, J. El Seminario 17, La Ética del Psicoanálisis, Ediciones Paidós, Bs.As., 1988.
3- Diccionario de la Lengua Española, Real Academia; España, 1984.
4- Corominas, J. Diccionario Crítico Etimológico castellano e hispanoam., Tomo II, España, 1989.
5- García Gual, C. La secta del perro, Alianza Editorial, Madrir, 1990.
6- Miller, J-A, 'Harangues', en Archives de Psychanalyse (nov-dic 1990).
7- Miller, J-A, Hacia una clínica cínica, Simposio del Campo Freudiano, 1984.
8- Soler, C, 'Fines del análisis. Historia y teoría', en Finales de Análisis, Ediciones Manantial, Bs.As., 1988.
9- Aramburu, J, comunicación personal.