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La leyenda de la mujer sin nombre

Por Miquel Bassols

No hay un único Nombre-del-Padre sino muchos. Es sabido que este viraje en la enseñanza de Lacan tuvo muchas consecuencias, en especial en el estudio de lo que llamamos las estructuras clínicas. Estas estructuras están contadas -son tres- y casi ni esperamos ya contar con una nueva. Sin embargo, con los Nombres-del-Padre, a partir de su pluralización, parece como si siempre pudiéramos contar uno más. Los Nombres-del-Padre son diversos en tanto falta El Nombre-del-Padre y en eso se parecen a la diversidad de las lenguas comentadas por Mallarmé: diversas en tanto falta la única, la que diría todo.

Del mismo modo, nos hemos acostumbrado a reproducir aquel memorable aforismo lacaniano: "La mujer no existe", intentando sacar sus consecuencias por lo que respecta a la posición sexuada del sujeto. Y no siempre es fácil hacerlo compatible con lo que pensamos entender de la enseñanza de Lacan. La mujer no existe como un universal, pero ello no impide que hablemos de ella, que haya sujetos que se identifiquen con ella, que haya otros que se dediquen a parecer serlo, otros también que dediquen su vida a buscarla. Hay que diferenciar con todo, lo que correspondería a La mujer como objeto. A falta de la única queda la diversidad, sólo contable una por una, como en el caso de los Nombres-del-Padre, o como en el caso de los nombres de las lenguas...

Pero ¿cuántos nombres tendrá La mujer que no existe?

Encontré uno hace tiempo, uno entre otros que me parece especialmente adecuado, en una divertida obra de Josep Carner, ese escritor eminente del nuevecentismo catalán. La obra se autodefine como una "leyenda en cinco actos", situada en el México precolombino. Espero que su breve comentario sea útil para aquellos que no la conozcan - no tengo noticias de que haya sido traducida- especialmente para mis amigos del Grupo Andaluz de la EEP a cuyo pedido escribo estas líneas para su Correo.

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Primero, el nombre de la obra - "El Ben Cofat i l' Altre"[1]- para el que no es fácil proponer una traducción. "El Bien Tocado y el Otro" es tal vez la que le mejor va: el bien ataviado, con una toga de plumas bien vistosas, y el Otro, escrito aquí sin duda con mayúsculas, porque es el lugar de la palabra creadora en el que se desarrolla todo el argumento, lugar que se avendrá a ser ocupado por la serie de mujeres que desfilan por él.

El nudo del argumento puede resumirse de manera simple: el hombre que sube a lo más alto para igualarse a los dioses termina encontrando su fatal destino en el "dolor de haber nacido" - la expresión es de Carner. Pero lo más interesante está en el otro cabo del nudo: ese hombre, que en lo más alto buscaba ser el elegido del Otro -otro ideal, encarnado por la mujer divina- debe pagar entonces el precio de su propia elección para acceder a esa alteridad.

El Bien tocado, el que quiere mantener su cofia de elegido hasta el final, muere en el intento sin llegar a saber. El que acepta el precio de su propia elección, una elección siempre forzada por el encuentro azaraso, accede en su dolor de existir a cierto saber sobre la alteridad. El nombre que el autor da a este segundo personaje, para ponerlo en el otro plato de la balanza, es "L'Escabellat", "El Despeinado", pero el nombre evoca también a "El Descabezado", aquel que ha perdido la cabeza, en todos los sentidos de la palabra. Buen nombre para nuestro sujeto tachado, $.

Lo que se proponía como una ascecis a la divinidad femenina se ha convertido así en un vaciamiento del sujeto que, "per via di levare", modifica las leyes de la naturaleza en la cultura. Es el oficio del Descabezado, que desde un principio se ha confesado como el escultor de las imágenes de la diosa en la roca más alta del lugar.

Y no es una imagen cualquiera esa que el Descabezado ha esculpido encontrándole un nombre a la diosa. El atento lector de Lacan reconocerá en ella una de las figuras más enigmáticas a las que refirió la posición femenina: la figura de una rana -cf. su comentario a un impresionante cuadro del pintor Bramantino en el que aparece, haciendo de "pedant" del hombre muerto, la sorprendente imagen de una rana patas para arriba: "bien hecho para recordarnos la nostalgia de que la mujer no sea una rana".

¿Una rana? Sí, es una rana la que habla a cada hombre, noche y día, la lengua que el Descabezado quiere descifrar. Es con máscara de rana como cantor, en otra parte de la obra, interpreta la voz del Padre de los días y noches. Es en La Rana en la que todos suponen la causa de la elección final en el destino de cada hombre.

Hay en esta leyenda un curioso encuentro entre La Rana como Nombre que hace la ley -"sólo tu nombre es ley" dice el Bien Tocado en su canto a la diosa -, entre La Rana como el acto mismo de la nominación y La Rana como uno de los nombres de La mujer que no existe.

Pero sigamos el hilo que nos propone Carner, quien deja a La Rana como un producto del lenguaje de los hombres y conduce a los descabezados hacia otros encuentros con el Otro sexo.

Con Flor de Yuca, por ejemplo, que sólo se hace valer como perdida y dice a los hombres que la pretenden: "Y perderme a mí, Flor de Yuca, ¿sabéis lo que querría decir para cualquiera de vosotros? Pensadlo bien (...) Lo que yo os digo es que no os hace falta pensar en el otro. El juego no consiste en eso. ¿Entendéis? Que cada uno de vosotros se imagine que ya no lo obsesiono más, que ya he perdido toda ilusión, que camina sin objeto por algún lugar nunca sabido..."[2].

Hay otras posiciones del sujeto femenino en la leyenda, pero todas tienen en común el sello fálico con el que sostienen el deseo del Otro, el sello que Carner deja aparecer en cada uno de sus nombres y de sus discursos.

Hasta el encuentro del Descabezado con la que será su objeto inefable y que el autor, en un rasgo de ingenio, no encuentra otra forma mejor de llamar que "La Sense Nom", es decir "La Sin Nombre".

"La Sin Nombre" es, sin duda alguna, un nombre. La paradoja en la autorreferencia - un nombre designa a alguien sin nombre- hubiera hecho las delicias de Saul Kripke, quien definió al nombre propio como un "designador rígido" para distinguirlo de cualquier concepción como suma de propiedades del sujeto [3]. Y, sin embargo, "La Sin Nombre" es también la mejor propiedad... del objeto a.

Es que la paradoja de ese nombre, que es también la paradoja de la posición femenina, sólo se construye a lo largo de la leyenda como una verdad que sólo se dice a medias y más bien cuando ella, "La Sin Nombre", se mantiene en silencio. Cuando empieza a hablar - - "soy una sin nombre", dice - se define como aquella que quedó, por su origen, fuera de la ley fálica del padre. Más adelante, su silencio encarna el acto mismo de la nominación y queda reducida a ese puro significante que es su nombre. Se convierte finalmente en el objeto indescriptible del fantasma del Descabezado.

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La Rana que no existe, Flor de Yuca que se pierde... Tal vez "La Sin Nombre" sea el más lógico de los nombres de la Diosa Blanca, aquella de Robert Graves, anterior al Dios Padre singular del judaísmo y fundamento suyo, aquella de nombres infinitos en la que, al decir de Lacan[4], La mujer se iguala a uno de los Nombres-del-Padre.

 
 
Notas
1- Josep Carner, El Ben Cofat i l'Altre, Ediciones Proa, Perpinyà, 1951.
2- Ibidem, pág 65-66.
3- Véase al respecto el esclarecedor comentario de Jacques-Alain Miller en el Comentario del Seminario inexistente, Editorial Manantial 1992, pág 28.
4- Jacques Lacan, "El despertar de la primavera", en Intervenciones y Textos II, Editorial Manantial, Buenos Aires