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Relativos a la AMP - IV Congreso AMP: La práctica lacaniana
Nº2 –13 de Enero de 2003
Hacia la Conversación sobre "Los Principios de la Práctica Analítica"

SUMARIO:

Línea24
FUNDAMENTOS DE LA SESIÓN CORTA
Por Manuel Fernández Blanco

Línea116
NOTA BREVE
Por Antoni Vicens

Línea169
RESPUESTA A LA PREGUNTA 1
Por Miquel Bassols

Línea222
RESPUESTA A LAS PREGUNTAS 1,2 Y 3
Por Gustavo Dessal

Línea283
RESPUESTA A LAS PREGUNTAS 2 Y 3
Por Marta Serra

Línea407
RESPUESTA A LAS PREGUNTAS 1 Y 3
Por Vicente Palomera

Línea502
ALGUNAS RESPUESTAS
Por Rosa López

 
Línea24
FUNDAMENTOS DE LA SESIÓN CORTA
Por Manuel Fernández Blanco

Motivo de disputa de Lacan con sus contemporáneos, nos interesa la sesión corta aquí bajo dos aspectos.

El primero se refiere a su fundamentación clínica. Esta fundamentación supone que antes se halla producido el hallazgo, un hallazgo que, como ocurre en la historia de la ciencia, suele ocurrir empíricamente. Se encuentra algo y luego se trata de fundamentarlo.

Primero el hallazgo: « La modificación del ritual que Lacan operó, que se conoce bajo el nombre de sesión corta, toma en cuenta los resultados del aná­lisis de psicóticos y de niños. La posición fuera de discurso del psicótico que habla; la juventud de la palabra en el niño, en tan­to ésta supone ya ahí el lenguaje; la identificación del débil men­tal con la necedad del significante, llevan a Lacan a interrogar a quienes hablan en la talking-cure. El dispositivo freudiano le parece alentar cualquier cosa menos la charlatanería y, por eso, abrevia la sesión » (1).

En segundo lugar, sus fundamentos de doctrina. Al hablar de la sesión corta, el imaginario nos lleva a entender que se trata de una sesión de menor duración, pero no se trata de eso. Se trata por contra de entender la transferencia en tanto: « la transferencia es una relación esencialmente ligada al tiempo y a su manejo » (2). Y esto, porque la transferencia es la que introduce el tiempo en la atemporalidad de la repetición.

Que la transferencia esté ligada al tiempo y a su manejo, supone decir que en análisis no se trata de una crono-logía, sino de un logos del cronos -recordemos que Freud decía que el inconsciente no conoce el tiempo. Pues bien, la sesión corta pretendería hacérselo conocer volviendo, al tiempo, una función lógica. Dicho de otra manera, no es lo cuantitativo, porque en este caso « si on considère la séance à partir de quantité, il faut réglementer le nombre des séances » (3).

Cuando consideramos el tiempo desde la perspectiva de lo cuantitativo, la sesión se desarrolla en el tiempo, y éste le es exterior. Por contra, lo que Lacan hace es introducir el tiempo en la sesión. Recuérdese para ello que Lacan hizo eso en su escrito « El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada ». Instante, tiempo y momento son tres formas de decir que el tiempo analítico no es la duración, y que, como dice J.-A. Miller, Lacan aporta a la lógica los dos elementos que nos interesan: el sujeto, en algo que se postula como acéfalo, y el tiempo, en algo que lo desconoce -la verdad, la misma y eterna, del inconsciente.

Si el inconsciente insiste, y si su modo de insistir es lo que llamamos la repetición, ¿qué oponer a esa repetición, cerrada sobre sí misma, y con « todo el tiempo del mundo por delante »? La respuesta no podrá ser otra que la intervención del analista.

Esta intervención es potencialmente doble, ya caiga sobre el significante o sobre el objeto. Cada vez que el analista rompe el enlace entre dos significantes, busca hacer emerger el S1 situado en la frontera entre el sujeto y el Otro, y convoca al inconsciente a que responda en términos de objeto: « L'interprétation ça n'est pas un dit logique. C'est un dit qui comporte que le sujet y apporte la réponse, et pour le dire de la façon la plus générale, y apporte la réponse par l'objet. Par l'objet qu'il est » (4).

En las Jornadas del Campo Freudiano celebradas en La Coruña, en el mes de marzo de 1996, J.-A. Miller, ponía a la pesadilla como modelo de interpretación (5). En efecto: toda intervención del analista que coloque al sujeto bajo el S1 desconectado del Otro, o que le lleve a aportar su respuesta en términos de objeto, trabaja contra la repetición del inconsciente, porque ambos, S1 y (a), son lo no absorbido por el inconsciente, y su presencia tiene efectos de « acontecimiento imprevisto ».

Y es que la sesión corta no acorta el tiempo, sino el encuentro, encuentro alargado por lo imaginario y por la palabra vacía que le es propia, y encuentro evitado por la repetición.

La repetición abusa del tiempo, y, la sesión corta, usa el tiempo contra la repetición: « La séance variable ou la séance courte, c'est une méthode sans doute assez primitive pour que la suspension de la séance échappe à la mort symbolique, afin de faire en sorte que le temps vaille comme un réel et avec comme effet, précisément, d’empêcher l'analysant de s'en servir » (6).

Entonces, si la sesión corta busca impedir que el paciente se sirva del tiempo, la sesión corta es un no « pasar el tiempo »… para servirse de él.

 
NOTAS
1- Laurent, E., « Lacan clásico », en «Concepciones de la cura en psicoanálisis». Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1984, p. 10.
2- Miller, J.-A., «Los signos del goce». Editorial Paidós, Buenos Aires, 1998, p. 96.
3- Miller, J.-A., curso del 12/02/2000, « Les Us du Laps », inédito.
4- Miller, J.-A., curso del 25/04/1984, « Réponses du réel », inédito.
5- Miller, J.-A.,« La ponencia del ventrílocuo », Finisterre freudiano 7, 1997, p. 39.
6- Miller, J.-A., curso del 13/01/1999, « L’expérience du réel dans la cure analytique », inédito.
 
Línea 116
NOTA BREVE
Por Antoni Vicens

Cuando decidimos recibir a alguien en nuestro gabinete en el nombre del psicoanálisis, respondemos a una demanda de inconsciente que proviene de un síntoma indeseable. Me refiero con ello a un síntoma que, cerrado en su propio goce, defiende al sujeto de su deseo. Con nuestra presencia damos tiempo para que entre síntoma y deseo se manifieste alguna discordancia en palabras, actos fallidos, sueños y otras formaciones del inconsciente. Ese tiempo incluye todas las modulaciones de la prisa, la espera, la angustia, el olvido, el balbuceo, la regularidad, la duración, la sorpresa, lo interminable, lo perentorio; en suma, todas las formas de la transferencia.

Ese "dar tiempo" debe entenderse como una prueba de amor: el analista da lo que no tiene, pues ese tiempo no lo da en el sentido del discurso capitalista, sino como tiempo del deseo supuesto en la queja.

De entrada, la queja del sujeto restringe su demanda de amor a la figuración edípica. Eso es ya una entrada en la estructura, y permite nuestra intervención, pero en absoluto tomamos esa restricción como una significación cerrada.

Allí donde el sujeto se pregunta por la significación de su síntoma, por la elección de su amor y por la consistencia de su saber (para seguir los términos de las tres preguntas de la "Presentación"), leemos una dimisión del inconsciente a la hora de cifrar el goce. Se trata de una situación dramática, en la que el discurso no está a punto: demasiado discurso en la histeria, demasiado poco en la neurosis obsesiva. Ambos excesos causan sufrimiento. El trabajo de sostener al Otro y el ejercicio de sostener la existencia propia como Otra pueden llegar a ser una carga insoportable.

La sesión psicoanalítica es un tratamiento de esa demanda de inconsciente. Responde remitiendo el amor de transferencia a un amor por la letra, aunque sea en la forma más elemental de la puntuación. El corte de la sesión demuestra al sujeto que ese amor por la letra ya estaba en ejercicio desde siempre en su sufrimiento; y que precisamente eso era lo que le daba consistencia.

Así la interpretación extrae el goce de la transferencia para darle un valor de renovación del discurso.

Por supuesto, la regla fundamental es una enunciación, y no me faltan las ocasiones de versionarla de uno u otro modo en los primeros tiempos del encuentro con un sujeto que acude a verme como psicoanalista, y que ignora cuál es el ejercicio que le propongo. El imperativo de decirlo todo es un chiste cuya Dritte Person será el propio psicoanalizante: se halla en lo que clásicamente se llamaba el insight. Para nosotros ese insight es el momento en que el sujeto concluye y toma sobre sí su enunciación, olvidando el enunciado. Pero durante el tiempo de comprender, la fe en la regla fundamental se sostiene en el peso transferencial de la situación. Al final de las entrevistas preliminares ya no será regla, sino saber incorporado en lalangue.

Lo indispensable en el dispositivo analítico es el psicoanalista, es decir, alguien que no crea en el hic et nunc.

 
Línea 169
RESPUESTA A LA PREGUNTA 1
Por Miquel Bassols

Nunca me he encontrado diciendo la regla analítica de la misma forma. Es una constatación que está de acuerdo con lo escrito en el párrafo señalado de Lacan: "hasta en las inflexiones de su enunciado...". En efecto, aún tratándose del mismo enunciado, tanto el momento, la oportunidad, como el gesto o el tono de voz con el que se enuncia, hacen de esa regla algo particular en cada caso para dar, a partir de ese instante, un nuevo sentido a lo que se diga. Lo que se diga no será ya escuchado de la misma forma que en otro discurso, podrá ser interpretado en distinto registro, podrá obtener nuevas significaciones. Pero, por eso precisamente, es necesario que esa regla se enuncie en cada caso, de una forma u otra, para abrir el nuevo registro del discurso analítico. La cadena significante podrá ser tomada desde entonces de un modo fragmentado, en el que cada elemento podrá ser interpretado de forma distinta. Ello sólo es posible si quien escucha lo hace sin anticipar la significación. En este sentido, la regla de la "asociación libre" es una regla correlativa a la que debe seguir el analista en la llamada "atención flotante", que podría ser parafraseada como "no escuche lo que se le ocurra". Si la posición del analista se define en su acto por un "no pienso" es para llevar al sujeto a cumplir la regla de la que esa posición es la contrapartida en acto.

La regla analítica se presenta así de una forma paradójica: es una regla que es preciso que el sujeto olvide para cumplirla. De hecho, nadie puede decir lo que se le ocurra si piensa que debe decir todo lo que se le ocurre. Y el sujeto piensa que debe decir (todo) lo que se le ocurre precisamente cuando calla algo, generalmente porque piensa en quien lo está escuchando. Es lo que Lacan empezó por situar en su primer Seminario como el momento de la resistencia inherente a la significación del discurso en la transferencia. Y es lo que vino a decirme un sujeto a la entrevista siguiente de haberle enunciado yo esa regla: "eso es imposible". Y tenía razón, tal como le confirmé de inmediato para agregar que no por eso debía dejar de intentarlo. Pues es precisamente por este imposible que el decir del sujeto se confrontará en la transferencia a lo real, ese real que el analista deberá saber puntuar con su intervención. El sujeto debe "olvidar" entonces ese imposible puesto de manifiesto por la regla analítica para poder atenerse a ella.

Así he entendido entonces una idea sobre la regla fundamental planteada por Lacan en su Seminario sobre "El acto analítico". En la séptima sesión de ese Seminario, señala que se podría traducir la regla de la asociación libre como la regla del "significante en acto", para añadir que el verdadero sentido de la famosa "regla fundamental" es "la consigna: que el sujeto se ausente". Se trata precisamente de que el sujeto se ausente de sí mismo, se "olvide" del imposible de decir todo lo que se le ocurre y pueda librarse a los nuevos efectos de significación. Es esta dimensión del acto la que la enunciación de la regla fundamental debe hacer presente, cada vez.

 
Línea 222
RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS 1, 2 Y 3
Por Gustavo Dessal

1- "Hasta en las inflexiones" significa "incluso", y no "sólo". Es decir, que en todos los registros de la regla fundamental habrá de traducirse la singularidad del deseo del analista, tanto en el enunciado como en la enunciación. Existen distintos modos de pronunciarla, y ello depende tanto del estilo de cada analista, como del caso por caso. No siempre es necesario expresarla de un modo manifiesto. El analizante percibe el carácter no directivo de la escucha analítica, y eso puede determinar su seguimiento de la asociación libre más que cualquier enunciado al respecto. Por supuesto, en otros casos es necesario ser muy explícito al respecto, e ilustrar al sujeto sobre la función y el sentido de la regla.

Como quiera que sea, la regla fundamental es el recurso técnico insustituible, puesto que su seguimiento sólo puede ser fallido, y por tanto revelador del real en torno al que gira la espiral del discurso.

Al igual que para todo el conjunto de la experiencia analítica, la paciencia del analista es una condición indispensable. Ciertos sujetos requieren mucho tiempo para poder acomodarse a la regla fundamental, y otros, según su perfil diagnóstico, sintomático, o incluso conforme a su edad cronológica, requieren cierta dirección, bajo la forma de preguntas que puedan poner en marcha la maquinaria del discurso, especialmente en las etapas preliminares de la cura. El silencio como único semblante del analista conduce muchas veces al fracaso y a la interrupción de muchos comienzos de análisis.

2- Los efectos terapéuticos constituyen la base de la clínica analítica. Pero sucede que en psicoanálisis lo terapéutico requiere una conceptualización particular, que debe disociarse del espíritu médico y psiquiátrico. El efecto terapéutico no se define por la mera desaparición de un síntoma, y no puede considerarse sin contemplar la especificidad de cada caso. Todos los testimonios de pase, incluso aquellos que no han alcanzado la nominación, dan prueba de que la experiencia analítica le ha aportado a cada uno una rectificación en la economía mórbida del goce, y que ello se ha traducido como beneficio en el campo de la vida amorosa, del trabajo y la capacidad sublimatoria. El hecho de que el psicoanálisis aplicado sea capaz de generar unos efectos tales, aunque desde luego en diversos grados, incluso en casos de extrema gravedad, y que pueda dar razón de esos efectos, constituye el mejor y más importante aporte a la doctrina del psicoanálisis puro.

3- "En ciertas circunstancias, a partir de cierta temperatura, para expresarlo con una metáfora, las palabras pierden su sustancia, su significado, se destruyen, de tal modo que en ese estado gaseoso sólo los hechos, los meros hechos presentan cierta tendencia a la solidez, sólo los hechos se pueden poner, por así decirlo, en la mano y sopesarse como un mineral mudo, un cristal" (Imre Kertész).

Sin duda, una de las incidencias más importantes de la orientación lacaniana en la clínica analítica ha sido la modificación del concepto de temporalidad de la sesión, adaptándola a la estructura del inconsciente, que es una estructura de hiancia. Hoy en día, tras varias décadas de práctica lacaniana, resulta difícil imaginar cómo sería posible psicoanalizar bajo el estándar neurótico de los cincuenta minutos. La brevedad de la sesión se impone casi por sí misma, en la medida en que el encuentro analítico constituye la puesta en acto de un lazo social incomparable, que no está regido por el espejismo de la comprensión, ni de la empatía, ni del afecto. Una de las tareas fundamentales del analizante consiste en reducir su novela familiar a la sencillez del Haiku. Semejante condensación sólo puede producirse si se limita el crecimiento hiperbólico de lo imaginario, al que tiende el goce de la palabra. Desacomodar ese goce es una de las batallas que se libran en el terreno de la resistencia a la cura, y al igual que en el registro bélico, el factor sorpresa resulta indispensable. De todos modos, conviene no idealizar el valor de la sesión breve, so pena de convertirla en un nuevo estándar. El analizante también "aprende" a anticipar el corte de la sesión, y a acomodar su discurso a la brevedad que la práctica lacaniana le ofrece. Algunas veces, lo sorprendente puede ser que la sesión no sea breve.

Por otra parte, el corte de la sesión es un instrumento indispensable, que aplicado en el momento oportuno puede tener una eficacia mayor que el enunciado de una interpretación. De hecho, el corte es una variante de la interpretación, que puede emplearse para connotar significados y producir efectos diversos. En un caso servirá para realzar el valor de un significante, en otro para perpetuar aunque más no sea unos instantes la división subjetiva producida por un lapsus, aquí aludirá al valor de resistencia que cobra determinado momento del discurso, acentuando su carácter de palabra vacía, allá rendirá tributo a la emergencia de una verdad que se desea preservar del "ungeschehen machen", el mecanismo de anulación característico de la metonimia imaginaria. No obstante, conviene recordar que el corte de la sesión es una forma de interpretación entre otras, y que de ningún modo puede subsumirlas por completo. La interpretación como enunciado más o menos alusivo, más o menos significativo, o por el contrario, y según los momentos, fuera del sentido, sigue siendo una de las artes fundamentales del analista.

 
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RESPUESTA A LAS PREGUNTAS 2 Y 3
Por Marta Serra

2- Si la forma "pura" del psicoanálisis tiene importancia en mi vida es, fundamentalmente, porque la forma "aplicada" del mismo manifestó su efectividad sobre mi ser permitiéndome disfrutar de diversos efectos terapéuticos y de una importante adquisición de saber. Si el psicoanálisis puro, pues, ha llegado a interesarme es porque el psicoanálisis aplicado produce ciertas transformaciones que facilitan dos cosas totalmente diferentes: la vida con uno mismo y la convivencia con otros, aunque no siempre el modo en que eso se alcanza coincida con aquello que uno soñó obtener al inicio. Gajes del análisis.

Me pregunto, en ocasiones, si en ausencia de esa verificación personal habría llegado a interesarme de igual manera por el psicoanálisis puro.

No pienso que mi posición y mi experiencia al respecto sea generalizable, pero tampoco creo ser un caso excepcional, es más, creo que soy un caso bastante común, por eso no me parece una exageración afirmar que hay un único psicoanálisis que desarrolla su cuerpo teórico –vertiente pura- con lo que, en gran parte, obtiene de la aplicación de sus conceptos –vertiente aplicada- al sufrimiento humano, material de valor inapreciable para nuestras elaboraciones. Creo que sin la "aplicación" del psicoanálisis no hay ninguna posibilidad de mantener un lugar de existencia viva en el mundo... salvo que nuestro único deseo sea que Freud permanezca incluido en los tratados sobre teorías filosóficas o que Lacan continúe siendo grato al estudio de los lingüistas.

¿Posición utilitarista? Tal vez, pero no por ello falta de ética.

He conocido, como analizante, tres dispositivos distintos de una misma práctica analítica lacaniana y de la comparación entre ellos aprendí algo que ha sido muy importante para mí: la transferencia no surge... el analista se la gana – o no- a pulso, y la destroza –o no- con su no ser, y también con su ser que, sinceramente, tiene su participación en muchos momentos de la partida.

Creo que hay gente que buscando una "terapia psicológica" se embarca en un psicoanálisis, casi sin saberlo, creyendo que están con un "psicólogo". Hay que maniobrar con eso. Pero el caso exactamente contrario no es inexistente: hay quien puede creerse en análisis simplemente porque tiene "sesiones", en un "diván" y aquel o aquella que le atiende se presentó bajo el significante "psicoanalista".

Dos son necesarios para un encuentro analítico: uno que aporte su malestar, que esté dispuesto a trabajar sobre él, que -lo nombre o no- se sepa portador de un inconsciente que le determina y se haga responsable de lo que ese que le habita produce en su vida, y otro, no simétrico al primero, que esté dispuesto a su vez a arriesgarse –aportando su cuerpo, sus palabras, sus actos, etc...- para demostrar que es posible dejar caer el destino que pesaba como una losa.

Creo que no hay más encuadre que el particular a cada caso, que en cada acto el analista corre muchos más riesgos de los que puede medir, que hacer de analista requiere de osadía y también de precaución, que la experiencia es importante, que el mejor apoyo es lo "analizado" del analista y el peor enemigo son los puntos ciegos de los propios psicoanalistas y su corolario de infatuación.

Por tanto, hay algunas cuestiones que me parecen abordables, discutibles, por ejemplo, que no son los lugares comunes del dispositivo analítico los que hacen un análisis: el diván puede ser un estorbo, el Vd no es imprescindible, el acento no es tanto sobre el "pago" como sobre el "coste", sin un acto inaugural –siempre algo arriesgado- no hay transferencia que se establezca. Y también creo que tanto el silencio del analista como las sesiones cortas no son evidentes por su referencia a una práctica lacaniana sino que deben ser justificadas, en acto.

3- Pienso el corte de sesión como un "decir sin palabras" que tiene un objetivo, un contenido, aunque no esté explícitamente formulado. Desde este punto de vista se me ocurren tres cortes con objetivos totalmente distintos:

El corte que concluye.

El corte que relanza.

El corte que veta.

Estas tres maneras de dar por terminada una sesión analítica no surgen de la nada, no son consecuencia de un puro impulso sino que se apoyan en una causa concreta, son provocadas por las asociaciones del paciente. Es el discurso lo que orienta el corte, de tal manera que a cada uno de los cortes anteriores le correspondería una causa distinta:

Una elaboración de saber, un efecto de verdad.

Una deriva de la asociación libre.

Una posición activa de goce.

Por tanto, imagino el corte de sesión -con el valor de interpretación que comporta- como orientado a producir consecuencias subjetivas distintas en cada uno de los tres casos:

Efectos de pacificación.

Empuje a la asociación.

Inquietud.

Y, creo, además que puede localizarse en cada uno de ellos, tres distancias distintas a la interpretación expuesta, explicita:

No hay más que decir.

No es claro, aún, que hay que decir.

No merece la pena decir nada, ahora.

Estos serían los tres cortes que se me ocurren "analíticos", esto es, orientados al paciente y por el paciente. Creo que debemos también considerar los otros cortes, esos "no analíticos" que surgen por el analista y para el analista.

Hay tres cosas que me gustaría plantear:

Creo, sinceramente, que muchas sesiones, simplemente se "finalizan", se "acaban", lo que no tiene, en absoluto, el valor de interpretación de un "corte". Si el corte es un decir sin palabras no implica, en absoluto, que no vaya acompañado de otros elementos que refuercen su sentido: reconocimiento, aburrimiento, preocupación, indiferencia, cansancio... Siempre me pregunto como imprimen ese rasgo los analistas "pétreos".

Creo que el cortar una sesión es más sencillo que hacer una interpretación explicita, lo cual puede convertir el corte en un recurso de fácil acceso que acabe provocando una desvalorización del mismo para el paciente.

 
Línea 407
RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS 1 y 3
Por Vicente Palomera

Lacan señala que la dirección de la cura consiste ante todo en "hacer aplicar por el sujeto la regla analítica", y añade que "ese tiempo consiste en hacer olvidar al paciente que se trata únicamente de palabras". ¿Cómo entender esta articulación? Es lo que me propongo descifrar.

"Hacer aplicar la regla analítica" significa dar al sujeto las directivas que permitan el funcionamiento de la cadena significante. En este sentido, Lacan discrepa de aquellos que dicen haber abandonado la enunciación de la regla fundamental, argumentando que su enunciado importa poco (1). El psicoanálisis no se inicia y desarrolla de la misma manera se haya, o no se haya enunciado o formulado la regla.

La regla no es automática, no se entrega según un "modo de empleo". Es decir, según cómo se comente la regla se muestra también hasta qué punto llegó el analista en su propio análisis. Al enunciarla el analista dice su posición respecto al análisis mismo. En suma, en la enunciación de la regla tenemos la primera modalidad de enunciación del deseo del analista, si partimos de que "el deseo del analista es su enunciación", como Lacan subraya en la "Proposición de octubre de 1967".

¿Cuándo puede aplicarse la regla? Lacan responde a los post-freudianos, para quienes el pedido de análisis es considerado como una demanda de análisis. Para Lacan, el pedido de análisis no tiene nada que ver con la demanda. Si alguien pide hacer un análisis porque no puede vivir más, no es lo peor, lo peor es pedir un análisis sólo para saber. En estos casos, Lacan decía que él rechazaba esa demanda (2). ¿Qué significa esto? Significa que este pedido de análisis no llegará a la verdadera demanda necesaria para un análisis (una demanda cuyo resultado sería el deseo).

Ahora, la segunda parte de la regla: "(el analista debe) hacer olvidar al paciente que se trata únicamente de palabras pero que esto no excusa tampoco al analista de olvidarlo". Lo que aquí se dice es que el analista no debe olvidar que se trata sólo de palabras, aunque deba hacer olvidar al otro que se trata sólo de palabras.

Freud decía que se necesita saber cerrar la puerta del actuar (Agieren) y abrir la puerta del decir (Sagen) Es necesario que el analista indique que la vía de la actuación está cerrada, que si el analizante quiere hacer un trabajo analítico esta vía está cerrada, mientras que la del decir está abierta.

Hay quien nos dice: "Sí, muy bien, pero luego ¿de qué sirve decir?". Esto es, a mi entender, lo que indica Lacan cuando escribe "hacer olvidar que se trata sólo de palabras": el analista tiene que llevar al analizante al punto de comprobar que el verdadero acto es una palabra que cambia lo real.

Todos hemos sido tocados por las palabras de nuestra madre, de nuestro padre, una palabra es o bien demasiado, o demasiado poco. Un silencio, un grito, etc. cambian la situación del sujeto: esta es la vertiente del trauma que hemos recibido.

Un análisis apunta al reverso de esta vertiente del trauma, para encontrar aquella relación con la palabra que cambia lo real del sujeto.

Tomemos pues algo de clínica que nos enseñe cómo un sujeto puede cernir ese encuentro. Es una breve secuencia que nos permite anudar la primera y la tercera pregunta sobre la sesión breve.

El analizante entró en un silencio obstinado. Decía "no saber sobre ese silencio". Siguió el silencio y luego: "No sé que me pasa" (corte de la sesión). La situación analítica de la sesión siguiente fue una repetición de la anterior. Esta vez, al despedirse del analizante, el analista le dijo: "En la próxima sesión haremos un control".

El analizante al volver a la siguiente sesión, se dijo "desconcertado": "No entiendo nada". No entendía lo que el analista le había pedido y, sin embargo, no era la primera vez que controlaba con él. A decir verdad, la primera vez que fue a verle lo hizo para pedirle el control de un caso.

El analizante agregó: "no he preparado nada","no se me ha ocurrido nadie de quien hablar". El analista le dijo: "¡Seguro que pensó en alguien" . Sonriendo, el sujeto respondió: "Sí, en verdad, pensé en el primer caso que le traje para controlar, antes de empezar el análisis con usted"(...)"No ha vuelto desde hace varios meses, etc.".

Volvió a la siguiente sesión indicando que se le había ocurrido algo que le daba vergüenza decir. Había recordado un dicho materno, cuando su madre le decía que era mejor "dejarlo por imposible". Añadió que su silencio en las sesiones anteriores apuntaba a que se lo dejara por imposible. Apostilló, enseguida, que su madre le decía también que era un "caso perdido". Más sorprendido aún, agregó: "...y el caso del que le hablé es, justamente, un caso que he perdido". Este decir fue un acontecimiento con el que se concluyó la sesión. Ese "efecto de solidificación" (3) propio de la sesión breve se pudo verificar aquí.

Interrumpir los silencios permitió apuntar a la opacidad del goce del sujeto. En esta breve secuencia se anudan varias cosas: la primera, que la sesión analítica no es un asunto de técnica (según el modelo de "analizar las resistencias del sujeto" o "interpretar la defensa", etc.) sino de ética.

El analizante nos enseña que el tiempo de la secuencia no puede ser tomado como un tiempo psicológico, sino como un tiempo lógico y epistémico donde el sujeto se constituye en el curso de las escansiones. Podemos pues tomar el sujeto de la experiencia analítica como un sujeto que está en camino de constituirse, o mejor, de realizarse. El analista sólo tiene que hacerse partenaire de esta "realización del sujeto" ya que ésta es el correlato del nudo del síntoma.

Finalmente, la secuencia nos enseña que es el pasaje al decir lo que permitirá al sujeto encontrar los significantes de la lengua "materna" que tejen su destino y en las que está atrapado, y al mismo tiempo, los objetos a partir de los cuales intenta recuperar un goce perdido para siempre. El analista solo produce esta operación en la soledad de su acto.

 
NOTAS
1- Véase por ejemplo, lo que escribe Conrad Stein, en un artículo sobre la regla fundamental: "Poder y culpabilidad: Introducción a una plástica sobre la regla fundamental en psicoanálisis", en: Stein, C., La muerte de Edipo, Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1978, pp. 221-227.
2- Lacan, J., "Conferencias norteamericanas", en: Scilicet 6/7.
3- Leguil, F., "De la nature du consentement des analysants aux séances courtes", en: La Cause freudienne, 46, Navarin-Seuil, París, 2000, pp. 51-61.
 
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Algunas respuestas
Por Rosa López

Acerca de la frase de Lacan en la Dirección de la cura. Creo que, como todo aquello que incumbe a la técnica del psicoanálisis, la aplicación de una regla (en este caso la asociación libre) no puede sostenerse sobre su forma de consigna si no es en la medida que sirva a los fines de la tarea analítica. Aplicarla únicamente como consigna es equivalente al ejercicio del poder del analista allí donde se siente impotente para sostener auténticamente su práctica. De modo que es fundamentalmente en "las inflexiones de su enunciado" que las reglas técnicas tienen sentido, si y sólo si sirven como las vías por las que debe orientarse la cura. El hecho de que dependan de la enunciación (inflexiones del enunciado), es decir del deseo del analista, hace que la forma de comunicárselo al analizante sea tan variada como lo que implica la clínica del caso por caso.

Hay pacientes con los que no he llegado a formularla explícitamente porque no me pareció necesario, mientras que hay otros con los cuales me he extendido en algunas explicaciones no sólo acerca de la asociación libre sino también de otras cuestiones relativas al tipo de proceso que supone un psicoanálisis. El analista no lleva al paciente de la mano durante la cura, pero al principio hay que saber invitarle a que encuentre la puerta de entrada. Mantenerle en la ignorancia o en la confusión sobre la particularidad de la experiencia analítica no me parece que tenga interés. "No sé a qué vengo, ni qué tengo qué hacer, ni en qué punto estoy" son preguntas que a menudo nos dirigen los pacientes. Si estas se producen en el transcurso de un análisis hay que saber si conviene responder con el silencio. Pero si ocurre al principio, a veces es necesario indicarle al sujeto las señales del camino que tendrá que transitar, si es su deseo.

Por otra parte creo que hay que entender bien cuál es el interés y el objetivo de la asociación libre. La oferta, por parte del analista, de que el sujeto diga cualquier cosa, porque eso siempre querrá decir algo, o de que construya una secuencia de palabras sin sentido previo y que posteriormente encontrarán su sentido y su lógica interna, puede conducir al vicio de la sobreinterpretación: "Todo lo que digo tiene un sentido oculto que con el análisis aprendo a descifrar". Las consecuencias de esta especie de creencia en el inconsciente pueden tornar el análisis infinito o, aún cuando éste encuentre su fin cronológico, dejar al sujeto en un estado de analizante crónico del inconsciente. Ese que le encuentra a todo una segunda vuelta y que se transforma en el paradigma del sujeto del inconsciente y de la falta en ser.

Por eso el par asociación libre–interpretación debe tener como contrapunto el corte de la sesión, donde queda muy claro para cualquier analizante que la asociación libre no la detiene los 45 minutos reglamentarios, sino el deseo del analista. Detener la asociación libre es acotarla, reducirla, llevándola hacia donde interesa. Así que, en cierto modo, ofrecemos una libertad condicional.

Me parece que la importancia del corte no va en detrimento de la que tiene la interpretación. El corte no excluye la interpretación que sigue siendo necesaria. Lo que, a mi modo de ver, tiene un carácter más cuestionable es el silencio a ultranza del analista, sobre todo cuando bajo el silencio se encubre el no saber qué decir.

¿Cómo estar seguros de que cuando efectuamos el corte de la sesión no estamos guiados por la contratransferencia? Esta pregunta es formulada por los analistas de la IPA que buscan en el estándar "cierta" garantía sobre su acto. Y digo "cierta" porque, evidentemente, la misma pregunta puede hacerse extensiva a todo lo que el analista hace o deja de hacer durante los 45 minutos de la sesión.

En cuanto al "efecto de solidificación de la sesión corta" no sé si el término "solidificación" es el más próximo como sustantivación de "sólido". Hay otro que, personalmente, me suena mejor: "Solidez". Creo que tiene una connotación más subjetiva, incluso más ética.

Solidificación me evoca "petrificación del sujeto" "fortaleza del yo" "holofrase". Solidez es más evocadora de la seriedad de un sujeto que no es más una pregunta lanzada al devenir significante, sino que es capaz de realizarse como respuesta.

Es solo una mínima sugerencia, porque por otra parte estoy muy de acuerdo con la idea de "reducir el punto de elaboración". En ese sentido se podría decir que la asociación libre conlleva una ampliación, porque el sujeto hace pasar al dicho aquello que hasta ahora venía silenciando, y pone en juego toda la batería significante implicada en su fantasma. Pero el destino de esta apertura del inconsciente tiene que ser la reducción cada vez mayor, hasta que no queda casi nada para seguir rumiando.

Desde luego que mi experiencia como analizante me asegura de lo benéfico de este efecto de reducción que tiene repercusiones directas sobre el superyó. Contrariamente, hay un efecto pernicioso de cierto psicoanálisis que conduce al desciframiento inconsciente de cada uno de nuestros actos, el consecuente sentimiento de culpabilidad por todo ("me lo he buscado inconscientemente"), la imposibilidad de discernir entre nuestra propia falta y la que verdaderamente está del lado del otro o bien la manía de interpretar a todos los que nos rodean. El superyó se alimenta de esta noción del inconsciente, se convierte en el descifrador por excelencia, que siempre pide más y que introduce permanentemente la sospecha.

 
Responsable de la Edición: Andrés Borderías.