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Relativos a la AMP - IV Congreso AMP: La práctica lacaniana
Traducción española Nº 2
Tres textos de Jesús Santiago
El principio temporal de la práctica lacaniana
La contingencia y el tiempo
El tiempo en la metodología del testimonio
 
El principio temporal de la práctica lacaniana

No es sin razón el hecho de que la primera incursión de Lacan contra la práctica ritualizada del psicoanálisis haya surgido, exactamente, a partir de la cuestión del tiempo. Y en torno a esta cuestión él puede de alguna forma, mostrar las consecuencias adevenidas de una práctica que se somete a la regla cronológica del tiempo. Es evidente que la práctica lacaniana no descuida el modo por el cual la modernidad exacerbó su relación con el tiempo, generando normas y hábitos precisos. Ciertamente, el tiempo de un tratamiento psicoanalítico, y, sobre todo, el tiempo de la sesión analítica no escapan a las exigencias de nuestra época, que hacen el tiempo del analizante cada vez más exiguo. No son tanto los hábitos contemporáneos como la regla espacial del tiempo que provocan los cambios que la elaboración lacaniana ha promovido como una contribución axial a la clínica psicoanalítica. El saber nuevo que Jacques Lacan forjó sobre el tiempo , y, sin duda alguna, decisivo porque se constituye en el cerno de su posición no sólo en cuanto a las consecuencias indeseables del estándar , sino, también, sobre la fuerza con que una regla ritualizada tiende a imponerse en el ámbito de una práctica.

Es curioso observar el modo en que la exigencia del ritual del tiempo de duración fija de cincuenta, o cuarenta y cinco minutos se tornó una práctica obligatoria del psicoanálisis. Se apuntaba, des este modo, a limitar una supuesta omnipotencia imaginaria del analista, por lo que este no debería manipular el tiempo de forma imparcial introduciendo cambios intempestivos que comprometerían la llamada regla de neutralidad. Se ve, entonces, que es el propio argumento de la regla la que justifica el mantenimiento de otra regla. En ese vicio tautológico de las reglas, no hay lugar para los principios que orientan la práctica psicoanalítica. Según ese punto de vista, el paciente tendría, inclusive, el derecho de reivindicar su tiempo, cuya duración fuera fijada anteriormente, incluso si éste escogiera permanecer en silencio durante ese período. La existencia de este código de reglas permanecía como una ley común, a pesar de la aparición gradual de divergencias doctrinarias en cuanto a la manera de dirigir el tratamiento. En suma, se torna evidente que la quiebra de las resistencias en cambiar las reglas técnicas de la práctica, no debería poner en cuestión la rigidez del tiempo estipulado por el reloj del analista.

Y para poner en jaque la práctica estándar del tiempo, Lacan tiene que confrontarse, no solamente con la llamada ortodoxia psicoanalítica, sino, también, con la propia obra de Freud. Al decir que el inconciente no conoce el tiempo, se postula que los procesos inconcientes no sufren el desgaste del tiempo pues el deseo es indestructible. La idea que se extrae de esta afirmación es que sufriendo la presión constante del deseo, el inconciente en tanto memoria no tiene en consideración el tiempo. Ahora, para Lacan, al contrario que Freud, el inconciente expresa una afinidad esencial con el tiempo. No se trata de un elemento contingente cualquiera, sino de una afinidad que hace del tiempo un factor causal inherente al advenimiento del inconciente. Existen razones inherentes a la propia lógica del tratamiento y a los principios que rigen los usos de la palabra , que lo encaminarán a adoptar la práctica del corte de las sesiones.

Propongo, entonces, la siguiente cuestión: no es esa afinidad del inconciente con el tiempo que hace de la práctica lacaniana el envés de todo ritual estandarizado que rebaja la clínica al mero uso de las reglas técnicas? Quien desconoce que el cronometraje del dispositivo analítico sólo dificulta la aprensión sincrónica del material inconciente que de forma repentina y puntual eclipsa al sujeto del lenguaje. No obstante, la homogeneidad entre el inconciente y el tiempo no sirve únicamente para facilitar la emergencia del material inconciente , sino para valorizar aquello que concierne al momento de concluir. Para Lacan, el inconciente deja de ser algo real en la causalidad propia del funcionamiento psíquico y, en fin, se puede demostrarlo, pues es él lo que restablece la continuidad entre los síntomas y los eventos accidentales presentes, a lo largo de la historia del sujeto. Si el inconciente deja de ser el pasado y pasa a ser el futuro, es porque deja de ser una sustancia y se torna algo del orden de lo “no- realizado”, de lo que “no es”- , o que vuelve necesaria la decisión, el acto, la creación como ex nillo, la invención de saber, porque en esa falta se hace necesario un anudamiento (engajamento: contrato, enganchamiento).

Según J.A.Miller, se puede reivindicar la filiación de esta elaboración del principio temporal del inconciente, en el campo del pensamiento decisionista. O sea, aquel pensamiento que valoriza el carácter pragmático de un acto que,en el vacío de la verdadera decisión, crea el espacio mismo en que el propio inconciente se inscribe. Vale decir que al mantenerse como “no- realizado”, el inconciente se presenta en suspensión, como indeterminado; pero, es también sujeto de un deseo a realizarse. Tal vez se pueda decir que la práctica lacaniana es el revés del estándar en la medida en que toma al inconciente como relativo al deseo del analista, relativo porque aquél sólo se realiza como invención de saber, según vías que se muestren orientadas por lo real inherente al momento de concluir.

Traducción: Juan Carlos Tazedjián

 
La contingencia es el tiempo

En mi primera contribución a Paperstuve ocasión de plantear la siguiente cuestión: no es la homología- propiamente lacaniana- entre el inconciente y el tiempo, lo que hace de la clínica psicoanalítica el envés de un ritual estandarizado que, en el fondo, se confunde con la mera aplicación de reglas técnicas? Estipular reglas, se constituyó a lo largo de la historia del psicoanálisis en una tentativa de respuesta a la pregunta sobre las condiciones requeridas para que una práctica fuese calificada de psicoanálisis. Basta tomar contacto con los ya ultrapasados manuales de técnica psicoanalítica, para constatar el valor conferido a las reglas en los más diversos aspectos de la práctica, tal como: las reacciones transferenciales, el empleo de la interpretación, el tiempo de la sesión, las indicaciones y contra- indicaciones, y otros. En nombre de esas reglas se abre un flanco de indagación sobre los principios que orientan la práctica del psicoanálisis y, en ese mismo movimiento, se apaga aquello que es la fuente de su eficacia: la sorpresa.

La fuerza de las reglas

En el número anterior, Papers nº1, Marco Focchi pudo mostrar que las relaciones entre la regularidad y la sorpresa, entre el automaton y la tiqué , envuelven una complejidad que está lejos de ser captada por los referidos manuales. No se puede decir, por ejemplo, que la emergencia de la sorpresa sea un mero efecto de transgresión de la regularidad propia de una práctica. En verdad, se puede interrogar sobre la fuerza de imposición de las reglas, incluso para una práctica que busca orientarse por el lado intratable de lo real. Por más que la práctica lacaniana tenga la intención de colocarse como el envés de las reglas, se puede aún preguntarse si hay o no un estándar lacaniano? Es considerando esa complejidad que Lacan puede sustituir el problema de la ortodoxia , propia de la índole prescriptiva del discurso religioso , la cuestión epistémica de ser o no ser freudiano.¿ No es el caso de preguntarse si una tal orientación produjo resultados positivos para el futuro del psicoanálisis? ¿ O aún es posible afirmar que Lacan, en la última etapa de su enseñanza, , se contentó con una solución que apuntaba a sustituir las impregnaciones religiosas de la cuestión de la ortodoxia por la fuente epistémica del psicoanálisis? Es cierto que no, pues, como J.A.Miller nos ha mostrado, su énfasis recayó sobre el propio estatuto de lo real con el que lidia la práctica analítica, a saber: un real que no es más que sin sentido, pero también sin ley [1].

Y, a ese propósito, es cierto que, una vez más, es el tiempo lo que interviene como la última palabra de Lacan sobre las condiciones requeridas para que una práctica que se depara como lo real del síntoma, en el mundo contemporáneo, fuese calificada de psicoanálisis. Es el tiempo lo que permite explicitar que la demostración de lo real en juego en la práctica psicoanalítica es radicalmente distinta de esta misma demostración en cualquier dominio del saber científico. Se acabó el tiempo en que la enseñanza de Lacan, encantada por la contribución estructuralista de los años 50, procuraba hacer del psicoanálisis un compañero solidario del modo en que la ciencia procede con el saber. Si antes el psicoanálisis pudo estrechar sus lazos con el discurso de la ciencia, es porque se volvió signatario del programa que busca remover del saber las impurezas propias de toda forma de sentido. Es lo que J-A. Miller denomina “semantofobia” [2] propia del saber científico, teniendo en cuenta que éste se caracteriza por ser capaz de alojar un saber no real, que, por definición, se muestra exento de los efectos de sentido. Quién no reconoce, aquí, la vertiente del reduccionismo biológico de la psiquiatría contemporánea, que busca, de forma incesante, ecuacionar todo evento mental, en el ámbito de la biología del cerebro.

Lo real- con- ley de la ciencia.

Para la causa formal de la ciencia, lo real propio del fenómeno del trastorno mental, además de expulsar toda dimensión de sentido es, internamente, coincidente con leyes de la biología molecular del neurotransmisor interneuronal. La certeza con la cual lidia la ciencia, se impone por lo que Aristóteles denominó, de forma bastante simple, como “ la imposibilidad de lo contrario” , esto es, lo necesario. En verdad, la certeza del saber psiquiátrico actual se funda en ese real marcado por la lógica implacable de las leyes que regulan la relación entre los fenómenos mentales y sus causas. Rigurosamente hablando, se trata de un real que se demuestra por intermedio de la necesidad de estas leyes, en el sentido de que lo necesario es aquello por lo cual lo contrario es siempre imposible.

Tal como la ciencia, el saber analítico accede a lo real por medio de lo imposible, pero por un imposible muy singular que se enraíza en la contingencia y no en la necesidad. En otros términos, en lo real de la ciencia lo imposible es sometido al régimen de lo necesario y, por esa razón, se presenta como un real ávido de las leyes que puedan dotarlo de una arquitectura propia del saber en cuanto causa. En el psicoanálisis, lo real es sin ley porque la certeza que se obtiene de ese real está siempre condicionada por la contingencia, por lo que se presenta como inesencial y , definitivamente, variable. En el sentido amplio, Aristóteles define la contingencia como el carácter de lo que se presenta como pudiendo ser o no ser y, sobre ese punto de vista, hay equivalencia entre la contingencia y lo posible y, en el sentido estricto, ella es concebida como el carácter de lo que no es necesario. Si lo necesario es, también, visto como una modalidad del juicio e, incluso, como un modo de enunciación sobre lo real, la contingencia consiste, ante todo, en la propiedad misma de las cosas.

Lo real- sin- ley -es el tiempo

Si la práctica lacaniana se orienta por el principio de que el analista no se confunde con el sujeto es porque él accedió a un estado de disponibilidad para lo inesperado [3], para el encuentro con la propiedad misma de las cosas, con aquello que escapa no sólo al sentido de lo real sino a sus leyes. Es por medio de su desubjetivación que el analista se torna capaz de tratar ese lado incurable de lo real a partir de lo que él es para el psicoanálisis, o sea: el puro aleatorio, la eventualidad, el acontecimiento imprevisto. Y para ello se precisa no sólo del tiempo sino de la transferencia. Esto quiere decir que la transmisión de ese real , efectivamente, subvertido por la experiencia analítica, no se realiza por la sucesión cronológica del tiempo, pero sí por la interposición del tiempo de saber. Es en ese contexto que se inscribe la concepción lacaniana de la sesión analítica, enteramente congruente con la transferencia. La sesión analítica aparece, así, sometida al ritmo del trabajo de la transferencia, trabajo concebido como “la inmicción del tiempo de saber” [4] y no como la pura repetición del tiempo pasado. J-A Miller explicita esa lógica al proponer que el acento conferido a la repetición es el que anula el tiempo. Es preciso admitir que cuando una práctica enfatiza la repetición, refuerza el hecho de que cuando algo se repite, ese algo no modifica la repetición. En suma, la repetición no acumula las unidades de lo que se repite pues estas no presentan entre sí ninguna conexión.

Es la transferencia la que viene a contener la repetición débil del inconciente. En verdad, el pasaje de una concepción del inconciente como saber al inconciente como sujeto fue lo que reforzó los cambios radicales en la cuestión del tiempo en psicoanálisis. Por más paradojal que pueda ser, cuanto más enfatizó Lacan la vertiente del sujeto en el funcionamiento inconciente, más sobresalió el saber, evidentemente, desde una nueva perspectiva. Si en el primer caso prevalece un saber como repetición, un saber automático en tanto inscrito en las formaciones del inconciente, en el segundo caso prevalece una temporalidad que se abre a la contingencia o, por lo que se pasó a denominar entre nosotros, el acontecimiento imprevisto. Si el inconciente de la repetición es un inconciente intemporal, la transferencia traduce el inmiscuirse del tiempo en el saber, la interposición de algo que Lacan llama el tiempo lógico de la cura, que es nada más que la estrecha conexión de lo real con la contingencia [5]. Si la experiencia analítica existiese sólo para demostrar el lazo de lo real con lo necesario, quedaría al sujeto obedecer a sus leyes. Sin embargo, la presencia de la temporalidad lógica del saber- característica de la transferencia en la práctica lacaniana- estimula el acceso a lo real por otra vía, esto es, por la vía de la contingencia. En el fondo, se puede preguntar si la revolución lacaniana de la clínica de la contingencia, no terminó por repercutir en las propias reglas constitutivas de la experiencia analítica. Me parece evidente que la adopción del tiempo lógico para el tratamiento analítico desplaza la llamada regla fundamental hacia el tiempo de saber.

Traducción: Juan Carlos Tazedjián

 
NOTAS
 
El tiempo en la metodología del testimonio [1]

Continúo reflexionando sobre la importancia que la vía de la contingencia asume para la cuestión del tiempo en la experiencia analítica. Esta vez voy a hacerlo según una perspectiva que sólo se tornó posible a partir de la contribución clínica promovida por la práctica del pase, entre nosotros. Me refiero, sobre todo, al desplazamiento señalado por J.A- Miller, desde una perspectiva anclada en el matema hacia otra que se apoya en el énfasis puesto en la “metodología del testimonio” [2]. Esto se afirma considerando, inclusive, que hay un efecto de estructura inherente al dispositivo que se expresa en los términos de un “ empuje- a- la - novela” [3]. La novela aparece aquí como una modalidad de narrativa en que la función reguladora del sentido se hace por medio del tiempo de construcción de ese ser de escritura que es el personaje. Es la temporalidad necesaria para la construcción del personaje que constituye el eje esencial de la legibilidad de la significación de la propia narrativa. Insisto en que si el personaje es un elemento constitutivo de la novela es porque no es un dato a priori pero sí una construcción temporal, o sea, una forma vacía que va siendo llenada poco a poco de diferentes predicados.

Decir que esa construcción se relaciona con los procesos acumulativos por los cuales los trazos distintivos de los personajes se distribuyen a lo largo de la narrativa, supone admitir una temporalidad nada evidente entre una construcción o la obra, y su autor. Si Lacan puede postular que tal construcción viene primero y que , en el fondo, ella está a la espera del autor, es porque éste se reduce al lugar de retorno del discurso que viene del Otro, como un mensaje siempre invertido. El autor es aquél que llegará, tal vez, a encontrar el lugar que lo esperaba. Teniendo en consideración esa temporalidad entre el autor y la obra, Eric Laurent nos cuenta que durante las entrevistas preliminares se encontró con el siguiente decir de Lacan: “ Se termina siempre por tornarse un personaje de la novela que es su propia vida. Para esto no es necesario hacer un psicoanálisis. Lo que éste último opera es comparable a la relación entre la novela y el cuento. La contracción del tiempo que la novela hace posible, produce efectos de estilo. El psicoanálisis le permitirá captar efectos de estilo que podrán ser de algún interés” [4]

Como se ve, el énfasis en la metodología del testimonio supone tener en cuenta la exigencia lacaniana de la contracción del tiempo, lo que, a su vez, sólo es posible recusando el llamado “empuje- a- la- novela”. En otros términos, los efectos de estilo que el pase aísla, van siempre a contramano de la novela, o sea, tales efectos emergen en el lugar en que la tendencia a la novela- tomada como un efecto de estructura propio del testimonio en la experiencia del pase- vacila y hasta, incluso, fracasa. No obstante ¿ cómo concebir la incidencia de ese efecto de estructura en ese dato de actualidad en la clínica del pase que aparece, en la última enseñanza de Lacan, bajo la formulación de llamada “hystorización” [5]? ¿ En qué medida el testimonio, según la perspectiva de la hystorización se confunde con la historia en el sentido de su versión novelada?

Es, exactamente, lo contrario de esto que el proceso de “hystorizarse de sí mismo”- propio de la conclusión que se alcanza en el final del análisis- instituye como algo innovador en la metodología del testimonio. Si la historia se hace presente aquí, es porque el testimonio se apoya sobre el valor ficcional de un relato en el que predomina la aprehensión de los significantes amos (S1) que harán viable la conexión del aparato del síntoma con la posición de goce del sujeto. En otros términos, la “hystorización” es la respuesta que se encuentra en el lugar preciso en que el saber del amo se verifica impotente para responder a la cuestión que se plantea en la médula de la división del sujeto [6]. Es visible que el gesto que porta la histeria, en el horizonte del final de análisis, apunta a desembarazar ese final del “todo- saber” propio del tipo clínico de la obsesión. Si el punto culminante del pase deja de ser el matema, es porque prevalece la clínica de la serie, de las soluciones particulares de cada uno en cuanto al saber- cómo- hacer con el síntoma. Por lo tanto, es preciso matizar que esa adopción de la vertiente discursiva de la histeria en la clínica del pase, refuerza la importancia del testimonio en la lógica de transmisión del pasante , en detrimento de la demostración propiamente matemática.

Cuanto más avanzan las elaboraciones sobre la clínica del pase, más se detecta el carácter particular del tipo de solución que el pasante encuentra en el final del análisis. Se observa aún que las soluciones resultantes de la “hystorización”, exigirán al analizante encontrarse con los acontecimientos que, por definición, encarnan lo que hay de más contingente en el transcurso de sus vidas y de sus análisis. Se puede decir también que la relevancia de la dimensión del relato es la contrapartida inmediata del lugar privilegiado que la contingencia, propia de lo real- sin- ley pasó a tener en la transmisión del final de un análisis. Desde el punto de vista del guiño que los acontecimientos- llamados imprevistos- producen en el curso de la experiencia, los casos de pase pueden ser considerados como paradigmáticos de un relato en que el personaje cuenta menos que los efectos de estilo que resultan del destino del síntoma en el final. Está claro que se debe relativizar esta afirmación sobre el carácter paradigmático de esos casos, pues la perspectiva de la “hystorización”- con su acento en el testimonio- torna al pase aún más congruente con las soluciones particulares y poco accesibles a las generalizaciones y formalizaciones apresuradas.

Si el testimonio resultante de la “hystorización” privilegia los efectos de estilo es porque se operó una contracción del tiempo, propio del pasaje de la novela al cuento, que se destaca en el decir de Lacan dirigido a Eric Laurent. Esto quiere decir que esos efectos de estilo se oponen a la temporalidad propia de la construcción del personaje en la narrativa de la novela. Así, esos efectos, exigen una contracción del tiempo compatible con la operación analítica de captura de los significantes amos (S1) que cuñan la trama ficcional del pasante y, en ese mismo instante, corroen al personaje que, hasta entonces, se colocaba como el principal protagonista de su historia. En cuanto al saber- hacer- con el síntoma, esos efectos de estilo, fuera de cesar el desciframiento significante, son el signo de que, en esa forma de testimonio, los significantes amos se desprenden, irremediablemente, del personaje que otrora les diera soporte.

Traducción: Juan Carlos Tazedjián

 
NOTAS
1- Esta reflexión es el resultado del relato del grupo de investigación formado en función de las VIII Jornadas de la EBP-MG, sobre el tema del “destino del síntoma en el final del análisis” . La investigación se basó en el estudio detallado de cinco de los relatos y actividades de enseñanza de los AE, publicados en revistas y libros de las Escuelas de la AMP.
2- J.-A Miller . Le lieu et le lien, leçon du 23 mai 2001.
3- Idem.
4-E. Laurent: “Cuatro observaciones acerca de la inquietud científica de Jacques Lacan”. en “¿Conoce usted a Lacan?. Paidos, Buenos Aires, 1995
5- J.-A Miller . Le lieu et le lien, leçon du 23 mai 2001. Los remito a las formulaciones originales, presentes en esta lección del curso, sobre el pasaje del escrito de Lacan “Prefacio a la edición inglesa del seminario XI” , en la cual surge la concepción del pase basada en la formulación de la “hystorización”.
6- D. Laurent. “Efectos paradojales del pase. Contribución al tema del Congreso de la AMP.UQBAR, París, 25 de junio del 2002.