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Curso del miércoles 28 de noviembre de 2007

Constato –voy a tener que tomar un vaso de agua– que he ganado una libertad más amplia en este Curso, un grado más importante de libertad.

Deben ser varios los factores que se juegan para que sea así, pero seguramente interviene el hecho de abordar al fin aquello que iba dejando desde hace años para más adelante, esto es, la última de las últimas enseñanzas de Lacan. Como lo había indicado el año pasado, ese tramo final de su enseñanza produce un extraordinario alivio, los reconduce a la experiencia analítica como tal, la experiencia –entre comillas– "desnuda".

La experiencia no está "desnuda", sino vestida de estructura, vestida de los dichos de Freud y de Lacan, estructurada por ellos; la experiencia analítica no se encuentra en estado de naturaleza. Ahora bien, como el psicoanálisis silvestre (wilde psychoanalyse / psychanalyse sauvage) existe, es preciso que module esta afirmación. En todo caso, el psicoanálisis que nosotros practicamos, se sitúa en el plano de lo doméstico, está domesticado. Hay un cierto número de nosotros que lo practica en su casa, a domicilio, es decir, bajo la forma de un animal doméstico.

Sí, hay algo del psicoanálisis que existe en estado silvestre, en la medida en que se funda en la estructura del lenguaje, estructura que es de por sí un producto elaborado. En fin, como quiera que sea el psicoanálisis está fundado en la lengua, en el hecho que existe un animal que produce ruidos con su boca y esos ruidos –¿cómo decirlo sencillamente?– se distinguen de los pedos. Lo digo así como me viene. También pasa por aquí la libertad ganada, una cierta libertad de asociación.

Volví a leer la trascripción del último Curso, respondiendo a la insistencia de mi amigo Luis Solano en cuanto a enviarlo al mundo virtual; él me explicaba que cuento con un público mucho más allá de estos muros y que se está generando impaciencia, en particular en Buenos Aires, Argentina, de donde él es originario. Por esa razón recibe grupos de compatriotas que quieren participar también ellos de la fiesta, en la medida en que ya se transmitió que estoy en buena salud (risas), como también ocurre cuando me enfermo. De modo que más me vale poner toda mi atención en mantenerme sano.

Por mi parte, no me convencía del todo que mi primer Curso fuese difundido, temiendo que la mujer de los cuatro amantes viniese a ser reconocida en alguna parte del mundo. Si bien a ella no le hubiese molestado, a mí sí. Por eso, en la medida en que al releerlo encontré más decente mi Curso del miércoles pasado, se lo remití esta mañana y me dijo, cuando me traía para aquí, que ya estaba en circulación por el mundo.

La versión que releí daba cuenta detalladamente de mis desplazamientos, mis gestos y toda mi escenografía. Me quedé estupefacto. No me había dado cuenta que gesticulaba tanto. En este momento, podrán señalar (risas) que me mantengo bien derecho, con las manos cruzadas, en la actitud que corresponde a un profesor. Y conservo una pequeña sonrisa.

Este Curso es un verdadero espectáculo en vivo. ¿Se trata de una comedia?

Sí, por lo demás, es así como titula uno de sus libros mi amigo BHL, "Comedia", libro que no había leído. En un correo electrónico que me había remitido, como respuesta a uno de los míos donde le decía: "Escribo a propósito de Ud., pero en particular sobre su libro, ya que Ud., a diferencia de Sollers, no redactó sus memorias. BHL me dijo entonces que sí las había redactado, pese a todo, pero lo había hecho a medida que iba componiendo otras de sus obras, entre ellas la que lleva por título "Comedia". Como le aclaré que no la había leído, me afirmó que me la hacía llegar al día siguiente –él estaba en ese momento en los Estados Unidos. Y eso fue lo que ocurrió, en efecto, las Éditions Grasset depositaron en mi domicilio esa obra, incluso con la indicación de la página que BHL me aconsejaba leer.

Tengo que decir que eso me encantó. Por el momento sólo leí la mitad; se trata de un monólogo con el cual me sentí de inmediato en simpatía y despertó mi admiración.

Entonces, en lo que a mí respecta, digo Comedia.

¿De dónde procede esto? ¿Cómo llega hasta mí este legado? Esta es la pregunta que no pude dejar de plantearme. Algo que me orientó, en el momento de reunir mis notas, en una dirección por completo imprevista para mí.

No me faltaban cosas para decirles, ya que en primer lugar tenía que revisar mis recuerdos a propósito de Deleuze; como pese a mis esfuerzos no podía encontrar en mis bibliotecas "Diferencia y repetición", lo mandé comprar de nuevo; me disponía así a cotejar el texto y lo que por mi parte había podido decirles respecto de él, donde hay justamente un capítulo llamado "La imagen del pensamiento", etc.

Por lo demás, había ido sembrando en el transcurrir de este Curso una cantidad considerable de alusiones, que no reclamaban otra cosa que ser desarrolladas, entre otras aquélla que se refiere a la criptografía. Me faltó decirles en esa ocasión que ese método, señalado entonces como el más simple y que procede, como recordarán, apelando sencillamente a la sustitución del orden de las letras del abecedario, es conocido bajo el nombre de código de Julio César, quien al parecer lo practicaba. Esa sustitución queda planteada como el método más antiguo de la criptografía; supone la sustitución mono–alfabética, de modo que sólo admite veintiséis combinaciones posibles, tantas como letras del alfabeto. Les desaconsejo entonces servirse de él, ya que si manualmente no es demasiado difícil llegar a ese número, valiéndonos de la computadora, basta con un clic.

Entonces, si tienen que enviar mensajes secretos a potencias extranjeras, por ejemplo, con los secretos del significante de la transferencia o bien librarles nuestros últimos métodos psicoanalíticos respecto de la psicosis ordinaria, no se valgan del código de Julio César.

Tenía, por otra parte, una montaña de verificaciones que hacer, sobre todo en cuanto a lo que había evocado como chic. Hay por cierto un mensaje secreto en el "Viaje al centro de la tierra" de Julio Verne, incluso se ubica allí al comienzo: el Profesor Lidenbrock, eminente geólogo, compra la obra de un autor islandés del s. XII, algo que no ocurre todos los días; Borges lo hacía porque adoraba las sagas islandesas, de las que se ha editado un volumen importante en la Pléiade. El Prof. Lidenbrock le muestra a su sobrino Axel la obra y descubre adentro un pergamino donde se encuentran dibujados signos rúnicos –esto es, caracteres de la lengua islandesa–; ambos intentan descifrar el misterio de ese pergamino y consiguen hacerlo. El mensaje así descifrado en un precario latín podría volcarse, también precariamente, en estos términos: "Desciende el cráter del Yocul de Sneffets que la sombra del Scartaris viene a acariciar antes de las calendas de julio, viajero audaz, y llegarás al centreo de la Tierra. Fue lo que hice". El mensaje lleva la firma de un supuesto alquimista brujo del s. XVI, Ame Saknussemm. Así comienza el "Viaje al centro de la Tierra" y es siguiendo las huellas de este islandés, Jérôme Cardan, que el Profesor y su sobrino se encaminan hacia el centro de la Tierra.

Se trata de un texto que creo no haber releído desde la edad de 9 o 10 años y del que sin embargo conservé el recuerdo, por lo menos el de la importancia que en él tenía un mensaje secreto. Pero hay también otra razón para esa presencia en la memoria.

Entonces, la cuestión de saber cuál era la procedencia de esta comedia, del hecho de poner en escena una comedia respecto de las ideas, me hizo diferir lo que había preparado para continuar, donde era posible encontrar a Nietzsche, Heidegger, Baudelaire, además de las aclaraciones respecto de aquello a lo que aludí la última vez, para echar anclas –así fue como surgió en mí– en la vía de la confidencia.

Será preciso que me resigne a eso (j´en passe par là). Después de todo, comprometí en esa dirección a mucha gente; la comprometí a hacer el pase en un determinado estilo. Por supuesto –y dado que a partir del momento en que aparecí en escena una buena parte del medio analítico me reprocha que respire–, se me reprocha el estilo espectacular que acordé al pase, en la medida en que el pasante, consagrado Analista de la Escuela, expone ante un vasto público los elementos básicos de su caso. Seis, siete, ocho personas lo hicieron hace ya mucho tiempo bajo mi dirección, en un Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis que tuvo lugar en la ciudad de Buenos Aires.

Por mi parte, sin ser yo mismo Analista de la Escuela, mantengo una responsabilidad en lo que hace al intento de sostener la experiencia del pase y darle continuidad; así, una vez disuelta la Escuela Freudiana de París, ofrecí tres conferencias tituladas "Por el pase" –y lo hice en un momento en el que todavía no practicaba el análisis. Concluida una de ellas, quien era entonces mi analista le comentó a uno de sus buenos amigos: "¡Hay que pararlo a este tipo!" –¡y yo era su analizante!–, algo que esa persona me hizo llegar en aquel momento, cuando era más amiga mía que de él, antes de dejarme de lado también a mí. Al día siguiente, en su consultorio mi analista me felicitó.

De modo que muy tempranamente me comprometí a favor del pase y fui en efecto responsable de su espectacularización. No hay entonces razón, después de todo, para que no pase también yo por allí (j´y passe).

Vayamos así a mi propio caso clínico.

No me di cuenta de inmediato que la cuestión adoptaba este giro, pero la lógica me fue conduciendo en esa dirección. En un primer momento, sólo entendí que hacía la confidencia de mi gusto por el teatro, algo que me saltó a la vista leyendo la trascripción de mi Curso.

Siempre hubo autores que me inspiraron pasiones y el primero de ellos ha sido Molière. Debe ser cuestión de mis 63 años: yo esperaba que ocurriese algo a partir del momento en el que me había dado cuenta que los tenía. La última vez que me había detenido a pensar en mi edad, tenía 51; por entonces me decía que me sentía tan joven como si tuviese 41; después, no pensé más en el tema. Hizo falta que Charlie Hebdo me llame al orden para que considere la edad que tenía Lacan cuando lo conocí.

Como ya lo había anunciado la última vez, se trata de algo que no dejaría de arrastrar consecuencias, dije que iba a continuar andando... Y aquí estamos. En efecto, si paso al registro de las confesiones es porque eso sigue andando y es preciso que lo deje atrás. ¿Qué cosa? ¡Mi juventud!

Me enternecen mi juventud, mi infancia; es quizás el comienzo de la demencia senil y sería necesario que consulte al respecto a mis colegas psiquiatras, con más experiencia que yo en el tema. ¿No es así como empieza la demencia senil? Bueno, entonces, todo está bien.

Tuve ocasión de traer aquí mis dos volúmenes de las obras de Molière editadas por la Pléiade, que son los dos primeros libros de esa casa de edición que tuve. Uno de ellos tiene una página rasgada y muestra así una cicatriz que aprecio mucho.

Recuerdo muy bien la ocasión en que a la edad de 9 años, leyendo "El avaro" –creo que se trataba de esa obra, no lo verifiqué, quizá se trataba de "El burgués gentilhombre"– tirado panza abajo dejaba escapar pequeñas risas de placer. Debí cambiar de posición para tomar un vaso de agua –o tal vez escuché que me llamaban– y estaba tan impaciente por retomar mi lectura que hice un movimiento brusco sobre la cama... y rasgué la página.

El incidente queda como testimonio de la pasión, de la avidez, el deleite goloso, el goce que me proporcionaba leer ese texto. Y se trataba de un dato surgido en la inmediatez: desde que aprendí a leer, siempre me gustó hacerlo y fue algo que los demás no dejaron de registrar: "A este chico le gusta leer..."

Recuerdo incluso haber sido fotografiado, también por entonces, cuando tenía algo más de 9 años, ya que soy de febrero; había querido tener un libro entre las manos y hasta recuerdo de qué libro se trataba. En realidad, nunca llegué a leerlo... Pero no, en realidad debía tener algo más de 10 años porque ya había visto en la escuela –en el Malet et Isaac, como era el caso por entonces– el Antiguo Egipto, Grecia y Roma. Había quedado fascinado por un personaje fantástico, el de Pericles, guía de los griegos, y pedí que me regalen un libro sobre el tema. Es preciso aclarar que yo era un pequeño privilegiado a quien le compraban todos los libros que pedía para leer y en esa foto, que por algún lado debe andar, es el que tengo entre las manos: "Pericles", por León Homo.

En la tapa figuraba el hermoso rostro de Pericles, con ese casco alto propio de los sabios; lo sostengo abierto en las manos, a la manera en que François Mitterrand, en la foto donde figura como Presidente de la República, tiene en las suyas los "Ensayos" de Montaigne. Simplemente, creo que nunca logré leer ese libro; quizá fuese demasiado difícil para mí a esa edad, pero sobre todo estaba muy mal escrito –y la escritura de calidad tenía mucha importancia para mí. Pero como quiera que sea, se trataba de Pericles.

Sencillamente, diré que hay muchas cosas en ese gusto de un niño por la lectura. Es un refugio, algo que como quiera que sea uno ubica delante de los ojos para no ver el resto y está indicando una preferencia por la soledad; se trata de un placer solitario, al punto de haber sido calificado de "vicio impune".

Hay por cierto algo vicioso en la lectura, por cuanto favorece que uno se encierre en una burbuja y se aísle de sus contemporáneos. Pero al mismo tiempo, se sitúa en el registro de lo intersubjetivo, ya que los conduce a la sociedad de los espíritus, de los hablaser, algo que a mí me tocaba muy de cerca, un territorio donde todavía habito.. Esos hablaser están desencarnados; se trata de muertos, de jueces que siguen el curso de las cosas de la vida y aun cuando estén muertos, su pensamiento está presente, sus significantes están allí y en efecto, ustedes mismos al leerlos se desencarnan y viven en el mundo del significante.

En el fondo, me introduje muy temprano en ese mundo, ése fue el entorno al que fui conducido en mi soledad. Se trata de algo que, evidentemente, conduce o es correlativo de un cierto desprecio respecto de los contemporáneos, incluso los allegados, como así también de un cierto desprecio por la vida tal como ella se despliega. Quedé marcado por esa vertiente de profesor Nimbus, la cabeza en las nubes. No sé hacer nada, ni siquiera reparar un enchufe; puedo llegar a cocinar un huevo cuando me indican cuánto tiempo debe hervir y para la ocasión siguiente ya lo olvidé.

Continúo, en efecto, de paseo por la vida. Necesito que hagan muchas cosas para mí, porque me dejé corromper por la sociedad de los espíritus y así fue como siempre consideré que los seres vivientes estaban ocupados en futilidades; hablaban de lo que habían comido la víspera o habrían de comer al día siguiente. Esto no ocurría en mi familia, donde comer no tenía importancia. Hay otros que hablan de su automóvil. Cuando ustedes salen de Molière y más tarde de Kant y de Platón, encuentran en ese panorama una humanidad absolutamente envilecida.

Todo esto alimentó en mí, desde muy joven, una actitud ante el adulto en el estilo de "Seguí hablando, no más, qué me importa..." Quiero decir, una aptitud siempre dispuesta en lo inmediato a no dejarse impresionar, sin llegar por eso a la provocación. Seguí hablando, no más, total no valés lo que valen Molière, Platón o Pericles, ¡entonces, qué!

A menudo suscitó inquietud el hecho que yo no produjese más libros a partir de todos los Cursos que hacía, algo que resultaría fácil; pero teniendo en cuenta las condiciones establecidas por mí, esto es, las que apuntan a situarlos en un alto nivel, me da exactamente lo mismo hacer o no hacer un libro a partir de uno de ellos. Me acuerdo de este pesado que me decía "¡Mi obra!" ¿Acaso podía responderle que no valía nada?

Se trata de algo que también volví a encontrar mucho más tarde en la posición del analista, esto es, una puesta a distancia. Eso que me decís es cuestión tuya, no es mi asunto. Un rechazo a dejarse sugestionar, contrariado por un movimiento opuesto que por mi parte evito.

Claro está, se generaba así un contraste tanto más grande respecto de mis colegas. Son conocidas mis cóleras; al día de hoy, a veces se las teme, otras veces no importan un comino, pero en todo caso esas cóleras no duran; esto sorprende, porque me disparo como una flecha y después, al minuto, me burlo de mí mismo.

Mis cóleras estuvieron siempre presentes, diré que en otros tiempos más que ahora. Al día de hoy, con la edad que avanza, la experiencia y la tolerancia de las que me puedo servir respecto de quienes tienen un pensamiento diferente del mío, determinan que mis cóleras sean pocas. Pero cuando era joven, más exactamente un muchachito, me encolerizaba fácilmente.

Y es preciso decir que en el marco familiar, esas cóleras eran contra mi padre. Fue así hasta los 13 años y después esto, en un momento dado dejó de manifestarse. El incidente ocurrió en una fecha precisa; estábamos sentados a la mesa, mi padre arrojó su servilleta de un modo especial y se levantó; yo me retiré también a mi habitación –por entonces ya tenía una para mí, primero la había compartido– y lloré de rabia, humillado.

Momentos antes, cuando estábamos todavía sentados a la mesa, mi padre, mi hermano y yo mismo –pero especialmente mi padre y yo– manteníamos una conversación animada y mi padre intervenía con un tono que no era malvado, malintencionado, sino burlón, muy burlón. Y por mi parte, no soportaba la burla, la superioridad de quien asume ese tono socarrón. De modo que cuando mi padre se burlaba de mí, yo hacía abandono del juego, vencido; no sabía qué responder, cómo señalar una contradicción. Él no hacía nada especialmente malintencionado y es de esta manera que resulta situada en mí la cólera, en esa circunstancia, como un efecto de significante del Otro. Y por cierto, el significante siempre tuvo un gran efecto en mí. Como ven, mientras les hablo escribo mis memorias, por lo menos las enuncio.

¿Por qué hago esto? Quizá porque leí las de Sollers que me gustaron mucho, las leí de un tirón. Y además, todo el mundo se consagra a escribir sus memorias: BHL, quien prácticamente ya las había escrito, en tanto Catherine Clément me comentó que estaba en vías de hacerlo y que reservaba en ellas un cierto lugar para mí. Quizá se trate de algo que me empuje en ese sentido.

Ya me ocurrió en una ocasión sentir que hacía un pase en público –y fue así como lo formulé. Fue en Buenos Aires, después de una de mis cóleras públicas; la cuestión no había sido registrada, nadie me habló al respecto después, todo pasó como si nada (comme une lettre à la poste), en todo caso no como algo dirigido a una persona en particular (comme une lettre à la part), porque no había ocurrido verdaderamente.

Presidía en la ocasión la lectura del trabajo de un colega que aprecio mucho, creo que se trataba de Germán García, escritor cuyo estilo en español, la manera de construir sus frases me gusta; tres señoras hablaban en el fondo del salón y la resonancia hacía que su murmullo se dejase oír; aun cuando estaban presentes allí cerca de quinientas personas, la charla de esas señoras se escuchaba. Por mi parte, me iba sintiendo particularmente agitado en el panel del que participaba, por el hecho que mi amigo no llegase a ser bien escuchado, mientras las señoras seguían hablando. Según recuerdo, debo haberme retirado discretamente para ir a su encuentro, colérico, para decirles que se callen la boca.

No las toqué ni las brutalicé, pero al parecer, cuando aprieto los dientes inspiro miedo. En todo caso una de estas señoras, pasmada, cayó por el piso… (risas). Y casi de inmediato comenzó a difundirse el rumor según el cual "Miller asesina una mujer".

Se trataba de una persona que yo apreciaba mucho, de modo que ya no recuerdo bien qué hice; creo que salí a comprar un ramo de flores muy bonito, precipitándome a expresar no diré siquiera excusas, sino diciendo que era inexcusable de mi parte y que todo cuanto podía hacer era pedir perdón. Y como todo esto me había turbado, poco antes de presentar un trabajo en una sala múltiple, expliqué precisamente cuáles eran mis relaciones apasionadas, mi vida apasionada con el significante.

Esto es, por consiguiente, lo que retomo aquí. En fin, si entonces lo expliqué en unos escasos quince minutos, en esta ocasión me extiendo más.

Es preciso que constate que en mi infancia e incluso durante mi juventud, mi adolescencia, no fue el otro sexo el que ocupó un lugar central. ¡Qué grande es la diferencia con Sollers al respecto! En él, desde el vamos, se trata del amor. Suspira por su madre, por su tía, mira a escondidas a sus hermanas, a las domésticas, a las cocineras, en fin, mantiene un comercio íntimo y precoz con el objeto femenino.

Para dar un ejemplo de algo equivalente en una mujer, puedo reportarme a mi práctica reciente. Se trata de una mujer de 23 años, una actriz en plena actividad, quien deja sin aliento a los hombres con quienes forma pareja, ya que necesita hacer el amor varias veces por día o al menos diariamente –a veces ellos aguantan, otras no–; se trata de casos verdaderamente apropiados para el análisis. En los comienzos de lo que fue el suyo, esta mujer sueña que está con su amigo y es preciso que en ese mismo momento a él se le pare porque van a ofrecerse en espectáculo, etc.

Allí reside el núcleo de su discurso en el sueño, donde el centro es el falo como semblante. En cada sesión, ella me trae uno, dos o tres sueños, una serie eminentemente descifrable, destinada a ser descifrada. Su inconsciente y yo conversamos, en fin, ella está de acuerdo y se trata, en el fondo, de sueños que son apenas mensajes cifrados, porque la clave de la criptografía queda clara, no hay más que una, es la clave fálica –y esto fue así desde los primeros sueños.

En el primero de ellos se trataba de una gran torre a la que era preciso subir; en el segundo, eran jirafas las que corrían un poco por todas partes, en fin, en cada uno había siempre lo alto y lo bajo, es así como está estructurado su inconsciente que habla del falo. Y cuanto más hablan del falo los sueños, tanto más llegamos a descifrarlos. Esto es así al punto que llegamos bastante rápido a situar cuál es el resorte de la vocación de esta mujer: es actriz en la medida en que ella misma es un falo que debe mostrarse en escena.

Entonces, volviendo a Sollers, podemos decir que se trata del objeto femenino, cualquiera sea, sin entrar en los detalles; no hay en él una selección; en cierto modo, es suficiente que lleve polleras para que le interese. En el caso de esta mujer a la que me refería, no se trata del hombre como objeto masculino, sino del falo. Y también en ella es algo que aparece muy precozmente, hacia los 4 o 5 años. Por entonces, había persuadido a un chiquito de su edad de acostarse al lado de ella –y así permanecieron los dos chiquilines, uno al lado del otro.

Tenemos así, con Sollers y el ejemplo de esta joven actriz, el perfil de la decidida orientación hacia el otro sexo.

Si por mi parte me pregunto qué era lo que me hacía vibrar en mi infancia, si bien puedo ubicar sin dificultad una imagen femenina, digamos que se trata de una cierta cualidad muy precisa, imaginaria, una cierta calidad de sinuoso.

Es por esta razón que tanto aprecié la referencia hecha por Hogarth a lo que designaba como la línea de belleza y que se reporta a esta calidad de lo sinuoso, tan investida por mí. Lacan también la conocía y por mi parte la mencioné en la nota final que redacté para el Seminario del Sinthoma.

Sólo amé mujeres sinuosas –o que al menos lo eran a mis ojos, no era algo de evidencia forzosa para todo el mundo. Estoy indicando así una calidad de sinuoso en el objeto, pero lo que de mi lado responde a esa calidad no es lo sinuoso, sino lo recto. Lo sinuoso corresponderá a lo femenino, en tanto a lo masculino lo recto y la consiguiente investidura libidinal de ser recto, de mantenerse erguido y poder sentirse orgulloso.

De ahí mi gusto, desde muy joven además, por la España romántica, el más altivo entre los orgullosos, el pundonor a la española. Y mi preferencia inmediata por Corneille cuando en el liceo comenzamos a estudiar "El Cid" en clase –y esa réplica, "¡A mí, Conde, dos palabras!" Como fue grande el placer de verlo puesto en escena recientemente –si fuese por mí, iría a verlo todas las semanas...

Tenemos ahí el perfil de lo recto, que determina un cierto estilo de vida, claro está, un cierto tipo de obligación –la de rectitud– a la que son sensibles quienes me aprecian.

Será preciso que llegue a deducir cómo aquellos que no me aprecian, me diabolizan –para emplear el término acertado del que se sirvió alguien muy gentil, con quien cenaré esta noche. También me aclaró que sin bien soy diabolizado, esto también me sirve.

Yo sé por qué me diabolizan. La causa son las buenas relaciones que mantengo con el significante y el hecho de no saber cuál va a surgir un momento después. Se trata de algo que atemoriza a una cierta cantidad de gente y que no aprecian quienes prefieren que nada se mueva.

Entonces, la investidura libidinal de lo recto también está ligada, es el correlato de algo muy preciso. Ocurre que a la edad de 6 años, esto es, justo en el momento que corresponde a la declinación del Edipo según la cronología freudiana, el momento en el que toma forma el superyo interdictor, fui operado de la columna vertebral. Parece ser que hubo lo que se da en llamar una apófisis espinosa –en esto me remito a los médicos–, esto es, el extremo de una vértebra astillado, quizá porque un día me caí de una hamaca; me encantaba hamacarme muy fuerte, me caí y puede que esa haya sido la causa de la fisura; en todo caso, se produjo entonces un coágulo de sangre que ejercía presión sobre la columna vertebral, me hacía arrastrar la pierna y amenazaba con paralizar los miembros inferiores. Si bien pese al análisis no tengo un recuerdo directo de esta cuestión, reponerme del accidente, recobrar la posición erecta y mantenerla como tal fue evidentemente por entonces algo muy valorizado.

Se agregó además otro factor, como fue el hecho que no se sabía, no se terminaba de entender de qué se trataba. Por esa razón mi padre, que era médico, me condujo a la consulta de otros médicos y así fui con él, de uno a otro, presenciando cómo se daban por vencidos.

Así fue como llegamos a ver al Prof. Robert Debré, quien era el especialista de mayor renombre entre todos ellos –un hospital de la ciudad lleva su nombre–; cuando él me examinó no encontró nada y con toda su cordura dedujo que yo era un simulador, de modo que incitó a mi padre a tratar con un poco de rigor al chiquilín. No es algo de lo que por mi parte haya guardado memoria, pero mi padre sí, ya que siempre me dijo que era el gran remordimiento de su vida haberme tratado con rigor a la salida del consultorio del Prof. Debré.

Las cosas evolucionaron de manera tal que me encontré paralizado o casi, obligado a permanecer en una cama durante seis meses, todo esto a la edad de 6 años. De esto sí guardo un excelente recuerdo, porque mi madre me leía todo lo que yo pidiese. En cuanto a mi hermano, no sé dónde estaba… (risas). Pero ella estaba conmigo y me leía tanto libros de biblioteca como las aventuras de Charlot, con dibujos, las historietas. Tenía derecho a todo, incluso a la historia a la que me referí, la del ruiseñor del Emperador de China que se va y vuelve. Todo data de esa época.

Se trata de algo que aislé bien, porque siempre puse atención en que el resentimiento que así y todo me inspiraron por entonces los médicos, no tiñe hoy exageradamente mi relación con ellos... En fin, bueno... Como quiera que sea, si tengo reproches para hacer a los médicos que se ubican en la cúspide de la Escuela de la Causa freudiana, estoy rodeado de amigos médicos en las Secciones Clínicas. De modo que no es el médico como tal el que me repugna, pero hay en todo caso uno de los elementos que los integra que me hizo decir, cuando al fin salí a flote: "¡Qué manga de boludos!".

No tenía la menor idea acerca de lo que haría más tarde, como no sea la alternativa del periodismo, pero había una profesión que estaba convencido de no adoptar en ningún caso, la de médico. Y para más, era la de mi padre y lo que era de él, era de él, jamás me opuse a él al respecto. Siempre me atuve a esto, de una manera general: dejarle a cada cual su patrimonio.

Hay entonces, de toda evidencia, una cierta conjugación respecto de Molière; se entiende mejor que a la edad de 7 u 8 años me haya gustado tanto ese autor, así como me gustaron los médicos de Molière.

Al mismo tiempo, yo sabía que era eso lo que me había salvado la vida. Una vez que se llegó al diagnóstico apropiado, me hicieron una operación –muy complicada en esa época– para liberar mi columna vertebral; duró unas seis o siete horas y tuve una convalescencia muy larga. A lo largo de esas horas, fue necesario ubicarme boca abajo y entubarme; esto provocó una irritación en la garganta, que derivó en un bloqueo de la respiración y debieron entonces pasarme a cuchillo para introducir una pequeña cánula que me permitiese respirar, ustedes podrán imaginarse el esquema de la cuestión. Por cierto nada agradable, pero origen quizá de mi gusto por Robespierre… (risas)

Una vez superadas las etapas de arrastrar la pierna, recibir los sopapos de mi padre, pasar seis meses en cama, ser operado durante seis horas, llevar inserta una cánula durante no sé cuánto tiempo, ¡me fracturé una pierna!

Ocurrió en una circunstancia que recuerdo muy bien y en la que ocupa un lugar el complejo paterno. Aunque estaba debilitado por todos esos episodios, conservaba pese a todo el ánimo. Estaba en mi habitación, con mi hermano; él tenía un camión rojo y yo otro más grande, un poco verdoso, con la estrella del ejército de los Estados Unidos. En un momento dado, decidí que mi hermano no tenía por qué jugar con mi camión; pretendí entonces recuperarlo y sostenerlo sobre mis rodillas, en el sillón donde estaba sentado. Como todavía estaba debilitado, me caí y mi pierna de una manera u otra quedó enrollada –ese es mi recuerdo– en el pie del sillón y ¡crack! Se quebró y vuelta a empezar, durante un año y medio.

¿Experiencia formadora, no es cierto? Cuando al fin salí de esto, resultó ser que no había asistido a clase durante una buena parte de los años de estudio que corresponden a la escuela elemental y me consideraba un sobreviviente. Viví como si lo fuese y en efecto, quedé apartado a lo largo de toda mi escolaridad, dispensado de integrarme a las clases de gimnasia y deportes, ya que se consideraba que los golpes que pudiese recibir en mi espalda frágil pondrían en peligro mi motricidad.

Y así fue como, por esa misma razón, fui eyectado del lado del saber, en la medida en que no podía resultar operativo en el deporte, etc. Si bien aprendí a nadar y siempre me gustó correr, siempre consideré el deporte como una actividad para débiles –discúlpenme, hablo de mi inconsciente–, para débiles mentales.

Pero en mi condición de superviviente, entonces, viví por separado (à part) las actividades deportivas y mi padre, en su loca ambición por su hijo mayor, para hacerse perdonar ese rigor que había sido no obstante transitorio, fugitivo, hizo en todo caso de manera tal que...

Esperen... [1] Empecé a cursar la clase del octavo año, no, primero del noveno, no, del décimo; salté del décimo al octavo, sin hacer el noveno y a continuación, una vez terminado el octavo, presenté el examen para comenzar el sexto, de modo que entré al sexto sin hacer el séptimo y así fue como cursé toda mi escolaridad, hasta la École Normale, siendo el más joven de la clase, algo que sin duda me marcó. Lo hizo al punto que el adjetivo "viejo" me parece absolutamente desplazado en lo que hace a mi persona (risas). Siempre fui el más joven, no veo por qué dejaría de serlo.

Es lo que ocurre con un personaje de Courteline, en la pieza titulada "El comisario es un buen chico". Ya lo comenté alguna vez. Cuando le preguntan su edad, él responde "Veinte años". El comisario le dice: "Ud. se burla de mí, ¡ya los tuvo!" Y él responde: "Los tuve, es una linda edad, los tuve y los guardé." (risas)

Así las cosas, me daba pena sentirme un desperdicio, de modo que mi concepción del mundo fue, de entrada, aquélla que Lacan define cuando dice: sólo hay analista en la medida en que el deseo de saber surja en él, aunque sea ya por eso mismo el desperdicio de la susodicha humanidad –humanidad que no tiene deseo de saber. La gente no se interesa en el saber, ¡yo sí! Y, al mismo tiempo, esa posición viene acompañada por la de desperdicio.

Así, cuando leí la "Nota italiana", en 1973, si bien estaba todavía muy lejos de ser analista –recién entraba en análisis, más o menos– y la afirmación de Lacan según la cual el analista se aparta (se vanne) de ese rechazo del que hablé, yo me dije: bueno, esta es una posibilidad para mí. Como ustedes saben, ese verbo, se vanner, se refiere al modo en que los granos se separan de los desperdicios, justamente de los desechos. Cuando Lacan lo utiliza, está indicando así que los analistas se seleccionan a partir de los desechos de la humanidad. Se trata de algo que años atrás desarrollé y es sobre esta base que nunca me costó sentirme hermanado a los desechos.

Mi preferencia se inclina por los excluidos; no me gusta excluirlos, pese a la reputación espantosa que me han hecho. Nada que ver conmigo, yo me siento en comunidad con los abatidos, los pobres, los miserables. En mayo del `68, con el lumpenproletariado –conviene saber que no son niños de pecho, de toda evidencia hay que andar con cuidado, pero es gente muy interesante–; siempre apoyé a los homosexuales y, en mi condición de judío, también me encontré muy cómodo en la posición de paria, que a lo largo de mi existencia unos y otros, incluso en el medio analítico, buscaron renovar de diferentes maneras.

De modo que nunca hubo en mí una identificación, digamos, con los poderosos o, al menos, con los instalados. Con la potencia sí, pero no con la instalación. Digamos que se trata de una identificación con el sublevado, motivada por lo que vengo de evocar.

Ahora bien, todo esto determina que como quiera que sea, si me pongo a pensar acerca de cuál era mi objeto, el que me importaba, aun reconociendo el interés precoz que fue el mío por lo sinuoso en la mujer –algo que puedo decir se remonta a mis 6 años de edad–, pese al interés por esa línea de belleza, mi objeto de interés ha sido el significante. Por lo demás, mis cóleras se desatan, siempre fue así y continúa siéndolo, a propósito de algo dicho, algo dicho por el Otro.

Puedo, en primer lugar, describir los hechos.

¿Qué es la cólera? Se trata de un fenómeno humano capital. ¿Cada uno tiene su versión, se apropia de ella de una manera determinada? Asunto a tratar.

Parece ser que en Italia, una mujer joven dijo a otra, también joven, quien me lo contó, que mis cóleras en su opinión eran simuladas. Esa opinión cae en el mismo error del Prof. Debré. No sólo no son simuladas, sino que se trata en ellas de una transmisión directa de lo simbólico al cuerpo, a su motricidad, algo que yo expresaba cuando era chico diciendo: siento una corriente eléctrica. Y sabía lo que era sentir una corriente eléctrica, puesto que una vez había metido mis dedos en un enchufe y había sentido la descarga, de modo que había hecho la experiencia, aunque más no sea fugitiva, de baja intensidad; esa era la experiencia de la electricidad que podía comunicarme la palabra del Otro, la de volverme frenético; mis cóleras eran frenéticas.

Si aporto precisiones al respecto, diré que mis cóleras eran frenéticas con ciertos invitados de mis padres. Por ejemplo, en el momento en el que nos disponemos a comer –siempre ocurría en esos momentos–, uno de esos personajes suelta una frase algo racista, se burla de un inválido. Y el pequeño mentón en alto le digo: "¡Le prohíbo decir eso!". Todo el mundo queda estupefacto… (risas). Un pequeño representante del Otro, algo que podemos desarrollar.

¿Estoy diciendo acaso lo que había registrado? En fin, está en el límite, hay prescripción allí.

Puedo decir que en cuanto a la relación sexual ocurre otro tanto: para mí pasa mucho, como quiera que sea, por lo simbólico. Recuerdo todavía el deseo febril que había conseguido despertar en mí una pequeña astuta –y eso es algo que me admira. No era vieja, debía tener 20, 18 años; le había planteado con candor, procurando abreviar los preliminares, si me quería, si quería algo en mí. Y ella me respondió de un modo que me excitó al extremo: "¡Hasta la última gota!" (risas). Pues bien, se trata de palabras que todavía hoy guardan vigencia (risas). En el fondo, procuraba decir que ella era una mujer. Otra, me trastornó, me dejó trastornado escribiéndome: "Estimado varón".

Eso, hay algunas que verdaderamente saben hacerlo.

Entonces, es cierto que no me esfuerzo para nada cuando pongo pasión en la palabra. De ahí vengo, logré sobrevivir a eso, gracias al análisis, porque ya no podía más. En mi caso, no se trata en absoluto de un discurso que sería propio del semblante, por el contrario. Es, en mí, lo que hay de más real.

La última vez evocaba la cuestión del pensamiento según Lacan, algo del registro simbólico que desordena las funciones del alma–cuerpo; es exactamente de lo que se trata con mi corriente eléctrica: lo simbólico desarreglando el equilibrio en mí, el equilibrio del alma–cuerpo y ejerciendo al respecto un dominio extraordinario. Digamos que lo real en mí es este enganche susceptible de ponerse en movimiento, algo que siempre está ahí, evidentemente, pero con lo que aprendí a darme maña, aprendí mucho incluso, sin lo cual no podría practicar el análisis.

Y entré en análisis. Hay montones de circunstancias que pueden explicarlo, entre ellas el izquierdismo, el hecho que a pesar de haber sido expulsado de allí, no por eso largué, aun en mi condición de paria y con una cierta desorientación –y la desorientación cierta– que de allí se desprendió y se instaló durante dos años. Hubo todo eso, pero fundamentalmente entré en análisis porque ya no podía vivir así, conectado a lo simbólico, recibiendo las descargas eléctricas como un ratón de laboratorio, a merced de lo que el Otro pudiese decirme.

De ahí las cóleras, indignaciones, sublevaciones, en fin, me ahogaba. Se produjo un efecto de asfixia, tanto más en la medida en que, cuando era izquierdista, podía acordarme cierto movimiento, un golpe y otro, pero después, cuando ya no hubo nadie más a quien distribuir los golpes ni a quien levantarle la voz, todo eso me ahogaba.

Claro está, cuando actualmente organizo Foros, cuando parto al asalto de las fortalezas y demás y obtengo cierto éxito –y hasta un éxito cierto, bendecido en algún aspecto por el Ministerio de Salud–, hago al mismo tiempo un meeting en la Mutualidad para protestar. Bendecido por el Ministerio de Salud, hago un meeting en la Mutualidad para protestar contra las medidas dispuestas para la enseñanza superior. Pienso que si la cosa marcha es porque estoy en mi elemento, en mi elemento inconsciente, se trata de algo que está en sintonía.

Entonces, tal como lo evoqué rápidamente, era el esclavo del bien–decir –es preciso que llegue hasta el final, porque no continuaré la próxima vez– y esto tenía que ver con una madre, como quiera que sea, algo fóbica, es lo que me digo retrospectivamente. En este momento, tengo diez años más de los que ella tenía en el momento de su muerte. Una madre fóbica para quien hablar mal de alguien estaba proscrito, lo cual imponía la obligación de no ver el defecto del Otro. Si alguien rengueaba, no había que decir: "Renguea", porque no había que señalar nada de menos en el Otro, una suerte de fobia a la castración del Otro. Ese menos es posible verlo, pero no debe pasar al significante.

Evidentemente, fue algo que no generó en mí la menor expresión de racismo, de desvalorización del proletariado, todo eso estaba absolutamente desterrado, no debía siquiera figurar. Pero claro está, mi madre no se encolerizaba cuando se encontraba sentada a la mesa con gente que se consagraba a ese género de ejercicios. Yo era así, en cierto modo, el caballero de la madre, dedicado a perseguir a todos esos tipos y mandarlos al diablo, caballero por consiguiente en estado de insurrección. Pero al mismo tiempo, siempre amenazado por... Digamos, sin ningún margen de autonomía respecto de la palabra del Otro.

Claro está, esto imponía siempre, era algo que volvía muy presente en ese lugar de tercero al Otro, una presencia agobiante en todo tipo de interlocución en el que yo viniese a mezclarme. El principio que me animaba era, al fin de cuentas, aquél según el cual eso había sido dicho ante mí y no habría de decirse jamás que yo había permitido que fuese dicho, de otro modo me convertiría en cómplice; era necesario entonces que responda enseguida, ¡de inmediato! Todo lo cual obligaba a vivir en alerta.

Por eso considero que se trataba de algo que instalaba al Otro a mi lado, el lugar donde todo se inscribe, donde todo se sabe; el Otro me vigilaba para ver si yo había permitido que ocurriera eso.

Se trataba de algo que ejercía una opresión tanto más fuerte, en la medida en que yo no tenía la menor educación religiosa. Del judaísmo no tuve más que el significante: "Sos judío", algo que jamás cuestioné, pero resultaba un poco pobre del lado del imaginario.

Por otra parte, el resultado fue que cuando supe leer, muy tempranamente, me apasioné por los dioses de la mitología griega y romana. Tenía entonces presentes las filiaciones de esos dioses, sabía todo de memoria, al punto que en la escuela el profesor no entendía de dónde procedía todo eso. Pues bien, sencillamente venía del hecho que mi familia por entonces había quedado circunscripta a mi padre, mi madre y mi hermano. Mi madre tenía doce hermanos y hermanas, mi padre dos o tres... Imagínense los miembros de toda esa familia desparecidos, exterminados en el ghetto de Varsovia.

No recibí –como venía diciendo– educación religiosa; por lo demás, si tengo que señalar algo como lo más importante en mi vida, no se trata de algo que haya hecho yo, sino algo que hizo mi padre, a saber, no mencionar prácticamente ese pasado. No hubo llantos, sino el índice señalando el porvenir, en una actitud según la cual todo comenzaba con nosotros y que por mi parte he conservado, un cierto optimismo respecto del tiempo por venir, sin identificación con una historia de víctimas. Esto no supone falta de solidaridad, pero es la razón por la cual, además, yo era maoísta y no trotskista. El trotskismo explicando con lágrimas en los ojos la desdicha de Trotsky jamás me conmovió. Soy rápido, mis mejores amigos son trotskistas.

¡Adelante! ¡Sin tener en cuenta los obstáculos! ¡Hay una vía, una salida! Y esto es familiar, es paterno, algo presente, por lo demás, también en mi hermano.

Dejemos esto. Decía que no hubo educación religiosa, educación que tempera en mucho las relaciones con el Otro, en la medida en que hace de ese Otro un semblante, lo viste con fórmulas, le adjudica destrezas, indica el modo según el cual dirigirle plegarias; prescribe plegarias rituales, ceremonias. Cumplida la ceremonia, uno se queda tranquilo, reza su plegaria nocturna y después puede ir a hacer nono. Pero cuando no hay nada de todo esto, tienen la potencia desnuda del Otro, feroz.

Es así como por mi parte lo viví, bajo la forma de un enfrentamiento directo con el Otro, ese Otro feroz, de allí mi tendencia a ser yo mismo feroz llegada la ocasión y, dada la presencia de este Otro, la obligación de decir la verdad. Es decir que todas esas formas de facilitación que Lacan pudo exponer y suponen un decir a medias (mi–dire), por debajo, decir sin decir, etc., todo eso estaba cerrado para mí, obligado como estaba a decir la verdad y sostenerla.

Es el ejemplo de Kant, su pregunta: ¿uno tiene la obligación de decir la verdad al tirano? No es la respuesta lo que cuenta, sino el hecho que a partir del momento en que uno habla de decir la verdad, hay un tirano en juego; para mí, ese tirano cobraba la forma de decir la verdad. De allí –es preciso decirlo– la extrema fatiga que me condujo al análisis. Decir la verdad siempre hace surgir al tirano. Y para mí, no se puede ir contra la verdad. Una de las formas en las que ella se encarna es la del corte; implica que dos y dos son cuatro, esto es, la transparencia, el carácter de lo estrictamente necesario.

Esto fue lo que condicionó la elección de mi analista, porque de inmediato percibí que para él dos más dos daba cinco; de inmediato percibí que él se acordaba todo el confort con la verdad, como también percibí que buscaba desembarazarse de un cierto número de gente en la Escuela Freudiana de París. La verdad no constituía un obstáculo para él, no lo inhibía y eso fue lo que elegí. En una ocasión le conté esto a Safouan y ambos coincidimos en que yo había sido castigado allí mismo donde había pecado, puesto que fui yo quien había elegido esa basura.

¿Quién se encoleriza aquí? De ahí, entonces, mi gusto por la lógica.

Por los tiempos en que ingresé a la Escuela Normal Superior, hacerlo no era algo que estuviese verdaderamente de moda. Entré para aprender lógica. Durante el verano de 1962, antes de ingresar en la Escuela, recuerdo muy bien haber pasado esas vacaciones leyendo dos libros –algo raro, porque habitualmente leía mucho más–; en realidad, debo haber leído otros, pero para distraerme–: "El pensamiento salvaje", que venía de ser editado, y para laburar de verdad y aprender algo, ese libro amarillo que todavía tengo, "Abstract Set Theory", de Abraham Fraenkel, la teoría axiomática de conjuntos, un admirable manual. Al comenzar, yo no conocía nada al respecto; lo leí hasta la última página, haciendo todo cuanto podía y capté la teoría de conjuntos.

Así, entonces, dos más dos es cuatro, esa es la transparencia; uno no oculta nada, ese es el carácter necesario, uno no se deja detener y allí reside también la omnitemporalidad. En el fondo, tomé contacto con la eternidad por la vía de esa investidura libidinal de la fórmula matemática.

Esto hizo que la pena de mi vida, digámoslo así, fuese no avanzar más allá de ese registro en las matemáticas; determinó también que le confíe a mi hijo que si bien la mitad de mi biblioteca estaba compuesta por libros de matemáticas, no podía por mi parte ir más allá de la página 20. Él comprendió entonces, por su parte, dónde podía alojarse en la existencia y se convirtió en matemático. Fíjense cómo circula esto a través de las generaciones.

Evidentemente, mi preferencia por Spinoza proviene de aquí. Una preferencia marcada, ya que en un momento dado pensé que sería lo último que podría leer y después moriría.

Poco tiempo después de haber conocido a Judith Lacan, quien conducía muy bien pero a gran velocidad, la noche de un 14 de julio –por entonces recién nos conocíamos–, tuvimos un accidente automovilístico. Judith iba al volante y mi cabeza dio contra el parabrisas, en fin, fue una mala pasada.

Ella salió indemne, mientras que el golpe que recibí produjo una hinchazón ostensible; me llevaron entonces a la sala de urgencias del hospital de Mantes, al servicio donde se encontraban personas con importantes traumatismos, es un estado espantoso. En ese momento, me dije que con esa hinchazón había llegado quizá mi fin y le pedí a Judith que tomase de mi bolso "La Ética" de Spinoza y me la alcance. Me puse a leer el primer capítulo, el Libro "De Deo" y en el correr de esa mañana, como estábamos cerca de Guitrancourt, llegó el Dr. Lacan. Me hicieron pasar por exámenes y radiografías, todo lo que se podía hacer. Lacan me preguntó qué era lo que estaba leyendo y cuando le respondí dijo: "Háganlo salir". Su autoridad natural determinó que poco después me encuentre en su jardín. Eso fue todo.

Evidentemente, esa relación con la verdad absoluta suponía una cierta exclusión del tiempo y por consiguiente, una tensión. De ahí la alegría suscitada en mí cuando los italianos, en el Campo Freudiano en Italia, me hicieron comprender algo. Si los domingos por la noche llegábamos allí a un acuerdo total, el lunes nadie lo respetaba (risas). Yo les señalaba: pero ayer por la tarde ustedes me dijeron tal cosa... Y ellos me respondían: pero eso fue ayer por la tarde (risas). Es así de evidente, es imparable. Esto que me respondieron en una ocasión, me acordó una libertad que ustedes no pueden imaginarse; ocurrió mucho tiempo después de mi análisis, que había abierto el camino.

Venía señalando entonces la tensión que supone enunciar verdades para siempre, ante ese Otro que de no ser así los anonada; en una oportunidad me referí en un escrito a cuál era para mí esa figura del Otro y que ustedes pueden ubicar a un costado de la Plaza de la Bastilla; se trata de la estatua de Beaumarchais, tanto más visible que se sitúa allí sobre una pequeña explanada. Precisamente a la edad de seis años, yo no quería pasar por allí, con la idea que esa estatua podía saltarme encima.

Tal como tuve ocasión de ponerlo por escrito, para mí el mundo estaba estructurado por la estatua de Beaumarchais situada en la Rue Saint–Antoine, cerca de la Place de la Bastille, magníficamente elevada en su terraplén. Ese es el primer dibujo que hubiese querido hacer cuando estaba cursando mi sixième, el de una de las vertientes del mundo conocido, mundo que encontraba su límite después de la Tour Saint–Jacques, en la estatua de Jeanne d´Arc, en la Rue de Rivoli. Para mí, que vivía por entonces en la Rue des Franc–bourgeois, cerca del Musée Carnavalet, esos eran los límites del mundo. De modo que, en todo caso, ustedes saben que el Otro tiene el perfil de Beaumarchais (JAM hace la mímica).

Entonces, por un lado, se trata de enunciar verdades para siempre y por otro, de experimentar la precipitación, la urgencia por decir y testimoniar ante el Otro. La cólera expresaba esto mismo: es preciso que la réplica sea enunciada de inmediato, toda demora es culpable.

La solución era devenir periodista –no sé si ustedes entienden cómo se inscribe esto–, pero no de cualquier publicación; tenía que ser el Paris–Match de la época, donde quedaban incluidas fotos suntuosas. Esencialmente, ese deseo de ser periodista venía a ser inspirado en mí por la doble página que firmaba Raymond Cartier, todas las semanas en el mismo lugar, y decía la verdad acerca de todo.

¿Entienden entonces cómo llego a darle continuidad a este Curso, semana a semana, desde hace más de veinte años? La razón es esa doble página de Raymond Cartier en Paris–Match. Quizá responda también a muchos otros motivos. Si puedo sostenerme (à pexer) (en el intento de aportar sorpresas) así, indefinidamente, sin llegar a la publicación y encontrar mi interés en esa modalidad –aunque no todos los días sean favorables–, es porque hay para ella un fundamento "inconsciente", así, entre comillas; un fundamento que se reporta a la infancia: se trata de la solución que había encontrado cuando tenía seis, siete años, la de volver al mismo lugar a decir la verdad.

Por lo demás, no podría hacer este Curso cada quince días, caería enfermo. Si bien hay de todos modos interrupciones, el ritmo quincenal no lo soporto; un Seminario, para mí, supone una frecuencia semanal, esta periodicidad se impone. Por ejemplo, Paul Valéry se despertaba cada mañana a las 5 hs., se fumaba un pucho y le era necesario registrar por escrito las ideas que se le habían ocurrido, de otro modo se sentía molesto todo el día. Pues bien, en lo que a mí respecta, si no puedo arrojar cada semana aquí mis pensamientos diversos, me siento molesto. Cuando llegan las vacaciones me adapto a ellas, pero está en juego mi propia satisfacción, por eso decía que mi objeto es el significante, es lo que me ha acordado los más grandes goces. Y sin duda incluso el otro sexo es –¿puedo decirlo?– un conductor de significantes.

En el fondo, los grandes escritores siempre me aportaron cierta embriaguez, algo que todavía ocurre, esa distensión, esa dicha que suscita la lectura de ciertas páginas de Baudelaire, de Mallarmé. Nunca me gustaron las traducciones, nunca pude leer la obra traducida de los escritores; por esa causa tengo enormes blancos, no logro consagrarme a las obras escritas en lenguas que no conozco o no puedo leer por mi cuenta. Por ejemplo, las "Grandes esperanzas", de Dickens, cuando comencé a leerlo en francés lo encontré completamente aburrido; cuando accedí a la obra en inglés, resultó ser espléndida, todavía estoy fascinado con el descubrimiento de la sustancia del inglés en las tres primeras páginas de "Grandes esperanzas". Y además los poetas, sin forzarme y sin ver en absoluto la menor contradicción entre la fórmula matemática y la fórmula poética.

Entonces, así y todo entré en análisis porque resultaba invivible. Es decir, era preciso, de una manera u otra, que esté un poco desconectado del significante, de otro modo me iba a hacer estallar; era preciso hacer intervenir un cierto vaciamiento, porque se me estaba volviendo imposible escuchar al otro, en ese alerta permanente que era el mío... No exageremos, no estaba chiflado, pero en fin, había esta amenaza y esta presencia del Otro que resultaba asfixiante.

¿Qué quiere también decir ahora para mí la experiencia analítica? Muchas cosas. Por supuesto, el hecho que me guste interpretar. Pero ocurre que la posición básica supone que la palabra del otro debe deslizarse en ustedes como el agua por las plumas del pato. Si el otro les dice que Molière está sobrevalorado, no corresponderá que se detengan a responderle "¡Pero cómo! ¡Es el más grande de los autores...!"

Tuve ocasión, por mi parte, de analizar a una alemana para quien la mayor desdicha de la guerra era la suerte corrida por los alemanes deportados o que habían sido bombardeados en algún momento, víctimas del Ejército Rojo, que los había obligado al exilio. Pues bien, ¡le expresé mi acuerdo! Pude escuchar tranquilamente lo que me decía, los encontré muy simpáticos. Ahí me dije que verdaderamente, se había dado un progreso en mí (risas).

Cada cual tiene sus desgracias. Ella contaba, en efecto, la historia de una chiquita hija de un nazi, su papá era un nazi. Problemática que no me era de inmediato familiar, pero un analista comprende esto, comprende también que un nazi sea padre, que tenga una hija. No sólo en la insurrección, justamente.

Pude reencontrar entonces allí algo de lo que había hecho la experiencia, aquélla, como decía, de poner a distancia valiéndome de la relación con la sociedad de los espíritus, pero que era combatida por la conexión estrecha de mi cuerpo con el significante. Allí, en el fondo, volví a encontrar ese distanciamiento que le viene bien a la búsqueda intelectual.

Diría así que en mi análisis sentí, incluso físicamente, cavarse en mí el lugar donde era posible que aloje a un Otro que habla, sentí instalarse en mí la escena donde alguien iba a poder ubicarse para hablarme y que era –como dice Lacan– un terraplén despejado de goce. Pues bien, yo que estaba estorbado por ese goce, sentí que ese lugar calaba en mí.

Hablé al respecto a partir de un momento dado y recuerdo que lo comparé con la bolsa en el vientre de los canguros. Cuento con un bolsillo donde alguien podrá meterse; también lo comparé –y ustedes me disculparán la expresión, es la que por entonces se empleaba en las historietas de Charlot que me leía mi madre–, la negra jetona; como ustedes saben, se trata de la deformación de los labios que produce una enorme protuberancia. Me decía que también yo, a partir de ese momento, tenía un lugar allí donde alguien podía ubicarse.

Y algunas otras cosas más. Empecé a poder hablar mal de la gente, a hacerlo sin problemas (risas). En fin, había empezado un poco antes, es preciso decirlo; como izquierdista, uno critica forzosamente a los malvados, es normal. Por mi parte, comencé a poder hacerlo, a burlarme con mala intención, etc., a liberarme del discurso fóbico de la madre que como quiera que sea me había encerrado.

No renegué ese discurso, pero pude tomar mis distancias respecto de él. En cuanto al padre, evidentemente hay muchos padres en mi cielo, en tanto en el de Sollers no hay nada. En mi caso los padres son muchos y ninguno humillado, como ya les dije. En todo caso se trata, por momentos, de un padre humillante. Por lo demás, sé muy bien que cuando tenía 13 años, un día, cuando se burlaba de mí, logré burlarme de él. Se quedó con la boca abierta y en ese momento, por mi parte había ganado algo.

En mi parecer, esto queda ligado a una imagen muy precisa –quizás algunos de ustedes recuerden esto–, que viene del film Scaramouche. En un primer momento, el pobre muchacho no sabe allí combatir con la espada y entonces Mel Ferrer manda de paseo así, sin más, a Stewart Grange. Metódicamente, Stewart Grange aprende a manejar la espada y viene el gran duelo del final, donde cabalgan a través del teatro y demás, hasta que Stewart Grange logra hacer caer la espada de Mel Ferrer. Eso fue lo que viví fantasmáticamente (risas).

Esto es lo que viví y lo que funda mi confianza en que también podamos hacerles caer la espada de las manos a esos esbirros del Estado y de sus institutos, a los cognitivistas.

Cuento entonces no con un padre humillado, sino con un padre radiante. Tiene en mí una imagen indeleble, que pude situar bien en análisis: es la de mi padre, médico radiólogo, conduciéndome por primera vez a su consultorio de radiólogo –había sido antes generalista; vivíamos allí donde él había tenido su consultorio como generalista, cerca del Museo Carnavalet–; cuando se dedicó a la radiología, pasó a tener un gran consultorio cerca del Parque Monceau. El lugar tenía algo de cavernoso, con largos corredores, dimensiones de las que no teníamos idea en el pequeño departamento donde habitábamos.

En aquella ocasión, una vez que mi padre abrió la puerta, quedaban a la vista las pantallas de radiólogo, las radiografías adheridas y allí estaba mi padre, dictando a dos o tres secretarias los informes, las evaluaciones de las radiografías, para los médicos que habían enviado a los pacientes. Ellas tomaban nota también de las direcciones que les indicaba para enviarlos, todo lo que me evocaba a mí al dios Shiva, de la tradición hindú, el de los múltiples brazos.

Es claramente una imagen apotropaïque, [2] una imagen anti–castración, pero justamente lo contrario de la medusa. Si la imagen de la medusa encarna la multiplicidad, la amenaza múltiple de la castración, aquí, por el contrario, se trata de una imagen donde la castración es superada en el esplendor de la potencia y haciendo mil cosas a la vez.

Y cuando por mi parte me encuentro haciendo mil cosas a la vez, allí donde satisfago además mi patronímico –algo que también aislé en análisis–, cuando estoy en sintonía con esa imagen, estoy como se dice "en forma". Queda claro que ahora, cuando sólo hay una o dos cosas para hacer, cuando no hay un brazo armado que toque desarmar, ¡me aburro!

Así, tengo 63 años y creo que estaré en guerra hasta el fin de mis días.

Hasta la próxima.

Fin de la Tercera Sesión del Curso JAM 2007-2008 - 28.11.07

 
 
Notas
1- JAM retoma aquí su accidentado recorrido escolar, en lo que hace a los años de estudio que corresponden en Francia a la escuela obligatoria. Como el esquema se diferencia por su estructura y duración de nuestra escuela primaria, pero tiene en común con ella precisamente el carácter obligatorio y el hecho de ser condición indispensable para continuar otros estudios, optamos por conservar el modo según el cual se identifican en francés los sucesivos niveles, precisando que en ese esquema se sitúan según una escala invertida: a la cifra más alta, corresponde el grado de escolaridad más básico. (N. de la T.).
2- No encontramos el término equivalente en español con esta ortografía. Por el contexto podría reenviar al término apostrophe, en el sentido de invocación o interpelación directa a cosas personificadas. (N. de la T.).