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Relativos a la AMP - IV Congreso AMP: La práctica lacaniana
Papersdel Comité de Acción de la Escuel@ Un@ | Nº 6 - Junio de 2003
Dirección: papers@elistas.net
Moderación: Oscar Ventura
Co-moderación: Marta Davidovich
 
Dal Gioco al Discorso, por Marco Focchi
O desejo do analista e sua cumplicidade aberta à surpresa, por Jesús Santiago
El setting interno, por Ricardo D. Seldes
 
Del juego al discurso
Marco Focchi

Partamos de una idea muy simple: para disputar el partido de fútbol los jugadores tienen que entrar en la cancha. Il lugar físico de la cancha se vuelve constituyente para el juego del fútbol. Para el ajedrez, el soporte físico es menos determinante: las piezas podrían ser sustituidas tranquilamente por codigos escritos en cartoncitos y mantener el mismo valor. Extremando las cosas, en el ajedrez, el espacio físico puede ser anulado completamente, porque los partidos, como sucede frecuentemente hoy en día, pueden tener lugar en el espacio virtual del ordenador entre jugadores que viven en ciudades distintas.

El partido de fútbol en cambio no puede tener lugar en el espacio virtual, porque también hacen parte del juego la ráfaga de viento que desplaza la pelota, la irregularidad del terreno que la desvía, la magia del dribbling entre los jugadores que ninguna simulación virtual puede reproducir.

El espacio físico, en el fútbol, pertenece al cuadro del juego. Además está el timing, dado por el silbato del árbitro. Primer silbido: patada inicial; segundo silbido: hubo un fawl, el juego se detiene; después, al tercer silbido, se patea el penal y se recomienza. Entre el primer y el segundo silbido el jugador no puede tocar la pelota con las manos, porque la regla lo excluye. Entre el segundo y el tercero puede tomarla en la mano y moverla como quiera, porque en ese paréntesis, aunque el partido continúa, el juego está suspendido y las reglas no están en vigor. El conjunto del juego incluye también esas pausas, esas suspensiones internas en las que hay "irrupciones de la realidad", en las que las reglas son puestas ente paréntesis mientras se espera que el juego continúe. Entretanto, en el momento en que la realidad vuelve a entrar en vigor en el espacio dejado vacante por la detención determinada por la regla, el partido no se interrumpe.

Creo que, cuando Lacan describe el psicoanálisis como un juego, quizás tendríamos que pensar más bien en un juego como el fútbol, en el cual la presencia física es un factor constitutivo, y no en un juego como el ajedrez, que puede realizarse sin pérdida en el espacio virtual. Es cierto que la metáfora del ajedrez es la que usaron Freud y Saussure, pero es una metáfora que vale sólo si creemos poder reducir todo al significante. En nuestra práctica la presencia física es constitutiva del encuadre. Es lo que Lacan expresa en el Seminario de La Transferencia, adaptando al psicoanálisis una definición de la medicina que Erisímaco da en el Simposio: ciencia de las eróticas del cuerpo.

El elemento esencial del encuadre es la presencia física simultánea del analista y el paciente en el espacio de la sesión. Para esta finalidad no necesitamos aparatos voluminosos como la cancha para los jugadores de fútbol. Que el espacio sea la consulta del analista es simplemente un factor de comodidad, y sólo los manuales tipo Langs consiguen recargar este elemento de confort con contenidos de estandardización. Sabemos por otra parte que a Lacan le sucedió atender en el hospital, después de un accidente de esquí que lo había inmovilizado. Sabemos de sesiones que se desarrollan en habitaciones de hotel durante los viajes intercontinentales. Todos nuestros programas de psicoanálisis aplicado preveen una cierta libertad en cuanto al ámbito en el cual se produce el encuentro entre aquel que está en posición de analista y quien pone a trabajar el inconsciente: la escuela, el hospital, la cárcel... el inconsciente no es segregable. Basta que haya presencia física, y es éste el motivo por el cual consideramos que no puede haber sesiones ni efectos analíticos a través de internet.

La presencia física puede dar cuerpo a la palabra de muchas maneras. El setting definido por el debate de los años '50 le hace emprender el camino de la regresión infantil. El setting intersubjetivista la enmarca en un diálogo entre pares. Y en la práctica lacaniana? El texto de Esthela Solano que apareció en Papers 5 describe en modo muy preciso y articulado las condiciones de la palabra en la práctica lacaniana: nos muestra el viraje del horizonte de la producción de sentido a aquella que, con expresión eficaz, ha llamado la poética herética de la interpretación. Se trata de explotar el equívoco para producir un efecto en el cuerpo, para crear una resonancia con la pulsión, para incidir en lo Real.

Cuáles son los requisitos para que estas condiciones de palabra puedan producirse? En el fondo, se trata de definir qué es lo que hace que nos encontremos en el interior del juego analítico, cuál es el rasgo distintivo que permite diferenciar el espacio de palabra analítico del espacio del discurso corriente, o disque-ourcourant, como lo llama Lacan.

En el número anterior de Papers habíamos subrayado el párrafo del seminario Problemas cruciales para el psicoanálisis en el cual Lacan escribe la que llama ley de la relación entre analista y analizante: la sustitución del objeto "a" a la realidad sexual, que es un modo de decir que el amor toma el lugar de la falta de relación sexual, es un modo de subrayar que el objeto contiene la falta.

objeto "a"
------------------
realidad sexual

Podemos considerar que esta fórmula evoluciona en el seminario El revés del psicoanálisis, y se transforma en:

a
------------------
S2

Donde estaba el agujero en el cual, algunos años más tarde habría de configurarse la falta de relación, se coloca el saber, que es un saber supuesto, la hipótesis de un saber sobre el deseo, o sobre el sexo. El punto de partida, la entrada en el juego analítico es la hipótesis de un saber sobre el sexo, que debe consumirse gradualmente para hacer aparecer la imposibilidad de un saber sobre el sexo.

En el pasaje de una escritura a la otra vemos sin embargo otra transformación: lo que antes había sido formulado en términos de una teoría de los juegos ahora se escribe en términos de discurso. Del concepto de juego se pasa al de discurso. En la segunda fórmula reconocemos, en efecto, la parte izquierda del discurso del analista.

Qué cambia del concepto de juego al de discurso? Digamos que el concepto de discurso es más amplio e incluye el de juego, porque define una organización de funcionamiento del lenguaje, pero además el discurso combina elementos heterogéneos, como significante y goce. El discurso, a diferencia del juego que se puede definir por sus reglas, (aunque vimos que por ejemplo en el fútbol, a diferencia del ajedrez, las reglas se enganchan a la realidad del campo) determina una posición de goce.

En la primera fórmula Lacan muestra que el juego analítico presupone una falla, la falta de relación sexual; en la segunda fórmula muestra que esta falla es trabajada a través de una hipótesis de saber. Con ello tenemos una definición intrínseca del cuadro analítico, tenemos una especie de encuadre que no deriva de las reglas, ni de preceptos empíricos, sino de una orientación fundamental: apuntar al punto de inconsistencia del saber, aquél en el cual el saber se desupone.

Ello se diferencia del encuadre de los años '50, que tenían como orientación fundamental la adaptación y la identificación. La falla, en este caso, es obturada por S1. El encuadre extrínseco, hecho de prescripciones prácticas, tiene en última instancia un valor institucionalizador, constituye un S1 que cubre la inconsistencia del Otro y que permite un uso del S2 como saber universitario o pseudocientífico: el analista funciona como experto del inconsciente, y si el inconsciente ya está dado, S2 es un saber sobre un objeto en vez de ser la suposición que permite reelaborar la falla. El encuadre clásico va de la mano con la ambición de hacer del psicoanálisis una ciencia: de allí derivan las peculiares concepciones del anonimato, de la neutralidad y de la abstinencia en vigor en la psicología del Yo.

El encuadre posmoderno se libera de todas estas formas de despersonalización del analista dándoles vuelta como un guante y haciendo del analista una figura que interviene a través de una confrontación dialéctica de opiniones con el paciente. La noción de verdad se debilita sin que nada detenga la relativización, salvo la noción de una utilidad terapéutica que constituye todo lo que se juega en el análisis.

Consideremos también la relación con la realidad que mantienen los distintos encuadres: el encuadre clásico está pensado para separar la situación analítica de la realidad, para favorecer el declive hacia el principio del placer, que regula los procesos primarios del inconsciente. La realidad entra en juego en modo espurio a través de la técnica llamada de la confrontación, es decir una especie de constricción que obliga al paciente a tener en cuenta datos considerados objetivos e inexpugnables.

El encuandre postmoderno reincluye la realidad rehabilitándola en el cuadro de las operaciones analíticas; ya no la considera relacionada con una intervención espuria. Mientras tanto, sin embargo, ha cambiado la concepción de la realidad: ya no se trata de la realidad objetiva que guía el pensamiento positivista, sino de una construcción. El encuadre intersubjetivo tiene una perspectiva construccionista: considera la realidad como una construcción que sirve al paciente para tomar decisiones, y no la coloca en un orden jerarquizado en el cual la del analista debería prevalecer, porque estaría mejor calibrada sobre el criterio de la objetividad.

En la práctica lacaniana estamos menos preocupados por el lugar de la realidad. No necesitamos el silbato del árbitro para que nos diga cuándo podemos tocar la pelota con la mano, porque no tenemos la idea de segregar el inconsciente de la realidad, ni de usar la realidad como principio orientador para la decisión subjetiva.

El corte no pasa entre el inconsciente y la realidad para hacer posible la interpretación, sino, como explica bien Esthela Solano, la interpretación misma es un corte que hace emerger la dimensión del goce, es un tajo del que deriva el fuera-de-sentido de lo real.

No tenemos una necesidad particular de ocuparnos de la realidad, ni una necesidad particular de excluirla, porque nuestra orientación es hacia lo real, y el pasaje del concepto de juego al de discurso en Lacan aclara justamente este punto: que la apuesta es lo real, que la organización del lenguaje no sirve para dar sentido a la realidad sino para funcionar como aparato de goce.

La mayor libertad de nuestra práctica respecto a las reglas no tiene por lo tanto nada de arbitrario, porque deriva del desplazamiento del centro de la experiencia analítica, del horizonte de la antinomia inconsciente/realidad al de la compenetración entre lenguaje y goce.

Traducción: María Teresa Rodríguez

 
El deseo del analista y su complicidad abierta a la sorpresa

Jésus Santiago

Si las personas buscan un análisis es porque saben que, en este lugar, va a acontecer algo. Y es esto lo que verdaderamente determina la posición firme en la que está anclado el psicoanalista.. Si ellas saben que va a acontecer algo que se puede calificar de milagroso, es porque la experiencia analítica está siempre abierta a lo que, en el límite, quiere decir: asustarse. Del lado del analista, es preciso, por lo tanto, que sepa hacer existir ese margen de experiencia que se distingue como sorprendente. Es de esta manera que, en su seminario “Problemas cruciales para el psicoanálisis” Lacan retoma, una vez más el papel de la sorpresa en la práctica psicoanalítica. Y lo hace recuperando y profundizando aquello que ya había sido enfatizado en “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis” , que es definirla a través de sus relaciones con la espera. Así, la sorpresa emerge cuando el sujeto tropieza con algo que lo hace sentirse sobrepasado, con algo que acaba descubriendo que es, al mismo tiempo, más y menos de lo que esperaba- pero que, de todos modos, es , en relación a lo que esperaba, de un valor único.[1].

Reik y la sorpresa
Se nota aún que la doctrina lacaniana de la sorpresa se forja como el recurso del diálogo con aquél que sabe percibir la discontinuidad como fenómeno esencial del inconciente, fenómeno decisivo para el propio progreso del tratamiento analítico. En ambos momentos, señalados antes, las referencias de la enseñanza de Lacan a los usos clínicos de la sorpresa aparecen en una clara interlocución con Theodoro Reik. Para éste último “ lo esencial del proceso analítico está determinado por el shock y por las largas repercusiones que acarrea la toma de conciencia de los procesos oriundos de la represión” . Es visible que él también concibe la sorpresa como una modalidad subjetiva que resulta de la espera que, en este último caso, se califica de inconciente. Según sus propios términos: “...cada vez que se enseña al paciente algo que él sabe inconcientemente, él se sorprende. Es lo que se desprende de nuestra manera de caracterizar la sorpresa como una reacción a la consumación de una espera inconciente”[2] .

Aún así, se observa que si, para Reik , la sorpresa emerge del lado del paciente, ella es siempre provocada por el analista. Para Lacan, al contrario, no se puede concebirla sin considerar el hecho de que ella proviene del encuentro con lo real faltante (“faltoso”). La sorpresa, según el primero, está enteramente circunscrita a la temporalidad retroactiva del nachträglich , pues es siempre una resultante de la espera inconsciente y, por tanto, una reacción al encuentro con el material reprimido cuya responsabilidad está en las manos del analista. El explica esa idea al afirmar que : “...el efecto sobre lo reprimido de una comunicación tan sorprendente es, en el fondo, un efecto que frecuentemente sólo aparece más tarde”[3] En fin, si hay algo de desconcertante en la verdad del sujeto, es porque él se encuentra con lo que ya sabe, desde hace mucho tiempo, y es como si del analista sólo pudiese hacer valer ese “verdaderamente desconcertante” como efecto de la interpretación , concebida como traducción de ese ya sabido del inconsciente.

El margen imprevisible de la experiencia
Para Lacan, la temporalidad retroactiva en el plano de la experiencia del inconciente no es suficiente para rescatar el principio de imprevisibilidad [4] que anima el desarrollo del tratamiento analítico. La lógica de la sorpresa sólo es aprehensible si se reconoce el margen imprevisible que envuelve la experiencia, margen que fue, paso a paso, siendo reducido hasta sus espacios más ínfimos, con la práctica del psicoanálisis preconizada por los post- freudianos. En definitiva, la temporalidad del sujeto supuesto saber no es suficiente para que la práctica analítica se muestre compatible con ese margen hacia el cual converge una práctica que se quiere orientada por lo real. Se admite, entonces, que el saber en esta experiencia, no siempre es lo que se hace esperar. Es preciso tener en cuenta una temporalidad menos homogénea y que tenga en consideración lo real faltante, fuertemente presente en aquello que se constituye como el móvil del propio tratamiento. Y más que esto, es preciso reconocer de entrada, que ese real faltante propio de la realidad del sexo, no se corresponde en forma alguna con la suposición de saber[5]. Como se ve, la sorpresa con la cual se las ve el psicoanalista lacaniano, está más allá del encuentro con la cara interpretable del material inconsciente que se desprende de la suposición de saber.

Estar a la espera de su lugar en el saber
A lo largo del seminario “Problemas cruciales del psicoanálisis” , Lacan propone que la estructura formal del juego[6] puede explicitar el empleo que se hace de ese principio de imprevisibilidad, sobre todo cuando se trata de circunscribir la relación del saber con lo imposible de saber, propio de la realidad sexual. Si el principio de imprevisibilidad se impone, en ese contexto, es porque se está frente a lo real que, a pesar de imposible, sólo es aprehensible por la vía de la contingencia. Es en ese sentido que él señala que nada aquí se confunde con una cierta visión marxista de la historia, cuyo fundamento último es la idea de que en la historia “nada se juega”( rien ne se joue) . En otras palabras, se piensa lo real de la historia como algo e en que “todo se jugó antes” ( tout est joué d´avance)y, por tanto, si hay un sujeto de la historia, ese sujeto mismo en sus desvíos, se localiza siempre allí donde ellos nos indican, o sea, en el sustrato material de la vida social que se define por sus bases económicas [7].

Por lo tanto, si Lacan puede aproximar la práctica del psicoanálisis a lo que se expresa por los caracteres y por el funcionamiento del juego, le fue necesario explicitar en qué nivel aparece una tal aproximación. Sea en sus formas más simples , sea en sus formas más elaboradas, el juego se presenta como un sistema cerrado en el que prevalece el funcionamiento más o menos codificado de las reglas. Un juego no es nunca algo en lo que el jugador es enteramente libre para hacer lo que quiera y como quiera. Además, cuando se cambian las reglas, se cambia también el juego. Son las reglas las que confieren la fisonomía, la naturaleza y el sentido propio del juego. No obstante, si el juego comporta una dimensión bastante amplia es porque la inclusión de las reglas, en su funcionamiento, se muestra infinitamente variable.

Es exactamente ese aspecto de las reglas que se destaca cuando Lacan establece esa comparación del juego con la experiencia analítica. Lo que es propio en el juego del análisis es dar lugar a la regla que se presenta como excluida, como prohibida, ya que ella se confunde con ese punto que, en el ámbito del sexo, se designa como el punto de acceso imposible. El juego del análisis apunta, en última instancia, a reducir el círculo de la relación del sujeto al saber. “Esta relación tiene un sentido y posee sólo un sentido único, es aquél de la espera” Es por eso que Lacan concluye, en ese momento de su elaboración, que si el sujeto siempre espera su lugar en el saber: el juego, a su vez, es lo que traduce esa espera, bajo la égida de una tensión y de un distanciamiento, por el cual el sujeto se constituye ahí, con respecto a lo que, en algún lugar, existe como saber.

Complicidad abierta a la sorpresa
Me parece claro, por otro lado, que ese volver sobre el juego, coincide con el interés de Lacan en hacer valer una orientación que pueda hacer prevalecer el estatuto contingente de la verdad, antes incluso de que esta pueda confirmarse en el plano del saber. Se trata, por tanto, de hacer efectiva la relación divergente entre esa verdad contingente y el saber, ya que si el saber se hace esperar, la verdad está siempre en suspenso, sobre todo cuando el saber aún no puede constituirla. Es en ese sentido, que se introducen los cuestionamientos sobre lo que sería la verdad de la ciencia antes que ella se afirme o, aún, lo que sería de la verdad del inconsciente, antes que Lacan la haya interpretado. La respuesta aparece en aquello que se evidencia por la dimensión contingente del juego, a saber: “ antes que se juegue, nadie sabe lo que va a ocurrir”[8]

Como muchos pueden pensar, ese modo en que el juego trata la contingencia no quiere decir que el juego tenga algún parentesco con la pasión por el riesgo. Y Lacan es bastante claro a ese respecto pues, según él, nada es más contrario al riesgo que el juego. Lo que el juego hace con el riesgo es encapucharlo, neutralizando sus efectos. La prueba más cabal de esto es que una de las primeras iniciativas de la teoría de los juegos es proponer la formulación de la llamada teoría de la distribución. Quiere decir que el inicio del juego se efectúa con la distribución equitativa de lo que estará disponible, para proceder a las secuencias de las jugadas. Como efecto, se torna posible un cálculo de las probabilidades, una vez que las jugadas son distribuidas en función de las reglas que estructuran ese sistema cerrado.

Un último aspecto a ser acentuado es el enfoque original que se instaura, en este seminario, sobre lo que se denomina estrategia del juego. Más allá de lo que se revela como perfectamente calculable en un número extenso de jugadas posibles, hay que considerar el hecho de que la naturaleza de la estrategia del juego se define menos por la oposición que por la posibilidad de acuerdo, comprensibilidad y comunicación entre los dos jugadores. Para Lacan, lo que el jugador busca en todo juego, es algo que comporta esa conjunción de dos sujetos que, al establecerse como un lazo de complicidad entre ambos, se vuelve el verdadero móvil de toda estrategia de juego.

La experiencia analítica, aún así, está lejos de consumarse en esa complicidad que se instituye en la conjunción entre dos sujetos- el sujeto dividido y el sujeto- supuesto- saber -, como es el caso de lo que pasa con la estrategia del juego. Como propone Lacan, la modalidad de la experiencia que se instala con el advenimiento del psicoanálisis , debe contar aún con un tercer jugador. o sea: más allá de las tensiones entre el sujeto que permanece indeterminado por el inconsciente y el saber que se hace esperar , existe la realidad de la diferencia sexual. En suma, es esa comparación de la estrategia del juego con lo que es propio del dispositivo analítico , que permite explicitar el alcance de la acción de este último, según tres instancias distintas: el sujeto indeterminado por el inconsciente, o el sujeto dividido; el saber que se hace esperar o la suposición de saber, y el sexo como imposible de saber, lo real como imposible.

Es la introducción de ese tercer jugador que se muestra como lo imposible de saber sobre el sexo, jugador que no se confunde con el sujeto supuesto saber , que permite entender por qué, para Lacan, la sorpresa emana del encuentro con lo real. La sorpresa sólo adviene, como se dice, si la operación analítica es capaz de proceder a la reducción del espacio que concierne al juego entre el sujeto y el saber. Ella se constituye, por tanto, como un sobrepasar radical de la espera que se produce por esperar no saber. Y lo que detiene esa función de producir el sobrepasar de esa espera ya esperada es la función del deseo del analista. El deseo del analista emerge, entonces, para mantener el instante de suprema complicidad del analista con lo real imposible de saber. Ese “punto de complicidad abierta a la sorpresa” [9], como dice Lacan, es lo que se coloca como lo opuesto de esta espera que el funcionamiento del juego alimenta en su distribución equitativa de las jugadas para constituirse como lo inesperado.

 

Traducción: Juan Carlos Tazedjián

Notas
1- J.Lacan: El Seminario, libro XI: “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Paidós
2- Th.Reick: “Du véritablement déconcertant à la vérité déconcertante”, in:Le psychologue surpris – deviner et comprendre les processus inconscients. Paris : Denoël, 1976, p. 95.
3- Ibid.p.96.
4- Sobre “El principio de imprevisibilidad”, remito a la conferencia pronunciada Graciela Brodsky, durante el XIII Encuentro Brasilero del Campo Freudiano- SBP, “La práctica lacaniana en las instituciones” edn mayo ddel 2003, publicada en Papers nº5.
5- LACAN, J. Le Séminaire, livre 12, Problèmes cruciaux pour la psychanalyse (1964-1965). Paris, leçon du 19 mai 1965, inédit.
6- Ibid, leçon du 19 mai 1965. Me pregunto si ese recurso al juego no es similar al uso del sofisma cuando se trataba de explicar el carácter heterogéneo del tiempo con el cual el analista dirige la cura.
7- Ibid.
8- Ibid.
9- Ibid.

 
El setting interno

Ricardo D. Seldes

1. El principio de la serie
Continuamos. Una vez que algo es dicho, implica una sucesión. Sólo se puede cuestionar lo que ya ha sido dicho, y eso vale tanto en un análisis lógico como en la logificación del inconciente en la experiencia analítica. Cuanto más se continúa con lo dicho, más apremiante se hace lo imposible de decir. Lo serio de la serie, que ubicamos en nuestro último Paper del lado de la producción de analistas, podemos también reconocerlo en el argumento que sostiene Jesús Santiago en el Paper # 3 cuando muestra que la serie de sesiones no es equivalente a la sumatoria de la sucesión de sesiones que componen el proceso del análisis. Suscitar la espera, como campo fértil para la sorpresa, indica el factor libidinal que se incluye en la serie y lo que la alimenta es el carácter lógico inscripto en el tiempo de saber que define a un análisis.

2. El principio de la responsabilidad subjetiva
Nos ocuparemos de un caso relativamente actual (1990), publicado con un título interesante para nuestro tema de las indicaciones y contraindicaciones: ¿Puede ser analizado un mentiroso? [1]

El resumen del caso es el siguiente: en principio un mentiroso no es un paciente propicio para el psicoanálisis, dado que se trata de un tratamiento basado en la veracidad. Como se presenta en el discurso, parece ser una dificultad madura, pero el análisis revela que es primitiva, que está unida a las continuas dudas y angustias del mentiroso sobre la comunicación con objetos primarios que por varias razones se han convertido para él en objetos mentirosos. Como es de esperar, el mentir ocasiona una serie de problemas que dificultan el proceso analítico. A pesar de ello, este artículo ilustra clínicamente la noción de que se puede poner en marcha un auténtico proceso analítico si el mentir se trata y entiende como la comunicación que hace el paciente de que es un mentiroso, que se identifica con un objeto mentiroso que le hace sentir gran angustia; en la transferencia ese objeto es el analista.

Al leer el relato del caso M., podemos suponer que se constatará lo que en la práctica lacaniana acostumbramos a plantear como la puesta en forma del síntoma bajo transferencia y cómo, en la rectificación subjetiva que comporta, el sujeto ha podido elaborar algo del goce que lo encarcela. Pero no es así. Nos encontramos fundamentalmente con un pormenorizado relato de la contratransferencia, de las interpretaciones que ésta suscita y fundamentalmente del inmenso sufrimiento que la analista padece, porque este tipo de pacientes, con los que no se puede tener certidumbre de nada, dañan el “setting interno del analista”, me transformé en un partenaire de una perversión de la relación analítica....ellos (se refiere a M. y a otro paciente mentiroso L.) podían ver como yo pensaba que lo que habían dicho era verdad cuando no lo era, y como me corrompieron a responder lo que en efecto eran mentiras.

La analista aguardaba cada sesión con esperanza, intentando al mismo tiempo disimular la angustia que el analizante le producía. Un ejemplo de interpretación basada en el sentimiento contratransferencial es que la madre de M. era una mujer que quería contener las intensas proyecciones de su hijo, pero a la que le faltaba la capacidad para hacerlo.

La sorpresa va ganando la cura, pero del lado de la analista. ¿Cómo podía ser que un paciente que en el primer encuentro aceptó tan gustosamente las pautas del tratamiento, cantidad de sesiones, honorarios, tiempo de duración e inicio de la cura, ahora se muestre abroquelado en enunciados tan poco confiables?

Es una idea extraña para cualquier practicante lacaniano que se indique un análisis antes de tenerse alguna idea acerca de la estructura de la que se trata. Es incongruente no sólo desde la perspectiva de las posibles contraindicaciones, sino que ese período previo llamado de entrevistas preliminares permite que el sufrimiento devenga queja de sí mismo y que la queja pueda transformarse en una demanda de análisis. Lo que podemos entender, en el inicio de un tratamiento, como el principio de responsabilidad subjetiva. Principio que tendrá vigencia durante toda la cura, y aún después.

Casi debo disculparme por formular obviedades que por estar tan incluidas en nuestro quehacer cotidiano, las damos como incuestionables e ineludibles. ¿No será pues que partiendo de estas indudables prácticas, obvias, necesarias, encontraremos nuestros principios?

El señor M. vuelve regularmente a sus sesiones y habla de sus ideas, cuenta sus sueños. Sueña que está en un convento. Tenía puesto su ojo en el agujerito que hay en la cosa giratoria (turning thing) que hay en las puertas de los conventos. La interpretación apuntará a lo mismo: el sujeto que mira a la analista como a una madre, para tratar de ver, sin padre, como ella reacciona (incompetentemente) a su comunicación.

El sueño muestra que es verdad que M. tenía a su analista “entre ojos”, puesta en cuestión por exceso y por defecto, cuestión a la que ella no podía sustraerse y que la desesperaba. Si armamos la hipótesis de que M. es un obsesivo, como los que se suelen plantar en una fortaleza de aislamiento para tratar de controlar lo vivo del deseo del Otro, eso les provoca a menudo, fuertes reacciones cuando se intenta incomodar la defensa por su costado imaginario. En este caso, la insistencia de la analista por analizar la transferencia, a partir de la realidad de sus sentimientos, no toma en cuenta el significante turning, que si bien tiene algo de turn against (tomar aversión contra), es también un turn about (dar un giro, o cambiar de frente) y por sobre todas los posibles equívocos turning es una invención, tal como puede señalarlo el turning point, que es el momento de viraje, de una vida, de un etapa, de un análisis.

En poco tiempo comenzaron las mentiras a la analista que se montan en la demanda de un cambio de horario, por el arribo de una mujer conocida de él a Londres. La analista asocia e interpreta: ella le había solicitado un cambio de horario, y que eso tenía que ver con el pedido de él (me haces lo que te hice). Esta interpretación hace recrudecer la mentira, la mujer que llegaba debía hacerse un aborto, luego que sólo tenía una pierna, y mientras M. claramente termina burlándose, la analista se preguntaba por la verdad de las proposiciones. Incluso comenzó a dudar de si no se trataría de una confusión entre fantasía y realidad. Me sentía presionada y manipulada, y también confusa. Pero no cambié su horario.

Las interpretaciones comenzaron a apuntar al sentimiento de desesperación que él quería provocar en ella, y mientras tanto engordaban más el síntoma que no era reconocido como tal; el setting y la misma contratransferencia se tornaban en exigencia superyoica para la analista. Toman el valor de esas reglas que en definitiva, como lo señaló Marco Focchi en el Paper # 4, producen un efecto intimidante en el analista y obtienen el resultado de inhibir el acto analítico.

¿Qué traza las vías de la realidad, y en especial para un sujeto para quien ésta es profundamente frágil? J-A. Miller formula esta pregunta en su curso el Banquete de los analistas en el mismo año en el que se desarrollaba este tratamiento (1990). Respuesta: los mandatos del superyó en tanto tiránicos. [2]

3. Intermezzo: una crítica de la contratransferencia
Tal como indica Lacan en el seminario 8, desde siempre existió la noción de contratransferencia en el psicoanálisis bajo la forma de aquello que en el analista representa su inconsciente, en tanto que no analizado, nocivo para su operación de analista.

Esto que lleva de suyo al análisis del analista, no alcanzó en el intento de ir más lejos, a lo más profundo, al mayor efecto [3], sino que se complicó con la teoría de la comunicación entre inconcientes. Lo más destacable en este planteo de Lacan es de que por más que se lo analice, es impensable una elucidación completa del inconciente. Hay siempre un resto, que implica también que existirá un resto de transferencia que no podrá ser disuelto. Por más lejos que se lleve un análisis, hay una reserva de inconsciente, en un sujeto advertido precisamente a través de la experiencia del análisis didáctico, continúa Lacan, y que sepa de algún modo jugar con ella como con un instrumento, como con la caja del violín, del cual, por otro lado, posee las cuerdas. No es sin embargo un inconsciente en bruto. Es un inconsciente suavizado, un inconsciente más la experiencia de este inconsciente. [4]

El problema se plantea entonces en cómo hacer, o cómo saber-hacer con eso. El ideal estoico de analista apático es un imposible, una verdadera contradicción a lo que calificamos como deseo del analista. Lacan quiere radicalizar su posición y plantea que cuanto más analizado esté el analista, más posible será que esté francamente enamorado, o francamente en estado de aversión, o de repulsión, bajo las modalidades más elementales de las relaciones de los cuerpos entre ellos, respecto a su partenaire. [5]

Hecha esta salvedad, digamos que la crítica que Lacan realiza de la contratransferencia apunta esencialmente a la concebida como los sentimientos experimentados por el analista en el análisis de sus pacientes. Y parte del principio que la sustenta: el vaivén de la introyección del discurso del analizado, y de algo que admite en su normalidad, la posible proyección sobre el analizado de algo que se produce como un efecto imaginario de respuesta a esta introyección de su discurso... Una circularidad sin cortes que lleva a que el analista sea el receptáculo de la proyección de la cual se trata; que sienta en sí mismo estas proyecciones como un objeto extraño. Lo cual le deja en una singular posición de vertedero. [6]

4. El principio de no comprender
J-A. Miller en su clase del 3 de abril de 2002 ha aislado un principio que compartimos y que parte de la diferencia que tiene la práctica lacaniana con este modo de hacer : abstenerse de la comprensión emocional, prohibirse, bloquear la traslación de los afectos y considerar que ahí está el engaño que impide el progreso de la experiencia. [7] Un principio que coincide con una contraindicación al analista.

Un segundo sueño de M. se produce en el análisis. Yo estaba alimentando a dos chanchos con alguna cosa (stuff); algo de la cosa era comida, algo era basura. Los chanchos no conocían la diferencia entre la comida real y la basura. Comían todo. Entonces un perro negro entró y, en el sueño, yo tenía una cosa (thing) negra más grande aún, para lidiar con el perro. Ella interpreta: “los dos chanchos que usted alimenta me representan a mí. Y teme que yo no me dé cuenta de la diferencia entre sus verdaderas comunicaciones y su basura”. M queda sorprendido por primera vez: Nunca pensé que me iba a interpretar que los dos chanchos eran Ud. Lo que lleva a la interpretación final: “ahora Ud. sabe que yo puedo discriminar lo real de la basura, y eso es importante para Ud.”.

Desde ese momento ella dice que puede retomar la dirección del tratamiento. Inadvertidamente se posiciona como objeto, hace semblante de tragarse (swallow) lo que él tiene para darle, lo que desplaza a que se indique, cómo M. se satisface con su propia cosa negra, el verdadero centro de las mentiras, su modo de gozar del inconciente, el goce fálico que obtiene con ellas, quedarse en su reducto mientras el perro del Otro quiere entrometerse. [8]

La última enseñanza de Lacan demuestra bien el estatuto de la palabra. Como ha planteado Esthela Solano en el Paper anterior, lo que se pone en primer plano no es la función reveladora de la palabra sino su ejercicio de goce al servicio de no querer saber nada. “La palabra no se ejerce con fines de comunicación, sino con fines de goce. Lalengua y la palabra satisfacen el goce del bla bla, el que da cuenta del soliloquio, y comporta un funcionamiento autista”.

Los pensamientos contratransferenciales y el “setting interno” hacen gozar al analista, constituyen su lalengua y en el dispositivo que se arma, lo estigmatizan como sujeto del pathos, dejando al paciente en el lugar del agente-objeto. Refiriéndose a M y a L., ella dice: ”me corrompieron a responder a las mentiras, lo que aumentaba su excitación y sentido de la omnipotencia. Entonces internalizaron a un contenedor corrupto, y en identificación, devinieron menos capaces de diferenciar o contener sus propios estados mentales, y su ansiedad fue aumentada por la hostilidad de su superyó en sus éxitos perversos”.

Si en cambio el analista, por su acto en la interpretación, acepta ser el destinatario de la palabra que en definitiva es siempre mentirosa, entonces se verifica que la sorpresa que causa, es el signo de que asume la inclusión de un elemento azaroso en la interpretación. Se trata del reverso de una práctica que especula sobre la coincidencia sentimental.

En definitiva esa especulación es el engaño mayor, ya que si el analista no ocupa el lugar que le corresponde en el discurso analítico, queda para el analizante encarnar salvajemente el residuo al que el Otro se reduce.

Vemos entonces cómo el concepto deseo del analista forjado por Lacan permite producir la diferencia con la voluntad de goce, el setting interno, siempre y cuando se reconozca, en el discurso analítico la barrera que existe entre el significante en el lugar de la producción y el saber en el lugar de la verdad. Cuando Lacan en Televisión afirma que la interpretación debe estar presta ubica, según Michel Silvestre, que en última instancia es preferible afirmar una mentira, para que el analizante sea el que diga la verdad [9]. Si es el analista el que la profiere el sujeto no tiene otro camino que retroceder, es decir ceder sobre su deseo.

Una bella definición del deseo del analista la encontramos en la clase de Lacan que venimos comentando: estar poseído por un deseo más fuerte que aquellos de los que pudiera tratarse a saber, “ir al grano” con el paciente, tomarlo en sus brazos o tirarlo por la ventana [10]. De allí su responsabilidad y la contraindicación de que el analista sitúe su propio objeto parcial en el paciente del que se ocupa.

La anticipada contraindicación a no aceptar mentirosos en análisis, es correlativa de la ferocidad del “setting interior” y del uso de la contratransferencia, que gracias a la admirable decisión de Lacan de confrontarla con el deseo del analista nos extraen de esa dimensión, de su práctica y de sus inducciones, evitando que se constituya en un impasse para el mismo psicoanálisis.

 

Notas
1- O’Shaughnessy, Edna – Can a liar be psychoanalysed? – International Journal of Psychoanalysis.(1990) 71, pág. 187
2- Miller, J-A. –El Banquete de los analistas – Paidós – Clase XVII Clínica de la civilización – pág. 295
3- Lacan, J. – El seminario Libro 8 La Transferencia – Paidós – pág. 211
4- ídem – pág. 211
5- ídem pág. 214
6- ídem pág. 221
7- Miller, J-A – Un medio maleable – en Freudiana 37 pág.9 este índice es nuestro aporte al caso, ya que en ningún momento fue planteado de este modo
8- Silvestre, Michel – ¿Para qué sirve un psicoanalista? En Mañana el 9-9-9-9-9
9- Psicoanálisis – Manantial pág. 187
10- Lacan, J. – ídem – pág. 214

 
 

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