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Relativos a la AMP - IV Congreso AMP: La práctica lacaniana
Traducción española Nº 3
Tres textos de Marco Focchi
Regularidad y sorpresa en la cura
Standard y objetivación
No me traten como un padre
 
Regularidad y sorpresa en la cura

La sorpresa no nace necesariamente de la infracción a la regla: el modo quizás más interesante surge de la radicalización de sus implicancias, ya que ningún sistema de principios está en condiciones de definir todas las posibilidades. Desde esta perspectiva, el debate clásico sobre los standard de la cura psicoanalítica, si tenemos en cuenta los textos, es menos regulador de lo que estamos acostumbrados a pensar y se refiere sobretodo a los recursos que se pueden poner en juego en la cura, de acuerdo con la idea que se tiene de los factores terapéuticos.

El problema de los standard no pertenece a Freud ni al primer círculo de analistas vieneses: hace su aparición en los años cincuenta , como respuesta a las tendencias que se habían manifestado en autores como Ferenczi y Alexander, que además de la interpretación, consideraban otros factores de cambio en la experiencia psicoanalítica. Los standard, por lo tanto, responden a principios pero, como siempre, después de Rómulo viene Numa Pompilio, después del fundador, el creador, el inventor, viene el administrador, posiblemente sabio*, que en la necesidad de definir las normas de la práctica, corre el riesgo de opacar el despuntar novedoso del inicio.

En cuanto a las prescripciones que se habían consolidado en los años cincuenta, Lacan se presenta como el gran "desregulador", quien da vida a una modalidad de sesión fuera de los esquemas consolidados. En la práctica que delinea está tanto la tentativa de encontrar la frescura de los orígenes, como de ampliar la reflexión sobre los principios. No hay, sin embargo, un rechazo a las leyes que estructuran el campo de interacción : basta pensar en las reflexiones que dedicó a la teoría de los juegos y a la importancia que le atribuyó como modelo de la experiencia psicoanalítica. Hay, mas bien, un vuelco respecto al formalismo de la regla: clásicamente la regla es una prescripción positiva: la sesión debe durar un tiempo determinado, el paciente debe acostarse en el diván, debe asistir cuatro o cinco veces a la semana; el analista debe tener solo relaciones analíticas con el paciente, etc. Para Lacan se trata de ir del reino de las reglas al espacio del juego. Es la misma diferencia que hay entre el soldado en una parada y la bailarina de tango. Con ostentoso uniforme, el soldado avanza marchando con una secuencia prescrita de pasos que se desarrollan en las figuras majestuosas y marciales del desfile. La bailarina de tango no sabe de antemano los movimientos que le indicará su partenaire, pero está lista a intuirlos para dejarse llevar por el ritmo en el que se desenvuelven las improvisaciones arrebatadas y apasionadas de la danza. Sin embargo, para bailar el tango es necesario conocer los pasos.

Así, en la práctica lacaniana, es necesario conocer la sintaxis.

Traducción: Ennia Favret

 
N de T: saggio es un adjetivo usado habitualmente como "sabio" pero también alude al "prudente".
 
Standard y objetivación

Un modo de considerar la diferencia entre los standard de la ortodoxia histórica y el estilo de la práctica lacaniana puede ser la distinción, introducida por John Searle, discípulo de Austin que se dedicó particularmente al estudio de los speech acts, entre reglas regulativas y reglas constitutivas.

Están las reglas que gobiernan actividades preexistentes: el código vial, por ejemplo no instituye la circulación de las calles, pero hace que el tránsito pueda desenvolverse ordenadamente. Hay otras reglas que crean la posibilidad misma de la actividad que reglan, es el caso de cualquier juego. No existe la necesidad de disciplinar a las personas que mueven piezas de madera sobre un tablero, pero establecer que el caballo mueve tres casilleros en vertical y uno de lado, o que el alfil se desplaza a lo largo de diagonales, no tiene simplemente la función de poner orden en el tablero, constituye el juego de ajedrez.

Es evidente que aquí la distinción es crucial y pone sobre el tapete un problema epistemológico de fondo: una actividad preexistente, a la que se le aplican sucesivamente las reglas, tiene un carácter objetivo, que puede ser indagado con los criterios de las ciencias naturales. Cuando en los años cincuenta se produce entre los psicoanalistas el debate sobre los standard, éste se desarrolló contemporáneamente de un debate vivaz sobre el estatuto epistemológico del psicoanálisis, documentado en los textos recogidos por Sidney Hook en Psychoanalysis, Scientific Method and Philosophy. En esos años los exponentes de la psicología del yo reivindicaban la pertenencia del psicoanálisis al campo de las ciencias naturales, afirmando por lo tanto que su práctica podía someterse a criterios de indagación objetiva.

Hay congruencia entre la standarización del psicoanálisis y su objetivación científica. Esto encuentra su expresión en una de las reglas principales, la de la neutralidad.

Freud, en realidad, no usó jamás este concepto. El término que él empleó Indifferenz, le servía para expresar la idea de un freno puesto a la contratransferencia, fue traducido por Strachey como neutrality, y se convirtió en el emblema de la actitud de desapego del analista, de una posición de observador externo no implicado en los conflictos del paciente. El observador objetivante de la ciencia y el observador despegado de los conflictos se funden en el concepto de neutralidad.

Freud poniendo un punto de detención a la contratransferencia, impide que la relación analítica resbale en la relación amorosa y crea con ello el espacio mismo del análisis. Pero cuando esto es codificado de manera reglada, se produce automáticamente un efecto epistemológico que produce una distancia objetivante.

También aquí la analogía con el baile puede darnos una imagen para sostener la fantasía. En el baile siempre hay algo que roza lo licencioso o la violencia, el cortejo o la lucha.

La volta, un baile precursor del vals, fue un escándalo por haber sido la primer danza de pareja cerrada que hace su aparición en Europa. En ella los ejecutantes debían abrazarse estrechamente en una intimidad sin precedentes hasta entonces. Era bailada en la campiña y a escondidas, ya que, quien participaba de su rito pecaminoso podía correr el riesgo de terminar en la hoguera. La volta fue al mismo tiempo una de las primeras danzas populares que se introdujo en la alta sociedad y en el quinientos entró en la corte. Después, con Luis XIV, la música y la danza se convirtieron en elementos fundamentales para la vida de la corte. El Rey Sol creó, entonces, una Academia real de danza, eligiendo algunos nobles expertos en el arte de la danza que comenzaron un intenso trabajo de codificación del baile. Pasando por las manos de los académicos lo que era escándalo se vuelve así etiqueta.

Del mismo modo, cuando el psicoanálisis fue empujado a entrar en la corte de las ciencias naturales, corte regida por el espíritu del positivismo, tuvo que pasar por un código en el que las reglas regulativas prevalecían sobre las reglas constitutivas. La consecuencia inmediata fue que el acto, que con Lacan consideramos un eje que sustenta la práctica, se convierte en algo similar a una violación de la etiqueta, o del standard, y para encontrar el espíritu ha sido necesario pasar por el retorno a Freud. Para señalar hoy un carácter distintivo entre la práctica standard y la práctica lacaniana, creo útil pensar, a través de la polaridad conceptual neutralidad-acto, la actual difusión en la IPA de la cura fundada en la contratransferencia. En la IPA la cura fundada en la contratransferencia es una reacción que restablece la simetría imaginaria, luego que ésta fue despedazada por la no implicación del analista en su actitud de neutralidad. En la práctica lacaniana, en cambio, el acto es un modo de implicación que no responde a ninguna simetría y que marca un umbral crítico. Si este umbral es dejado fuera del campo operativo del análisis, la determinación de la transferencia exige la creación de un espacio artificial separado de la realidad, que en el debate sobre los standard fue pensado en base al concepto de regresión. Lacan, definiendo la regresión no como real sino de la demanda, nos ha liberado, en nuestra práctica de ese rígida "actitud analítica" para enseñarnos a ocupar el lugar del objeto (a) como semblante.

Traducción: Ennia Favret

 
No me traten como un padre

Una de las críticas que frecuentemente hemos escuchado dirigir al psicoanálisis es que éste infantiliza a los pacientes. Es una consigna que se sostiene en que se debilitan las defensas, en el decir sin reservas ni responsabilidad lo que pasa por la cabeza, en la profundización de fantasías pueriles, en mostrarse por el lado de las debilidades, en dejar salir las emociones más perturbadoras, en acostarse en el diván como perritos panza arriba tomando al analista como progenitor severo o indulgente, como objeto bueno o malo, como guía de la verdad o como aquel que siempre podrá decir: cara gano yo, cruz tú pierdes.

La caricatura del psicoanálisis se ha convertido en un arte y tiene sus talentosos especialistas, como Woody Allen, que en el marco de unas de sus películas presenta al psicoanalista como un señor maduro, con aire benévolo, que avanza seguro sobre el paciente intimidado, mostrándole la propia pipa como quien muestra un sonajero para calmar a los niños.

Estas imágenes son una burlona deformación de algo que todavía existe en el debate analítico sobre los standard y es propuesto por teóricos de primer nivel como Ida Macalpine, René Spitz, Phyllis Greenacre : se trata de lo que ha sido presentado como la teoría del "setting infantil".

La idea fundamental es que es necesario, por medio del setting, inducir al paciente a una regresión tal que llegue a fases de la vida de las que no ha conservado ningún recuerdo. Si el objetivo terapéutico del análisis es más logrado cuanto más remotos sean los recuerdos que se alcanzan a recuperar, el setting infantil es el mejor modo de llevar al sujeto en esta dirección. Es necesario, explica Macalpine, separar al paciente de cualquier referencia a la realidad objetiva en el consultorio, conduciéndolo a reducir las funciones conscientes del yo, someterse al principio del placer y siguiendo las propias asociaciones libres, abandonarse a reacciones y comportamientos infantiles.

Spitz es muy expresivo al describir este tipo de setting: "Nosotros frustramos al paciente de la participación visual del objeto, le impedimos la participación táctil con las condiciones de la situación analítica y frustramos también la participación auditiva respondiendo poco y raramente a sus manifestaciones. Como a un niño lo ponemos en posición acostada, le impedimos la locomoción y la actividad muscular prohibiéndole el acting-out e insistiendo, que en su lugar, nos informe verbalmente de sus necesidades. Es sorprendente el paralelo entre el tono de los sentimientos que así se obtienen y los de la infancia. Hasta la regla menos obvia del análisis, la prohibición del contacto social entre analista y paciente, convierte al analista y a su vida privada en misterios, tal como lo son los padres para el niño y, se puede agregar, precisamente por eso estimulan las fantasías."

Probablemente este cuadro solo representa hoy un fragmento de la historia del psicoanálisis y nadie, ni en los ambientes más ortodoxos, trabaja así. Las corrientes más actuales, las expresadas por los sostenedores de la intersubjetvidad como Orange, Atwood, Stolorow, Renik, de los que se ha hablado mucho en el último curso de Miller, tienen más bien una vocación democrática y la tendencia a tratar al paciente como a un par. El setting infantil de los años cincuenta esta completamente derrumbado. La neutralidad, el anonimato, la prohibición del contacto social, todo aquello que cubre al analista de secreto, sustrayendo a los ojos del paciente su vida privada y sus pensamientos, son todas rechazadas modalidades de operar. En el setting intersubjetivo el paciente no es ya tomado de la mano y ni el analista hace de buen padre que da ánimo, aprueba o reprocha. A veces, en el relato de casos de los analistas que adoptan este setting vemos, en cambio, al paciente reprobar al propio analista cuando considera que éste no ha sido suficientemente abierto al revelar sus propios pensamientos (aplicando la técnica de la self-disclousure), o sublevarse contra él porque ha mostrado muy abiertamente el propio narcisismo, o más todavía, una paciente viene a la sesión vestida de modo seductor para provocar al analista a revelarle los propios pensamientos de valoración masculina, ya que si se sigue hasta el fondo los nuevos preceptos, no tiene sentido esconderlos.

Tratar al paciente como a un niño es el canon de la tradición, tratarlo como un par es postmoderno: si seguimos las indicaciones de Lacan naturalmente tenemos que revertir ambas posiciones. Si el analista plantea un setting infantil no es porqué, como sostiene Macalpine, solo el paciente es responsable del hecho de querer ser tratado como un niño. Es más bien, que el analista quiere hacerse tratar como un padre. Y en el setting intersubjetivo el analista quiere hacerse tratar como par, mas que como autoridad, probablemente porque él mismo rechaza poner en el pedestal cualquier autoridad, aún si es aquella de la tradición en la que se ha formado.

Falta considerar como quiere ser tratado el analista que se rige según la práctica lacaniana, donde se abre una lógica más allá del Edipo. Una respuesta en este sentido ha comenzado a ser formulada por Miller en su último curso. Tenemos la articulación entre la constante y la variable. La práctica lacaniana gira en torno a esto. Por un lado tenemos la variabilidad del sujeto, que es indeterminado, por el otro, la constante del objeto, del que el analista ocupa el lugar. Más allá de las diferentes formulaciones que Lacan, en el curso de su enseñanza ha podido enunciar al respecto ( analista que opera desde el lugar del Otro, que es semblante de objeto 'a', que sostiene el acto) el hilo conductor es que, se trate de determinación significante o de determinación a partir del objeto 'a', el analista se localiza en la posición en la que es determinante. El analista lacaniano no consiente que las cosas rueden por la pendiente - lo que podría ser simplemente dejar hablar - y no es guía pedagógica ni opera una reeducación emocional. Si hace saltar las reglas del setting infantil no es para jugar entre pares, si se baja del pedestal del ideal no es para confundirse en la empatía, sino para seguir la lógica que, recorriendo el equívoco y explotándolo, llega a su resolución. Se trata, en el fondo, de decidir aquel que, tratado solo en el plano lógico, es lo indecidible.

Traducción: Ennia Favret