El pase
Testimonios
 
Había... hay [*]
Rose-Paule Vinciguerra
 

La decisión que ella tomo de presentarse al pase luego de varios tramos de análisis modificó de manera radical su relación al tiempo. No esperó ya la buena nueva de una verdad última, constatando un «hay».

Hasta ese momento, había habitado «los limbos insondables de la tristeza». No supo de la muerte de su padre enfermo, -quien había perdido la voz y tempranamente desaparecido- sino muchos años después de ocurrida. Ella tenía 4 años, el silencio reinaba sobre ese tema. Su hermano también había desaparecido, ya que había sido enviado lejos. A los tres años, ella se desvanecía, se fugaba para refugiarse en el jardín de infantes, que era un parapeto contra la angustia. Insistían pesadillas habitadas por la Masacre de los Inocentes. Su síntoma era la conmemoración del duelo, de la pérdida de siempre y era al mismo tiempo demanda de reparación del rasgo del dolor que quemaba; buscaba un límite en el llamado a lo viviente que constituía «entre pura ausencia y pura sensibilidad»

Del padre muerto
« Tu padre era un santo ». Este dicho de su madre constituyó para ella la apertura a una espiritualidad religiosa difusa en lo concerniente al padre; la anclaba gustosamente en la figura de San Agustín, obispo de Cartago y de Hippona donde ella nació y creció. Ella idealizaba a este padre. La nostalgia del padre amado – la Vatersehnsucht freudiana- tomó entonces la vía del autoreproche: no haber sido para él «nada que valiera». Esta forma de duelo no resuelto del amor la torna insolvente en relación con la deuda de existir.

De este modo, este padre objeto de una concepción hipostasiada, entregado a la eternidad, abismado en la contemplación de la eternidad, estaba más allá de la verdad. « Más allá de lo que puede formularse como pregunta», » [1], era ya repuesta, repuesta última, que sin embargo no se cerraría jamás[2]. Se fue a la muerte con el secreto de su goce que nunca sería entregado. La muerte precoz del padre le sustrajo el secreto de la vida.

En su último análisis, muchos años después del que hizo con Lacan, tuvo un sueño: Lacan estaba en ese sueño, retirado en un lugar en que ella misma había aprendido catecismo de niña. Estaba allí, habiendo renunciado al mundo, como los viejos sabios en el fondo del bosque de los que habla Nietzsche y no escuchó decir que Dios está muerto. « El no sabía entonces que estaba muerto». Este enunciado «El no sabía entonces… » es también el del sujeto en tanto no quiere saber la verdad. Premisa de la desaparición del sujeto quizá, pero sin que la pregunta por el goce pueda planteársele entonces.

El padre simbólico, el Nombre del Padre, en tanto que autoriza una filiación, «un ordenamiento» no fue ciertamente sin efecto para este sujeto. La palabra de su padre contó, especialmente una palabra emitida en su lecho de muerte, a través de la cual confiaba sus hijos a un tío materno, instituyendo a este en su lugar como «tutor». En el momento en que desaparecía como viviente, designaba a la instancia paterna: «tutor». Esta palabra suya sido sido probatoria. Más tarde el sujeto unió su vida a un hombre en posición de padre simbólico, aquel que puede enseñar cosas. Recién casada, el día mismo de su entrada en análisis, perdió la fe y …concibió un niño. Pasó ese día por lo tanto, de la búsqueda de un principio de certeza que había perseguido especialmente en sus estudios de filosofía, a una puesta en acto en lo concerniente al padre en la filiación. La fecundidad era allí « forjadura fálica»[3]... Pero, «que el Nombre del Padre sea el falo», no la distraía de su pensamiento melancólico del «había» del padre muerto de siempre.

Padre eternizado, amor del padre muerto, ¿eran estas las únicas figuras que podía aprehender de él? Es durante aquelanálisis con Lacan que un sueño hizo emerger de manera aguda la figura de un padre con un goce sin límites; por primera vez, soñaba con él algunos decenios, después de su muerte. «Estaba mi padre que…» El analista la interrumpió secamente; se escuchó a si misma al bajar la escalera haber dicho «Yahvé mi padre»; ¿todo padre no es acaso Dios?[*]

Ella había podido creer en ese momento que ese «tapón» que es el Nombre del Padre iba a saltar pues en el sueño se entregaba la figura ardiente de un padre con un goce sin medida; el sin límites del goce del padre – que en el segundo tiempo del fantasma «se pega a un niño» manifiesta la figura rememorada – aparecía en el sueño, condensando especialmente un resto de lo escuchado de la escena primaria.

Luego del pase, le pareció sin embargo que esta figura irrepresible del padre era como un envés del padre muerto que se había llevado a la tumba el secreto de su goce. En el sueño, el hubris del padre, su desmesura actualizada eran como un desmentido de su santidad eternizada. Con este sueño había reanimado al padre.

Había por lo tanto esperado del Nombre del padre como falo que le dé una verdad última. Le hará falta sin embargo darse cuenta que «la tumba está vacía»[4], y que « el padre no sabe nada de la verdad» [5] Pues ella esperaba del falo que hable pero ningún falo habla. "Se lo puede llamar siempre, dice Lacan, no responde"»[6].

¿Que es lo que entonces hizo palidecer a la eternidad? ¿Como el síntoma fue situado en su lugar? ¿Por qué caminos le fue necesario pasar para que el nombre del padre «sea lo que lo llama a hablar?»

Interrogar un punto al infinito...
En tanto que la voz y la autoridad del padre faltaron a este sujeto, la voz materna de la recriminación proseguía. Chocaba contra una separación imposible con la madre. Y es del lado de las madres que ella fomentó otra historia. En su infancia, el mundo cerrado de las mujeres mediterráneas que vivían en países de cultura musulmana había hecho existir figuras femeninas cuyos secretos la intrigaban y la inquietaban. De este modo el fantasma, lugar cerrado de la puesta en escena de su vida, sujetaba al sujeto al goce enigmático de una Reina madre que tomaba su figura del Oriente.

El análisis permitió circunscribir allí la voz de un puro orden silencioso, dando consistencia a esta figura de la reina madre y poniendo en escena una serie de partenaires que encarnan el falo imaginario para este sujeto. Esta serie imaginaria que hacía fantasma cubría sin embargo un punto de traumatismo. De este modo ella estaba entre el sufrimiento inmemorial de la pérdida y el llamado al viviente en el fantasma. El sujeto experimentaba allí un vacío de saber, una pérdida de todas sus referencias y reencontraba el punto de falta desde donde se originaba su privación real. Se daba a escuchar allí el eco de un grito de una separación primordial. Como el eco de un punto donde la voz no habría aún encontrado a la palabra, punto mítico y que no existe pero que la voz, como lo dice Lacan, «resucita»

Sin embargo el síntoma realizaba, como el Nombre del padre un viraje del goce al cifrado. Un enjambre apretado de huellas de sentido gozado, producía marca sobre el cuerpo y en el límite de la incidencia de lalangue sobre el cuerpo, incitaba al sujeto a ir a verificar, de modo indefinidamente reiterado en su vida, el impasse lógico de lo Real. Ella fomentaba un imposible cuyo estilo de vida sentimental luego de la separación con su marido revelaría la insistencia. Más allá del padre simbólico del amor muerto, ella dirigía su interrogación a «un punto al infinito del goce como absoluto» reencontrando en su vida un serie de hombres con los cuales interrogaba sin cesar este punto de infinito. Creía de este modo poder resolver el enigma del amor. La increencia en la pacificación del goce inducida por el Nombre del Padre le hacía entonces buscar el límite del goce. Haciendo funcionar a través de los fracasos del amor, el goce bajo el modo del 1+1+1…, trataba de cerrar la serie para que le sea entregado el 1 último que sería su seguridad, el 1 último que sería también el origen mismo de lo simbólico. Este punto último buscado se habría reunido con el punto de partida, un goce absoluto, punto de retorno de la palabra, «inasumible», en el corazón de la enunciación. Pero todo su esfuerzo no lograba sellar «la bodas de la vida vacía y del amor imposible»

El sinthome « tutor »
En el último análisis que hizo, una interpretación había designado el trauma y despertado al sujeto a la contingencia de su historia. Pero fueron necesarias al menos dos operaciones del analista para que la respuesta traumática incluida en el síntoma fuera domesticada y que el síntoma fuera tocado en su lazo con el fantasma. La primera operación del analista fue una interpretación que dio en el blanco:"usted está en el serrallo y usted no quiere estar allí» le dijo un día. Entre la ventana del calabozo de su padre ( soupirail du cachot ) arrestado por los fascistas italianos durante la última guerra – y la caravanera de Oriente (caravansérail) misteriosa del que su madre hablaba, el serrallo era en efecto el marco en el cual fantasmáticamente ella había reconstruido la historia de su identificación al falo materno; sin embargo en su vida, había objetado el giro deliberado que había dado un tiempo al estilo de sus encuentros:<Y libre sea este infortunio» se decía. De este modo el «no querer estar allí» que habitaba su síntoma había sido su herejía. Le había permitido desconocer la verdad del goce incluida en el fantasma. Sin embargo ella había creído en este síntoma. Ella había creído que, tan extraño e inquietante como fuera, escondía una causa absoluta, una verdad última.

Ella descubrirá entonces que también, era de desear formar parte de otro serrallo, el del psicoanálisis, al que su deseo, articulado en el equivoco significante, la empujaba. Pero es sin embargo después del pase, que el sujeto, esclarecido sobre la lógica del serrallo, obtendrá un efecto de saber. Solo retroactivamente, la interpretación situará el punto de infinitud del 1 del goce absoluto que había interrogado y esclarecerá por el mismo camino, la lógica de la serie presente en y fuera del serrallo. La búsqueda que había efectuado no era más que goce rechazado sustracción del goce con el cual se identificaba. No podía ceder el drama de su «castración realizada»[8] No quería estar dividida por el significante amo.

Hizo falta sin embargo otra intervención del analista, para que esta sea efectiva. Una palabra, dicha como al pasar por el analista, "Tú puedes vivir", viniendo como eco invertido a un "no puedo vivir" es decir a su punto más indiviso. Este enunciado hizo nominación real de la angustia. Hizo contrapeso real al trauma de la pérdida que habitaba el síntoma. Este "sí, tu puedes", lo escuchó a la vez como un dicho actual, concerniente a una situación particular y al mismo tiempo como viniendo de lejos, viniendo al lugar de un dicho que no había podido escuchar hasta ese momento. Vivir, era justamente lo que su padre no pudo hacer. Es ese dicho el que le da entonces el coraje para afrontar el extraño compromiso de su vida unida a su construcción fantasmática. Lo que hasta allí había constituido el lecho del síntoma se demostraba finalmente no haber sido más que rechazo de tomar a su cargo la bizarría lógica de la estructura de su goce, su sin sentido radical. Entre la relación al padre muerto eternamente y la búsqueda en el goce infinito con su cortejo de errancias. Entre padre y peor. El enigma no le pareció ya falta sino "cosa inverosímil" que había fomentado para leer lo ilegible.

Fue necesario con el pase "desprenderse de la idea de eternidad" al mismo tiempo que de los "embrollos del amor y del deseo". Entonces la eternidad pudo consentir al tiempo y el horizonte del infinito deshacerse. El enjambre de las huellas de sentido gozado del síntoma cesó de zumbar. Las diferentes nombres del sujeto, los del síntoma, del fantasma tomaron lugar de allí en más en el esquema de un síntoma lavado de todo pathos. El polo nocivo fue erosionado. El lugar del goce, reducido el síntoma, se volvía barrera contra este. El síntoma fue su "tutor". Ella consideró entonces que eso se sostenía y que ella se sostenía allí en la nominación tan frágil como robusta que este operaba.

Finalmente pudo asentir a un "hay" viniendo al lugar de un "había" (Yahvé) de su melancolía de siempre. "Allí donde eso era…hay" ahora su propio "sí", es de una voz que no espera más "el eco de las voces queridas que se callaron" ni obedece al orden de una voz silenciosa que conduce a lo peor sino que se arriesga, en la serie, a hacer eco a otras voces, a entrar en resonancia con ellas en la invención siempre temblorosa del psicoanálisis.

En el fin del análisis el Otro no quiere nada de mí. La exigencia lógica está en impasse," el Oriente desierto…" Entonces una nominación puede llamar a levantarse para responder, responder en su nombre propio.

Sábado 15 de julio de 2006

 
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Notas
* (N de T: En francés Il y avait –estaba -es homofónico de Yahvé)
1- Lacan J., Introduction aux Noms du Père, p. 85.
2- Jacques-Alain Miller, Quarto n° 87, p 7.
3- Lacan J., D’un discours qui ne serait pas du semblant, leçon du16 juin 71.
4- Lacan J., Ecrits, p 818.
5- Id. , Séminaire XVII, L’Envers de la psychanalyse, p 151.
6- Id , D’un discours qui ne serait pas du semblant, 16 Juin 71.
7- Id , D’un Autre à l’autre, p 335.
8- Id , D’un Autre à l’autre, p 336.
 
 
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