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Lo patológico de la identificación

Silvia Elena Tendlarz

¿Qué es lo patológico de la identificación? Georges Canguilhem señala que lo normal apunta a la norma, a la regla que unifica lo diverso y reabsorbe las diferencias. Este elemento disciplinario, regulador de las relaciones sociales, legitima cierto ejercicio del poder, por lo que Foucault indica que puede considerarse un concepto político. Como contrapartida, lo anormal, como negación lógica, es anterior, puesto que suscita la intención normativa. De esta manera, lo normal se opone a lo anormal, no a lo patológico, y entre ellos se instaura un límite impreciso.

En determinado momento histórico se asocia lo normal a la salud, y la anomalía a lo patológico. Pero si se apunta a la diversidad y no a la norma ideal, la frontera móvil entre lo normal y lo patológico debe ser examinada en cada sujeto. Lo universal de la llamada normalidad se opone así a las particularidades patológicas que se encarnan en singularidades.

En El Otro que no existe y sus comités de ética Jacques-Alain Miller plantea que en la actualidad existe una decadencia de la función del Ideal y una promoción del objeto (a), plus de gozar. Las figuras de la autoridad vacilan y el significante amo se pluraliza. Así, la crisis contemporánea de la identificación conduce tanto a una diversidad de identificaciones imaginarias como simbólicas.

Ante esta pluralidad de identificaciones, ¿cómo se orienta el lazo social y familiar? ¿Cuáles son las patologías, las diversidades patológicas, frente a las "verdades científicas" propuestas por las evaluaciones y los conteos estadísticos?

Paradójicamente, la expansión identificatoria contemporánea no va de la mano con la tolerancia y el respeto por lo diferente y extraño. Los estilos de vida, los estilos de goce, reivindicados en su multiplicidad y dispersión, que evocan la fragmentación del Ideal y la distribución del goce en nuestra civilización, construyen nuevas comunidades alternativas, como así también su mutuo rechazo. El horizonte de la segregación, en sus distintas vestiduras, se vuelve tanto más patente en las cotidianidades como así también en sus acontecimientos imprevistos.

A diferencia del para todos del grupo freudiano que se funda en el Uno que está por fuera, la inexistencia del Otro expresa que no hay un todo universal, de allí que se inscriba en la estructura que Lacan llama no todo que no incluye la ex-sistencia del Uno. La universalización, lejos de inscribirse en el espacio del para todo x, se vuelva el no todo generalizado. Jacques-Alain Miller especifica las particularidades de ese no todo: "no es un todo que suponga una falta sino una serie en desarrollo sin límites y sin totalización".

¿Qué sucede entonces cuando la identificación vertical al líder queda opacada y desaparece su lugar de excepción, cuando el Otro se vuelve inconsistente? ¿Cuál es el destino de las llamadas identificaciones horizontales?

En su libro Contingencia, ironía y solidaridad, Richard Rorty, al examinar el tema de la solidaridad, señala que para un judío de la época en que corrían los trenes hacia Auschwitz las probabilidades de que sus vecinos no judíos los ayudasen a esconderse eran mayores si vivía en Dinamarca o en Italia que si vivía en Bélgica. Con este ejemplo apunta a afirmar que el sentimiento de solidaridad se fortalece cuando se considera que aquél con el que expresamos ser solidarios es en forma restringida "uno de nosotros". La similitud identificatoria está en la base de esta solidaridad. Su planteo es que el "nosotros" debería ser más abarcativo, más amplio, y signifique una solidaridad con la "humanidad como tal".

Lo cierto es que la multiplicación identificatoria no pacifica la crueldad, la indiferencia, el racismo que se creían frutos de los ideales imperantes en otras épocas. El siglo XXI no se ha mostrado menos sangriento que los anteriores. Y nuestras guerras contemporáneas, que incluyen sus modalidades de "guerras civiles" en tanto que involucran la población civil, la xenofobia y la intolerancia dan cuenta de la supervivencia del mal, del kakon, que encarna esencialmente el otro y su diferencia.

Eric Laurent indica que los sujetos se identifican cada vez menos con sus historias familiares discontinuas y llenas de agujeros. En su lugar surgen las comunidades y los pactos sociales que se fundan sobre nuevas formas de autoridad que testimonian de una nostalgia del Nombre del Padre. Pero cuanto mayor sometimiento al Ideal se pone en juego, mayor es el extravío que puede llegar a empujar a la obediencia hasta la muerte. El estado de excepción prolifera y extiende esta tensión entre el vacío del Uno y su implacable retorno superyoico. Lo patológico aquí se demuestra en el exceso, en el caos correlativo a una multiplicidad inconsistente y una civilización dispersa que responde a exigencias del goce: toxicomanías, búsquedas de riesgos tanto deportivos como trasgresores –otra vía para pensar la delincuencia juvenil-, hasta las distintas bacanales superyoicas que lleva a un sujeto a hacerse "bomba humana y gozar de su muerte". Sin lugar a dudas, la pregunta que se formula Eric Laurent es esencial: "¿Cómo soportar la inconsistencia del Otro sin ceder por ello al imperativo de goce del superyó?".

En realidad, la sociedad moderna, con sus nuevas estrategias de "salvar al padre", retoman el antiguo espíritu religioso, pero, al mismo tiempo, ponen de manifiesto su declive y el reverso de nuestra vida contemporánea que se expresa como un empuje superyoico en el lugar del Ideal que falta.

La multiplicación de los significantes amos, y sus versiones de mundos posibles, no es entonces solo el no todo, sino que esencialmente se vuelve "solo con algunos" con quienes me identifico. Cada uno queda con su fragmento de goce, en una diversidad que no incluye a los otros y que empuja a la exacerbación de la segregación.

Algunas de las comunidades "virtuales se constituyen por identificaciones imaginarias sostenidas por ideales cambiantes. El deslumbramiento por lo nuevo, que nos vuelve "todos consumidores", es una expresión, del empuje superyoico que encuentra su cabida en el discurso capitalista. Se consumen productos, imágenes de juventud, lazos amorosos, como así también significantes simbólicos con los que las comunidades se identifican para decir quiénes son. La velocidad que toma el lazo con los otros es la expresión de la inconsistencia del Otro, por lo que predomina el incansable desplazamiento metonímico de objetos, personas y significaciones.

Zygmun Bauman, en el Amor líquido, nos recuerda la pasión de los habitantes de Leonia, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, que disfrutan de cosas nuevas y diferentes que estrenan cada día. Pero cada mañana "los restos de la Leonia de ayer esperan el camión del basurero". El empuje al consumo muestra así su verdadero rostro, la promoción del objeto a, objeto de goce, también resto que consume nuestras pasiones.

La comunidad de identificaciones simbólicas débiles que se mantiene por identificaciones imaginarias dan cuenta de la proliferación del culto por la imagen, de las pandillas, del "como si" ubicuitario en discursos impregnados de significaciones que traducen un ideal tan postizo como transitorio que permite que se hable en nombre del significante amo pluralizado que encarnan.

En cuanto al lazo familiar, la incidencia de la ciencia es decisiva en el cambio de la estructura familiar clásica y en la definición de padre y madre. La ciencia cree en las madres, al punto que las multiplica en las reproducciones asistidas. A la mujer que aporta el vientre y el parto la llaman madre gestante, uterina, ginecológica o portadora. La mujer de la que se obtiene el óvulo que será fecundado se llama madre genética o biológica. A esta serie se añade la madre social en caso de adopción.

Ahora bien, si una mujer da a luz por contrato de alquiler de vientre, ¿quién es la madre? ¿La mujer que estuvo en el parto, la madre biológica o la que se acordó la adopción del niño? El verdadero problema que aquí se plantea es la inclusión del cuerpo y de sus órganos en el mercado de consumo, tal como lo anticipara Lacan, que enmascara el punto central que es el deseo de un hijo.

Se invierte así el viejo adagio que indica que la maternidad es cierta a través del parto y el padre incierto. En nuestro mundo contemporáneo, el padre es seguro a través de los exámenes de ADN. En cambio, la madre no es tan cierta: la madre biológica, a través de la donación de óvulos, puede ser diferente de la que atraviesa el parto. Los exámenes de ADN adjudican paternidades pero no vuelven a un hombre padre de un niño, si entendemos por ello tomar a una mujer como causa de su deseo y volverse responsable del niño que con ella trae al mundo. La versión de qué fue un padre para ese hijo no puede más que aprehenderse de a uno.

Las nuevas formas de parentalidad, que ponen en movimiento legislaciones acordes a las modificaciones de las estructuras de parentesco, interpelan el verdadero punto de impasse de la falta de relación sexual. El malestar en la vida amorosa es su expresión y va cambiando de vestiduras a través de la declinación de un sinnúmero de imposibilidades.

Las patologías de la identificación en los lazos familiares y sociales no nombran entonces tanto una nueva forma de enfermedad que se contrapone a la normalidad del Ideal, sino que expresa sus vacilaciones, sus intersticios, sus tropiezos, sus crisis, sus nuevas vestiduras y, en definitiva, su profundo desamparo. Nos muestra que el lazo con el otro no es sin temor y temblor, y que su diversidad debe examinarse de a uno.