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Página/12 | 25 de Septiembre de 2003
Ética y poder [*]
 

Por Silvia Ons [**]

La desvinculación de la ética del poder parece ser el signo de nuestro tiempo. El poder ha perdido legitimidad y la ética se limita a pregonar valores inmutables, como una suerte de tribunal de la razón atemporal e independiente de la experiencia: un anacronismo. Hoy se invoca a la ética apelando a una función reguladora de las fuerzas científicas, mediáticas, políticas. Esto refiere a la separación radical entre la ética y los dominios mencionados. Si el poder debe ser sopesado, ello se debe a su desarraigo de la ética. En efecto: la ética ya no está en su ejercicio. Ahí el signo de su ocaso.

La ética se extingue cuando lejos de ser la práctica de un poder se circunscribe a limitar su ejercicio, delatándolo. Cuando se denuncia un discurso, sostiene Lacan, no se hace más que perfeccionar su existencia. La ética no es discurso aleccionador, antes es por excelencia praxis y ello remite a la raíz del vocablo ya que ethos es costumbre depauperizada por la moral de los "valores".

Hegel afirma que en las comunidades originarias existía identidad entre el poder y la ética.[1] Con la desaparición de la polis comienza a quebrarse la juntura entre política y ética, ruptura que se consumará con el cristianismo. Lacan llama "ética del psicoanálisis" a la praxis de su teoría devolviéndole al término su sentido más originario.[2] En griego, praxis es ética y política.

Considero que la separación entre ética y poder hace a la ineficacia de la ética y a la deslegitimación creciente del poder. Es decir, una ética pura que no consienta en mezclarse con la conducción perece inevitablemente en la medida en la que se divorcia del acto y, un poder sin ética es un poder sin autoridad. Podemos recordar aquí la observación de Lacan cuando dice que "la impotencia para sostener una praxis, se reduce, como es corriente en la historia de los hombres, al ejercicio de un poder.[3] Esta referencia pertenece a un Escrito llamado "La dirección de la cura y los principios de su poder" y es pertinente evocarlo para recordar que el psicoanálisis es un discurso cuya ética no rechaza el poder pero que elucida sus principios y que antepone la praxis al poder ya que éste -el poder- se sustenta en ella.

Analicemos otras afirmaciones que aparecen en este texto concernientes al tema que nos ocupa: "el psicoanalista dirige la cura pero no debe dirigir al paciente"[4] o, refiriéndose a la transferencia: "porque él Freud reconoció enseguida que ese era el principio de su poder, en lo cual no se distinguía de la sugestión pero también que ese poder no le daba la salida del problema sino a condición de no utilizarlo pues era entonces cuando tomaba todo su desarrollo de transferencia.[5] Estas citas ponen en juego que se trata de un poder que rehúsa la pendiente natural hacia el dominio, nótese que la afirmación en los dos casos es seguida de una negación, poder acompañado de una sustracción que muestra que es de la ética donde él abreva , adquiriendo así autoridad.

En el ensayo "Entre el pasado y el presente"[6] Hanna Arendt señala que la autoridad, un concepto clave para la política, se desdibuja en el mundo moderno. El principio de autoridad político que se nutrió durante siglos de los actos fundacionales, de la tradición y de la religión pierde su suelo al secularizarse la política. Se puede hablar de modernidad como un proceso de secularización consistente en la desacralización de lo sagrado como violento, autoritario y absoluto. La consumación de la metafísica barre con un principio de autoridad fundado en la ultimidad de una verdad objetiva del ser que, una vez conocida, se convierte en la base de un dogma. Más no se trata de añorar el pasado sino de pensar qué significa en nuestros tiempos una autoridad no metafísica, es decir, no fundamentalista. Y creo que el psicoanálisis puede aquí aportar su grano de arena.

El concepto de autoridad en su perspectiva histórica es de origen romano (auctóritas ) más su fundamento filosófico es griego. Tanto Platón como Aristóteles pensaron un principio de autoridad que no destruyese la autonomía de la polis. Lo notable es que para responder a las cuestiones concernientes al ejercicio del gobierno ambos apelaron a ejemplos fuera del campo de la política. Para ilustrar de qué modo el amo inspira respeto y confianza por su saber hacer se recurre a la figura del padre, a la del pastor, a la del médico o a la del timonel. Esta apelación no tendría vigencia en la actualidad caracterizada por Lacan con el sesgo de la declinación del nombre del padre .La sustitución del discurso del amo por el discurso capitalista signa nuestros tiempos, el poder preformativo de la palabra encarnada en el significante amo es relevada por la tecnocracia como nueva fuente de poder.

El neoliberalismo capitalista ya no es aquel del que hablara Weber articulándolo con la ética protestante en la medida en que no se sustenta en la renuncia.

Claude Lefort[7] considera que en la edad moderna se introduce una ruptura radical en la manera de ejercer el poder. En efecto, con el advenimiento de la democracia, el lugar de poder se convierte en un lugar vacío y en ese horizonte quien quiera ocuparlo es un usurpador. Lefort utiliza significativamente términos lacanianos al decir que con la modernidad el poder es simbólico y no puede ser ocupado por ninguna agencia política real. Notablemente este principio se relaciona con la increencia posmoderna que considera que los discursos políticos no tienen ningún asidero real mostrando con ello que es de la articulación entre simbólico y real en donde se apoya una creencia.

El parlamentarismo moderno nace en aras de suprimir las dimensiones irracionales del poder, la política deviene racional y anclada en los grandes relatos. Empero con la globalización y la revolución tecnológica desatada con el fin de la guerra fría el Estado de Bienestar se eclipsa y, a medida que decrece la "utopía política", crece en igual medida la utopía del "mercado libre" planetariamente abarcante. La política sufre así una mutación en la medida en que ya no es el discurso de los grandes relatos de la modernidad sino que deviene tecnología de gestión como adaptación al discurso economicista. Los comportamientos de los Estados son juzgados por los mercados financieros. Joseph Stiglitz[8] en su libro "El malestar en la globalización" demuestra de qué manera las políticas del FMI, basadas en el supuesto de que los mercados generaban por sí mismos resultados eficientes, bloqueaban las intervenciones deseables de los gobiernos en los mercados. Con este bloqueo queda abolido el acto político y su poder pierde así autoridad.

Freud establece una relación entre el psicoanálisis y la política al proponer ubicarlas como tareas imposibles.[9] Gobernar, educar y psicoanalizar son labores que no se pueden subsumir integralmente a las normas y las leyes establecidas y que comparten el hilo que bordea esa imposibilidad estructural en mundo de las ideas. Al afirmar tal comunidad, Freud se refiere a la política aristotélica y no a la moderna ya que la moderna -por imperio del racionalismo- sostiene que pueden preverse de antemano los resultados de una acción y los medios se dirigen al cumplimiento de los fines previstos. Aristóteles afirma en cambio, que los asuntos de los que trata la política y la ética son aquellos, que no tienen garantizado de antemano resultado alguno. El efecto político, como la interpretación, se mide por las consecuencias. Cuando la política deviene pura adaptación al discurso economicista deja de bordear lo imposible pierde su especificidad, se corrompe. Y el poder deja de ser acto hiante.

La autoridad manipulativa no está basada en la mística de la Institución, es decir en el poder preformativo del ritual simbólico sino en la manipulación de los sujetos. [10] La autoridad manipulativa no es una autoridad autorizada, el sujeto posmoderno utiliza máscaras como imposturas en las que no cree y habla así de la separación de lo simbólico con lo real. Lo simbólico queda reducido a ser un simulacro vacío en el que su uso estará regulado por el mercado: "El poder del capital -dice Silvio Maresca- es de naturaleza nihilista, es la pura repetición potenciada negativamente de un signo que en su creciente vacuidad remite a la totalidad de los signos sólo para expropiar exponencialmente su sentido".[11]

La expropiación de lo real me parece fundamental para entender el poder sin legitimidad de nuestros tiempos ya que tal expropiación barre el suelo que le daría autoridad genuina. Mundo en el que los semblantes proliferan careciendo de consistencia ya que han perdido la vida en la que se anclaban. El cinismo posmoderno se vincula con la idea de que el semblante no apunta ya a ningún real y lo que vale es su lugar como valor de cambio. Como si el valor de uso hubiese sido desterrado por completo. La expropiación de lo real del semblante trae consigo la disolución de la diferencia, la extinción de la alteridad, la abolición de la no identidad. Este fenómeno ha sido magníficamente expresado en el tango "Cambalche": "da lo mismo..." Maravillosamente Discepolín ha preanunciado la posmodernidad como lugar donde desaparecen las fronteras.

Lacan expresaba un voto para el psicoanálisis: quería que este discurso no fuese sólo del semblante. Su ética no es la que vocifera donde está el bien general ya que ella está encaminada hacia lo real de cada uno. Esta orientación se funda en el deseo del analista como deseo de que el sujeto pueda identificarse con aquello que es tan propio y que rechaza y que su semblante, en todo caso, pueda ponerse en consonancia con ese real. La ética del bien decir es el poder del psicoanálisis como matriz de su política.

 
 
Notas
* Trabajo presentado en el marco de las Noches de Política Lacaniana de la EOL, coordinado por Ricardo Nepomiachi y publicado en Qué política para el psicoanálisis, Colección Orientación Lacnaiana, Buenos Aires 2003, pp.83-7. Versión abreviada en Página/12, 25-9-2003.
** Silvia Ons, Analista miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
1- Hyppolite, J., Introducción a la filosofía de Hegel, trad. Alberto Drazul, Buenos Aires, Caldén, 1979.
2- Lacan, J., "Acta de fundación", 1964. La Escuela. Textos Institucionales de Jacques Lacan. Fundación del Campo Freudiano en la Argentina, Manantial, Buenos Aires.
3- Lacan, J., "La dirección de la cura y los principios de su poder", en: Escritos 2, trad. Tomás Segovia, Buenos Aires, Siglo veintiuno, 1985, p.566.
4- Ibíd.
5- Ibíd, p.577.
6- Arendt, H., Entre el pasado y el futuro, Barcelona, Península, 1966.
7- Lefort, C., Democracy and Political Theory, Minneapolis University of Minnesota Press, 1988, p.244.
8- Stigliz, J., El malestar en la globalización, Buenos Aires, Taurus, 2002.
9- Freud, S., "Análisis terminable e interminable", en: Obras completas, trad.Etcheverry, tomo XXIII, Buenos Aires, Amorrortu editores, p.249.
10- Zizek, S, Porque no saben lo que hacen, trad Jorge Piatigorsky, Buenos Aires, Paidós, 1988, p.324.
11- Maresca, S., El poder en la sociedad posmoderna "El poder político en la sociedad posmoderna", Buenos Aires, Prometeo, 2001, p.257.