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Noticias Nº 1653 | 30 de agosto de 2008
Pánico en la ciudad
 

Por Silvia Ons [*]

En los últimos años oímos hablar del pánico con inusitada frecuencia, no solo porque han proliferado los diagnósticos de "ataque de pánico", sino por la increíble propensión que tienen los sujetos por ubicar sus estados de angustia bajo ese término. La palabra parece ejercer una suerte de sugestión que llama a que la gente se crea representada bajo su influjo, se sabe además que cuando alguien lo padece su temor consiste en que tal crisis vuelva a repetirse con fatídica insistencia.

A veces el terapeuta reduplica indebidamente el diagnóstico hecho previamente por el paciente, otras es el mismo paciente quien escuchando el relato del susodicho ataque, descrito por alguien que supuestamente lo ha padecido, se siente absolutamente identificado y teme entonces él también sufrirlo. Si es tan fácil reconocerse bajo su égida, si es tal el poder magnético que ejerce, tal vez haya que pensar en una perspectiva que trasciende lo individual y que ha llevado a Paul Virilio a referirse en su último libro a una "Ciudad pánico"[1] como posible raíz de su creciente importancia. Pero no nos apresuremos, desbrocemos la historia de la palabra y qué entendemos en relación a ella, ya que para el psicoanálisis tal nominación no es nueva, pero ello no impide analizar la razón de su reciente extensión.

Pánico procede del griego Pánikos y proviene de la situación de miedo que le agradaba provocar al semidiós Pan, quien gustaba aparecerse en las encrucijadas de caminos de los viajeros. Se parecía a un fauno con cuernos y extremidades inferiores de cabra, y así su imagen inspiró a la iconografía cristiana del demonio. Por ello, en la Edad Media el cristianismo hereda la tradición pagana y suele levantar cruces de piedra con una pequeña capilla para la Virgen en las encrucijadas. Nos interesa hurgar en tal origen, el lado demoníaco del pánico y su aparición en el momento en el que se detiene un camino supuestamente prefigurado.

La encrucijada abre un dilema allí donde los senderos se bifurcan, distintas opciones son posibles y las disyunciones se levantan. El pánico parece pues surgir ante la posibilidad de una elección y ante la incertidumbre que ella conlleva. Claro que las encrucijadas son también trampas y celadas, si ya no hay un solo camino sino varios, emerge una dimensión inquietante ante lo desconocido que se encarna en el semidiós Panikos. Esta tradición nos interesa, ya que nos muestra la emergencia del pánico ante los enigmas que suscitan los dilemas, pero también señala lo demoníaco que se pone en juego. Por ello en la usanza cristiana se edifican santuarios en los sitios donde pueden abrirse los atajos. La vida -pensemos en La divina comedia de Dante- ha sido representada como viaje y el hombre como peregrino, el pánico entonces florece en el sitial de sus encrucijadas. No es entonces extraño su incremento en la época actual, baste para ello pensar de qué manera el mundo en el que nacimos se distancia de aquel en el que vivimos, baste comprobar la forma en la que se diluyen los valores que rigieron las vidas de otrora. Esos senderos orientadores hoy conducen a encrucijadas y en ellas…el pánico acecha. Como si los caminos trazados de antemano protegiesen de su asomo.

Freud consideró al pánico como un tipo particular de angustia que no dudó en llamar "social". En su célebre trabajo "Psicología de las masas y análisis del yo" [2] describe al fenómeno de masa que está en la base de la conformación de los grupos sociales. La cohesión de estas formaciones proviene de una identificación entre los individuos que la conforman, cuya base reposa en que todos ellos comparten el mismo ideal personificado por el líder. Así los sujetos identifican entre sí su "yo" en tanto todos ellos tienen idéntico ideal del yo encarnado por quién dirige al grupo, esos lazos otorgan fuerzas a estas formaciones y las preservan de su disolución. Freud nos dice que cuando declina la figura del líder también caen las identificaciones de los integrantes y este quiebre dará lugar al pánico, ya que al desaparecer los lazos recíprocos, se libera una gran angustia desencadenada por sentimientos de indefensión. "Lo caracteriza el hecho de que ya no se presta oídos a orden alguna del jefe, y cada uno cuida por sí sin miramiento por los otros. Los lazos recíprocos han cesado y se libera una angustia enorme, sin sentido".[3]

Freud se pregunta por la razón de ese crecimiento tan intenso de la angustia, que la lleva a prevalecer sobre todos los miramientos y lazos. Al tomar como modelo lo que ocurre en el ejército (piénsese que el escrito tiene la marca de la incidencia de la primer guerra mundial) considera que el aumento del peligro no puede ser el culpable de tal magnitud, ya que el mismo ejército, ahora presa del pánico pudo haber soportado incólume peligros similares y aun mayores, y es propio de la naturaleza del pánico no guardar relación con el peligro que amenaza Entonces concluye diciendo que "Cuando los individuos, dominados por la angustia pánica, se ponen a cuidar de ellos solos, atestiguan comprender que han cesado las ligazones afectivas que hasta entonces les rebajaban el peligro. Ahora que lo enfrentan solos, lo aprecian en más." Sin que el peligro haya de por sí aumentado, será la sensación de vulnerabilidad ante el mismo la que sí se ha acrecentado por el debilitamiento de las ligaduras afectivas que mantenían vinculados a los miembros del grupo.

El pánico es para Freud angustia de masas huérfanas de ese conductor que representaba el ideal del yo, ya que ese ideal aunaba a los individuos entre sí. Es notable como anticipa en ese texto algo que tiene mucha importancia hoy en día: el pánico frente a la inminencia del peligro por la desaparición de aquello que parecía amortiguarlo. Lo social es así ubicado como un regulador y la rotura de su tejido deja al sujeto en la intemperie. La actualidad del pánico en esta época puede pensarse a la luz de esas coordenadas, la caída de los ideales comunes produce un estado de fragmentación símilar al descrito por el creador del psicoanálisis. Es que no habrá que pensar que el ideal sólo esté representado por el conductor, bien puede encarnarlo una idea capaz de nuclear a un conjunto. En nuestra contemporaneidad el desfallecimiento de la autoridad corre paralela con la ausencia de ideas rectoras capaces de orientar. Resulta entonces un estado de fragmentación, en donde la rotura de los lazos deja a los sujetos más permeables al pánico en ausencia de las ligaduras afectivas entre ellos.

Este estado surge entonces, para Freud, ante "la pérdida en cualquier sentido, del conductor" por la descomposición de las ligaduras, grieta en el tejido social pulverizado como "una lágrima de Batavia a la que se le rompe una punta".[4] Prontamente advertimos el punto de su analogía con el mito, ya que el desfallecimiento del ideal tiene afinidades con los caminos que se detienen y que dan pie a las encrucijadas al dibujarse senderos inciertos.

No es casual que Freud se refiriese al pánico luego de la primer guerra mundial, guerra que no vio de lejos, ya que ella atravesó su vida: sus tres hijos participaron en las acciones bélicas, durante años su práctica como analista se vio condenada a la ruina y Sophie, la hija favorita murió a causa de su vulnerabilidad a la infección provocada por los desastres. En ninguna otra contienda en el mundo hubo una matanza semejante a la de Verdún entre los años 14-18. Su valor traumático se recorta aún más si se piensa en su acontecer luego de lo que se llamó el siglo de las delicias y también du grand ennui, del gran aburrimiento, del gran tedio y de la gran prosperidad de la clase media. Recordemos que el ejemplo que toma en "Psicología de las masas y análisis del yo" para explicar el pánico, es el de un ejército que se enfrenta a un peligro careciendo de conductor. La guerra lo llevó también a reflexionar acerca de las neurosis de guerra que se desencadenan a partir de sus estragos. La gran originalidad de Freud no consistió en leer tal devastación como localizada solamente en el trauma proveniente del exterior, sino en advertir que dicho trauma libera en los sujetos un cuantum pulsional interno in domeñable. Es decir que el peligro no es solo el que emerge de afuera sino, el que tiene por causa impulsos desenfrenados, que brotan de manera inédita y que han sido desencadenados por la amenaza reinante. El pánico así hablaría de un estado en el que el sujeto está inerme frente al peligro exterior e interior. Vale aquí mencionar que Pan (Πάν, todo en griego) era el dios de la naturaleza y también el del exceso, y que por ello tenía semejanzas con Dionisio en lo relativo a la desmesura. Si ante situaciones convulsionantes la gente dice estar "sacada", es porque en ellas se develan impulsos vividos como fuera de foco en su extrañeza. No se trata solamente de ese universo foráneo inquietante y siniestro, sino de lo que éste desata, por ello quien padece pánico no quiere salir de la casa, buscando allí un reaseguro imposible.

Si Freud tomaba el ejemplo de la guerra para ilustrar el fenómeno del pánico, casi un siglo después el arquitecto Paul Virilio considera que el atentado y el accidente en las ciudades, desplazan hoy lo que antes era la guerra, dando lugar a un estado de alarma permanente como matriz del pánico urbano. Ya incluso las mismas guerras apuntan a los civiles como víctimas, haciendo que se acreciente el terror en las ciudades. El autor considera que los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos marcan el cambio de la dimensión geopolítica de los conflictos, en beneficio de una metro política regida por el desequilibrio que provoca el terror. La ausencia de un enemigo declarado y la concentración del miedo en las ciudades constituyen, para Virilio, el signo distintivo de una era en la que el pánico urbano desplaza a la forma militar de la guerra y al carácter político de lo que antes era la ciudad. El repliegue sobre las metrópolis corre paralela al tiempo de la declinación del estado-nación y a la hiperconcentración megalopolítica se agrega no sólo el hiperterrorismo sino la delincuencia creciente que convierte a la ciudad en un blanco para todos los pavores. Un cambio que sólo es posible merced al desarrollo de las nuevas tecnologías, en particular las de la información, que redefinen la percepción de las dimensiones de tiempo y espacio. Las torres gemelas renuevan la tragedia de Babel. Ya Mahoma predijo que el fin del mundo se produciría cuando los hombres elevasen edificios que desafiaban los cielos Claro que no se trata de un desenlace apocalíptico y en relación con ello importa tener presente la teoría del shock acuñada por Naomi Klein[5] para explicar de qué modo el capitalismo se nutre y se perpetúa con los desastres. Es que su triunfo no nace de la libertad, sino de un brutal parto cuyas comadronas han sido la violencia y la coerción. La historia del libre mercado contemporáneo -remata la autora- el auge del corporativismo ha sido escrita con letras de shock, ya que en esos momentos las sociedades a menudo renuncian a valores que de otro modo defenderían con entereza y esto mismo posibilita la introducción de impopulares medidas de choque económico.

Atentado y accidente confluyen como amenazas siempre presentes en las metrópolis. A ellos se les añade, en países como el nuestro, una inseguridad cada vez más ubicua, menos localizable, que se difunde en todos los sitios. La ciudad ya no semeja ser un lugar, lejos de ello arroja a todos los lugares a una suerte de cuarta dimensión. Y ésta, en nuestro mundo, se consume y corroe en la instantaneidad de la información. Al miedo callejero se le suma el que generan los medios. El pasado es erosionado y el futuro anulado. Sólo subsisten accidentes (nunca sustancias ni sujetos). Una incesante sucesión de instantáneas penden en el agujero negro del horror. Y el ícono dominante en la actualidad de informativa parece festejar su propia auto inmolación, la realidad comulga con el poder mediático en la generación del terror. El mundo de la pantalla informática tiene el monopolio de los afectos, pautando el ritmo sincopado de los corazones de los oyentes.

Claro que para Freud, en lo relativo al psiquismo, la antigua teoría del shock es ingenua en tanto sitúa su esencia en el deterioro directo de la estructura molecular o aun histológica de los elementos nerviosos, mientras que el psicoanálisis pone el acento del choque en "la ruptura de la protección antiestímulo del órgano anímico y las tareas que ello plantea". Y si la guerra brinda un modelo de lo que es un trauma, ello se debe a que allí se pone en juego lo que en todo trauma, es decir un incremento de excitación externa que posee fuerza suficiente para perforar esa barrera, que existe en nosotros como protección necesaria. Tal incremento anula los recursos simbólicos que poseen los sujetos para significar la realidad y tramitarla psíquicamente, dándole así sentido. El trauma para la medicina es herida, lesión en los tejidos y psíquicamente son estímulos que nos dejan sin recursos y sin significación. Dice Freud: "Para el organismo vivo, la tarea de protegerse contra los estímulos es casi más importante que la de recibirlos, está dotado de una reserva energética propia, y en su interior se despliegan formas particulares de transformación de la energía: su principal afán tiene que ser, pues, preservarlas del influjo nivelador, y por lo tanto destructivo, de las energías hipergrandes que laboran fuera".

Siguiendo la hipótesis de Virilio, el atentado, el accidente, la inseguridad toman en las ciudades el relevo de la guerra y se comportan cual ella como traumas que barren nuestras defensas. Las estimulaciones desbordan en todo sentido y ocasionan así la emergencia de sujetos desbordados, sin la brújula de los caminos rectores, empujados al sin límite del mundo en el que vivimos.

Pero no podemos reducir el pánico al peligro que surge ante una cartografía inhóspita, plagada de violencia y de conmoción. Se trata de pensar lo que ese mundo desata en el interior, por ello Freud resalta su efecto de choque en la ruptura de la protección antiestímulo. Es que la grieta abierta deja al sujeto sin guarida respecto a sus propias pulsiones liberadas. Un humanista olvidado, Albert Schweitzer decía "El adversario es como cualquiera, un huésped del espíritu". Si el sujeto que dice experimentar pánico atribuye su temor a la amenaza que surge de un universo aterrador, ello encubre que a veces ese estado aparece luego de un momento en el que se experimentó un empuje que pudo conducirlo a los confines del mismo peligro. Pienso en una mujer que concretó una cita chateando con un desconocido, viajando al país extranjero donde él residía, sin comunicar a nadie del periplo secreto ni dejando rastros donde localizarla. Al regresar experimentó una crisis de angustia que la retuvo en la casa varios meses, con grandes dificultades para moverse en pequeños trayectos. El peligro en este caso se liga al impulso que movió a esa mujer a barrer fronteras…el peligro de creer que no hay peligro.

Piénsese en el anuncio de una compañía estética que dice "entre con el cuerpo que tiene, llévese el que quiere", tal publicidad es el paradigma de todas las ofertas que aparecen en el mercado. Cambiar de cuerpo, de inclinación sexual, de país y de costumbres, de orientación política (ya parece natural que alguien se "de vuelta"), de estilo de vida. Reinventarse día a día parece ser la consigna hipermoderna, el mundo actual por un lado nos constriñe, infundiéndonos miedo, y por otro lado nos hace creer que no hay límites. Cuando ya desaparecen los caminos rectores múltiples se levantan y probar de todo lleva así al abismo de lo ilimitado. Dice Eric Laurent:[6] "La paradoja del mundo ilimitado, es que hay un empuje a no tener más frenos en un goce que nos invade y en que ahora nos hemos transformado -en este sentido por no tener estos frenos- en enemigos de nosotros mismos." Quizás en este punto el pánico pueda funcionar como advertencia, según Freud la angustia constituiría la última trinchera de la protección antiestímulo.

 
 
Notas
* Silvia Ons, Analista miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
1- Virilio, P., Ciudad pánico, libros del Zorzal, Buenos Aires, 2006.
2- Freud, S., "Psicología de las masas y análisis del yo", Obras completas, tomo XVIII, Buenos Aires, Amorrortu editores,1976.
3- Ibíd, p.91.
4- Ibíd, p.93.
5- Klein, N., La doctrina shock. El auge del capitalismo del desastre, Buenos Aires, Paidós, 2008.
6- Laurent, E., Variaciones de la cura analítica, hoy. La relación entre el efecto terapéutico y su más allá, Grama, Buenos Aires, 2008, p.34.