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Página/12 | Jueves 3 de octubre de 2013
Psicoanálisis
Los desamarrados
 

Por Liliana Szapiro

Los padres de los jóvenes que entrevistamos están atravesados por coyunturas de sobrevivencia económica que llegan a arrasarlos. En algunos casos, esta coyuntura puede ser uno de los factores por los cuales no puedan ocuparse de sus hijos, prestar atención a sus deseos, a sus urgencias, a sus demandas. Claro que este factor no es determinante. También hemos encontrado padres que, viviendo en una situación económica muy precaria, podían alojar a sus hijos en su deseo, escucharlos y respaldarlos. De ninguna manera podemos decir que en sí mismo el contexto económico-social sea determinante para que un sujeto aloje o deje de alojar a un hijo. Sí puede ser un impedimento la angustia que la penuria económica llegue a movilizar en un padre o madre, pero más bien suele serlo la angustia provocada por la falta de amor o la labilidad estructural de un sujeto para asumir un lugar paterno.

Si un padre no puede o no quiere alojar a su hijo en su deseo, el hijo quedará perdido como sujeto, a la deriva. Esto va a tener graves consecuencias en su estructuración simbólica. El alojamiento en el deseo de un otro es necesario para que un sujeto pueda constituirse como tal; para que pueda hablar, pensar, aprender y desplegar sus capacidades.

Cuando ese alojamiento en el deseo del Otro tiene lugar de una manera muy precaria, suele quedar un grave déficit en la constitución simbólica de un sujeto. Por lo general, son hijos que padecen de una gran dificultad en cuanto a poder expresar sus deseos y sus pensamientos a través de la palabra. Entonces actúan en lugar de hablar. A través de estas actuaciones los sujetos buscan ser escuchados. Si no lo son, las actuaciones se repiten de manera compulsiva y el sujeto queda como desamarrado de todo discurso. Pasan a ocupar el lugar de un objeto degradado para sí mismos y para los demás. No pueden pensar, sólo pueden actuar. Se convierten en muchos casos en carne de cañón de grupos mafiosos que los usan para que sean los actores de acciones delictivas. La promesa de ser parte de un grupo funciona para ellos como señuelo. Hemos podido comprobar que muchos de estos jóvenes se exponen a situaciones de enorme riesgo vital. Su vida para ellos no vale nada. Esto es así porque sienten que su vida nunca ha sido importante para nadie.

 
 
Fuente: Página/12