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Pase y transmisión 2
 
Sueños de pase

Por Ricardo Nepomiachi

La experiencia del procedimiento del pase, desde la perspectiva del cartel, nos ha permitido captar efectos y resultados en la experiencia analítica que no sólo se refieren a los alcances del fin del análisis. En especial, nos da una idea concreta de cómo elabora el pasante la relación del sujeto con el discurso analítico.

Me referiré a un rasgo particular que ha estructurado los testimonios de los pasantes, recibidos -cabe recordar- mediante el relato de los pasadores.

En el estado actual del discurso en nuestra comunidad los testimonios se han esforzado por dar cuenta de manera más o menos formalizada de la entrada en los sucesivos análisis, el saldo de los reanálisis, la puesta en forma y resolución del síntoma; la reconstrucción de la novela familiar a la luz de la estructura edípica; la construcción y atravesamiento del fantasma; el aislamiento y franqueamiento de identificaciones; el levantamiento de inhibiciones, y el tratamiento de la angustia, etcétera.

Señalé que es posible aislar un rasgo común a la mayoría de los testimonios: el lugar fundamental otorgado a los sueños para orientarse en la experiencia del pase; éstos ofrecen una sustancia que les permite tener un sentimiento de autenticidad de la experiencia. Constatamos pues que, como sostiene Marie-Héléne Brousse: "...los pasantes hacen de sus sueños un objeto de transmisión esencial de su tratamiento".[1]

Un poco más adelante en ese mismo texto Brousse establece que el sueño "interpreta" en el lugar de la "interpretación". Y esta consideración se realiza en el contexto de la indicación de Serge Cottet de verificación de la "declinación de la interpretación", lo que llevó a Jacques-Alain Miller a señalar la equivalencia entre inconsciente e interpretación, que le permitió calificar a nuestra época como posinterpretativa.

Lo que hemos encontrado en nuestro cartel
Aclaremos ante todo que no se trató del relato de una serie interminable de sueños -aunque en un caso fueron referidos 19-, sino de la presentación de algunos pocos pero elevados a un lugar paradigmático.

De modo que primeramente, en concordancia con el carácter del testimonio, se produce una reducción. Cada uno de los sueños es fundamental respecto de un momento crucial en la cura. Estos revelaban tal contundencia en su valor, que para un pasante por ejemplo se trató de un "dejarse guiar por sus sueños", lo que por otra parte, podemos hacer extensivo en su función al conjunto de los pasantes.

Algunos sueños marcaban la entrada en análisis, motivo del "paso al diván"; otros fueron fundamentales por que presentificaban el "objeto", señalado por el afecto que despertaba: asco, repugnancia, temor y/o angustia. A estos sueños se les asignaba un valor de certidumbre en el camino de la construcción del fantasma.

En casi todos los casos se presentaban sueños que se consideró que indicaban un final, o que acentuaban un viraje que consistía en figuraciones de vaciamiento del objeto y eran descifrados como salidas de la lógica fálica: "tal objeto que se disolvía", "se trataba de recorrer un agujero", o bien se habló de "bordear un vacío".

Para un pasante esta producción del inconsciente señalaba la vía de salida y fue nombrada en una serie de tres: 1. "despegue", [2]. "arranque" y [3]. "corte".

Los pasantes le asignaban a los sueños ser señales fundamentales de la construcción y algún grado de franqueamiento del fantasma. Así, el sueño -o mejor, su relato- y lo que el pasante ha deducido de él se configura como un elemento esencial del carácter analítico de la experiencia. Y es que éste le asegura un efecto de verdad que le permite escandir el movimiento de su análisis.

Para los pasantes los sueños son más que sueños, los toman y los han seguido al pie de la letra. De acuerdo con Freud, reconocen allí el lugar de un deseo.

¿Qué les revela la lectura de los sueños? En primer lugar, los sueños como representación y presentificación de algo esencial de ellos mismos les permiten captarse en su condición de sujetos divididos. Son prueba no sólo de la existencia del inconsciente -Freud los había señalado como la "vía regia"-, sino también de su creencia en él.

Les atribuyen ser los portadores de un saber no sabido, que se les revela por medio de lo que dicen y muestran. Constituyen un índice de histerización que corresponde a la posición que Lacan designó como instalación de la transferencia, en la que la función del Sujeto supuesto Saber viene a completar el inconsciente.

Por otra parte, lo que hacen con los sueños les permite presentarse como habiendo consentido en operar simbólicamente con las imágenes y, por medio de esa operación, develar un sentido; dan todo su alcance a la interpretación que deducen de ellos, sin ser presentados como interpretados por el analista.

El sueño es la vía regia para el inconsciente freudiano en el sentido que le dio Lacan, esto es, el de estar “estructurado como un lenguaje". Se sigue la relación del deseo con la marca del lenguaje que lo determina y en la interpretación se reconoce la disyunción significante-significado, que da lugar al equívoco como clave del desciframiento.

El sueño responde a la demanda dirigida al Otro de que responda y hable; y el Otro en el sueño habla en una lengua cifrada que es necesario descifrar.

El inconsciente completado por el Sujeto supuesto Saber realiza todo sueño como sueño de transferencia y se ubica en el lugar de la interpretación.

Hemos acentuado hasta aquí que el sueño como formación del inconsciente es portador de un mensaje que es posible leer, el Otro habla y señala el lugar del deseo; lo cual se corresponde con las formulaciones clásicas de Lacan: "el sueño es metáfora del deseo", "el deseo es metonimia de la falta en ser". El sueño en esta dimensión encarna bien la pregunta del sujeto.

Pero la vía de la operación analítica es revelar que para el neurótico lo que sostiene el deseo es el fantasma, que no posee el estatuto de una formación del inconsciente. Tiene significación pero ésta es "absoluta"; y si ofrece un escenario imaginario, es para la pulsión. Tampoco se presta a la asociación ni a la interpretación. No obstante, para los pasantes los sueños han revelado la construcción y atravesamiento del fantasma. De modo que si, desde la perspectiva de la asociación libre, sueño y fantasma tienen un estatuto diferente, es necesaria una articulación a la que el sueño se presta.

El sueño se presta al fantasma -recordemos el objeto mirada en el Hombre de los Lobos retomado por Lacan en El Seminario 11- y es señal de su pase al inconsciente. Este pase permite hacer pasar el goce fijado a la dialéctica del inconsciente, dialectizable por la castración.

Es así como el fantasma atraviesa la escena en el camino de su construcción: hace posible encontrar el real que determina al sujeto del sueño como deseante, pero de un deseo singularizado por su goce.

El sueño puede decir algo de su ser de goce: si por un lado presenta al sujeto en su división encarnando una pregunta dirigida al Otro, puede también incluir alguna respuesta que le permita orientarse en el descubrimiento de su modo de gozar.

Eso muestra: propiedad de la puesta en escena, que ofrece una salida al silencio fantasmático. Así, los pasantes han presentado sus sueños como que, estando del lado del inconsciente, conjugan lo pulsional.

Para concluir, están en el lugar de la demostración de que se trata de alojar un saber allí donde sólo el goce sostiene al sujeto. Es lo que llamamos subjetivar la pulsión.

Se ubica aquí el problema planteado por J.-A. Miller,l quien tras ' indicar que el sueño fue históricamente la vía regia, agrega que "Lacan señaló otra vía para el psicoanálisis [...]: el síntoma, que plantea la cuestión de saber de qué modo el sujeto puede advenir al saber sin sujeto [...]".

Ese advenimiento da testimonio de pase.

 
 
Notas
1- Brousse, M.-H., "Algunas observaciones sobre la interpretación a partir del Cartel del Pase", en Enseñanzas del pase, Buenos Aires, EOL (Colección Orientación Lacaniana), 1997, p. 23.
2- Silvestre, M., "La confesión del fantasma", en Mañana el psicoanálisis, Buenos Aires, Manantial, 1987.
3- Miller, J.-A., Los signos del goce, Buenos Aires, Paidós, 1998, p. 443.
 
 
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